LOOKING AHEAD
2.7 GUI: Extending GUI Components
Pancho, mientras tanto, con su clandestinidad quemada por la prensa, se cambió a una casa en el 512 de la avenida Prospect, que se encuentra en una zona de la ciudad desde la que es fácil salir al río para cruzar hacia México. Dos detectives estadounidenses pasaron a buscarlo con quién sabe qué intenciones. Lo salvó su amigo George, detective también, que lo escondió. ¿Los estadounidenses lo iban a detener por haber entrado ilegalmente a Estados Unidos? ¿Estaba detrás el dinero de los Terrazas?
Villa, mientras tanto, no estaba dispuesto a esperar demasiado las medidas de Madero y Abraham y decidió actuar por sus medios. El primer problema era la gente. El 24 de enero celebró una junta en El Paso con Andrés U. Vargas, Manuel Baca y Julio Acosta, a los que instruyó que se reunieran con otros compañeros en Las Cruces, la hacienda de Santa Clara, Bachiniva, Carichic, Cusihuirachic, Santa Cruz de Herrera, Pedernales, Matachic, Huejotitlán, Satevó.
El segundo problema era el dinero. Aunque corrían fabulosos rumores sobre un tesoro que había escondido en el monte Franklin que corona la ciudad al norte, o que estaba recibiendo dinero de Raúl Madero, lo cierto es que ya estaban casi consumidos los fondos que había ocultado en el guardadito de Parral. Le pidió a su hermano Hipólito tres mil pesos para comprar armas y caballos. Y finalmente Abraham le envió a Baltazar Anaya con los mencionados 1500 pesos.
Queda el registro de los gustos alimenticios de Pancho Villa. Nina Kyriacopulos, la hija de su compadre Theodoro, cuenta que le gustaban los helados y las malteadas de fresa, y todos los días iba a la Elite Confectionary. Andaba siempre con palanquetas de cacahuate, de las que podía comerse medio kilo en un día, y comía barras de caramelo con frecuencia. ¿A qué hora se volvió aficionado a las latas de espárragos? En la terraza de su casa tenía palomas. Se decía que las usaba para comunicarse con Chihuahua y sus amigos, que las usaba como palomas mensajeras y que los pájaros cruzaban una y otra vez la frontera. La verdad es más prosaica. Como, según él, tenía el estómago delicado, había incorporado los pichones a su dieta.
Una entre las muchas leyendas que corrían, dice que un espía alemán se le había acercado para proponerle apoyo financiero a cambio de que él más tarde permitiera que los germanos pusieran bases de submarinos en México (Chihuahua no tiene costa) y que Villa arrojó al enviado por una escalera; o que un tal Maximilian Kloss se había entrevistado con él en el Emporio y Villa lo corrió.
El 9 de febrero se produce el cuartelazo en la ciudad de México. Tropas insurrectas liberan de la prisión a Félix Díaz y a Bernardo Reyes (sus antiguos compañeros de cárcel) y marchan sobre Palacio Nacional. Aunque en estos primeros días el golpe fracasa, los alzados se hacen fuertes en la Ciudadela. Villa seguirá los acontecimientos a través de las crónicas de Silvestre Terrazas, que desde la ciudad de México escribe diariamente para el Correo de
Chihuahua. Se los había advertido. Madero peligra. ¿Y Abraham González? El carnicero Alcalá, por instrucciones de su compadre Villa, lo visitó para sugerirle que se fuera al monte desde el mismo 9 de febrero. Pero el general Rábago le había dado garantías y aunque desde El Paso el cónsul Llorente también lo presionó, Abraham permaneció en el gobierno de Chihuahua, aunque tomando medidas: trató de salvar la tesorería del estado, envió un llamado a Rosalío Hernández para que se moviera con sus irregulares hacia Coahuila y un mensaje a Pancho Villa.
Pancho, mientras tanto, en El Paso había reunido a un grupo de ocho hombres y tenía billetes de tren comprados para Columbus, a fin de entrar a México por Palomas. En eso llegó Primitivo Uro, comisionado por Abraham para decirle que fuera a Sonora a entrevistarse con el gobernador Maytorena.
Horas después asesinarían, tras haberlo torturado, a Gustavo Madero. Victoriano Huerta (él precisamente, se diría Villa), pactando con los sublevados, se haría con el poder. Y el 22 de febrero los militares asesinaron al presidente Madero.
Luz Corral cuenta que, al saberlo, Villa, “chispeantes los ojos, se golpeaba el pecho, se mesaba los cabellos y lanzaba la injuria procaz y fuerte: ¡Traidores!”. Ese mismo día, un Villa lloroso que juraba venganza subió al techo de su casa, abrió la jaula de sus palomas y salió de El Paso. No habría de saber que durante el motín los papeles de su juicio se quemaron en el incendio producido cuando los presos trataron de fugarse de la cárcel.
NOTAS
a) Fuentes: Luz Corral: Villa en la intimidad y PHO 1/23. W. Tovar: “Ciudad Juárez, baluarte de la Revolución Mexicana”. Larry Harris: Strong man of the revolution. Alberto Calzadíaz: Hechos reales de la revolución, tomo 1. Villa en Bauche. Almada: La revolución en el estado de Chihuahua 1. Terrazas: El verdadero Pancho Villa. Haldeen Braddy: “Pancho Villa's hidden loot. Nina Kyriacopulos en Paterson: Intimate recollections. Puente: Villa. Arellano: “Siempre descubre la última carta...”. El Paso Herald, 13 de enero de 1913, Martín Barrios: “La fuga de Pancho Villa”. Jesús Vargas: La fragua... (siguiendo la narración de Fabela). Katz: Pancho Villa. Romo: Ringside seat to a revolution.
Enrique Llorente sería despedido del servicio diplomático poco después del golpe militar, probablemente por su filiación maderista, pero acusado de tres cargos de estafa (en el Archivo de la SRE).
b) El misterio de la casa de Villa en El Paso. Como siempre, en esta historia la diversidad de testimonios
contradictorios hace muy difícil de identificar los hoteles y las casas en que vivió Villa en El Paso. Al llegar a la ciudad texana pudo haber vivido en el Roma Hotel en el #419 de South El Paso esquina con Paisano, o en el hotel México en la esquina de South El Paso con la Segunda, e incluso en un hotel de la calle Prospect. Prospect sería la calle de una futura vivienda y el testimonio de Romo parece ser el más fidedigno.
Nina K. dice que su casa estaba en el 1610 de North Oregon y que se la rentó a Luz. Tres casas de un piso y ellos vivían en la de en medio. Villa la escogió para así cruzar el río sin pasar por los pasos fronterizos y entrar a México cuando quisiera. Pero en esa época Kyriacopulos vivía en el 510 de Prospect y la casa de Villa debería estar, si eran conjuntas, en el 508 o en el 512. Luz Corral y Braddy lo confirman. El narrador, acompañado por David Romo, estuvo decidiendo cuál sería su versión “oficial” y optó por el 512 de Prospect, que corresponde a las descripciones de Nina, aunque había una que les gustaba en South Oregon. ¿Una versión medio oficial es mejor que otra?
QUINCE
DOS LIBRAS DE CAFÉ MOLIDO, DOS DE AZÚCAR, UN COSTALILLO DE SAL Y VARIAS PINZAS
Cuenta Isidro Fabela que le preguntó una vez a Abraham González: “¿Usted es amigo del general Huerta?”, a lo que Abraham contestó: “Él dice que sí”. Fabela insistió: “¿Y usted?” Y Abraham remató: “Yo digo que no. Los federales no nos quieren”. Los acontecimientos le iban a dar la razón al chihuahuense.
El mismo día que asesinó a Madero, Victoriano Huerta ordenó al general Rábago que detuviera al gobernador González. Abraham era la opción del contragolpe en un país donde el maderismo oficial se desmoronaba como una torre de papel. Eliminar a Abraham era acabar con el más radical de los posibles resistentes, ex ministro de Gobernación y heredero potencial de Madero. A las cuatro de la tarde del 22 de febrero, cuando el gobernador estaba dictando una carta, los militares tomaron el palacio de gobierno de Chihuahua y entraron a su despacho deteniéndolo y llevándolo a la zona militar. Rábago le dio su palabra de honor de que le respetaría la vida.
La noticia llegará a El Paso casi de inmediato. Villa reaccionará diciendo: “Los que se llamaban decentes eran más rencorosos que los mismos bandidos, comprendí que se iniciaba una guerra sangrienta”. Siguiendo las instrucciones del ahora detenido gobernador de Chihuahua, tomó el tren a Tucson, Arizona, acompañado de Darío Silva y Jáuregui. Ahí se encontraron al gobernador Maytorena, quien había cruzado la frontera respondiendo así a los maderistas sonorenses que lo presionaban para que resistiera el golpe de Huerta. Poco antes de exiliarse había dicho: “Yo tengo relaciones de abolengo con todo el elemento que llaman científico, y mi estómago no está para andar comiendo carnes crudas en las montañas”.
Un nuevo personaje apareció en escena. Adolfo de la Huerta, 31 años, comerciante, profesor de canto, diputado local sonorense, que se encontraba en Tucson para convencer a Maytorena de que regresara a encabezar la resistencia y descubrió la llegada a la ciudad de Pancho Villa. No se conocían aunque se habían escrito y De la Huerta decidió entrevistarlo antes que a su jefe político. Villa se encontraba en el hotel Willard, donde conversaron durante varias horas. De la Huerta, que llegaba de la ciudad de México, le contó con minucia la génesis del golpe de estado y los acontecimientos que se produjeron, le habló de la inocencia de Madero, de la traición de casi todos los generales. Sabía lo que contaba. Accidentalmente se encontraba en la ciudad cuando se produjo el golpe y se había presentado ante el presidente, incluso lo acompañó en los primeros momentos.
En una segunda entrevista Villa le contó que había 160 mil dólares del gobernador de Chihuahua comprometidos y que con eso se armaba un ejército, pero el dinero de Abraham había sido interceptado. De la Huerta le propuso a Villa entrar por Sonora; Villa argumentó que “en Chihuahua valgo diez por uno de lo que yo pudiera valer en Sonora”. Finalmente De la Huerta consiguió de Maytorena mil pesos (casi dos mil según De La Huerta, 900 dólares).
Mientras Villa estaba consiguiendo dinero para “armar un ejército”, en Chihuahua se reunieron los diputados locales a los que se sumaron los orozquistas y se dio por bueno el golpe. Qué frágil era el maderismo, qué vergonzante era la conciliación y el chaqueteo. Se ordenó la disolución de las milicias. Detuvieron al teniente coronel y compadre de Villa, Trinidad
Rodríguez, acusándolo, junto con Abraham, de incitar a la rebelión y traficar con pertrechos de la nación. En algunos puntos de la región los revolucionarios maderistas reaccionaron: el 23 de febrero se alzaron en armas contra el nuevo régimen el profesor veracruzano Manuel Chao en Parral, Rosalío Hernández en Estación Cevallos, Toribio Ortega en Cuchillo Parado, Maclovio Herrera en Casas Grandes y Urbina en Rosario, Durango. Se produjeron combates en Parral, amenazada por Urbina y Chao, quienes ante la llegada de refuerzos federales se replegaron. Bajo amenazas Abraham firmó en prisión su renuncia.
Mientras tanto se estaba cocinando una nueva alianza. El 27 de febrero Pascual Orozco declaró que apoyaba al nuevo gobierno sin reservas. Y comisionados del general Huerta acudieron a conferenciar con él. El 3 de marzo se ofreció una amnistía a los colorados y se les invitó a colaborar con el nuevo gobierno. Al iniciarse la segunda semana después del golpe el convenio parecía haberse cerrado en Villa Ahumada. Orozco y sus generales pidieron que se les pagara sueldo a sus soldados desde el inicio de la insubordinación contra Madero, pagos a viudas, pago de deudas de campaña, incorporación de los grupos orozquistas al ejército federal como rurales y una ley urgente de reforma agraria. Las condiciones se aceptaron con la discrepancia de Máximo Castillo y de José Inés Salazar, uno porque exigía el reparto agrario inmediato, el otro porque dudaba profundamente de Huerta. Orozco impondrá su opinión diciendo que hay que aliarse con el más fuerte.
El 6 de marzo llegaron a Chihuahua dos oficiales comisionados por el presidente Huerta. El general Benjamín Camarena le exigió al general Rábago que pusiera bajo su custodia a Abraham González para llevarlo a la capital. A pesar de las garantías que Rábago había dado, lo entregó. Esa misma noche lo subieron a un tren con destino a la ciudad de México. Pasando estación Horcasitas, en el kilómetro 1562 de la línea férrea, a 47 kilómetros de Chihuahua, el tren se detuvo y soldados del 5o regimiento hicieron descender a Abraham González y lo
asesinaron, enterrando superficialmente el cadáver. Ya es 7 de marzo cuando suben nuevamente al tren. Gracias a la indiscreción de un oficial borracho, el día 9 comenzó a correr el rumor de que lo habían asesinado.
Villa —según los informes consulares que empezaban a seguir sus huellas puestos al servicio del nuevo régimen— el 5 de marzo se encontraba en Douglas, Arizona, y esa misma noche viajó a El Paso.
Allí tomará sucesivamente una serie de medidas. Desmontó su casa y le pidió a Luz Corral que se fuera a San Andrés, en Chihuahua. Tenía muy poco dinero, aunque en esos momentos el recaudador de rentas de Ciudad Juárez, por órdenes de Abraham, le entregó seiscientos dólares más. Villa le pidió a un tal Muñiz sus caballos y le informó que se iba a trabajar al ferrocarril en California. Muñiz más tarde lo traicionará, y de los caballos, nada.
Es la revolución, es algo donde no se improvisa: La gente, el dinero, los caballos, las despedidas.
Pancho Villa, a las seis de la tarde del 7 de marzo, habló con Kyriacopulos y le dijo que iba a cruzar. Los compadres se despidieron. Poco después se encontró con el doctor J. Bush, al que conocía de la revuelta maderista, le informó que se iba a combatir a Huerta y le propuso que se le uniera. Bush dijo que lo apoyaría pero sin acompañarlo. Por cierto que le pidió que cuando tomara Chihuahua pusiera en libertad a un doctor americano de apellido Harle que estaba injustamente detenido en México. Villa le pidió que se lo anotara en una libreta que portaba cuyas páginas estaban aún en blanco. Los dos daban por bueno eso de que “va a tomar Chihuahua” algún día.
Con los ocho hombres que ha logrado reunir, y con los colorados y los federales enfrente, no es fácil hacer augurios promisorios. Friedrich Katz verá a Villa en esos momentos como un
candidato de consenso de la clase media y las clases populares en la futura rebelión chihuahuense. No parece ser así. El Villa que cruzará la frontera no es más que un hombre cuyas relaciones, proyectos y recursos están por probarse. No es una carta para apostar por ella ni mucho menos. Es, sin duda, un hombre decidido y enfurecido, que resiente como una afrenta personal el asesinato de Madero, y lo resiente doblemente porque el asesino es el general que trató de matarlo a él también, Victoriano Huerta.
El dinero no alcanza más que para unos “caballitos flacos” y Jáuregui y González se apoderarán de dos caballos más en la pensión de la Estrella. Villa le dijo a Silva que alquilara por dos días otros en la pensión Greer. También se llevaron caballos de una casa en las calles Walnut y San Antonio. Villa, curiosamente, montará un caballo que le perteneció al coronel Mancilla, jefe de la plaza. Otros dirán que los caballos se los robaron a medianoche a los militares gringos en el cuartel.
Cuando Pancho se encuentra dispuesto a cruzar la frontera sabe, porque en El Paso se ha hecho público el asunto, que se ha cerrado un pacto entre los federales de Huerta y los irregulares de Pascual Orozco, y que se las tendrá que ver con ambos. No sabe sin embargo que la comandancia militar en la ciudad de México, después de que sus papeles se habían quemado, reabrió el proceso por insubordinación, citando que el prófugo se encontraba en El Paso, Texas. Y pese a que algunos historiadores así lo cuenten, no sabrá que su patriarca, Abraham González, al que cree preso, ha sido asesinado.
El 8 de marzo, hacia las seis de la tarde, ya oscureciendo, a poco más de dos semanas de la muerte de Madero, Pancho Villa cruzó la frontera y se internó en México.
Uno diría que cruzó por Los Partidos (al oriente de Ciudad Juárez); otro, que por el vado del Cordobés, frente al panteón del Venado; otros dicen que Villa se limitó a cruzar en el tranvía de El Paso para encontrarse en la casa de Isaac Arroyo con los que llevaban los caballos robados y alquilados; otro, que “salieron por el rumbo de East El Paso, calle Laurel, hasta la orilla, isleta de Córdoba”.
Curiosamente, en esta historia en la que los testigos no parecen estar nunca de acuerdo, todos confirman el número 9. Nueve fueron los que cruzaron: Pancho Villa, Carlos Jáuregui (que lo viene acompañando desde la fuga de la cárcel), Darío W. Silva (su secretario), Juan Dozal (oficial en la pasada revuelta maderista, que cruza el río en armas por segunda vez, porque ya lo había hecho con Madero en 1911), Tomás Morales (el Tuerto, Villa en sus memorias lo llamará Tomás N.), Pedro Sapién (también llamado por algunos Miguel Septién), Miguel Saavedra y Manuel Ochoa (dos de sus oficiales de 1911 en Ciudad Juárez) y Pascual
Álvarez Tostado (al que Villa registrará más tarde como “otro de nombre que no me acuerdo”).
¿Qué llevan consigo los invasores aparte de su voluntad de hacer una revolución?
Ramón Puente dice que “nueve Winchester 30-30 flamantes” (pero Silvestre Terrazas matiza: “algunos de segunda mano”), 500 cartuchos por cabeza, dos libras de café molido, dos de azúcar, un costalillo de sal. Lamsford aumenta a la lista 36 pesos y un reloj de plata. Gildardo Magaña añade que no tenían ni un peso y los fumadores estaban desesperados pues no traían cigarrillos ni cerillos. Pero todos ellos están de acuerdo en que llevaban “varias pinzas corta alambre”. ¿Pinzas para qué, si cruzaron por el río en una zona en la que no hay alambradas? La respuesta es obvia. Villa y sus hombres sabían que habrían de vivir sobre el terreno en las próximas semanas y no habría más ley en lo inmediato que la suya. Eran pinzas para cortar los cercados y robar vacas de los ranchos de los Terrazas y sus aliados, que carnearían con el costal de sal.
El caso es que la tropilla fantasma que cruzaba el río por todos lados iba a hacer una revolución manteniéndose de las vacas de los grandes hacendados y montada en caballos robados. Villa se internó en México al
anochecer e inició una cabalgata hacia la historia. Una historia sorprendente, como habrán de demostrar futuros acontecimientos.
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