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Genus taxonomic classification

2.6 Conclusions

3.4.1 DNA sequencing

3.5.1.2 Genus taxonomic classification

A finales de 1880, los negros y los indígenas estuvieron reducidos a una minoría insignificante, y la inmigración se convirtió en un asunto social mayor. La gran ola inmigratoria en Argentina alrededor de 1900, se hizo paralelamente con un desarrollo

económico inmenso, y la exportación de productos agrícolas y ganaderos, la construcción del ferrocarril y fábricas formaban parte de la modernización. No obstante, este término sólo tenía un significado para una parte reducida de la población, la elite porteña (Helg 1990, 38, 44). A fines del siglo XIX, esta clase dirigente de familias adineradas y terratenientes se beneficiaba de la exportación agrícola y controlaba todo el poderío político.

Mientras el país experimentaba un desarrollo enorme, se hizo necesario atraer mano de obra barata de Europa. Pronto, señala Helg (1990), el obrero y el campesino superaban en número a los inmigrantes educados (45). Aunque la sociedad argentina daba la bienvenida a los inmigrantes, la elite mostró resistencia a la creación de nuevos grupos sociales, como la clase media urbana, los campesinos y los proletarios organizados. Ahora el desafío más grande fue la introducción de nuevas ideologías como el socialismo y el anarquismo así como los sindicatos. Cuando creció el descontento social y las huelgas se multiplicaron, miembros de las clases dirigentes empezaron a criticar las políticas inmigratorias erráticas y la selección étnica de los inmigrantes (Ibíd.).

El reavivado nacionalismo al principio del siglo XX llevó a dos diferentes aspectos. Por un lado, mayor énfasis en la educación y por otro lado, la depreciación del inmigrante. La Iglesia Católica, señala Helg, tuvo un papel fundamental en la difusión de la xenofobia para

recuperar su posición dominante en la sociedad. Definían los valores argentinos verdaderos como el catolicismo, el paternalismo, la familia y el orden. Esto excluía a varios grupos inmigrantes como anarquistas, socialistas y judíos (Helg 1990, 45-46). Pronto todos los problemas del país se debían a la figura del inmigrante.

Con la presencia del inmigrante, hay una construcción permanente de ideas e imágenes por medio de las cuáles, una comunidad dada percibe sus diferencias a través del “otro” distinto, sea éste social, étnico o cultural. Este “ajeno” es definido siempre en función de un “nosotros” que se supone idéntico y que se instituye mediante la exclusión (Santi, 2002, sin página).

Esta descripción psicológica/sociológica sirve para explicar tanto la construcción de una identidad nacional, como la xenofobia que generaba. Ahora el racismo basado en la

superioridad de razas fue seguido por “odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros” (Real Academia Española 2001).

Con el término identidad entendemos el “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” o la “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás” (Real Academia Española 2001). La identidad argentina se desarrollaba en un proceso de exclusión del “otro”, ahora el inmigrante. La cita anterior resulta también esencial para describir el desarrollo de la identidad de la clase como sujeto político y social. Por supuesto existían grandes diferencias entre los inmigrantes también, y la creciente conciencia de clase, por otro lado, se hizo mediante una nueva

diferenciación a base de ideas de raza en la sociedad argentina. Ahora en adelante, el prejuicio étnico fue combinado con un creciente antagonismo entre clases.

El concepto clase social se define como “conjunto de personas que pertenecen al mismo nivel social y que presentan cierta afinidad de costumbres, medios económicos, intereses etc.” (Real Academia Española 2001). ¿Cómo se construye una identidad de clase en Argentina? En la indicación y la diferenciación de un “otro”. Según Garguin (2007), la construcción de la identidad de la clase media en la primera mitad del siglo XX se basaba en dos

binario entre el pueblo y la oligarquía. En segundo lugar, en la oposición a la clase obrera, una diferencia que se articulaba a través de categorías raciales.

El término racialización, que deriva de la palabra inglesa racialization, se define por Marshall (1998) de la siguiente manera: “The social processes by which a population group is

categorized as a race” (sin página). Esto describe, por lo menos parcialmente, las crecientes tensiones entre la clase obrera y la clase media emergente en las primeras décadas del siglo XX. La cuestión de clase en la sociedad argentina, tuvo un giro significativo con la aparición de Juan Perón a mediados del siglo XX. Previamente, dice Garguin, con la imagen de la nación construida como una población blanca y homogénea, sin diferencias sociales significativas, no existía una noción clara de una clase media. Con la llegada de Perón al poder en los años cuarenta se hizo evidente que esta imagen racializada de la Argentina no correspondía a la nación entera (Garguin 2007, 162).

La dicotomía del fascismo y anti-fascismo dominaba el discurso anti-peronista desde el principio. Este paradigma formaba el debate en términos políticos. Al mismo tiempo, dice Garguin, su tono cultural amplio se basaba en una articulación de la dicotomía civilización y barbarie. Por tanto, los partidarios al anti-fascismo que se consideraban representantes a la vez de la civilización y la nación entera, miraba el ascenso de Perón como el crecimiento de un fascismo totalitario bárbaro (Bisso referido en Garguin 2007, 174). Apunta Garguin:

The consequence was an Other that was excluded from the national construction; an Other that would soon reveal itself as the popular majority in the urban litoral that had been the center of so much national thought. Although at first this division was constructed as political, it soon incorporated cultural features, and it would not take long before it was also extended to reflect class, ethnic and racial differences (Garguin 2007, 174).

El sector medio de los años cuarenta se consideraba heredero de Europa, la inmigración y la sociedad más civilizada en Latinoamérica. Al mismo tiempo querían marcar la distinción, no sólo de la oligarquía como en el pasado, sino también de una masa con actitudes plebeyas, ahora manifestado abiertamente en público. Por consiguiente, describe Garguin, se vio cada vez más cómo los miembros del sector medio deshumanizaba y denigraba al obrero peronista a través del término “cabecita negra” (164). Este término, empleado para designar tanto a las personas de la clase popular como a los migrantes del interior con piel más oscura, sigue

vigente junto con otros términos despectivos y racistas, como negro y groncho5, dedicados a personas de la clase baja, curiosamente sin coherencia con el color de la piel de la persona.