Chapter 5: Environmental Degradation in the Arab World and Climate Change
4. Global Responses to Environmental Problems
“S.M. entre otras artes ha promovido la imprenta y librería en todos sus ramos, con auxilios, decretos y gracias proporcionadas a alentar una profesión desvalida, pero necesaria y lujosa para el estado; no sólo por lo que contribuye a la general instrucción, sino también porque la librería o comercio de libros es un ramo de industria, que da
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ocupación honesta a muchas gentes y hace circular fondos considerables dentro del Estado, que de otra suerte saldrían necesariamente del giro o círculo nacional”232.
Tal y como expone la Compañía de Impresores y Libreros, el libro es un producto y como tal participa en la economía. Desde sus orígenes la imprenta fue una industria regida por las mismas leyes que las demás. Con una organización de carácter gremial, canalizada a través de las cofradías de San Juan y San Gerónimo, contaba con una estructura piramidal, con la característica endogamia propia de los gremios y con la escasa diferenciación a veces entre el taller y la propia vivienda que acentuaban el hecho de que la vida de los impresores girase en torno a su negocio. Como actividad económica, necesitaba, por lo tanto, reunir un capital para poder trabajar e imprimir los textos susceptibles de satisfacer la demanda de sus clientes, con precios adecuados a la competencia del sector.
El único problema al que tenían que hacer frente los impresores que decidían establecer una imprenta no era la costosa instalación del taller y la adquisición de las prensas, que ya hemos tenido oportunidad de desglosar en páginas anteriores. A la fuerte inversión inicial le seguía otro gran escollo difícil de superar, porque los fondos que se requerían para editar un libro eran cuantiosos: comenzar los trabajos de impresión. Visto así, la edición de un libro era una actividad fuertemente capitalista, en la que había que pagar papel, anticipar los salarios, cubrir los gastos generales… Además, por lo general, el material de un establecimiento era limitado, de manera que había que restituirlo después de cada tirada para poder componer nuevas páginas, lo cual ralentizaba el trabajo y limitaba el volumen de impresos que se podían aceptar al mismo tiempo. Con estas condiciones y un volumen tal de inversión, la rentabilidad sólo se podía obtener a medio o largo plazo, una vez que la edición se pusiera a la venta. Era, en suma, un negocio de riesgo, donde con frecuencia se limitaban las tiradas para evitar desastres financieros, siendo incluso preferible tirar una segunda edición en caso de que fuera muy exitosa la primera, aunque esto supusiera componerla de nuevo desde el principio. No olvidemos que el mercado potencial no dejaba de ser disperso y minoritario en relación a la población total. Dejando a un lado las publicaciones de carácter popular, como los
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En la “advertencia” al primer Catálogo de Libros que la Compañía realiza en 1781, expone la situación de la imprenta y librería en aquellas fechas y su utilidad, véase RODRÍGUEZ MOÑINO, Antonio, op.
128 calendarios, almanaques, pequeños libros de oraciones…en definitiva, la literatura menor gracias a la cual subsistían la mayoría de las imprentas, el coste medio del libro era relativamente elevado y no estaba, ni mucho menos, al alcance del bolsillo de la población media233.
¿Pero cuál era el precio total de una impresión?, ¿qué parte correspondía a la materia prima y cuál a la mano de obra empleada? Lucien Febvre, siguiendo un memorial de 1771, dice lo siguiente al respecto234:
“Una hoja de cícero regleteada, con un tiraje de mil ejemplares tenía el siguiente precio: por dos resmas de papel, 16 libras; por la composición, las pruebas y la corrección de la última prueba –la de prensa-, 12 libras; por el tiro, 6 libras; para la amortización del material y los gastos generales se cobraba 50 por ciento sobre el costo de impresión, es decir, 9 libras. En total, 43 libras”.
En el caso español, tomando los datos de las hojas de gastos de la Imprenta Real, encontramos lo siguiente235:
- En la cuenta de la impresión de un tomo en 4º de la Gramática Italiana y Castellana de Pedro Tomasi, con una tirada de 2.050 ejemplares, se recoge que, por la composición, tirado y materiales de los 61 pliegos de que consta el tomo, a razón de 100 reales de vellón por cada pliego, hace un total de 6.100 reales de vellón. El papel empleado en los 2.050 ejemplares, de los cuales 2.000 son entrefinos y 50 finos, importa 6.848 reales de vellón. En este caso incluye la encuadernación, que tiene un valor de 2.592 reales de vellón. El total por el papel, la impresión y encuadernación de esos 2.050 ejemplares alcanza los 15.540 reales de vellón. Esto daría un coste aproximado de 7,58 reales por cada ejemplar y en el memorial que presenta el administrador del establecimiento, Santiago Barufaldi, se pretende vender cada ejemplar a 14 reales, con lo que tendría un beneficio de más del 90%.
- En la cuenta de impresión de los dos tomos en folio regular de la División de España en
Provincias y Nomenclaroe de sus pueblos de 1790, con una tirada de 1.570 juegos, se
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BARBIER, Frédéric, Historia del libro, Madrid, Alianza, 2005, pp. 260-262.
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FEBVRE, Lucien, op. cit., (Nota 128), p. 125.
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Todos los ejemplos están tomados de un expediente que contiene diferentes cuentas de impresión de la Imprenta Real en el año 1790. AHN, Consejos, leg. 11278.
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registra que por la composición, tirado y materiales de los 171 pliegos de que consta el tomo 1 y lo mismo de los 205 pliegos y medio de que consta el tomo 2, a 96 reales por cada uno, hace un total de 36.144 reales de vellón. En cuanto al papel invertido en los 1.500 ejemplares entrefinos de cada tomo y los 70 finos, el total es de 39.946 reales de vellón. Por las diferentes encuadernaciones que se han empleado estos tomos la suma alcanza los 10.462 reales de vellón. El total final de la impresión, el papel y la encuadernación de los 1570 juegos de dos tomos cada uno es de 86.552 reales de vellón, lo que daría un precio de unos 55 reales por cada juego. Por su parte, Barufaldi propone la venta a 70 reales de vellón, de manera que en este caso el beneficio sería de poco más del 60%.
- La cuenta de la reimpresión de los mil ejemplares de El Poema de la Música, también en 1790, nos ofrece las siguientes cifras. La composición, tirado y materiales de los 23 pliegos y medio de que consta cada ejemplar, a 200 reales cada pliego hacen un total de 4.700 reales de vellón. El papel alcanza los 3.259, 26 reales de vellón. El estampado de 6 láminas para cada tomo, es decir, un total de 6.000 estampas, junto al papel para dicho estampado importa un total de 2.500 reales. A la suma se incluye el pasado por el tórculo de los mil ejemplares, que importan otros 2.500 reales y, finalmente, la encuadernación, que suma 2.028. La cuenta por la reimpresión, papel, estampado y encuadernación de los 1.000 ejemplares alcanza los 15.987,26 reales de vellón, es decir, unos 16 reales aproximadamente por cada volumen. Barufaldi fija el precio de venta en 32 reales y medio de vellón, que era el precio de venta de la primera y segunda impresión que ya se habían realizado de la obra236. En este caso obtiene un beneficio de más del 100%
- En la cuenta de impresión de los 1.500 ejemplares de la Descripción de los ornatos
públicos con que la corte de Madrid ha solemnizado la feliz exaltación al trono de los Reyes Nuestros Señores y la Jura del Serenísimo Señor Príncipe de Asturias, se recoge
que la composición, tirado y materiales de los 17 pliegos en folio regular de que consta cada ejemplar, a 140 reales por cada uno, importa 2.380 reales. A ello hay que sumarle el valor de 52 resmas y 17 manos de papel invertido, que hace un total de 2.854 reales. Además, el coste de las 11 estampas que acompaña cada ejemplar –un total de 16.500 estampas para toda la tirada- asciende a 23.442 reales. Por las diferentes
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Este dato nos muestra que, en apariencia, no había diferenciación en el precio de venta de una impresión y una reimpresión, mientras que el coste de fabricación podía variar en el precio de la composición, al no tener la misma dificultad componer el texto a partir de un manuscrito que hacerlo tomando como base un texto ya impreso, lo cual repercutía en el coste de dicho apartado.
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encuadernaciones que se han empleado hay que sumar 4.074 reales. El total final de la impresión, el papel, las estampas y la encuadernación de los 1500 ejemplares es de 32.750 reales de vellón. Casi 22 reales por cada ejemplar, que Barufaldi se propone vender a 36 reales, de manera que en este caso el beneficio sería de poco más del 80%.
Observando estas cuentas, no podemos olvidar que no siempre podía obtenerse un beneficio tan alto con la posterior venta. En primer lugar, en los casos expuestos se trataba de obras cedidas a la Imprenta Real, que corría con los costes reembolsándose a cambio el total íntegro de los beneficios. Además, el hecho de ser un establecimiento oficial y contar con los mejores surtidos de letra y las mejores condiciones materiales, avalaban al establecimiento, de manera que podía permitirse poner unos precios acordes a su fama y calidad. Por último, el coste de los materiales que empleaba esta imprenta era menor que el de otros, al poder permitirse las compras al por mayor que los abarataban significativamente.
Por su parte, un documento de la Hermandad de San Gerónimo, expone los problemas económicos a los que debían hacer frente los impresores y las razones por las cuales se escogían los libros de mayor utilidad:
“Es tan cierto, y sin ponderación alguna, que las imprentas de Madrid no pueden mantenerse con sola la impresión de los libros, que lo acredita la cuenta matemática de lo que producen en favor del impresor: Los días útiles para trabajar son 265, y los demás fiestas de precepto. Supóngase ahora como cierto (que es muy falible) que todos estos días están ocupadas las prensas, y apenas puede adquirir el que mantiene la imprenta el preciso alimento; puesto el caso en los libros que dejan la mayor utilidad, para observar después la proporción en los de menor, es en esta forma: cada pliego de letra, que llamamos de lectura, con citas al margen, tirándose una jornada de 1.500 pliegos al día (que es lo que ocupa una prensa, y puede trabajar) dando el papel el autor, se ajusta la manufactura en 40 reales de vellón, por lo regular, que supuesto el trabajo de 265 días útiles, produce 10.600 reales de vellón. En la composición de un pliego de esta calidad, se ocupan dos oficiales un día, y su utilidad son 14 reales de vellón; en tirarlo en la prensa se ocupan otros dos oficiales otro día, a quienes se dan los mismos 14 reales; de modo, que llevan diariamente 28 reales, y al año importan 7.420 reales, que bajados de la partida antecedente, quedan a favor del maestro en cada uno de los días útiles 12 reales de vellón; y repartidos los 3.180 que importan, en los 365 días al año,
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viene a producir cada prensa la utilidad de 9 reales menos cuartillo de vellón al día, de lo cual se ha de rebajar el gasto de las tintas, la fundición de la nueva letra (que importa mucho), la manutención de los instrumentos quiebras de prensas, un mozo que debe asistir a la imprenta, para llevar y traer las pruebas, y todo lo demás perteneciente a ella; el costo de la casa, que es preciso que sea de más extensión que las regulares, y la manutención del maestro y de su familia, debiéndose notar en esta cuenta de los libros que dejan más utilidad, que es raro el que así se imprime, porque lo más frecuente es trabajar en libritos pequeños, como es notorio, no todo el año, sino en ciertos tiempos, y también es de consideración que no siempre se paga puntualmente”237.
No bastaba, pues, contar con la maquinaria necesaria, se necesitaba invertir en unos materiales que no eran nada económicos, siempre con la incertidumbre de si se recuperaría la inversión, pues no era previsible la recepción que el público le daría. Esto explica la avidez con la que los editores buscaban obras de venta segura, como los libros eclesiásticos, y por ello también la necesidad, a fin de evitar los riesgos del fracaso económico de un volumen cuya venta se creía segura, de realizar varias ediciones simultáneamente, arriesgando capitales muy importantes. Visto así la difusión constituía el elemento clave del sistema
Ahora bien, un impresor medio no tenía el capital suficiente. Los únicos que lograban fundar un taller bien equipado eran los impresores que tenían la suerte de encontrar un socio capitalista. En este sentido, los poderes públicos realizaron un importante papel en el suministro de fondos. Obispos y cabildos costeaban frecuentemente la impresión de los libros litúrgicos. Las ciudades hacían lo mismo con algunas obras, sobre todo cuando se trataba de los documentos oficiales que necesitaban. Gran cantidad de impresores vivían de estos trabajos. Además, el sistema de privilegio y los monopolios concedidos por el Estado a diversos libreros para ciertas ediciones permitían fomentar las empresas locales.
Desde sus orígenes, la imprenta fue un negocio inestable, donde los escasos talleres en activo encontraban serias dificultades para asentarse en una población a causa de la débil e irregular demanda de trabajo. Las instituciones, que pronto comprendieron la
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AHSG, Pleitos y documentos varios, Expediente 47, citado por PAREDES ALONSO, Javier,
Mercaderes de libros. Cuatro siglos de historia de la Hermandad de San Gerónimo, Fundación Germán
132 necesidad y, sobre todo, la utilidad de este servicio, optaron por establecer un sistema de subvención a ciertas imprentas que, de esa forma, adquirían el rango de establecimiento oficial. Por este procedimiento se perseguía el asentamiento del impresor, el poder disponer de él de forma permanente a pesar de las debilidades de la demanda de trabajo en las poblaciones medianas y pequeñas. En definitiva, era un apoyo económico para garantizar la permanencia de la imprenta en una localidad y evitar que se desplazase a otros lugares por encontrar allí mejores expectativas comerciales. Esta práctica fue frecuente tanto en las ciudades más pequeñas como en las más importantes, o incluso la capital, si bien debían existir razones que sustentaran el interés del monarca en que se mantuviese un establecimiento vinculado a él en esos lugares. Es decir, que la elección no era arbitraria ni dependía, ni mucho menos, de las peticiones de ayuda de los impresores, sino de las posibilidades de beneficio que ofrecía el taller a la monarquía.
¿Fomento de la empresa nacional?, ¿intento de disponer de una imprenta permanente? Lo cierto es que lo que se produce es un intercambio de intereses. La administración favorece así un sector en declive, que estaba viendo como la producción extranjera le comía el terreno y al mismo tiempo consigue tener imprentas a su disposición. Por su parte, el impresor oficial contaba con un sueldo fijo y anual al que se sumaban los ingresos variables generados por encargos. A esto se ha de añadir el prestigio que le reportaba disfrutar del título de impresor de un organismo civil o eclesiástico de primer orden, hecho que se encargaba de publicitar bien claro en el pie de imprenta. Esta gracia se transmitía de padres a hijos y representaba un aval y una garantía de estabilidad para el negocio. Por otra parte, la viuda del impresor, cuando quedaba en una situación precaria, podía conseguir una pensión vitalicia, aunque modesta. Hasta aquí la lectura objetiva de la situación. El poder paga, el impresor cumple, y consigue estabilizar su negocio. Sin embargo, en este caso nos conviene leer entre líneas porque lo que está haciendo el poder realmente es invertir en el control de la sociedad. Tiene en esos impresores una manera de hacer fluir las ideas que más le convienen, importantes a la hora de poder participar en la formación de una opinión pública que no se convierta en un arma crítica contra él. Esto se da con los grandes impresores, que son los que más capacidad tenían, pero también con otros de menor entidad, tratando de evitar en este caso que se vuelvan en contra de su causa ante la inactividad de sus prensas. Para el caso del impresor, lo cierto es que su relación con el poder le sirve de apoyo en un mundo muy arriesgado a nivel financiero y eso compensa la parte negativa del trato que
133 radica en el malestar que genera entre sus compañeros que se sienten marginados dentro de un importante sector del mercado y que promueven conjuntamente acciones legales y guerras comerciales, basadas en la oferta de precios por debajo de los establecidos por los impresores oficiales.
Por otra parte, existen otros motivos económicos indirectos que pueden hacer conveniente la protección la imprenta. Analizando nuevamente las Memorias
económicas y políticas de Eugenio de Larruga, a las que nos referíamos en páginas
anteriores, encontramos reveladoras las razones pecuniarias que da el economista para auxiliar al sector:
“Resulta de aquí que con el número de 25 imprentas, y en ellas 193 prensas, se hacen las ediciones que se presentan en Madrid. Si fuesen más las imprentas sería mayor el consumo de papel, y demás materiales; de esto conseguiría precisamente mayor utilidad el Estado con la mayor venta de mercaderías, y géneros necesarios para la composición de tintas, y utensilios correspondientes para el continuo manejo de este arte; pero sus individuos son tan indolentes, que hacen con su desaplicación mas corto el número de imprentas, y por consiguiente de impresiones.
La importancia de mantener estas imprentas se puede considerar, haciendo solamente la cuenta del dinero que dejan en Madrid, y lo que pasa a otras Provincias del Reyno.
Supongamos que de las 193 prensas no trabajan diariamente sino 160, dejando las 33 por las que están paradas por los accidentes comunes que hay en este exercicio, como son, faltas de asistencia de los oficiales, que son muy frequentes, falta de los aprendices que no quieren trabajar, siendo tan precisos, como que sin ellos no pueden los oficiales por sí solos manejar las prensas; la casualidad de descomponerse estas o faltarles los moldes a tiempo. También se ha de suponer, que no se les ha de dar más que 240 días de trabajo: porque algunos de estos oficiales son demasiadamente inclinados a hacer quantas fiestas pueden, particularmente los lunes, y generalmente en la temporada de corridas de toros. Contados los 240 días de labor a razón de 160 prensas de trabajo cotidiano, dejan en las imprentas la cantidad de 480 resmas de papel impreso en cada un día, que multiplicadas por los 240 días de labor, ascienden cada año a 115.200 resmas de cuya impresión resulta a los dueños una ganancia excesiva, motivo suficiente para que estos se esmerasen en adelantar y fomentar tan importante industria, capaz por sí sola de atraernos la felicidad, y subsistencia de mucho número de artesanos, que hallan
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ocupación con ellas. Además del beneficio que resulta a favor de los dueños de las imprentas con el fomento de este noble arte, debe atenderse el que se extiende a casi todas las Provincias del Reyno con el consumo de papel, que es uno de los mas