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2010 2011 2012 2013 Governance and Strategy 63% 61% 73% 80%
Nuestras fuentes se concentran en las acciones de una élite militar. La posteridad y la fama (kleos) era importantes para los griegos de la aristocracia, pero la historia es algo más que esto, y otros factores estuvieron presentes en el trazado del mapa del mundo después de Alejandro. Como dice Claire Préaux: «¿Saben los actores de la historia adonde van sus acciones?».50 Los cambios más amplios en la sociedad podrían haber agregado impulso al establecimiento de un nuevo sistema político. ¿Por qué pudieron Alejandro y los diadocos organizar ejércitos tan grandes?
Alejandro se encontró con que tenía un problema en cuanto a la cantidad de exiliados de las ciudades griegas. Eran tan numerosos que, según Diodoro (18.8, Austin 16, cf. 17, 109), más de 20.000 se congregaron en Olimpia en el 324 para oír el «decreto de los exiliados». Es posible que fueran miembros de la clase de los hoplitas en sus ciudades natales —hombres relativamente prósperos que podían adquirir la armadura completa de infantería a la manera griega tradicional— que habían sido expulsados como resultado de los problemas políticos. La cifra podía incluir sólo unos pocos hombres de cada polis, aunque habría muchos más además de aquéllos en Olimpia; con todo es significativo que el fenómeno de los exiliados fuera visto como general. Un problema adicional para Alejandro era el gran número de mercenarios despedidos (por orden suya) por sus sátrapas. Muchos miles se juntaron en el 324 en el santuario de Poseidón en el cabo Tainaron en Laconia, un lugar donde tradicionalmente se contrataba a los mercenarios (Diod. 17. 111). Bajo el mando de
un destacado general ateniense, Leóstenes, se pusieron a la disposición de Atenas para preparar un alzamiento contra Macedonia.51
Un posible factor demográfico relevante para el siglo IV fue la superpoblación, que podía llevar a la emigración. Sallares ha examinado las tendencias de la población de largo plazo de Grecia desde un punto de vista biológico y demográfico.52 Detectó un patrón en las fuentes que sugiere que la población humana llegó a un máximo alrededor del siglo IV y después, como tiende a suceder con las poblaciones biológicas, excedió la capacidad de sustento ofrecida por el medio, antes de retroceder en el período helenístico. Después de que el sistema palaciego micénico llegara a su fin en el siglo XII, era probable que la población humana del entorno griego aumentara por su propio impulso si no iban en su detrimento accidentes como las hambrunas y las invasiones. Por tanto, un factor que podría explicar la frecuencia del asentamiento griego en ultramar durante la llamada edad oscura (c. 1100-c. 900) y los períodos geométrico y arcaico que la siguieron (c. 900 -c. 480), sería un exceso (en cierto sentido) de la población, aunque las personas en ese momento probablemente no lo habrían reconocido como tal. El historiador, sin embargo, debe analizar cómo operan tales causas impersonales en medios sociales concretos.
Cuando se examinan las postrimerías del siglo IV, es importante explicitar un posible vínculo entre el cambio demográfico y el número de exiliados políticos; pero las personas coetáneas no pueden haber tenido ningún medio para saber que la población estaba aumentando, más allá de los superficiales o anecdóticos, pues los datos estadísticos o eran pocos o no existían. Ellos habrían sido conscientes de la guerra y de sus víctimas, de las disputas por la propiedad de la tierra, de la guerra civil que provocaba expulsiones, y así sucesivamente. Una consecuencia posible de la creciente población bien puede haber sido un conflicto civil recurrente que acababa con la expulsión de los grupos derrotados.
Ya en 380 (en su Panegírico), y ya en 324 y 338 a más tardar (Cartas, 2-3: A
Filipo 1 y 2), el orador ateniense Isócrates demandaba una expedición panhelénica
contra Persia para arreglar los problemas de Grecia.53 Entre esos años hizo esta súplica más de una vez: en 356 al rey Arquidamo de Esparta (Carta 9: A
Arquidamo), en 346 a Filipo (Oración 5: Filipo). Más de una vez recalcó que, entre
los problemas de Grecia, estaba, a su parecer, el número masivo de exiliados políticos:
Porque aunque son muchos los males inherentes a la naturaleza de los hombres, nosotros mismos hemos añadido más de los necesarios, al haber guerras y revueltas entre nosotros y, así, unos han muerto injustamente en sus ciudades, otros andan desterrados en tierra extranjera con sus hijos y mujeres, y muchos obligados por la escasez de lo cotidiano a defender a los enemigos, han muerto luchando con sus amigos.
(Isócrates, Oración 4; Panegírico, 167-168)
De modo semejante, en la oración A Filipo, escribió que «es fácil reunir un ejército más numeroso y fuerte con vagabundos que con ciudadanos» (sección 96, cf. 120-121). Muchos de estos hombres pudieron haber sido exiliados políticos, que fueron presentados (con exactitud o con falsedad) como un peligro para Grecia.
La ocupación ateniense de Samos es un caso especial de este fenómeno. En el 365 los atenienses habían aplastado brutalmente la polis de Samos y se habían apoderado de la isla, enviando a ciudadanos atenienses a establecerse como clerucos (klêrouchoi, parcelarios, como los del imperio ateniense del siglo V) y a cultivar la tierra. Muchos de los exiliados griegos que trataban de volver a su patria en el 324 eran los supervivientes y los descendientes de estos samianos que presionaban a Alejandro para que restableciera su polis. Finalmente lo hizo, aunque primero los ateniense no obedecieron su proclama y sólo la guerra lámica solucionó la cuestión.54
Los factores demográficos pueden así haber facilitado un suministro disponible de tropas para los ejércitos de los diadocos, tanto mediante el crecimiento de la población como del exilio político. El servir en un ejército real representaba un camino para el ascenso social (habiendo reconocido el riesgo de perecer) que se abría ante los exiliados griegos y los no ciudadanos pero también ante los ciudadanos normales.55 El reclutamiento por lo general conllevaba a asentarse en el extranjero al
pasar al retiro. Es difícil ver esto como un proceso meramente demográfico; para un ciudadano, la elección entre emigrar con la esperanza de una vida mejor, y permanecer en la patria con oportunidades económicas menores, no siempre debió de haber sido fácil. Es dudoso que sea exacto, como algunos aseguran,56 que la falta de otros empleos lucrativos fuera un factor que promovía la emigración; las economías de las ciudades-estado quizá no estaban basadas en el trabajo asalariado en un alto grado. Es más probable que la creciente polarización de las clases ricas y el crecimiento de las grandes propiedades de la élite —una tendencia con frecuencia observada en la historia griega— estuviera expulsando de la tierra a los ciudadanos con pequeñas propiedades y haciéndolos depender de los ricos para el empleo estacional. Para estos hombres la oportunidad de emigrar a una nueva ciudad y/o de luchar por el rey con la esperanza de recompensa podría haber sido atractiva, dada la perspectiva de recuperar el estatus de propietario de tierra.
Las fuentes dan una idea de la escala de los movimientos de población. En el 334, cuando invadió Asia, Alejandro llevó 12.600 griegos del sur con él, de los cuales 7.600 eran de las ciudades de la liga de Corinto, y el resto mercenarios. El resto de su ejército de 37.000 hombres estaba formado por macedonios, reclutas de las tribus del norte y griegos del centro norte como los tesalios. Recibió alrededor de 65.000 nuevos mercenarios durante su expedición, de los cuales al menos 36.000 se quedaron como tropas de guarnición o colonos.57 Después unos 23.000 griegos (que
podrían haber incluido norteños o incluso macedonios) fueron asentados por Alejandro en las satrapías persas «altas» (orientales); a su muerte se rebelaron, con el deseo de volver a Grecia y fueron masacrados por los macedonios (cf. Arr. 5. 27. 5, sobre el envío de regreso de los tesalios desde Bactriana). Después de la muerte de Alejandro, los nuevos gobernantes parecen haber continuado reclutando en Grecia en números cada vez mayores. Antigono tenía 28.000 infantes y 8.500 jinetes en 317 a.C. (Diod. 19. 27, Austin 28); contra él Eumenes presentó 35.000 infantes. Once años después Antigono tenía 80.000 infantes (Diod. 20. 7. 3). Un siglo después Antíoco podía movilizar 70.000 infantes y 5.000 jinetes, de los cuales no menos de 40.000 habían sido reclutados en Grecia y Asia Menor (Polib. 5, 63-65, Austin 224); la fuerza que Ptolomeo le opuso en el 217 a.C. incluía 5.000 mercenarios griegos contando 2.500 cretenses. Estos son sólo ejemplos seleccionados, pero dan una idea de la escala de emigración de Grecia, descontando incluso la exageración y las
urbanizadas como Etolia, Tesalia y Creta antes que de ciudades famosas como Atenas. Incluso en la ciudad relativamente próspera de Magnesia, a orillas del Meandro, bajo Antíoco I, los ciudadanos estaban deseosos de trasladarse a la nueva fundación de Antíoco en la lejana Persis (Austin 190, Burstein 32, OGIS 233). Esparta es un caso especial: desde inicios del siglo IV los espartanos habían estado ganando dinero sirviendo a potentados extranjeros (véase por ejemplo, Agesilaos de Plutarco) y esto continuó.58
Las ambiciones de estos miles de hombres —muchos de los cuales habrían experimentado una relativa pobreza en sus ciudades natales— puede haber proporcionado algo de la motivación para las conquistas iniciales de Alejandro y las luchas territoriales de los diadocos. Para los soldados las principales recompensas del servicio militar estaban en el saqueo, el botín y, en el fondo, en la tierra, de modo que —dejando de lado los riesgos de la vida y de pérdida de miembros— era importante continuar en la campaña. Si establecerse en Alejandría, en Egipto, o en Alejandría Escate (en el actual Uzbekistán) era igualmente atractivo es una cuestión discutible.59
Una idea de lo que se ofrecía a los atenienses de la época puede percibirse en un esbozo de la serie de rasgos éticos descritos por el filósofo Teofrasto del siglo IV, aunque el personaje del que se habla fuera un charlatán:
Es capaz de engañar a su compañero de viaje durante el camino, contándole que participó en una expedición con Alejandro, y cómo lo trataba éste y cuantas copas con incrustaciones de piedras se trajo. Mantiene que los artesanos de Asia son mejores que los europeos, y se expresa en estos términos pomposos, aunque jamás puso los pies fuera de Atenas. Asegura que ha recibido tres veces cartas de Antípatro, invitándole a visitar Macedonia y que a pesar de haberle sido concedido un permiso de importación de madera exento de impuestos, lo ha rechazado, a fin de no ser acusado por algún conciudadano: «¡Tenían que haber sido más avispados los macedonios». Sostiene que, durante la época de escasez, gastó más de cinco talentos en socorrer a los más necesitados de entre sus compatriotas, por ser incapaz de negarse a ello
(Teofrasto, Caracteres, 23)
Aunque los macedonios aquí son una fuente de conflicto— el pasaje implica que les agradaba contratar agentes secretos en las ciudades— es igualmente claro que jactarse de hacer dinero al servicio del rey era algo que uno podía esperar oír de la gente, una estrategia reconocida de ascenso social.
La jefatura personal ejercida por los diadocos sobre sus tropas representaba un nuevo fenómeno social, al menos por su escala. Los jefes mercenarios habían sido usados antes por las ciudades griegas y los potentados no griegos; a inicios del siglo IV el ateniense Ifícrates, uno de los generales más renombrados, había servido primero a su propia ciudad, después a los tracios, los persas, los espartanos y los macedonios. Los miembros de las antiguas poleis, como Conón de Atenas y el rey Agesilao de Esparta a inicios del siglo IV, habían sido empleados, con frecuencia con tropas personalmente leales a ellos, por potentados extranjeros. La sola dimensión de los ejércitos de los diadocos, combinada con los juramentos de lealtad personal que les prestaban las tropas (a Eumenes, por ejemplo, Plut. Eum. 5. 3, cf. 7. 1, 12. 2; o al rey Eumenes I Austin 196, BD 23, OGIS 266),60 aumentó la dificultad de reunificar
el imperio: demasiados jefes individuales y soldados tenían algo en juego en un resultado diferente.
Las ambiciones individuales de los soldados griegos también tuvieron consecuencias para la población nativa de Egipto y Asia (capítulos 6, 8). La época «helenística» no fue un período en que «el Oriente» se volvió culturalmente griego; pero los griegos sí colonizaron muchas partes de Asia occidental y Egipto y trajeron con ellos su cultura, incluidas las prácticas militares, así como la religión, la literatura y el atletismo— todas las cosas que constituían su identidad para sus propios ojos, y cuya ausencia hacía bárbaros a los otros. La emigración, el exilio y el servicio mercenario proporcionaron los principales estímulos para la expansión del poder griego en el Oriente Próximo.
1 Sobre el sistema de tributo del imperio persa véase S Hornblower, «Persia», CAH1 vi (1994), cap 3
(pp 45-96), en pp 59-62, sobre su perpetuación por Alejandro en Asia Menor occidental, véase A B Bosworth, «Alexander the Great part 2, Greece and the conquered territories», CAH2 vi, cap 117 (pp 846-875), en pp 868-870.
2 P ej A W Gomme, «The end of the Greek city-state», en A W Gomme, Essays in Greek History and
Literature (Oxford, 1937), cap 11 (pp 204-248)
3 Sobre la definición de la polis, y el llamado «fin de la polis», véase M H Hansen, «Introduction the
polis as a citizen-state», CPC Acts 1 (1993), pp 7-29, en pp 20-22 (cita p 21), más ampliamente en CPC Acts 5 (1998), P J Rhodes, «Athenian democracy after 403 BC», Classical Journal, 75 (1980), pp 305-323, W G Runciman, «Doomed to extinction the polis as an evolutionary dead-end», en O Murray y S Price, eds, The Greek City (Oxford, 1990), cap 14 (pp 347-367). C Mosse, Athens in Decline 404-86 BC (Londres, 1973), adopta una postura pesimista, tales opiniones fueron convincentemente rechazadas por P Gauthier, «Les cites hellenistiques», CPC Acts 1 (1993), pp 211- 231 Véase también E S Gruen, «The polis m the hellenistic world», en R M Rosen y J Farrell, eds , Nomodektes Greek Studies in Honor of Martin Ostwald (Ann Arbor, Mi, 1993), pp 339-354.
4 Véase P J Rhodes con D M Lewis, The Decrees of the Greeks States (Oxford, 1997), esp parte 3, cap
5, «Democracy and Freedom» pp 528-549, sobre la amplia continuidad de las formas democráticas hasta el siglo II a C por lo menos.
5 Habicht, Athens, p 2. Véase también D M Lewis, «Democratic institutions and their diffusion»,
[Practicas del 8 ° Congreso de Epigrafía Griega y Latina»] (Atenas, 1984), i, pp 55-61, reimpr en id, Selected Papers in Greek and Near Eastern History (Cambridge, 1997), cap 8 (pp 51-59) La continuidad de la participación en Atenas es también subrayada por G J Oliver, «The Athenan State under threat politics and food supply, 307 to 229 BC» (tesis doctoral inédita, Oxford, 1995)
6 Gauthier, «Les cites hellenistiques», pp 213-214.
7 J K Davies, «Cultural, social and economic features of the hellenistic world», CAH2 vii, 1 (1984),
cap 8 (pp 257-320), en pp 270-285.
8 Respectivamente IG xii, suplem 348, I Delos, 509, IG n2, p 1 013.
9 G Klaffenbach, Die Astynomeninschrift von Pergamon (Berlín, 1954), SEG xiii, p 21.
10 Sobre el reinado de Alejandro, además de los trabajos citados en la Bibliografía complementaria,
véase N. G. L. Hammnond, en N.G.L. Hammond y F. W. Walbank, A History of Macedonia, iii: 336- 167B.C. (Oxford, 1988), caps. 1-4 (pp. 3-94).
11 Vidas de los diez oradores = Moralia, 832 b-852 e. Sobre Harpalos, véase W. Heckel, The
Marshals of Alexander 's Empire (Londres y Nueva York, 1992), pp. 213-221.
12 Habicht, Athens, 13.
13 Sobre la «leyenda de Alejandro», véase cap. 7, pp. 251-252. Los cuentos populares medievales
judíos sobre Alejandro se encuentran en H. Schwarz, ed., Miriam’s Tambourine: Jewish Folktales from around the World (Oxford, 1988), pp. 118-134 (Debo esta referencia a Martyn Richards).
14 La validez de los Últimos Proyectos es aceptada por A. G. Bosworth, From Arrian to Alexander:
Studies in Historical Interpretation (Oxford, 1988), como también por N. G. L. Hammond, p. ej. reseña de Bosworth en CR 103 [n.s. 39] (1989), pp. 21-23.
16 Entre muchos relatos detallados de 323-301 a.C., véase E. Will, «The succession to Alexander»,
CAH2 vii, 1 (1984), cap. 2 (pp. 23-61); N. G. L. Hammond, en Hammond y Walbank, Macedonia, iii, caps. 5-8 (pp. 95-196).
17 Los detalles en Will, «Succession», pp. 26-28. Para los detalles de las carreras de los generales de
Alejandro, véase Marshals, esp. pp. 50-56 (Antigono), 107-133 (Crátero), 134-163 (Pérdicas), 222- 227 (Ptolomeo), 253-257 (Seleuco), 267-275 (Lisímaco, con Lund, Lysimachus, p.4).
18 La frase es de Walbank, HW, pp. 46-47. 19 Véase Wallbank, HW, pp. 52-53.
20 Cf. Lund, Lysimachus, pp. 51-52, para las razones por las que deberíamos suponer que todos los
diadocos en efecto aspiraban a gobernar todo el imperio. Para la tesis de que Antigono buscó reinar sobre todos los macedonios, véase N. G. L. Hammond, «The Macedonian imprint on the hellenistic world», en Green, HHC, pp. 12-23, en p. 15; pero E. N. Borza, «Response» (ibid. pp. 23-35), en p. 25, lo niega con razón.
21 Ambos traducidos A. Stewart, Greek Sculpture: An Exploration (New Haven, CT, y Londres,
1990), i, pp. 298-299, n°1, 142-143.
22 Staatsv. iii, p. 446.
23 Como E. Will parece hacer en «The formation of the hellenistic kingdoms», CAH2 vii. 1 (1984),
cap. 4 (pp. 101-117). Para otros detalles de 301-276 a.C, véase F. W Walbank, en Hammond y Walbank, Macedonia, iii, caps. 9-11 (pp. 199-258).
24 El significado de su apellido es inseguro, posiblemente era un apodo de los soldado que significaba
«patizambo»: W. W Tarn, Antigonos Gonatas (Oxford, 1913; reimp. 1969), p. 15, n. 1; F. W. Walbank, en Hammond y Walbank, Macedonia, iii, p. 316, n. 3.
25 Staatsv. iii, p. 429.
26 J. Hornblower, Hyeronimus of Cardia (Oxford, 1981), pp. 106, 154, n. 210, pp. 297, 203-240. 27 P. Briant, «D'Alexandre le Grand aux diadoques: le cas d'Euméne de Kardia», REA 74 (1972), pp.
32-73; 75 (1983), pp. 43-81 (reimpreso en Briant, RTP, pp. 13-93); esp. REA 75: pp-79-80 (RTP, pp. 92-93); cita en REA 75: p. 79 (RTP, p. 91): «ni ses origines grecques, ni sa loyauté envers les rois, ne constituent une explication satisfaisante de la carriére du Kardien» [«ni sus orígenes griegos, ni su lealtad hacia los reyes, constituyen una explicación satisfactoria de la carrera de Cardio»]
28 Lund, Lysismachus, pp. 27-29. Sobre las campañas de Filipo, Alejandro y los primeros diadocos en
Tracia, y sobre el cambio cultural en la Tracia odrisia en los siglo IV y III, véase Z. H. Archibald, The Odrysian Kingdom of Thrace - Orpheus Unmasked (Oxford, 1998), pp. 304-316.
29 IG ii2, p. 657. Véase Lund, Lysimachus, pp. 85-87, 101-102, 181, e índice s.v. Atenas; Oliver,
«Athenian state under threat», pp. 235-238.
30 G. Rogers, The Sacred identity of Ephesos: Foundation Myth of a Roman City (Londres y Nueva
York, 1991), p. 99.
31 Ibid. p. 89.
32 Sobre estos puntos véase Lund, Lysimachus, pp. 139-142, 165-182. 33 Ibid. pp. 37-39, 147-152; cita, p. 152.
34 Ibid. p. 198.
35 Ibid. pp. 199-200; la evidencia de las revueltas en la ciudad antes de Curopedion es frágil, ibid., pp.
200-201.
36 F. W. Walbank, «Macedonia and Greece», CAH2 vii, 1 (1984), cap. 7 (pp. 221-256), en p 221.
Sobre el episodio en su conjunto, véase Lund, Lysimachus, pp. 186-195.
37 Sobre estos reinos véase H. Heinen, «The Syrian-Egyptian wars and the new kingdoms of Asia
Minor», CAH2 vii, 1 (1984), cap. 11 (pp. 412-445), en pp. 425-426; Préaux, i, p. 184 y n. 2.
38 La opinión negativa la expresa enérgicamente K. Meister, «Agathokles», CAH2 vii, 1 (1984), cap.
10 (pp. 384-411), exp. pp. 409-411; id., «Agathocles (1)», OCD\ p. 37. Para una opinión más positiva de los logros de Agatocles, véase C. Mossé, La Tyrannie dans la Gréce antique (París, 1.a ed., 1969), parte 3, cap. 3 (pp. 167-177).
39 Como Meister, «Agathocles», p. 405, observa sobre el tema.
40 Sobre los celtas en la Anatolia del siglo III, véase S. Mitchell, Anatolia: Land, Men, and Gods in
Asia Minor, i, The Celts in Anatolia and the Impact of Roman Rule (Oxford, 1993), cap. 2 (pp. 13-26); R. E. Alien, The Attalid Kingdom: A Constitutional History (Oxford, 1983), esp. cap. 5(pp. 136-144).
41 N. G. L. Hammond, The Macedonian State: Origins, Institutions and History (Oxford, 1989), pp.
42 El consenso de las fuentes que señala 150.000 hace que no sea posible confiar en esa cifra (véase
esp. Paus. 10. 19-23).
43 Mitchell, Anatolia, i, pp. 14-15. 44 Staatsv. iii, p. 469.
45 M. Wórrle, «Antiochos I., Achaios der Álterer und die Galater: eine neue Inschrift in Denizli»,
Chiron, 5 (1975), pp. 59-87; Bull. ép. 1976, p. 667.
46 Cf. Alien, Attalid Kingdom, p. 138: «Los objetivos de los gálatas parecen desde el comienzo haber
sido el asentamiento y la seguridad».
47 Sobre estos episodios véase Mitchell, Anatolia, i, pp. 22-23; también Heinen, «Syrian-Egyptian
wars», pp. 423-425.
48 Hammond, Macedonian State, p. 302, quien con bastante retorcimiento culpa a los macedonios por
tener los jefes que tuvieron.
49 Habicht, Athens, p. 132.
50 Préaux, i, p. 137: «ceux qui la font [la historia] savent-ils oú méne leur action?».
51 Sobre la carrera de Leóstenes, véase S.V Tracy, Athenian Democracy in Transition: Attic Letter
cutters of 340 to 290 BC (Berkeley, etc., 1995), pp. 24-26, 27.
52 R. Sallares, The Ecology of the Ancient Greek World (Londres, 1990).
53 G. L. Cawkwell, «Isócrates», OCD1, pp. 769-771, sostiene que es falsa la suposición de que las
exhortaciones de Isócrates fueran la principal razón de la invasión de Persia por Filipo.
54 G. Shipley, A History of Sanios 800-188 BC (Oxford, 1987), cap. 10. Véase C. Habitch, «Athens,
Samos, and Alexander the Great», Proceedings of the American Philosophical Society, 140. 3 (1996), pp. 397-404; Habitch, Athens, 19, pp. 30-34, passim, pp. 41-42. K. Hallof y C. Habitch, «Buleuten and Beamte der atenischen Klerüchie in Samos», Ath. Mitt. 110 (1995), pp. 273-304, publica una inscripción samiense de c. 350 a.C. que lista los miembros del consejo \boulé de la cleruquía ateniense; es ahora claro que la cleruquía incluía un gran porcentaje del cuerpo total de ciudadanos atenienses, lo cual explica parcialmente por qué los atenienses la consideraban importante.
55 Véase Préaux, sobre los distintos orígenes de los mercenarios.