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[1] La crónica de Indias. Lemebel contra los neocolonialismos del presente

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Como se verá en el desarrollo de la primera hipótesis, esta crítica a la dialéctica hegeliana en relación con la historia aparece reformulada y ajustada a la realidad latinoamericana por José Lezama Lima en su compilación de ensayos: La expresión americana (1969).

Las Crónicas de Indias son antecedentes –remotos pero ineludibles– tanto de la crónica modernista como de la crónica latinoamericana actual. Su análisis resulta necesario por cuanto las crónicas de Pedro Lemebel registran nuevas estrategias de colonización en el presente (últimas décadas del siglo XX, primeras del siglo XXI) al tiempo que ejercen contra ellas una poderosa resistencia en el campo de la producción y la circulación de los discursos. En este apartado me voy a detener en algunos aspectos generales de las crónicas del período colonial que considero pertinentes para esta investigación, y en los relatos de dos cronistas destacados del siglo XVI a fin de establecer las continuidades y diferencias específicas con la obra de nuestro autor.

El análisis de los vínculos complejos y muy significativos que se producen entre los términos: crónica (o corónica); historia; vida (con un significado cercano a ―biografía‖); gesta y escriptura, en los textos historiográficos de la colonización y la conquista durante los siglos XVI y XVII resulta relevante dada la imbricación de dichos términos y las diferencias que postulan en cuatro ejes: a) la creciente conciencia historiográfica; b) la división de ―géneros‖ que de manera más o menos explícita se da entre los cronistas de Indias; c) la importancia dada al punto de vista de quien enuncia el relato; y d) la jerarquía que progresivamente asume la forma narrativa literaria: el orden, la armonía en la narración y el estilo elevado en las descripciones. Dentro de este aspecto formal es destacable –sobre todo en los textos del Inca Garcilaso– la clara conciencia de la separación entre ―historia‖ y ―discurso‖.

Como consecuencia muy significativa de esta línea genealógica, se observa que la hibridez genérica encuentra sus orígenes en el siglo XVI. Vale decir que existe una matriz discursiva que explica en alguna medida las complejas relaciones que el género reviste en la actualidad con la biografía, la autobiografía, el testimonio, la historiografía,

el periodismo, el ensayo histórico y la no ficción. Esta es una de las continuidades que podemos señalar en la larga historia del género en nuestro continente.

Walter Mignolo (1987: 57-114) establece tres tipos discursivos en la organización de la prosa narrativa del período colonial, a saber: a) las cartas relatorias, b) las relaciones y c) las crónicas o historias. Lo interesante de esta clasificación propuesta por Mignolo es la posibilidad que nos ofrece de trazar líneas de continuidad entre los primeros discursos considerados historiográficos que se escribieron en nuestro continente y la crónica latinoamericana actual. Por esa razón me voy a detener en ella.

Comencemos por citar las definiciones de estas tres formaciones discursivas: Por ―cartas relatorias‖ entendemos, como es obvio por el adjetivo, las cartas que relatan con cierto detalle un acontecimiento; distinguiendo así las cartas relatorias, culturalmente marcadas (por ejemplo, Colón, Cortés), del gran cúmulo de cartas que se intercambian entre los conquistadores y representantes de la Corona en Indias. Estas cartas, que tienden más hacia lo documental que hacia lo textual, son portadoras de mensajes, pero estos mensajes no son relatos de los descubrimientos o de las conquistas, [...] sino ―comunicaciones‖ (informes, solicitudes) que reemplazan la inevitable falta de copresencia entre el destinador y el destinatario. (Mignolo 1987: 59)

Como vemos, el enfoque de Mignolo es pragmático. Su clasificación atiende a lo que antes ha definido como tipos y formaciones discursivas que se incluyen en una familia textual, unida por su referente y ―ciertas fronteras cronológico-ideológicas‖ (1987: 58). Por ello la identidad del primer tipo de discurso definido aquí está determinada por su función, es decir, su propósito: la obligación de informar (ésta era una imposición de la Corona) y de solicitar su amparo y sostén. ―En segundo lugar – prosigue Mignolo– nos ocuparemos de las relaciones marcando, en este caso, la distinción entre la relación como tipo discursivo y el empleo del vocablo ‗relación‘ en contextos en los cuales significa, simplemente relato o informe‖. (59)

Como lo explica en el apartado correspondiente (Mignolo 1987: 70-75) la diferencia entre el primero y el segundo tipo de discurso es sutil: las cartas son informes y solicitudes vinculados directamente con el propósito de la conquista; son obligatorios, pero no oficiales. Las relaciones, en cambio, emulando un método habitual en la escolástica y en la metodología española, responden ajustadamente a un cuestionario elaborado por la Corona, dando como resultado un informe oficial. Lo importante y específico de este tipo textual es que

[L]as relaciones no transcriben la observación ―libre‖ de quien escribe, de lo que ve quien escribe, sino que responden, de alguna manera, a los pedidos oficiales. Estas respuestas [...] se oficializan y se codifican en las preguntas del cuestionario a partir de 1574. (Mignolo 71) Cursivas del autor.

El ver del conquistador está condicionado por lo que los reyes quieren saber. Así las relaciones son la respuesta a un texto previo: las instrucciones. Como ejemplo, Mignolo cita uno de los textos recogidos por Jiménez de la Espada. Se trata de una carta de los reyes a Colón fechada en Segovia el 16 de agosto de 1494:

Vimos vuestras letras e memoriales que nos enviastes con Torres. Y visto todo lo que nos escribistes, como quiera que asaz largamente decis todas las cosas de que es mucho gozo y alegría leerlas; pero algo más queríamos que nos escribiésedes, ansí en que sepamos cuántas islas fasta aquí se han fallado, y a las que habéis puesto nombre, qué nombre a cada una; porque, aunque nombráis algunas en vuestras cartas, no son todas, y a las otras los nombres que las llaman los indios; y cuánto hay de una a otra [...]. Y todo nos lo escribáis por nuestro servicio. (Jiménez de Espada, citado por Mignolo 71).

En síntesis, los informes y las solicitudes en las cartas de relación obedecen a la observación del conquistador y responden a sus modelos discursivos y filosóficos que determinan la acción de mirar y de seleccionar lo visto para relatar. Las relaciones, en cambio, son respuestas a demandas precisas volcadas en cuestionarios o textos

instructivos y por ello, se configuran como formaciones discursivas oficializadas y altamente codificadas.

Un tercer grupo bien diferenciado de textos son las ―historias‖. Historia es un término de origen griego (ἰ ορια) que significa conocer, ver o mirar, y denomina por extensión al informe de lo visto o lo aprendido por medio de la formulación de preguntas (al menos en este sentido lo emplea Herodoto). Por su parte Tácito llama anales al informe de lo pasado, y reserva el término historia al informe de los tiempos de los cuales es contemporáneo. Aclara Mignolo que

La ausencia del componente temporal [en el origen del término historia] explica el nombre y el concepto de ―historia natural‖; y es así como lo encontramos en los siglos XVI y XVII hispánicos. Crónica, por el contrario, es el vocablo para denominar el informe del pasado o la anotación de los acontecimientos del presente, fuertemente estructurados por la secuencia temporal. Más que relato o descripción la crónica, en su sentido medieval, es una ―lista‖ organizada sobre las fechas de los acontecimientos que se desean conservan en la memoria. (Mignolo 75).

Lo cierto es que los términos ―historia‖ y ―crónicas‖ tienden, con el correr de los siglos, a subsumirse en el término ―historia‖ la cual incorpora el elemento temporal y desplaza a la crónica como actividad verbal. De lo cual se sigue que tanto los anales como las crónicas tienden a desaparecer hacia el siglo XVI y son reemplazados por las narraciones históricas del tipo gesta o vitae (antecedente del género biográfico). Cita Mignolo a Jerónimo de San José, quien precisa con detalle el empleo de la voz ―crónica‖ o ―corónica‖89

:

Crónica es Historia breve y ceñida, ajustada a los años. La cual también se llama Cronología y especialmente si es narración y averiguación de años y de tiempos, porque Chronos es voz griega que significa tiempo. (Mignolo 1987: 76).

89―σuestra lengua [...] añade una

o en la primera sílaba diciendo Corónica, y de ahí coronista; aunque los muy escrupulosos eruditos siempre retienen la propiedad griega, diciendo crónica y cronista‖ (Jerónimo de San José, 1651, citado por Mignolo 1987: 76).

Un ejemplo muy importante de la sinonimia de los vocablos crónica e historia en el siglo XVI lo da el propio Bartolomé de las Casas, quien titula su libro: Historia de las Indias y en el Prólogo observa: ―¿Dónde va a parar tanto y tan luengo discurso de prólogo [...]? Digo que a poner los fundamentos y asignar las causas de todo lo que en esta Corónica de estas Indias propongo decir‖. Del mismo modo Cieza de León, titula Chrónica del Perú a su libro, pero en el Proemio señala: ―Y cobrando ánimo, con mayor confianza determiné de gastar algún tiempo de mi vida en escribir historia.‖ (Mignolo 1987: 76-77).

Claramente observamos que la diferencia entre Historia (asimilada aquí al término Crónica) y cartas o relaciones, está dada por la presencia en primer término de la palabra del historiador o cronista. Es su posición frente a lo que ha de narrar (de la que encontramos marcas explícitas, como los pronombres de primera persona y otros deícticos) la que determina esta formación discursiva y le da su especificidad. Esto aparece manifiesto en los Prólogos y Proemios (entre los que se destacan el citado Prólogo del padre de Las Casas a su Historia de las Indias).Vemos la importancia que reviste en este tercer tipo discursivo la conciencia historiográfica. Considero que dicha conciencia es uno de los rasgos configuradores del género, el cual registra una notable continuidad que señalaremos en la obra de Pedro Lemebel.

Planteados los aspectos de las crónicas del período colonial que resultan pertinentes para esta investigación, me voy a detener brevemente en los cronistas que han concitado mayoritariamente el interés de los especialistas. En este apartado, entonces, analizaré exclusivamente aquellos elementos discursivos de dos destacados cronistas de Indias que me permitirán establecer continuidades verificables en este género a lo largo de su evolución, y una diferencia sustancial, por cuanto las crónicas de

Indias consideradas aquí, a saber: las de Gonzalo Fernández de Oviedo y las de Bernal Díaz del Castillo justifican y acompañan la empresa colonial, mientras que la prosa de Pedro Lemebel se erige como voz que denuncia y resiste los neocolonialismos del presente. Lo que he denominado ―conciencia historiográfica‖ se halla de manera destacada en uno de los más importantes cronistas de Indias: Gonzalo Fernández de Oviedo.

Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) llamado ―el primer cronista del nuevo mundo‖, escribe sus crónicas alrededor de 1535. Junto con Bernal Díaz del Castillo es el más importante cronista del siglo XVI. La importancia de Fernández de Oviedo para nuestra investigación radica en su carácter de testigo directo de los episodios que narra. Este cronista vivió la mayor parte de su vida en las Indias y es uno de los más prolíficos cronistas de su siglo. Estos rasgos determinan su condición de escritor dedicado enteramente a dar cuenta de los acontecimientos en calidad de testigo presencial y también agente partícipe de los hechos que narra. Otro rasgo fundamental de Fernández de Oviedo es su clara conciencia historiográfica:

Será a lo menos lo que yo escribiera historia verdadera e desviada de todas las fábulas que en este caso otros escriptores, sin verlo, desde España a pie enxuto, han presumido escrebir con elegantes e no comunes letras latinas e vulgares [...] formando historias más allegadas al buen estilo que a la verdad de la cosa que cuentan; porque ni el ciego sabe determinar colores ni el ausente assi testifica estas materias, como quien las mira.

Quiero certificar a V.C.M. que yrán desnudos mis renglones de abundancia de palabras artificiales para convidar a lectores, pero serán muy copiosas de verdad. (Las cursivas son mías). (Disponible online: Biblioteca Virtual Cervantes: 4)

En este fragmento observamos: 1°) su propósito de ser fiel a los hechos (―historia verdadera‖); 2°) su voluntad de diferenciarse de las fábulas de ―otros escriptores‖ que no han estado allí y escriben desde España. 3°) el tópico de los

cronistas de los siglos XVI y XVII de apartarse de la voluntad de estilo para ajustarse a la narración de cosas verdaderas.

Una característica muy destacada en Fernández de Oviedo es su tendencia a detenerse en los detalles de la historia, en apariencia nimios o superfluos, y a recolectar memorias que transcribe en sus crónicas como elementos insustituibles. A este rasgo se refiere precisamente Menéndez y Pelayo como un elemento inapreciable a la hora de escribir la historia:

No hay, entre los primitivos libros sobre América, ninguno tan interesante como éste [...] por lo mismo que acumula todo género de detalles sin elección ni discernimiento, con afán muchas veces nimio y pueril, resulta inapreciable colector de memorias, que otro varón de más letras y más severo gusto hubiera dejado perderse, con grave detrimento de la futura ciencia histórica, que de todo saca partido, y muchas veces encuentra en lo pequeño la revelación de lo grande. (Menéndez Pelayo 1941: 87. Énfasis mío)

Este rasgo (el interés por el detalle que puede parecer menor) propio de los textos de Oviedo, resulta relevante a la luz del desarrollo posterior del género, por cuanto constituye una de las características que anudan la crónica literaria al afán historiográfico o al propósito de registro e instauran la hibridez genérica como rasgo distintivo desde sus orígenes coloniales.

Otro elemento destacable en las crónicas de Oviedo es su interés por las relaciones de conquistadores y navegantes, dando testimonio de sus experiencias en el nuevo mundo, y consignando sus voces en estilo directo. También lo valora en ese sentido Menéndez Pelayo:

Sus descripciones no son las de un naturalista, pero los naturalistas las reconocen como muy exactas. En la historia civil hay que distinguir lo que Oviedo pudo ver por sí durante sus repetidos viajes y estancias en el Nuevo Mundo, y en esto merece todo crédito; y lo que supo por relaciones de conquistadores y navegantes, más o menos fidedignos, como él mismo reconoce, adelantándose al cargo

que en esto se le pudiera hacer; «y como solo Dios es el que sabe y puede entender a todos, yo, como hombre, podría ser engañado o no tan al propio informado como conviene; pero oyendo a muchos, voy conociendo en partes algunos errores, e assi voy e iré enmendando donde convenga mejor distinguir lo que estuviese dubdoso o desviado de lo derecho». Sobre su imparcialidad se ha disputado mucho; es cierto que escribe generalmente con espíritu favorable a los conquistadores, a cuyo número pertenecía, y cuyas increíbles hazañas ejercían natural prestigio sobre su imaginación. (Menéndez Pelayo 88)

Lo interesante aquí (y pertinente para nuestra investigación) es que Oviedo tiene clara conciencia de estar escribiendo su historia a partir de la experiencia que transmiten los testimonios directos de los protagonistas, y al mismo tiempo, no rehúye –aunque constituya un riesgo para la ―verdad‖ y un desvío respecto de las exigencias discursivas de la corona– la inclusión en estilo directo de otros puntos de vista acerca de los acontecimientos narrados.

Bernal Díaz del Castillo (1492-1584) escribe sus crónicas en 1568, aunque fueron publicadas mucho más tarde. Fue soldado de Hernán Cortés, condición que, desde luego, determina tanto su punto de vista como el interés que anima su testimonio. Su obra, impresa en Madrid en 1632, se titula: ―Historia Verdadera de la Conquista de la σueva España‖90

. Llegó por primera vez a las Indias en 1514 bajo las órdenes de Pedro Arias de Ávila, pasó a Cuba en 1518 y se instaló en la villa del Espíritu Santo. No sabemos en qué año se radica definitivamente en Guatemala, donde muere en 1584.

En el Capítulo I de su historia, en el que como es de rigor, el cronista se presenta y expone los propósitos de su escritura, se advierten tres características relevantes para nuestra investigación: a) se considera un hombre de acción (―siempre tuve celo de buen soldado‖, 51), alejado de la ―retórica‖ e ignorante, por lo tanto, de sus convenciones; b) se dirige a los ―curiosos lectores‖ haciéndoles saber su condición y su propósito; esta apelación demuestra su conciencia de escritor más allá de las obligaciones que le

90

Al igual que la de Fernández de Oviedo, su obra completa está disponible en línea: Biblioteca Virtual Cervantes http://www.cervantesvirtual.com aunque aquí cito la edición de Eudeba.

imponen sus jefes políticos y militares; c) además del primer e ineludible propósito de registrar lo que ve, Díaz del Castillo tiene un objetivo literario: ―que los curiosos lectores que las leyeren [mis historias] tomen melodía y sabor dellas‖ (49).

A lo largo de su relato se advierte una tendencia digresiva que el autor insiste en controlar con expresiones como: ―Quiero volver a mi materia‖ o ―Volvamos a nuestro cuento‖ (87). Ese particular ―ir y venir‖ le otorga al texto dinamismo e interés, por cuanto en esas digresiones se narran episodios menores y descripciones de espacio y personajes muy interesantes. Por ejemplo, en el Capítulo XXVI se relata un episodio en el que Cortés libera a un grupo de españoles esclavizados (Díaz del Castillo: 117). En él se narra en detalle un caso de mestizaje. Un soldado español, Gonzalo Guerrero, al recibir el aviso de su rescate de boca de Jerónimo de Aguilar, le contesta:

Hermano Aguilar: yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya véis estos mis hijitos cuán bonicos son. (Díaz del Castillo: 117)

Nos cuenta Díaz del Castillo que Aguilar no lo pudo convencer, y transcribe (al tiempo que traduce) con mucha gracia el comentario de la esposa del español que ha sido convertido en cacique: ―Y asimismo la india mujer del Gonzalo habló a Aguilar en su lengua, muy enojada, y le dijo: ‗Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; idos, vos y no curéis de más pláticas‘‖ (118). Inmediatamente, sin transición, narra un episodio de robo de tocinos entre los soldados. Hallados los culpables, los hizo azotar. Luego continúa con la historia de Jerónimo de Aguilar y vuelve a referirse a Gonzalo Guerrero (aquel que no quiso ser rescatado).

Lo que me interesa señalar con estas breves referencias es un rasgo del relato de Bernal Díaz del Castillo que sólo se percibe en una detenida lectura: su prosa es llana,

casi coloquial, y está colmada de referencias a los hábitos de vida cotidiana, tanto de los soldados, como de los jefes militares y de los naturales. Estas referencias incluyen costumbres, modos de sociabilidad, utensilios y vestimenta, hábitos alimenticios y ritos religiosos. Sin olvidar en ningún momento (y por eso reitera las expresiones ya citadas, del tipo: ―Quiero volver a mi materia‖) que el objetivo de su crónica es narrar la conquista ―como buen testigo de vista [...] sin torcer a una parte ni a otra [...] y decir verdad91 sin lisonjas‖ (49). Lo que he llamado ―carácter digresivo‖ de su prosa, atendiendo a las auto-correcciones del autor que se obliga a volver a su ―materia‖ (el relato de la conquista), es precisamente lo que lo hace valioso, por cuanto narra las formas de sociabilidad de conquistadores y conquistados. Este elemento es importante

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