CHAPTER 2 Building a Conceptual Framework
2.3 Governance in the REDD+ context
¿Quién controla su tiempo? Es la pregunta con la cual Soledad Murillo ejemplificó la forma en la que la representación social del tiempo ha cobrado una extraordinaria capacidad de regulación sobre la vida de los sujetos, ya que el tiempo ha pasado de ser una convención social para convertirse en un hecho asumido como natural, ha dejado de ser “una magnitud para mutarse en una experiencia de la cual es difícil sustraerse, ya que se sitúa como una disciplina inapelable, una ley extema ante la cual hay que doblegarse, (2001: 154)
La perspectiva de género ha contribuido al “descubrimiento” de que el tiempo es una construcción socio-cultural que poco tiene de natural, los trabajos relacionados con el tiempo de las mujeres y el trabajo entendido de forma amplia, en su acepción laboral y reproductiva, han permitido identificar las dimensiones analíticas del tiempo: “el tiempo como pauta de ordenación y el tiempo como pauta de regulación de los hechos y acontecimientos, de los usos y los imaginarios entre los cuales transcurren la actividad y las relaciones sociales y se orientan y estructuran los proyectos de vida de las personas” (Toms,2001:140).
En el período anterior a la industrialización los tiempos de trabajo y los tiempos de vida guardaban estrecha relación con los ciclos de la naturaleza. La organización de la actividad de las personas estaba determinada por factores como las estaciones del año, la época de siembra y cosecha, la luz solar, las condiciones meteorológicas y por las necesidades de la vida humana. En las sociedades capitalistas actuales toda la vida personal y social quedó sometida a los tiempos industriales. El tiempo se constituyó en un "recurso escaso" con características de linealidad y homogeneidad (Carrasco, 2005).
Las lógicas que rigen el tiempo laboral y el tiempo dedicado al trabajo reproductivo son diferentes. El primero se rige por una lógica diacrònica, lineal, objetivable mediante horarios, mientras que en el segundo se evidencia una lógica sincrónica, difícil de precisar
sin la percepción subjetiva de la experiencia vivida cotidianamente, perceptible de manera particular a través del ciclo de vida femenino (Toms, 2001).
Los tiempos vienen determinados tanto por las exigencias de la producción mercantil como por los requerimientos naturales de la vida humana. La forma como las personas organizan la distribución de los mismos tiene un fuerte componente de género en la medida en que los roles asociados a la masculinidad y a la feminidad establecen prioridades para hombres y mujeres, relacionadas con su participación en las esferas pública y privada. Así, Carrasco (2003) señaló que las mujeres -una vez intentadas todas las posibilidades de reducir el trabajo familiar doméstico- adaptan, de una u otra manera, su tiempo de participación laboral a las necesidades del cuidado de la vida. En particular las mujeres con personas dependientes a su cargo, desarrollan distintas estrategias para realizar el trabajo de mercado, asumiendo las necesidades de sostenimiento de la vida humana, intensificando su tiempo de trabajo total, reduciendo el tiempo de ocio y en ocasiones el dedicado a las necesidades personales.
Los varones en cambio mantienen una dedicación prioritaria - y muchas veces exclusiva- al mercado. “Al contrario de las mujeres, para estos últimos, el referente principal sigue siendo el trabajo remunerado al cual ofrecen una total disponibilidad de tiempo. De esta manera, los requerimientos de cuidados directos en el hogar se convierten para los varones en una variable residual y ajustable a su objetivo principal: la actividad mercantil pública” (Carrasco, 2003)
Carrasco (2003: 29-31) estableció cinco categorías para el uso del tiempo en las personas en edad activa, caracterizados por los diferentes niveles de necesidad, flexibilidad y posibilidad de sustitución:
Tiem po de necesidades personales: indispensable y bastante rígido, en el sentido en que existe un tiempo necesario difícil de disminuir dedicado al sueño, al mínimo de comidas y al aseo personal.
Tiempo de ocio: tiene un fuerte grado de flexibilidad, de hecho se utiliza habitualmente como “variable de ajuste” del tiempo de trabajo familiar doméstico: un aumento de este último reduce rápidamente el tiempo de ocio.
Tiempo de participación ciudadana: bastante flexible, incluye los tiempos dedicados a todo tipo de trabajo voluntario: participación en asociaciones, partidos políticos, trabajo voluntario directo, etc.
El tiempo de trab ajo m ercantil: depende tanto del desarrollo tecnológico como de otros aspectos de orden más social e institucional: de la organización laboral, de las relaciones de poder entre trabajadores(as) y empresarios(as), del papel del sector público, de las pautas sociales de consumo, de la situación socio-política general y de la cultura masculina del trabajo de mercado. Normalmente, la jornada negociada o impuesta por las relaciones laborales es bastante rígida, en el sentido de que la persona individual no puede optar por un número de horas de trabajo elegidas a voluntad, ni tampoco puede elegir la distribución de las horas a lo largo de la semana, el mes o el año.
El tiem po de trab ajo doméstico fam iliar: dividido en dos componentes diferenciados. El primero comprende aquellas actividades que son inseparables de la relación afectiva que implican y que, en consecuencia, no tienen sustituto de mercado (no pueden ser valoradas a precio de mercado) ni sustituto público. Este tiempo de trabajo no puede disminuir por debajo de unos mínimos estrictamente necesarios sin afectar el desarrollo integral de las personas26. El segundo componente del tiempo doméstico familiar
26 Respecto a las actividades consideradas inseparables de la relación afectiva y sobre los servicios que resultan indelegables a instituciones públicas o al m acad o existe un debate que incluye la definición acerca de lo que es mercantilizable o extemalizable del grupo familiar, y discusiones que tocan directamente los marcos culturales bajo los cuales se evalúan los vínculos sociales y lo que deseamos o no ceder como mujeres y como familias. Autoras como Tobío (2005) han destacado que, a pesar de que hay otras formas posibles de organización experimentadas en el pasado, en otros contextos e incluso en el presente como residencias, internados, hospitales, cárceles y cuarteles, que demuestran que es técnicamente posible organizar las necesidades cotidianas de las personas fuera de las familias, hay barreras ideológicas que impiden despojar a
comprende aquel que produce bienes y servicios que pueden ser sustituidos por el mercado o el sector público. El grado de sustitución dependerá, por una parte, del nivel de ingresos (básicamente salarios) y, por otra, de la oferta de servicios públicos de cuidados.
La organización de estos tiempos cobra unas características particulares en la sociedad capitalista regida por el objetivo de la maximización del beneficio, en la que sólo el tiempo mercantilizado -aquel con capacidad de ser transformado en dinero- tiene reconocimiento social. “Este tiempo es el dedicado al trabajo de mercado. El resto de los tiempos -e n particular, los llamados -tiempos generadores de la reproducción-, que incluyen los tiempos de cuidados, afectos, mantenimiento, gestión y administración doméstica, relaciones y ocio, que no son tiempo pagado sino vivido, donado y generado se constituyen en lo que Adams (1999) denominó la sombra de la economía del tiempo dominante, basada en el dinero (Carrasco, 2003: 36)
La influencia de las jomadas laborales sobre la distribución de los demás tiempos se agudiza por factores como la sobrevaloración social que existe en tomo a las jornadas extensas, situación que guarda relación tanto con las formas de organización del trabajo como con las culturas organizacionales. Sin embargo, se ha encontrado que “las elevadas jomadas laborales, tanto en lo que se refiere a la duración de la jom ada como al número de horas efectivamente trabajadas no comportan necesariamente una elevada productividad en el trabajo y una mayor competitividad” (Meil, 2007:6)
Diversos factores contribuyen a prolongar la duración de las jomadas laborales, por lo cual se aumenta la presión por conciliar los tiempos de trabajo, ante la invasión de los tiempos vitales por las jomadas excesivas de trabajo remunerado. Para el caso español se han señalado los siguientes, asimilables en gran medida a nuestro país: en general se entra tarde a trabajar, sobre todo en los sectores de atención directa al público. Hay una extendida “cultura de pasillo”, que supone la existencia de muchos tiempos muertos a lo largo de la
esta institución de las representaciones sobre su conveniencia para satisfacer las necesidades básicas de los individuos.
jornada laboral que tienden a prolongarse excesivamente, tales como conversaciones de pasillo, pausas para el café o para fumar27 (Meil, 2007:8).
Desde un enfoque feminista la posibilidad de conciliar la vida laboral y la familiar debería ser una reivindicación motivada sobre todo por la necesidad de garantizar la reproducción de la especie humana y que ésta no se sacrifique en pro de los intereses de la producción mercantilizada. Analizar este tema, desde una perspectiva de género, implica cuestionar el hecho de que la conciliación se considere un tema únicamente de mujeres, bajo lo cual se esconde la idea de que las actividades de cuidado de la vida son una responsabilidad inherente al género femenino, y empezar a reivindicar el tema de la conciliación como una necesidad urgente para la vida de mujeres y hombres por igual.
Reconociendo que las mujeres realizan una práctica continua de “conciliación” sin necesidad de leyes o políticas particulares, Carrasco considera que las políticas actuales de “conciliación” de la vida familiar y laboral pierden sentido, ya que no abordan el problema de fondo sino que plantean mínimos ajustes manteniendo como objetivo central la obtención de beneficio económico.
Por esto, en coincidencia con otras autoras señaló la necesidad de reorganizar la sociedad siguiendo el modelo femenino de trabajo de cuidados, con una flexibilización de los tiempos mercantiles de modo que se adapten a las necesidades humanas. En un esquema en el que se valorice del tiempo no mercantilizado, lo cual contribuiría a que los hombres disminuyeran sus horas dedicadas al mercado y asumieran su parte de responsabilidad en las tareas de cuidados directos, “de esta manera se podría lograr la “igualdad” entre mujeres y hombres, porque éstos últimos estarían imitando a las primeras al participar de forma similar en lo que son las actividades básicas de la vida” (Carrasco, 2005:44).
27 Además, existe el hábito de convocar reuniones al final de la jom ada laboral, reuniones que, por otro lado, se hacen con frecuencia innecesariamente largas, y predomina la existencia de una “cultura de calentar la silla” en virtud de la cual se valora socialmente la productividad de las personas en función del tiempo que está en el trabajo o incluso de la hora a la que sale de trabajar, más que por los objetivos y el trabajo realmente desempeñado (Meil, 2007:8).
En el marco de esta misma preocupación Benería (1999) ubicó el aporte que el feminismo puede realizar a la búsqueda de nuevas directrices para el desarrollo humano, señalando la necesidad de llevar a cabo un cambio social en el que lejos de considerar los comportamiento altruistas, solidarios o fundamentados en el amor, como atrasados e irracionales, éstos aparezcan como fuentes de inspiración para formas alternativas de organización social, en las que la actividad económica se encuentre al servicio del desarrollo humano y no al revés y en las que la búsqueda de productividad redunde en beneficios colectivos. En este sentido el Estado tiene mucho que aportar, de manera que las responsabilidades de la reproducción social no constituyan una responsabilidad privada, que recae sobre las familias y particularmente sobre las mujeres.