CHAPTER 4: OPERATIONS PLANNING AND CONTROL
6. Guidelines for developing a Service Delivery Improvement Plans (SDIPs)
laliteratura esconocimiento y sensibiliDaDmoral; aDemás, pueDe serentenDiDa como una forma Decomunicación. estosuponeunsistemasemióticoDeterminaDoporentornosparticulares. seGúntal conceptocontemporáneo, las obrasliterariasforman parte DelaviDasocial, puestoqueconceDen sentiDoalaexperiencia, preservanlamemoriayconstruyeniDentiDaD. enotrafaceta, lostextospro- muevenyorientanlacreación, toDavezqueseconviertenenmoDelosestéticos.
En el catálogo general de las letras, intervienen los diferentes elementos que conforman la cultura, un cuerpo plural y heterogéneo con jerarquías múltiples y pasajeras. Aquello que, con simpleza, denominamos literatura constituye una compleja red. El avance tecnológico y la nueva noción de texto amplían el debate acerca del problema de la canonicidad, un fenómeno que guarda corresponden- cias con el proceso de legitimación de los bienes simbólicos.
Obras, géneros, tendencias y cená- culos notables garantizan la valía de una tradición, puesto que la ennoblecen y representan usos, valores, herramientas, contenidos y formas dominantes, cuando no simplemente útiles. Aunque intervie- nen los designios del orden establecido y
el proyecto político imperante, la diversi- dad de sectores, la actividad crítica y los propios esfuerzos de los creadores suelen subvertir toda clase de esquematismos.
En esta materia, a contrapunto de la opinión común, las escogencias se ca- racterizan por ser provisionales, inciertas y parciales. Si a esto sumamos la necesaria renovación de la cultura, ineficiente en tanto desconozca las demandas inme- diatas, comprenderemos que el canon implica la polémica constante. En suma, lo canónico no es modelo de lo literario, sino expresión de un criterio privilegiado y conyuntural.
En la conferencia “La literatura como bienes y como herramientas” (1997), Ita- mar Even-Zohar sostiene que la canoni- cidad de un texto se desarrolla en dos
niveles: estático y dinámico. En uno, la obra es catalogada como clave para el entendimiento de una mentalidad; en el otro, origina una nueva forma de crea- ción e inspira principios productivos. En disputa permanente, las manifestaciones periféricas muestran cómo determinados textos, paradigmas y estilos han caído en la obsolescencia.
La literatura no responde a definiciones esencialistas; caso diferente, se la delimi- ta y valora en virtud de las fuerzas y rea- lidades involucradas en la vida cultural. La autonomía de lo literario es engañosa, al igual que su originalidad y constancia. Las obras estéticas nacen entre hormas y el quehacer de los escritores se funda en preceptos y materiales previos. Entre lo previsible y lo novedoso, a la mitad del camino entre el tedio y el escándalo, las letras conservan y olvidan.
Una mudanza de valores, prácticas o instrumentos provoca la revaluación del canon. Ordenadores y redes han suscita- do un cambio vertiginoso de la textuali-
dad. A pesar de las múltiples transforma-
ciones, la tecnología base de la cultura impresa permaneció intacta durante siglos. Los libros preservaban un aire de familia, aunque se los elaborara con ins- trumentos modernos.
En época de paso, las publicaciones electrónicas fundan su atractivo en la
nostalgia: lucen como impresos y una quimera técnica rememora el silbido de la página agotada por el lector. Las ta- bletas suceden a los volúmenes; las me- morias de bolsillo, a las colecciones. Para los autores, el problema trasciende el abandono de las máquinas de escribir, puesto que ahora existen modalidades literarias de naturaleza hipertextual. Las revistas de antaño han dado paso a las bitácoras digitales.
Nunca antes como ahora, los involu- crados cuentan con tantos recursos de impugnación del canon. Internet es un medio magnífico, con frustradas preten- siones de universalidad. En su vientre ines- table crecen curiosas criaturas; desde los márgenes de esta tierra suplementaria, se levantan voces y hordas que asedian la ínsula dorada del canon. Quizá conven- ga recordar que la red alimenta la apatía por los patrones e impone el cosmopoli- tismo, entendido tal como la capacidad de opinar acerca de otras culturas.
La pérdida de referentes domina; aun- que bien vale la actitud descentrada y democrática, también es cierto que los hábitos simplistas se han extendido. Una muestra: con frecuencia, la empresa de divulgar el arte se realiza con descono- cimiento de los códigos elementales. A la última e inédita moralidad, atribuyo el afán por estar al día y conocer, aunque
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solo sea por señas, la supuesta realidad de las tradiciones confinantes. El mérito estriba en la mirada global, amplia y libe- rada de miopes regionalismos.
La abundancia de opiniones demo- cratiza el debate a propósito del canon; sin embargo, en la red, el conocimiento se define por la naturaleza parcial y frag- mentaria. El intercambio contiene interfe- rencias, pues el mercado y la publicidad, dioses neófitos, alteran las relaciones ordi- narias entre escritores, críticos y lectores. Situada en grandes recipientes,
nuestra memoria cultural pierde utilidad directa.
En El canon occidental: La es-
cuela y los libros de todas las épo- cas (1994), Harold Bloom recor-
daba el valor instrumental y social de la escogencia, un valor basa- do en la necesidad de transmitir bienes relevantes y superar las restricciones materiales del sistema edu- cativo. En la actualidad, uno de los peo- res usos académicos, la sobreproducción o paráfrasis infinita, se ha desplazado a Internet. Como consecuencia, se publica por publicar, se eliminan refinamientos y, al término, tenemos mucha información pero pocas certezas.
Algunos podrían alegar que la diver- sidad de juicios enriquece la discusión acerca de las calidades de determinados
estilos, obras literarias y tendencias. La- mentablemente, un alto porcentaje de las valoraciones publicadas en la red solo repite lo dicho por otros sectores. Quizá a causa de ello, el estudio universitario e impreso seguirá siendo base del conoci- miento sistemático, que rehuye la doxa relativizante.
El ejercicio de la crítica literaria ha empezado a convertirse en un oficio de tinieblas; bien se lo asuma al modo del periodismo cultural, casi siempre supe-
ditado a la ansiedad de la primicia, la simplificación, las alusiones gratuitas, las vanas traducciones y la excesiva prisa; bien se lo enfrente con la cansina jerga universitaria, parece evidente que de- manda novedades.
Los estudios de la literatura y, en parti- cular, los debates en torno al canon ha- brán de nutrirse de la comparación de medios, el análisis de la nueva textuali-
dad, el influjo de los actores y el examen