Artículo publicado en Investigación y Ciencia
n.o 345
La teoría económica del compor-
tamiento considera que nuestra forma de hacer negocios deriva de un legado que nuestra especie recogió en el curso de la evolución.
La ley de la oferta y la demanda, así como el
trueque, tan influyentes en el comercio de bienes y servicios en la economía de los humanos, afectan también a las actividades comerciales de los animales.
La indignación ante tratos injus-
tos y otras reacciones emociona- les subyacen a las negociaciones entre humanos, así como entre animales.
Esta psicología compartida puede
explicar comportamientos curiosos como el altruismo. Forman parte de nuestro bagaje de primates coo peradores.
LOS MONOS CAPUCHINOS comparten la comida. Coinci- den en ello con chimpancés y humanos. Rara entre otros prima- tes, esta práctica podría haber evolucionado al par que la caza en grupo, estrategia utilizada por las tres especies. Sin recompensa compartida, no habría caza conjunta. En la fotografía, un mono capuchino juvenil ahueca la mano cerca del macho adulto para pedirle una ración de su comida.
FR AN S B . M . D E W A AL (c hi m pa ncé s) ; A LI SO N K EN D AL L ( grá fic a)
Para los biólogos, semejante exposición carece de fundamen- to. Descendemos de un extenso linaje de primates gregarios. Ello significa que la naturaleza nos ha dotado de un fuerte de- seo de sentirnos integrados y de encontrar compañeros con los que vivir y trabajar. Esta explicación evolutiva de las relacio- nes sociales ha ido ganando aceptación con la aparición de una nueva disciplina: la economía del comportamiento, que estu- dia la toma de decisiones en el terreno de la economía, a partir del comportamiento humano real y no de las fuerzas abstrac- tas del mercado. En 2002, la escuela recibió la sanción oficial con la concesión del Nobel de economía a dos de sus fundado- res: Daniel Kahneman y Vernon I. Smith.
La incipiente economía del comportamiento animal demues- tra que las tendencias y preocupaciones económicas básicas en humanos —reciprocidad, repartición de bienes y cooperación— no son exclusivas de nuestra especie. Probablemente aparecie- ron en otros animales a lo largo de la evolución por las mismas razones que se desarrollaron en nosotros: para que los indivi- duos sacaran el máximo partido unos de otros sin socavar los intereses comunes que sostienen la vida en grupo.
A modo de botón de muestra, citaré un incidente que me ha sucedido en mi lugar de trabajo, el Centro Nacional Yerkes de Investigación de Primates en Atlanta. Habíamos enseñado a monos capuchinos a alcanzar un tazón de comida situado so- bre una bandeja; para ello solo debían tirar de una barra fija- da a la bandeja. Pesaba esta demasiado para un solo sujeto; los monos tenían un motivo para trabajar juntos.
Les llegó el turno a Bias y Sammy, dos hembras. Situadas en jaulas contiguas, alcanzaron una bandeja en la que había dos ta- zones de comida. Pero Sammy tenía tanta prisa por obtener su recompensa que soltó la barra y agarró el tazón antes que Bias tuviera la oportunidad de asir el suyo. La bandeja salió disparada hacia atrás, quedando fuera del alcance de Bias. Mientras Sammy
devoraba la comida, Bias se encrespó. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones durante medio minuto, hasta que Sammy se acercó de nuevo a la barra de halar y ayudó a Bias a alcanzar la bandeja por segunda vez. Sammy no lo hizo para su propio pro- vecho, pues para entonces su tazón ya estaba vacío.
Con esta enmienda de su comportamiento, Sammy respon- día a la protesta de Bias ante la pérdida de una gratificación esperada. Semejante acción guarda con las transacciones eco- nómicas humanas un parecido mayor que la de los cangrejos er- mitaños, pues muestra cooperación, comunicación, satisfacción de una expectativa y quizás un sentido de obligación. Sammy pareció basarse en un trueque, una reacción hasta cierto punto previsible, si tenemos en cuenta que la vida en grupo de los mo- nos capuchinos gira alrededor de la misma mezcla de coopera- ción y competencia que caracteriza a nuestra propia sociedad.
LA EVOLUCIÓN DE LA RECIPROCIDAD
Lo mismo que las personas, los animales se prestan en ocasio- nes ayuda sin que medie un beneficio palmario para el que asis- te. ¿Cómo se explica semejante altruismo? Cuando ello ocurre entre miembros de la misma familia, la respuesta es bastante sencilla: la sangre tira. Los biólogos reconocen ventajas genéti- cas en un comportamiento de este tipo: si tu pariente sobrevive, aumenta la probabilidad de que tus genes lleguen a la siguiente generación. La cooperación entre individuos no emparentados, en cambio, no sugiere ventajas genéticas inmediatas.
Pëtr Kropotkin, príncipe ruso, ofreció una primera explicación del fenómeno en su libro Ayuda mutua, publicado en 1902: si la ayuda es comunal, razonaba, todos los individuos ganan —la pro- babilidad de supervivencia aumenta para todos—. Pero tuvimos que esperar hasta 1971 para que Robert L. Trivers, entonces en la Universidad Harvard, formulara esa idea en términos evolutivos modernos, con su teoría del altruismo recíproco.
A asea a B A no asea a B
A obtiene
comida de B comida de AB obtiene
90 Éx ito medi o en la obtenció n de comida (p orcent aje ) 0 80 70
LOS CHIMPANCES comparten comi- da (estas ramas con hojas, por ejemplo) a cambio de favores como el aseo. Tal reci- procidad se demostró experimentalmente observando que el acicalamiento mutuo de la mañana se correspondía con el acto de compartir comida por la tarde. El éxi- to del chimpancé A a la hora de obtener comida del chimpancé B aumentó des- pués de que A hubiera aseado a B, pero el éxito de B a la hora de obtener comida de A no estaba afectado por el favor de A (gráfica). Es el aseador, pues, quien se be- neficia, lo que ratifica la regla de trueque de comida por aseo.
RO BE RT O O ST I
En la opinión de Trivers, sacrificarse por otro sale a cuenta si, más tarde, este devuelve el favor. La reciprocidad queda re- ducida a «te rasco la espalda si luego tu me rascas la mía». ¿Qué muestras de este trueque hallamos entre los animales? Monos y simios forman coaliciones; dos o más individuos, por ejemplo, atacan conjuntamente a un tercero. Asimismo, se ha encontra- do una correlación positiva entre la frecuencia con que A apo- ya a B y la frecuencia con que B ayuda a A.
Pero, ¿significa ello que los animales llevan la cuenta de los favores dados y recibidos? Quizá tan solo dividan el mundo en «amigos», a los que prefieren, y «los demás», que les importan poco. Cuando el sentimiento es mutuo, la relación resulta recí- procamente fructífera o recíprocamente estéril. Tales simetrías explican la reciprocidad observada en peces, murciélagos vam- piro (que regurgitan sangre a sus compañeros), delfines y di- versas especies de monos.
Porque no anotan el debe y el haber de los favores, no hemos de suponer que carezcan del sentido de la reciprocidad. El plan- teamiento es otro. En concreto: ¿de qué modo ve recompensa- do el altruista un favor realizado? ¿En qué estriba exactamente el mecanismo de la reciprocidad? El registro mental de favores ofrece un posible mecanismo, pero está por saber si opera en los animales. Hasta la fecha, los chimpancés constituyen la única excepción. En estado salvaje, cazan en grupo monos colobos. Por lo general, un cazador se encarga de capturar la presa; luego la despedaza y la comparte. Pero solo reciben ración aquellos que han tomado parte en la caza —aquel que no haya participado,
aunque se trate del macho de mayor rango, puede esperar sen- tado, de nada le servirá pedir—. Este comportamiento sugiere reciprocidad en sí mismo; durante el reparto de los despojos, gozan de prioridad los participantes en la cacería.
Para conocer qué mecanismos operan, aprovechamos la ten- dencia de esos primates a compartir, una conducta observada también en cautividad. Ofrecimos a uno de los chimpancés de nuestra colonia una sandía o algunas ramas con hojas. Al prin- cipio, el propietario se hallaba en el centro de un grupo de par- ticipación; pronto aparecerían grupos secundarios alrededor de individuos que habrían conseguido hacerse con una buena ración, hasta que la comida se hubiera repartido entre todos.
Entre los chimpancés rige el «respeto de posesión»; no sue- le verse que ninguno exija por la fuerza la comida de otro. Los pedigüeños extienden la mano, con la palma hacia arriba, a la manera de nuestros mendigos. Lloriquean y gimotean, pero no recurren a la violencia. Si se entabla por casualidad una pe- lea, suele iniciarla el poseedor con el fin de que otro abandone el grupo. Ataca a los transgresores golpeándoles la cabeza con una rama gruesa o les grita con voz chillona hasta que lo dejan solo. Sea cual sea su rango, los poseedores controlan el reparto compartido de la pitanza.
Analizamos unas 7000 situaciones de este tipo. Estudiamos la tolerancia que el poseedor mostraba hacia pedigüeños con- cretos en función de los servicios recibidos previamente. La ma- ñana de los días en que estaba planeada una prueba de com- partir comida, registrábamos los detalles del acicalamiento.
AY U DA M U T UA