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El principal referente del modelo educativo es la Universidad Nacional Autónoma de México, tanto en su forma de organización, su modelo educativo, su estructura académica y su gobierno, por ello, durante la primera mitad del siglo XX las universidades y los centros de investigación se encuentran separados, las funciones sustantivas de docencia e investigación son actividades que se realizan de manera aislada, esta última requiere dedicación exclusiva pero en 1960 solo el 3% de los puestos académicos son de tiempo completo. La docencia se realiza bajo la modalidad de cátedra -en donde un profesionista reconocido dicta una clase para transmitir su conocimiento profesional y su experiencia en el mercado laboral.

Una de las características del catedrático, es que la mayor parte de sus ingresos provienen del ejercicio de su profesión, mientras que la docencia le permite tener un incremento en términos de prestigio social (logra un mayor desarrollo intelectual) ya que la percepción del propio docente y de la sociedad en general, es que son especialistas independientes y movibles que pertenecen a una reserva de talento natural (Glassick, et al, 2003) sin embargo hay poca dedicación a las horas de enseñanza, es decir: el trabajo docente es una actividad complementaria a la profesión (González R, 2009).

Hasta la década de los sesenta, el catedrático se ha caracterizado por ser el poseedor del conocimiento (incuestionable) y de la autoridad dentro del aula, su figura se centra en dos vertientes:

a. Es un especialista que goza del reconocimiento social adquirido por criterios de mercado en el ejercicio libre de su profesión y que imparte clase en la universidad

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b. El intelectual que se dedica de manera exclusiva al desarrollo de la ciencia en las universidades cuyo prestigio se adquiere por el reconocimiento de erudición (Gil, et al, 1992)

Cabe señalar que antes de la década de los sesenta no se cuenta con información cuantitativa sobre el número de profesionistas que se dedican a impartir cátedra a pesar de que sí existen registros sobre la matrícula estudiantil. Durante los años treinta y cuarenta el crecimiento del sistema de educación superior es limitado y elitista, para la década de los cincuenta, la política pública se direcciona a industrializar el país, acorde con ello, se inauguran varios institutos tecnológicos regionales (Durango, Saltillo, Guadalajara, Chihuahua, Veracruz, Celaya, Orizaba, por señalar algunos); durante el gobierno de Miguel Alemán comienza un proceso gradual de expansión del nivel medio y superior. Por ejemplo, la matrícula del nivel medio superior alcanza el orden de 37 mil alumnos -cifra que representa el 3.8% de la cobertura nacional- mientras que en el nivel superior es de 33 mil 746 alumnos, resalta en este periodo la inauguración de las instalaciones de Ciudad Universitaria (en 1952). La expansión del sistema es el resultado a una política pública dirigida a lograr la industrialización del país; para alcanzar su cometido, el gobierno federal destina recursos.

En 1954 el IPN recibe un presupuesto de 31 millones de pesos anuales mientras que la UNAM recibe la cantidad de 42 millones, para 1958 ambas instituciones reciben la cantidad de 63 millones (cada una) pues se tiene la idea de que el desarrollo del país se logra con personal técnico calificado (Solana, et al, 1981). Así, el incremento en el presupuesto destinado a la educación superior y la apertura de nuevas IES favorece a la ampliación de la matrícula, misma que en 1960 es de 80,643 alumnos (Solana, et al, 1981). Sin embargo aún es reducido el número de personas que alcanzan a cubrir los requisitos escolares suficientes para acceder a la educación superior dado que los criterios de ingreso “implicaban un conjunto de cualidades que hacían de las instituciones de educación superior un espacio de cultivación elitista” (González R, 2009: 26) pero además, hay una marcada inequidad tanto de género como de nivel socioeconómico en la matrícula.

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Aunado a ello, el incremento de la oferta educativa se encuentra focalizada, principalmente en el DF (con el 68.0% de la matrícula total del país) “tres cuartas partes de los alumnos pertenecen a la UNAM; de allí que podamos afirmar que al centralismo geográfico se sumó la concentración institucional, esta última con el valor agregado de convertir a la Universidad Nacional en el modelo académico de referencia para las IES de nueva creación” (González R, 2009: 22).

La figura del catedrático está presente hasta finales de la década de los sesenta, periodo en que inicia una etapa de transición entre la educación elitista a la educación de masas como respuesta al contexto emergente. En escena se vislumbra la presencia de nuevos actores (clases medias emergentes, feminización de la matrícula, aspirantes rechazados en la UNAM y el IPN), al finalizar la década se inicia un periodo de expansión que busca atender las demandas sociales. En ese tenor, no solo se trata de crear nuevas instituciones educativas sino de renovar sus estructuras, sus prácticas y sus políticas académicas y administrativas.

Al iniciar la década de los setenta, la concentración urbana en las ciudades ya es notoria –principalmente en la Ciudad de México, las ciudades representan oportunidades de movilidad social y económica. La clase media tiene acceso a un amplio mercado ocupacional, de manera que también se modifica la estructura del empleo “los nuevos campos de trabajo fueron espacios tanto para el tipo dominante profesional, abogados, ingenieros, médicos, como para las nuevas especialidades de técnicos y administradores” (Fuentes citado por Gil, et. al, 1992: 19), de manera que también se amplía la demanda de educación en términos generales.

A modo de ejemplo, la matrícula de 1970 representa el 0.56% de la población general, de manera que seis de cada mil habitantes tienen acceso a la educación superior, el reto es incrementar la cobertura de educación superior pues en 1970 la tasa bruta de escolaridad es de 6.72%, aunque existen diferencias significativas por regiones, por ejemplo, en el Distrito Federal, la cobertura es mayor que al interior de los Estados (Garza, 2002).

Para definir el rumbo de la educación superior, el Estado reconoce la necesidad de ampliar la oferta existente en las universidades estatales, así como crear nuevas instituciones; para lograrlo, un primer punto de partida es la

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apertura de instituciones de educación media superior. En 1971 crea el Colegio de Ciencias y Humanidades y en 1973 el Colegio de Bachilleres. A nivel superior en 1973 se crea la Universidad Autónoma de Aguascalientes y Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, en 1974 la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Autónoma de Chiapas y las Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales de la UNAM, en 1975 la Universidad Autónoma de Baja California Sur, en 1976 la Universidad Autónoma de Tlaxcala, en 1978 la Universidad Pedagógica Nacional además se crean Institutos Tecnológicos Regionales (ITR) y se favorece la expansión de las Universidades Autónomas Estatales, además incrementa el número de instituciones del sector privado, el cual representa una alternativa para realizar estudios superiores de manera que se contribuye a la desconcentración de la matrícula.

Los cambios demográficos contribuyen para que se favorezca la continuidad educativa entre sistemas básico, medio y superior, aunado a ello, el proceso de masificación de la educación superior incluye la feminización de la matrícula. A modo de ejemplo, en 1960 hay 8 mil 64 mujeres que realizan sus estudios universitarios, diez años después la cifra es de 30 mil 71 y en 1990 alcanza una matrícula de 434,803 (González R, 2009), de manera que estos factores coadyuvan al crecimiento del sistema de educación superior.

La década de los setenta es considerada como el periodo de expansión no regulada39, a pesar de que durante el gobierno de López Portillo se presentan algunos intentos de regulación. La elaboración del Plan Nacional de Educación prioriza la educación preescolar y básica y se crea la Ley para la Coordinación de la Educación Superior en donde se busca regular el crecimiento del sistema a partir de sentar las bases para ordenar la composición y expansión del nivel superior, por ejemplo a través del financiamiento que se otorga en función de proyectos específicos.

Para el año de 1975, la población universitaria es de 501,250 estudiantes, de ellos, el 15% se encuentra inscrito en instituciones privadas, sin embargo, la tasa de cobertura del nivel superior no se incrementa

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Las características de la expansión no regulada se analizan en dos vertientes: la primera se muestra en este apartado y tiene como finalidad señalar el proceso de profesionalización de la profesión académica, mientras que la segunda vertiente se encamina a conocer los elementos de la regulación laboral (ver apartado 3.2.2).

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notablemente pues la transición demográfica hace que jóvenes en edad de estudiar no se inserten en las universidades.

La matrícula estudiantil está en aumento pero ¿dónde conseguir profesionistas e intelectuales que quieran participar como docentes? Al no contar con suficientes docentes capaces de cubrir la demanda, es necesario generar un nuevo tipo de profesional que se dedique al trabajo académico, para ello se requiere transformar la estructura tradicional de la relación laboral del docente, encaminarla hacia una estructura de profesor de carrera, que realice de manera conjunta las actividades sustantivas de las universidades (docencia, investigación y difusión de la cultura), en donde la universidad sea el centro de referencia más importante del desempeño laboral y que permita construir una identidad. Es decir, que las actividades en la universidad le permitan vivir de la universidad y no para la universidad (Gil, et al, 1992).

De manera que una de las primeras estrategias para profesionalizar la profesión académica es transformar las relaciones laborales, principalmente a través de las formas de contratación, esto se logra al incrementar significativamente el número de contratos de tiempo completo (aunque la figura de profesor por hora-clase, también incrementa). Se distinguen dos periodos:

1961-1970. En 1961 existen 10,749 plazas pero en nueve años hay un incremento del 133.1% al crearse 14,307 plazas nuevas, de ellas el 7% son de tiempo completo y el 89% son de tiempo parcial (hora-clase).

1971-1982. En este periodo hay un incremento del 208.1% al crearse 52,153 nuevas plazas, de ellas, el 17% son de tiempo completo mientras que las plazas por hora disminuyen a un 75%, de manera que en 1982 la cifra de docentes en nivel superior es de 77,209 (Gil, et al, 1992; Casillas, 1987).

El periodo de expansión no regulada modifica la percepción del quehacer docente y crea un espacio para desarrollar la propia práctica a partir de un nuevo perfil del académico en México (Galicia, 2006) que a su vez, requiere definir un marco regulatorio tanto de las relaciones laborales, como de las actividades académicas. La necesidad de contratación obliga a flexibilizar los criterios de selección de profesores, de manera que se identifican dos tendencias de contratación en los establecimientos de reciente creación: por

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invitación explícita a catedráticos e investigadores con reconocida trayectoria en instituciones de educación superior, principalmente la UNAM y el IPN, y jóvenes sin experiencia docente que cursan los últimos años de licenciatura.

Figura 9. Características de los docentes en la fase de expansión no regulada

Fuente: (Gil, et al, 1992; Galicia, 2006)

Además en las universidades que se rigen a través de Contratos Colectivos de Trabajo, se otorgan prestaciones laborales atractivas, de manera que es posible hablar de una estabilidad en el empleo. Bajo este contexto, la expansión del sistema de educación superior constituye un mercado laboral atractivo que representa la meta de intelectuales de diversos campos disciplinares, al depositar sus expectativas de desarrollo profesional en el trabajo académico (Brunner y Flishfisch, 1989). La profesionalización de la profesión académica adopta un conjunto de valores compartidos que dotan de identidad al académico, quien es un sujeto colectivo que se mueve en dos esferas: a) el establecimiento y b) la disciplina (Clark, 1991).

En diversos momentos se ha señalado que la regulación laboral y la regulación del trabajo académico actual inciden en los procesos de recambio generacional en las universidades públicas, pero ¿qué significa regulación laboral y regulación del trabajo académico? Esta diferenciación se presenta en términos analíticos con la finalidad de comprender la estructura y significación

INVITACIÓN

Catedráticos e investigadores reconocidos por sus trayectorias en IES ya existentes, principalmente UNAM

E IPN

Estudiantes de los últimos años de licenciatura que mostraran interés en incorporarse a las actividades

de docencia

 Inicio de actividades docentes sin haber concluido estudios de licenciatura

 Edad promedio de 28 años al momento de su contratación  80 de cada 100 recibió el primer contrato en la misma

institución donde realizó sus estudios.

 El 63% no tenía experiencia docente previa de ningún tipo y el 93% no contaba con alguna experiencia en investigación.  El 75% de estos académicos recibieron un contrato de

tiempo parcial

Algunas características

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de la figura del académico. La primera hace referencia a la estructura normativa y jurídica que regula las condiciones laborales no solo de los académicos, sino de todo el personal universitario al interior de los establecimientos (regulación laboral-institucional) mientras que la segunda engloba tanto a las políticas públicas e institucionales como al sistema de reconocimiento y significación de la actividad académica (regulación del trabajo académico).

El siguiente apartado tiene como objetivo mostrar cómo se ha conformado la regulación laboral en las universidades, mientras que en un segundo momento se puntea los modos de regulación específicos del trabajo académico. En ambos se originan tensiones que modifican las estructuras a partir de los campos de poder que están presentes pues los establecimientos también son un campo organizacional. Es decir, son un conjunto de organizaciones que constituyen un área reconocida de la vida institucional (profesores, estudiantes, servicios, autoridades, agencias reguladoras) en donde hay una interacción entre actores.

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