los incontinentes; en cambio, para los que orientan sus afanes y ac ciones según la razón, el saber acerca de estas cosas será muy prove choso.
LA TAREA DEL FILOSOFO POLITICO
En las páginas finales de la Ética a Nicómaco, Aristóteles, tras la diserta ción sobre la ética propiamente dicha, o ciencia del bien del individuo, pasa a la ciencia política en sentido estricto, o ciencia del bien de la ciudad, y recuerda su intención práctica, que es lo que hace mejores y más felices a los ciudadanos. Dicha intención solo puede cumplirse a través de las leyes, por lo cual es una tarea para el buen legislador. A diferencia de cuanto ocurre en las otras ciencias, en política el legislador no aprende la ciencia de quienes la han practicado, es decir, de los políticos, sino de quienes es criben tratados sobre ella, que son los filósofos. Ahora bien, estos no deben hacer como los sofistas, que identifican la política con la retórica y se limi tan a recopilar las leyes existentes, sino que deben decir qué es la política, cuáles son sus objetivos (la ciudad y la constitución), qué dicen sus antece sores, cuáles son las distintas constituciones, cómo se destruyen, cómo se conservan y cuál es la mejor. Así es como Aristóteles anuncia el contenido de la Política.
El texto que sigue procede de Ética a Nicómaco, op. cit., Libro X , cap. 9, págs. 298- 301.
Q uizá, también, el que desea hacer a los hombres, muchos o pocos, mejores mediante su cuidado, ha de intentar llegar a ser legislador, si es mediante las leyes como nos hacemos buenos; porque no es pro pio de una persona cualquiera estar bien dispuesto hacia el prim ero con quien se tropieza, sino que, si esto es propio de alguien, lo será del que sabe, como en la medicina y en las demás artes que emplean diligencia y prudencia. A hora bien, ¿hemos de investigar ahora dónde y cómo puede uno llegar a ser legislador, o, como en los otros casos, se ha de acudir a los políticos? ¿O no hay sem ejanza entre la
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aiarricia política
' 4 5política y las demás ciencias y facultades? Pues, en las otras, las mis mas personas parecen im partir estas facultades y practicarlas, como los médicos y pintores, mientras que en los asuntos políticos los sofis tas profesan enseñarlos, pero ninguno los practica, sino los gober nantes, los cuales parecen hacerlo en virtud de cierta capacidad y experiencia, más que por reflexión; pues no vemos ni que escriban ni que hablen de tales materias [i 181 aj (aunque, quizá, sería más no ble que hacer discursos en tribunales o asambleas), ni que hayan hecho políticos a sus hijos o a alguno de sus amigos. Sin em bargo, sería ra zonable hacerlo si pudieran, pues no podrían legar nada m ejor a sus ciudades, ni habrían deliberadam ente escogido para sí mismos o para sus seres más queridos otra cosa m ejor que esta facultad. En indo caso, la experiencia parece contribuir no poco a ello; pues, de otra manera, los hombres no llegarían a ser políticos con la fam ilia ridad política, y por esta razón parece que los que aspiran a saber de política necesitan también experiencia. A sí, los sofistas que profesan conocer la política, están, evidentemente, m uy lejos de enseñarla. E n efecto, en general no saben de qué índole es ni de qué m ateria trata; si lo supieran, no la colocarían como siendo lo mismo que la retórica, ni inferior a ella, ni creerían que es fácil legislar reuniendo las leyes más reputadas. A sí dicen que es posible seleccionar las mejores leyes, como si la selección no requiriera inteligencia y el juzgar bien no fuera una gran cosa, como en el caso de la música. Pues, mientras los hombres de experiencia juzgan rectamente de las obras de su campo y entienden por qué medios y de qué m anera se llevan a cabo, y tam bién qué combinaciones de ellos arm onizan, los hombres inexpertos deben contentarse con que no se les escape si la obra está bien o mal hecha, como en la pintura. Pero las leyes son como obras de la polí tica. 11 1 8 1 b] Por consiguiente, ¿cómo podría uno, a partir de ellas, hacerse legislador o juzgar cuáles son las mejores? Pues los médicos no se hacen, evidentemente, mediante los trabajos de medicina. Es verdad que hay quienes intentan decir no solo los tratamientos, sino cómo uno puede ser curado y cómo debe ser cuidado, distinguiendo las diferentes disposiciones naturales; pero todo esto parece ser de
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Antología de textos
utilidad a los que tienen experiencia e inútil a los que carecen de la ciencia médica. A sí también, sin duda, las colecciones de leyes y de constituciones políticas serán de gran utilidad para los que pueden teorizar y ju zgar lo que esté bien o mal dispuesto y qué género de leyes o constituciones sean apropiadas a una situación dada; pero aquellos que acuden a tales colecciones, sin hábito alguno, no pue den form ar un buen juicio, a no ser casualmente, si bien pueden adquirir más comprensión de estas materias.Pues bien, como nuestros antecesores dejaron sin investigar lo relativo a la legislación, quizá será m ejor que lo examinemos noso tros, y en general la materia concerniente a las constituciones, a fin de que podamos com pletar, en la m edida de lo posible, la filosofía de las cosas humanas. A nte todo, pues, intentemos recorrer aquellas partes que han sido bien tratadas por nuestros predecesores; luego, partiendo de las constituciones que hemos coleccionado, intentemos ver qué cosas salvan o destruyen las ciudades, y cuáles a cada uno de los regímenes, y por qué causas unas ciudades son bien gobernadas y otras al contrario. Después de haber investigado estas cosas, tal vez estemos en mejores condiciones para percibir qué form a de gobierno es m ejor, y cómo ha de ser ordenada cada una, y qué leyes y costum bres ha de usar.
L A C IU D A D
I-a Política contiene una exposición de la ciencia política interpretada en sentido estricto, es decir, como ciencia del bien de la ciudad. En los dos primeros capítulos del Libro I, Aristóteles define la ciudad (polis) como «sociedad» (fooinonia, aquí traducido por «comunidad») que incluye todas las demás, esto es, autosuficiente y perfecta. Para aclarar la noción de ciu dad, propone descomponerla en partes y reconstruirla en una especie de historia ideal, que empieza con la familia, sociedad originaria, sigue con la aldea, o unión de varias familias, y llega hasta la ciudad, o unión de varias aldeas. Este pasaje contiene la famosa doctrina del carácter natural de la ciudad y la no menos famosa definición del hombre como «animal político (o social) por naturaleza».
El texto que sigue procede de Política, Libro I, caps. 1-2, Madrid, Gredos, col. Riblioteca Clásica Gredos, págs. 45-53.
1. [12 5 2 a] Puesto que vem os que toda ciudad es una cierta com u nidad y que toda com unidad está constituida con m iras a algún bien (porque en vista de lo que les parece bueno todos obran en to dos sus actos), es evidente que todas tienden a un cierto bien, pero sobre todo tiende al suprem o la soberana entre todas y que incluye a todas las dem ás. Esta es la llam ada ciudad y com unidad cívica. Por consiguiente, cuantos opinan que es lo m ism o ser gobernante de una ciudad, rey, adm inistrador de su casa o am o de sus esclavos, no dicen bien. Creen, pues, que cada uno de ellos difiere en más o en menos, y no específicamente. Com o si uno, por gobernar a po