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6.3: GRADE AND THE C HALLENGES TO L EVELS OF E VIDENCE

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LA CERVEZA

La tarde era fría y gris y adornaba las canciones que salían de la tienda de doña Tulia, la algarabía de los borrachos tarareaba pedazos de canciones, los paramunos llegaban al pueblo en busca de distracción. Reco- gidos los puestos del mercado y algunas casetas de venta de longaniza, fritanga y gallina, solo quedaban las tiendas abarrotadas de hombres de mejillas sonrosadas, con ruana y botas pantaneras, sus manos crispadas y encallecidas, daban cuenta de su labor en el campo, las risas invadían la carretera central y llegaban como eco a la plaza principal.

Esa noche, Riverita salió a compartir con sus amigos, venía del hospicio luego de guardar el carro en el que trasportaba a la hermana superiora y otras monjas. La salida del pueblo a Bogotá fue agotadora, los viajes eran tediosos, las paradas, las vueltas, las idas y venidas, el tráfico pesado. Ese día los ánimos no estaban a la altura de las necesidades y aun así, había cumplido con el deber, la cabeza le dolía, sentía todavía las palabras y las risas de las monjas, una cerveza no haría daño para dar rienda suelta al descanso y esperar el domingo.

Se escuchaba el trinar de las botellas y el clic en las tapas. Riverita parado en la puerta de la tienda, buscaba una cara conocida, en el fondo le saludaba el mono, la bulla hacía imposible entender las palabras que de lejos le decía el compadre. No pretendía quedarse mucho tiempo, solo mojar un poco el cansancio en la cerveza y luego a descansar, se acercó al mostrador con una sonrisa y con un gesto pidió una cerveza, la de siempre, se arrimó a la barra y se saludó con Marentes, mientras dos cervezas sonaban al ponerlas sobre el mostrador.

Derramó un chorro en el piso para las benditas almas, con ganas se llevó la botella a la boca y de una sola se bogó media cerveza. Sintió que todo daba vueltas y la cabeza le zarandeaba el alma, los ojos enrojecidos y los gritos que peleaban por salir de la garganta, todo era vacío y solo veía gestos distorsionados de los que estaban allí sentados.

Todos lo miraban asombrados, le dijeron cosas que él no entendía, manoteaba y su cuerpo descontrolado hacía juego con las palabras inconexas que salían de su boca, los gritos y la fuerza iban creciendo, las botellas salían volando, se estrellaron en los rostros, en las mesas, el trinar de las botellas lo incitaron a acabar con todo.

El compadre Mono y Marentes todavía aturdidos por el golpe que recibió, intentaron calmar a Riverita, imposible cogerlo, los dos como sapos caían, varios de los que estaban allí corrían a auxiliarlos y otros se aba- lanzaron sobre Rivera, pero fue inútil, salió dando gritos y aullidos como alma que lleva el diablo, el compadre Mono y Marentes tras él.

En la casa daba golpes contra las puertas, intentaba descansar de eso que lo aturdió y no le permitía parar, Mariela asustada con un niño pegado a la teta salió para ver qué sucedía, cuando se encontró de frente a Ri- verita quien sin mirarla pasó dándole un golpe, ella por instinto agarró con fuerza al niño, sin entender que sucedía. Aparecían los otros muchachos que asustados y medio dormidos se asomaban para ver cuál es el es- cándalo, el Mono y el compadre siguieron aconsejando a Riverita para que se calmara, pero él como una fiera herida golpeaba todo a su paso, intentaban sus cuñados cogerlo, pero apenas Manuel logró sacar el dedo de la boca sangrando. Las cosas que caían, el llanto de los más pequeños y la noche que se detuvo perezosa.

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Tejiendo los pasos: parte 1

La gente corría hasta la casa y en la puerta se aglomeraban, querían ver en qué terminaría Riverita. El doc- tor Córdoba se abrió paso entre la gente con una jeringa que traía lista, mientras el compadre y el Mono se abalanzaron sobre Riverita quien cayó al piso, espacio que aprovechó el doctor para saltar encima e introducir la aguja, luego como quien teme a las fieras, se apartaron bruscamente. Riverita se levantó con un lamento, seguido por un suspiro, y su cuerpo se desplomó. Todos se retiraron en silencio, sin entender, ¿qué pasó?, solo se escuchaban los sollozos de los niños.

Riverita pasó varios días en el manicomio del pueblo, hasta que se recuperó, tiempo en el que circuló el rumor de que la locura de Riverita fue por la cerveza que se tomó, y que no era para él. Según dicen, una mujer descubrió que su marido le era infiel y en venganza le iba matar con una pócima que revolvió en la cerveza. Riverita se salvó porque solo se tomó la mitad.

JUEGOS SIN MEMORIA

Estaba inquieta, sabía que algo iba a suceder, se persignó para espantar los presagios y se encomendó a todos los santos que en ese momento le vinieron a la cabeza, para que sus energías la protegieran y todo lo bueno llegara. Al salir de la casa todo le pareció extraño, las cosas y las calles eran distintas, la oscuridad hacía gala de su más negro traje, miró el reloj que marcaba las 8, pensó que debían ser las 8 de la mañana, pues a las 8 de la noche había cenado con Leopoldo en el restaurante de siempre, no podía confundirse porque fue una cena inolvidable y se dispersó tras los recuerdos. El pito de un carro que pasó a su lado la hizo regresar y pegar un brinco a la acera miró alrededor y no había nadie, ¿dónde estaban los vendedores ambulantes?, a esa hora circulan en procesión. ¿Dónde estaban los mendigos que se acunaban en las aceras y rincones de los edificios?, si éstos hormigueaban a toda hora y todos los días.

Bajó la cabeza entristecida, tratando de recordar qué había pasado horas antes, si venía o iba. Recuerda que se levantó afanada porque se le había hecho tarde para llegar al trabajo, el reloj despertador no sonó, la radio silbaba, pero no lograba descifrar sus códigos, solo el reloj de pulso marcaba las 8, giró hacia el baño, el agua caía haciendo espuma, se recordó cuando niña bañándose en la tina con todos los jabones que encontró, para verse sepultada por el peso de esa masa resbalosa, espumosa, se divirtió, lo disfrutó tanto como aquella vez.

Fue al cuarto como hacía siempre con la toalla envuelta y descalza, deslizándose por el piso de caucho blan- quecino, esto le reconfortaba, creyó siempre que caminaba por un mar de leche, sonrió y dejó caer la toalla, mostrando una figura delgada, tan delgada que traslucía sus costillas y apenas asomaban sus pechos afligidos, corrió buscando qué ponerse, no había lavado, por lo tanto, no tenía mucho que escoger, quizás repetir el buzo, no olía mal, lo había usado dos veces, rápido se calzó y corrió al lugar donde ahora se encontraba, recor- dando su recorrido.

No había sucedido nada especial, al mirar de nuevo la carretera sintió mareo, cerró los ojos para descansar, cuando los abrió estaba frente a unos edificios que se le hicieron familiares pero que no era su casa, se sintió jugando a las escondidas, ¿pero a quién tendría que encontrar? Se tapó la cara con sus manos y miró de nuevo, frente a sus ojos apareció una puerta aún más familiar, pero no era su casa, le recorrió de los pies a la cabeza un frío penetrante, sintió miedo, quiso correr y sus pies no le obedecieron, como si disfrutaran de su estado inconsciente, narcotizado por el pánico. Intentó gritar y solo una carcajada salió de sus labios, sus músculos se tensaron, creyó que se iba a quebrar en dos, su intento de avanzar fue en vano.

Sin alientos cerró los ojos para tratar de despertar, si es que acaso estaba metida en una pesadilla como las que tenía cuando niña, a lo mejor era eso, pensó, su pasado bromeando con sus miedos. Debe ser, pensó, y recordó la fatiga del día anterior. Madrugó y llegó a tiempo al trabajo, eran tan recurrentes los llamados de atención, no soportaría uno más y menos recibirlo de manos de aquella mujer que con tanta amabilidad le recordaba su falta y cuando hablaba apretaba los labios y se sonreía como si fuese una hiena al acecho. Qué desagradable imagen, movió la cabeza para espantarla, en este momento era otro suceso lo que la ocupaba.

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Abrió los ojos y ese olor penetrante le hizo erizar y temblar de emoción, el lecho era conocido, tantas horas allí cantando, riendo, jugueteando con él, entrelazados como si fueran uno solo, sintiendo su olor suave, vola- ba, se perdía en las horas, le hacía morir y nacer de nuevo, él con sus brazos fuertes, protegiéndola del mundo. En segundos la acorazaba contra las miradas, el ruido ensordecedor de la rutina, los comentarios ponzoñosos, él, con su ternura acallando su inquietud.

Mientras recorría aquel cuerpo que yacía en reposo, le pareció estar contemplando a un niño, cerró los ojos para guardar en su memoria esa imagen, tantas veces recordada, tantas veces añorada, al mirarlo de nuevo, sus ojos casi salían de sus órbitas, sintió que se desgarraba por dentro, veía borroso, ¿qué pasó? Se preguntó mientras vio cómo corría por el vientre de él, una serpiente que se enroscaba y bifurcaba en varias para abrazarlo, todas corrían por entre los tendidos y se desgajaba al caer al piso en infinitas gotas de vino tinto, llevó sus manos al pecho y sintió el hielo de su corazón, se estremeció, apretó los ojos con tanto anhelo de despertar, era una mala pasada de la noche, era el sueño pesado o los tragos del día anterior.

Abrió los ojos y se encontró acostada en su cama, reconoció sus cobijas, suspiro de alivio, solo fue una pesadilla, miró el reloj, eran las ocho y cinco. El grito se le perdió en la garganta al ver en su mano como pro- longación una delgada lámina de metal, aún húmeda y con culebrillas carmesí, enredándose por sus dedos. Apretó sus labios y sus ojos.

Sentidos incertidumbre escalpelo que descifra la piel.

LA MÁSCARA

A medida que camino por los vericuetos de la vida, me doy cuenta de que los pasos se hacen lentos, a veces parece que se detienen en el tiempo. Se presentan los diferentes roles que jugamos en el escenario de la vida, hacemos de nuestra existencia una continua dualidad entre la tragedia y la comedia. Miro la máscara que hace unos años me hicieron, es una máscara neutra, sobre ella se hizo otra que prolonga las arrugas en la frente como una continua interrogación, siento tristeza, miro la máscara y sin más me derrito de nostalgia, por entre los abismos de sus ojos ruedo y ruedo para caer en el borde de los años noventa.

Ellas sueñan con las candilejas, quieren brillar en ese mundo, para ello recurren a las viejas amistades, puen- te seguro para cumplir los sueños. Él, muy respetuoso, les reconoce su talento, les dice: en este momento lo que se requiere no es talento sino figuras que sean esbeltas y brillen por su belleza, y se despide mientras ellas ríen. Todas son iguales, no cumplen con los parámetros establecidos, son tan comunes que caen en lo grotesco, carecen de estatura, las tres no pasan de metro y medio y no tienen nada en el bolsillo.

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Tejiendo los pasos: parte 1

Sin embargo, ríen para distraer la tristeza, en el fondo saben que en el carnaval de la vida hay espacio para ellas, cada una retoma nuevos rumbos donde fortalecen sus experiencias como artistas. Esto les permite cues- tionar y encontrar las ventajas en las desventajas, transformando sus propios preconceptos de lo grotesco.

No obstante, hay seres más grotescos que ellas y aun así logran brillar en este medio de las cámaras y las poses, unos con esfuerzo, otros no tanto, conseguían pasar el anonimato y resistir el medio, lograrlo no era el problema, el problema era mantenerse. Como dice la abuela, hay de todo como en botica.

A ella el teatro le permite soñar con nuevos personajes, con historias que se entretejen y dan cuenta de esa vida cotidiana, con sus gestos y conflictos, a través de la observación constante, porque del devenir de nuestras vidas se llega a crear, reinventar, proponer personajes, pintar, escribir universos que se transforman en ficción, a armar y desarmar, a fracasar y tomar aliento para empezar de nuevo, como fuente vital en ese carnaval que se apellida vida.

En los años ochenta y noventa, tiempos de fuertes convulsiones en lo personal y en lo social, el Teatro la Candelaria fue su ideal. Allí conoció los diferentes tejidos de creación, las paradojas de la existencia del ser humano, las contradicciones entre el poder político y la inconciencia colectiva, la permanente pérdida de me- moria de un pueblo que se desangra, el dolor que se hereda de generación en generación.

Ella recuerda con nostalgia las obras: “Guadalupe años sin cuenta”, “Los diez días que estremecieron al mundo”, “El diálogo del rebusque”, “El paso”, las obras del maestro Enrique Buenaventura, la obra de Débora Arango y Luis Caballero, la novela “El coronel no tiene quien le escriba”, entre otras. Diferentes tiempos que sacan a la luz las heridas propias y sociales más antiguas en Colombia, para conjurarlas con aquellas heridas que en el presente reclaman ser escritas.

Las cuerdas que tejen en el presente nos van silenciando, perdidos y sumisos. Heridas coloniales que se asoman por las grietas de los sometimientos sistemáticos, que se van perfeccionando con los distractores económicos, políticos, sociales, que traen consigo violencia, enajenación y olvido, como lo expresa la obra de “Guadalupe años sin cuenta”, obra que surge de los testimonios recogidos entre los excombatientes de las gue- rrillas de los cincuenta en los Llanos Orientales colombianos, donde al final de estas investigaciones Guadalupe Salcedo se constituye en el hilo conductor de la historia.

Ella desde la infancia se apasiona por las historias que cuentan los mayores, ahora esa tradición oral tiene otra mirada desde que aprendió de su maestro Santiago García la importancia que tiene para el rescate de la memoria inédita de este país. Un país que se anestesia, que se calla, que se silencia, ocultando el dolor que trae en las venas. Este dolor que precisa todas las formas del arte para que se constituya en posibilidades de re-exis- tencias y horizontes que generen un mundo libre.

Las experiencias artísticas que ella fue adquiriendo, se convirtieron en herramientas para enfrentar las diversas formas de dominación. Es frecuente ver que el estado va silenciando las voces que no le sirven para sus propósitos de dominio y control. Es alto el precio que este país paga en todos los sectores sociales, el detrimento en sus riquezas y la pulsión consciente por tener a su pueblo en la más vil oscuridad.

Ella se encuentra parada en la séptima con 11, está sola en medio de la multitud que grita consignas: ¡no más muertes! ¡Gobierno asesino! Entre otras palabras que se arrastran, letanías que hacen eco en aquellos y es- tos tiempos dantescos y se desmoronan con el paso del viento. En procesión van llegando a la Plaza de Bolívar, una y otra vez, las imágenes de los muertos, pero los muertos son distintos, ella recuerda con profunda tristeza e impotencia a Bernardo Jaramillo, José Antequera, Jaime Pardo Leal y sin fin de personas de la UP (Unión Patriótica), campesinos, indígenas, líderes sociales.

Farsas grotescas cabalgando en las tragedias anunciadas, así como se fragmenta al ser humano se fragmenta el país, se escuchan por los caminos las voces remendadas con los miedos antiguos y los miedos actuales, los ríos se funden con la sangre derramada. ¡Qué pesados son los cuerpos que se arrastran por sus raíces mientras los pueblos desaparecen en el olvido!

Ella me mira y la sombra nos toma de la mano, caminamos por los recuerdos lejanos, pueblos donde le dimos la mano al verdugo ciego y el abrazo a la tristeza hecha madre, vimos los pueblos llamados olvido. Ella siente frío mientras yo exorcizo el miedo.

85 Luz María Rivera Martínez

Un pueblo ll amado olvido

El granizo golpea la ventana,

nieve frágil que se agolpa en los rincones, se desliza tranquila y leve a los sifones.

En las paredes sombras invisibles se aglomeran. Miseria y herrumbre los carcomen,

solo vemos caer granizo en la ventana.

Hoy hace sol, no pasa nada, nada ha pasado hoy. Las puertas y las ventanas se han derretido por el tiempo, los habitantes se han marchado, solo quedan los recuerdos.

- ¿A dónde han ido?

-No sé. Por el agua los vimos correr, deben estar lejos.

Los fantasmas en su intento por recogerlos se evaporan.

Era el pan de cada día, siempre llovía. ¡Perdón!

Siempre estuve solo, nunca llueve, tengo sueño.

Cuando salga no se preocupe por cerrar las puertas y las ventanas.

Abríguese, que el sol no se vuelva lágrimas del camino,

supe que se posan como chulos en los hombros, quebrantan, dan amnesia y se pierden en el olvido.

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Esta foto tiene una anécdota: fue tomada sin que me diera cuen- ta, en el momento en que estoy parada en la Carrera séptima con 11. Estoy en la marcha de protesta por la muerte de Bernardo Jarami- llo el día 22 de marzo de 1990. Un mes y cuatro días después ocurre el asesinato de Carlos Pizarro León Gómez.

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ESPERPENTOS

Ángel caído, cabizbajo, desnudo, solo en la mitad del cuarto. Su mirada perdida en la mancha oscura del piso. Su cuerpo no presagia los días, el calor y el frío. Tiempo dormido en la aurora, espacio que desaparece bajo sus pies blancos, cansados de correrle a las horas, cuerpo que cae en el vértigo de la sombra.

Él no posee angustia, ni esperanza, ni recuerdos, ni sueños, solo fue vaho de algún Dios lejano. Mientras la araña teje en la larga noche frenética la mortaja y el firmamento, hilvanan lento el silencio para arrullarle y el hielo que corre por sus venas adormece los sentidos. No hay escorpiones que den rienda suelta a las pasiones, su cuerpo dormido no siente las entrañas.

Sus pies al fin tocan la tumba infinita de resplandor que le hace descender al mundo.

Ángel mortal que en su llanto se vuelve despojo, que antes de caminar corre, huyendo por los cerros. Abre sus ojos a la vida, su piel siente las espinas, su vientre se retuerce y el sudor corre por sus mejillas. Los sonidos, las respiraciones, el miedo que agita los pechos que lo abrigan, presagian su destino.

Siente el hedor de la mentira cuando cerca cruza el caballo rojo con su jinete hecho sombra.