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Heme aquí de nuevo al lado del “hilo" que había perdido de vista un poco al hablar de mis padres: la relación con Dios. De nuevo lo retomo en orden cronológico.

En el transcurso de estos últimos meses, tan densos por la acción de Dios en mí, a veces he pensado en cierto suceso de la vida de mi padre que tuvo lugar mucho antes de mi nacimiento, y en el que raramente había tenido ocasión de pensar. Por otra parte jamás me habló de él, ni a ningún alma viviente, salvo a mi madre en las semanas de pasión tumultuosa que siguieron a su encuentro en 1924. Es ella la que me habló de él, unos años después de la muerte de mi padre. Se trata de una experiencia que tuvo en prisión, en el octavo año de su cautiverio (hacia el año 1914). Era al final de un año de reclusión solitaria, que le había valido un intento de evasión durante el traslado de una prisión a otra. Seguramente fue el año más duro de su

existencia terrestre.

Descubrí lo que ocurrió hace sólo ocho años, en 1979, más de veinte años después de la muerte de mi madre y cerca de cuarenta después de la de mi padre. Fue durante un trabajo intenso sobre las cartas y otros documentos que habían dejado, trabajo que se prolongó ocho o nueve meses seguidos. Ni uno ni otro se preocuparon, al menos durante su vida terrestre, de tomar conciencia de sus propios actos y de lo que había pasado entre ellos. Por mis sueños del último año he sabido que ahora ya está hecho. Supongo que ahora están preparados para reencarnarse (si no ha ocurrido ya), para volver a pasar por una nueva existencia terrestre.

vida, y hubiera destruido o quebrado o aniquilado a más de uno: soledad total, nada para leer ni escribir ni en qué ocuparse, en una celda aislada en medio de una planta desierta, separado incluso de los ruidos de los vivos, salvo el inmutable y obsesivo escenario cotidiano: tres veces al día la breve aparición del guardián llevando la pitanza, y por la tarde una aparición relámpago del director, inspeccionando en persona al “cabeza dura" de la prisión. Cada día se estiraba como un purgatorio sin final. Y tenían que pasar 365, antes de que fuera devuelto al mundo de los vivos, con libros, un lápiz... Los contó, esos días, ¡esas eternidades que debía salvar! Pero al final del 365 ésimo (apenas podía darse cuenta de que era el final de su calvario sin fin...), y aún durante los tres días siguientes, nada. Al final del tercero, a su pregunta “El año ya ha pasado – ¿cuándo tendré libros?", un lacónico “¡Espera!" del director. Tres días después, aún lo mismo. Jugaban con él, que estaba a su merced, pero la rebelión se incubaba, ulcerada, en el hombre acorralado. Al día siguiente, apenas pronunciada la misma respuesta lacónica “¡Espera!", la pesada escupidera de cobre con bordes afilados casi le rompe la cabeza al imprudente torturador – que se echó a un lado justo a tiempo. Sintió el aire en la sien, antes de que el proyectil se estrellara en la otra pared del corredor, y de que cerrara con un portazo la pesada puerta...

Para mí es un milagro que mi padre no fuera colgado allí mismo. ¿Quizás algún escrúpulo de conciencia del director, que “temía a Dios" y que confusamente sentía, por la muerte que le había rozado tan de cerca, que había ido demasiado lejos? El caso es que el joven rebelde fue molido a palos (¡eso era lo de menos!), luego encarcelado con grilletes en un calabozo apestoso, en la oscuridad total, por tiempo indefinido. Un día de cada tres se abren los posti- gos, y el día sustituye a la sofocante noche. Sin embargo, la revuelta no está quebrada: huelga de hambre total, sin comer ni beber – a pesar del joven cuerpo que obstinadamente quiere vivir; el alma ulcerada, roída por la rebelión imposible y la humillación de la impotencia, y las carnes hinchadas que se desbordan en vidriosas roscas alrededor de las argollas de hierro en las muñecas y los tobillos. Eran los días en que tocó a fondo la miseria humana consciente de sí misma – la del cuerpo y la del alma.

Al final del sexto día de encierro, día de “postigos abiertos", es cuando ocurrió lo inaudito – que fue el secreto más preciado y mejor guardado de su vida, durante los diez años siguientes. Fue una repentina ola de luz de una intensidad indecible, en dos movimientos sucesivos, que llenó su celda y le penetró y le llenó, como aguas profundas que mitigan y borran todo dolor, y como un fuego abrasador que arde en amor – un amor sin límites hacia todos los vivos,

barrida y borrada toda distinción de “amigo" y de “enemigo"...

No recuerdo que mi madre tuviera un nombre para designar esta experiencia de otro, que ella me contaba61. Ahora yo lo llamaría una “iluminación", estado excepcional y efímero

cercano al que refieren los testimonios de ciertos textos sagrados y de numerosos místicos. Pero aquí esta experiencia se sitúa fuera de todo contexto comúnmente llamado “religioso". Seguramente hacía más de diez años que mi padre se había desligado del dominio de una religión, para no volver jamás.

Estoy seguro, incluso sin tener datos precisos, de que este suceso debió transformar pro- fundamente su percepción de las cosas y toda su actitud interior, al menos durante los días y semanas siguientes – días de pruebas durísimas seguramente. Pero tengo buenas razones para creer que ni entonces, ni más tarde, hizo tentativa alguna para situar lo que le advino en su visión del mundo y de sí mismo. Para él no fue el principio de un trabajo interior en profun- didad y duradero, que hubiera hecho fructificar y multiplicarse el don extraordinario que le había sido hecho y confiado. Debió reservarle un compartimiento bien separado, como una joya que se guarda en un estuche cerrado, cuidándose mucho de ponerla en contacto con el resto de su vida. Sin embargo, no tengo ninguna duda de que esa gracia inaudita, que en un instante había cambiado el exceso de miseria en indecible esplendor, no estaba destinada a ser guardada así bajo llave, sino a irrigar y fecundar toda su vida posterior. Era una posibilidad extraordinaria que se le ofrecía, y que no aprovechó, un pan que no comió más que una vez con la boca llena, y que nunca más probó.

Diez años más tarde, por el modo en que se lo confió a mi madre, en la embriaguez de sus primeros amores con una mujer que iba a atarlo de pies y manos, parecía una joya insólita y muy preciada que le hubiera dado en primicia; y cuando mi madre me habló de ella, después de más de veinte años, supe que había apreciado sobremanera, y aún apreciaba, ese homenaje arrojado entonces a sus pies, acogido con solicitud y como un testimonio patente de una comunión total con el hombre adorado, y de una intimidad que ya no tiene nada que ocultar. Y yo mismo al escucharlo, un joven de diecisiete o dieciocho años, lo recibí con una

61Mi madre no me habló de la forma tan detallada en que lo relato aquí, e incluso si lo hubiera hecho, no me

habría acordado de forma tan precisa. Pero dispongo de un relato manuscrito de una decena de páginas sobre este episodio, que acabo de releer. Fue escrito en 1927, entre mi padre (que no tenía un dominio perfecto del alemán, como lo tenía del ruso) y mi madre.

emocionada atención muy parecida: vi, también yo, la joyaque realzaba aún más para mí el brillo de ese padre prestigioso y héroe inigualable, a la vez que el de mi madre, la única entre todos los mortales que había sido juzgada digna de tener parte. Así, el pan dado por Dios como alimento inagotable de un alma (que tal vez crecería y alimentaría otras almas...) terminó por convertirse en un aderezo familiar, que realzaba el esplendor de un mito muy querido y alimentaba una común vanidad(15).