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Este método de lectura de obras literarias se muestra fecundo, e incluso seguro, cuando se lo maneja con cierta firmeza. Esta firmeza se consigue a lo largo de un

esforzado proceso de formación humanística y filosófica que dote al lector de la sensibilidad metodológica necesaria para adivinar, en cada momento, en qué nivel de la realidad se mueve un autor, qué esquemas mentales moviliza, qué sentido adquieren en tales esquemas los conceptos básicos y cómo se articulan estos entre sí.

Como hemos dicho, los términos filosóficos, sin perder su significado nuclear, cobran un sentido distinto al ser movilizados en contextos diferentes. Romano Guardini, un excepcional virtuoso de la pedagogía, solía recomendar a sus alumnos que no se aferrasen a los conceptos, como si su sentido viniera dado de una vez para siempre, sino que los considerasen como entidades vivas que reclaman libertad para contraponerse entre sí, limar sus aristas, adensar su significación.

La actividad filosófica comienza en rigor cuando se intuye la articulación profunda de los diversos conceptos. Tal intuición se produce a medida que se descubre la lógica interna de los procesos creadores. En Estética de la creatividad queda de manifiesto el nexo que media entre el juego, la fundación de ámbitos, el alumbramiento de sentido, la eclosión de belleza, la instauración de campos de libertad, la inmersión activo-receptiva en realidades envolventes, la configuración del lenguaje, el salto del nivel objetivista al nivel lúdico, la fundación de ámbitos de encuentro y otros temas afines.

Este nexo mutuo enriquece los conceptos, les concede una sorprendente complejidad y capacidad de vibración expresiva. El hombre avezado a la vida intelectual renuncia por principio a tomar los conceptos de modo rígido, acotado; les concede libertad de despliegue para que depuren y potencien su capacidad expresiva.

Al hacerse cargo de la rica complejidad que encierran los conceptos —vistos como algo vivo, vivaz, irradiante—, se cobra conciencia de la necesidad de movilizar los términos del lenguaje con sumo cuidado, más como quien entra en relación de trato con un ser vivo que como quien manipula un objeto inerte.

La movilización de los conceptos estéticos exige una metodología extremadamente cuidadosa, atenta a los más sutiles matices del lenguaje, y pronta a evitar todo empleo expeditivo de términos, solo posible cuando se ignora o se desprecia la capacidad que tiene el lenguaje de enriquecer en forma insospechada el sentido de los vocablos.

La manipulación de términos actúa de modo precipitado, basto, elemental, frívolo. La puesta en juego de una metodología flexible y respetuosa exige, por el contrario, la adopción de un tempo lento, pues implica la realización de hondas experiencias personales que dotan de sentido pleno a los términos y conceptos. El auténtico pensador es siempre un creador de lenguaje, un poietés, un poeta que no toma las palabras como un producto elaborado por otros sino como una realidad en estado naciente, originaria, que vuelve de algún modo a surgir cada vez que se usa de modo rigurosamente personal. «The poet is a maker» (Dreyden).

Por este carácter re-creador de toda palabra genuina, nos sorprenderemos al observar la riqueza inédita que adquieren ciertos términos al ser usados en determinados contextos. Para comprender el lenguaje de los grandes creadores de obras literarias, debemos ir a lo hondo, desbordar el significado más a mano, para adivinar el sentido último y evitar que las palabras y expresiones resbalen sobre nuestra sensibilidad y se

limiten a transmitir un conjunto de conceptos desgastados. Hemos de vibrar con ellas para que sus armónicos resuenen en nuestro interior. El lenguaje —cuando se lo vive con talante creador— constituye un campo de iluminación y expresa más de lo que dice. La carga de sentido que presenta el lenguaje supera notablemente el elenco de significados que comunica. Para elevarse a este mundo de sentido, se requiere vivir las palabras como acontecimientos que instauran encuentros, ámbitos. Las palabras son «moradas» (Cayrol), campos de resonancia de mil realidades que en ellas se entreveran, cobran cuerpo y se expresan.

Lo decisivo es captar la resonancia de los vocablos y de los conceptos, anudarlos en una especie de anillo y potenciar su expresividad como en un «juego de espejos» (Heidegger). En cada término, en cada idea y acontecimiento, late una lógica soterrada que el intérprete debe diligentemente descubrir y seguir hasta sus últimas vibraciones. Piénsese en la lógica de la ambición que impulsa a Macbeth (Shakespeare); la lógica de

la piedad que inspira la actitud tenaz de Antígona (Sófocles, Anouilh); la lógica del poder arbitrario que sume a Calígula (Camus) en una forma de soledad asfixiante; la lógica del vértigo metafísico que fusiona al protagonista de La náusea (Sartre) con la

realidad circunstante y lo aleja del mundo de las significaciones; la lógica del encuentro que adentra a los protagonistas de El principito (Saint-Exupéry) en una noche de pacientes purificaciones, a fin de pasar de la actitud objetivista a la lúdica.

Al leer o contemplar una obra, deben rehacerse las experiencias a que alude cada vocablo, frase, gesto, acontecimiento, para otorgarles su plena capacidad expresiva y alumbrar su sentido más hondo. Cuando Teresa, protagonista de La salvaje, de J. Anouilh, exclama fuera de sí: «¡Cochinos libros!», al tiempo que arroja contra la pared los ejemplares de la biblioteca de su prometido Florent, carga de sentido, e incluso de simbolismo, una frase más bien banal en el uso cotidiano. Esta sencilla frase viene a ser, en este contexto, el punto de interacción colisionante de dos «ámbitos»: el de la pobreza —representado por Teresa— y el de la riqueza —encarnado en Florent—. Al plasmar un ámbito de colisión, dicha frase adquiere poder «poiético», valor rigurosamente poético, instaurador de ámbitos.

En la obra dramática de G. Marcel La mort de demain, una joven rompe a llorar al darse cuenta de que ha pasado a hablar de su madre en tercera persona. ¿Qué significa, en rigor, el fenómeno del llanto? Un desmoronamiento interior. ¿En qué relación se halla con la reducción del tú a ello? El dramaturgo entrevió este profundo nexo y lo plasmó en una escena. Si deseamos adentrarnos en el juego que la misma implica y asistir a la génesis de su específica belleza dramática, debemos vivir por dentro, personalmente, la experiencia de la reducción envilecedora de una realidad personal «íntima» al mero ser

distante, del que se puede hablar y al que se puede enjuiciar como si fuera un objeto. La

«intimidad» se pierde cuando se anula el campo de juego común que supera la distancia física. Al perder la peculiar vecindad de la vida íntima, se impone la distancia, y rebrotan las actitudes «objetivistas» —manipulación, afán posesivo, falta de compromiso personal, etc—.

Una vez más, resalta aquí el hecho luminoso de que la belleza no es una cualidad

estática propia de ciertas realidades. Es una realidad relacional, que surge como fruto

de un encuentro, de la interferencia de diversos ámbitos de realidad. La realidad toda es estructural, constelacional, dinámica. La realidad humana constituye un ámbito de realidad dotado de un dinamismo peculiar que lo impulsa a entrar en relación lúcida y libre con el dinamismo de todas las realidades, incluso de la suya propia, y asumirlo y encauzarlo. Cuando el hombre actúa con dinamismo creador, acoge todas las posibilidades que hacen posible una acción con sentido. El entorno del hombre creador no está formado por una suma de objetos, sino por una trama orgánicamente trabada de ámbitos, que le ofrecen la posibilidad espléndida de fundar nuevos ámbitos y enriquecer así la realidad.

Estas múltiples interferencias de ámbitos dan lugar a modos diversos de belleza. El concepto de belleza adquiere con esta diversificación una insospechada ampliación y radicalización a la par. El fenómeno de lo bello no pende solo ni radicalmente de las percepciones sensibles, sino de los acontecimientos relacionales. En principio, Estética significó —con Baumgarten— «tratado de la sensibilidad». Actualmente, a la luz de la teoría de los ámbitos, descubrimos que el sentir propio de la estética presenta una enigmática profundidad y luminosidad por cuanto en él se perciben los distintos géneros de luz que brotan en la interacción de diversas realidades o vertientes de lo real. Esta interacción da lugar a modos nuevos de realidad. En la misma medida, podemos afirmar que la Estética, vista con amplitud y hondura, tiene por cometido el estudio radical de la

creatividad.

Esta concepción de la Estética desde la vertiente de la creatividad se asienta en una idea relacional-estructural de la realidad —sobre todo de la realidad humana—, y tiende a obtener una visión del universo más dinámica, más creadora y exigente. Sin duda es este el modo de visión que exige el género de Humanismo nuevo que hoy anhelan los pensadores más calificados.

Esta visión del universo se halla en la línea del «esprit de finesse» (Pascal), de la metafísica relacional o respectivista (Kierkegaard, Amor Ruibal, Zubiri, Whitehead), de la atención a la vertiente inobjetiva de la realidad (Jaspers, Heidegger, Marcel), del compromiso dialógico (Rosenzweig, Gogarten, Ebner, Buber, A. Brunner, Lacroix, Mounier, Levinas), de la apertura a lo envolvente (pensamiento trascendental).

La integración de los mejores hallazgos de estas corrientes permite abrir una vía fecunda de acceso a la complejidad de lo real[37] y pone en forma la capacidad de los intérpretes para advertir, al hilo de la lectura o de la representación escénica: 1) los ámbitos que se van fundando, las interferencias mutuas a que dan lugar y los ámbitos de mayor envergadura que estas originan; 2) los ámbitos que son anulados en virtud de la lógica de la destrucción; 3) los ámbitos que se dejan de crear por falta de las condiciones debidas, en el fondo por falta de creatividad y de actitud dialógica. La actitud dialógica implica apertura, disponibilidad, reconocimiento del valor personal de los otros, voluntad de entreverarse creadoramente. A esta actitud se opone drásticamente el odio, como voluntad decidida de anulación de toda relación personal creadora de ámbitos de

convivencia. Hay ámbitos de amor y ámbitos de odio. Correlativamente, existe un lenguaje que funda interrelaciones de convivencia y un lenguaje que funda campos de tensión y repulsa[38].

Para captar los mundos que plasman estas diversas formas de lenguaje se necesita un conocimiento bien articulado de la temática filosófica. No es posible, por ejemplo, traspasar el umbral del sentido estético riguroso de las obras pertenecientes a la «literatura del absurdo» —que, por su carácter contestatario, van a contracorriente de la normativa estética común y solo pueden ser comprendidas cabalmente de modo genético, a la luz de la intención soterrada que las anima— si no se acierta a precisar los diversos modos que hay de temporalidad y espacialidad, la diferencia entre causalidad y apelación, el nexo entre falta de creatividad y tedio, el significado del miedo, la angustia y la desesperación, la diferencia entre mantenerse a la espera y tener esperanza, el nexo entre lenguaje y amor, las exigencias del encuentro y otras cuestiones afines.

En síntesis, cabe afirmar que la formación filosófica necesaria para rehacer genéticamente el proceso de instauración de una obra literaria implica la realización de diversas tareas complementarias entre sí:

Estudiar a fondo el modo de ser del hombre y de las realidades que constituyen su entorno peculiar. La realidad humana no es meramente «cósica», sino «ambital».

Descubrir las leyes de desarrollo de la realidad humana. El hombre se despliega creando vínculos con otras realidades «ambitales» que le ofrecen campos de posibilidades de juego.

Distinguir los diversos niveles de realidad en que se mueve simultáneamente el hombre y las distintas actitudes que puede adoptar: niveles de realidades objetivas o superobjetivas; actitud de dominio, manipulación, goce, o bien actitud de respeto, colaboración, creatividad dialógica.

Estudiar las condiciones del auténtico encuentro y la relación que media entre este y el alumbramiento de luz y belleza.

Captar de modo sinóptico el nexo orgánico entre los principales acontecimientos que tejen la trama de la vida humana y los correspondientes conceptos y términos.

Realizadas cuidadosamente estas cinco tareas, se está en óptima disposición para poner en juego un método de análisis —como el que aquí propongo— que arranca de un cambio de mentalidad o estilo de pensar: del objetivista al ambital, del estanco-rígido al

dinámico-flexible, del unidireccional al relacional-constelacional, del manipulador-

posesivo al dialógico-lúdico.

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