4.3 Standards and guidelines regarding a forensic accounting
4.3.3 Guidelines
Autores: José Fernando Siqueira da Silva31 / Raquel Santos Sant’ana32
Dirección en Argentina E-mail: Avenida 44, 1032, 15 y 16, departamento 4A, La Plata.
Correo: [email protected] o [email protected] / [email protected]
Tipo de ponencia: reflexión elaborada a partir de investigaciones mantenidas por el autor.
Observaciones iniciales: situando el debate
Investigar la trama que constituye el trabajo profesional en el campo particular del Trabajo Social, tejida en una fase determinada del capitalismo monopolista inspirada en el padrón toyotista de organización/racionalización de la fuerza laboral, potenciada por el capital financiero (HARVEY, 2011, CHESNAIS, 1996 e IAMAMOTO, 2007), es esencial para los trabajadores sociales. En el caso latinoamericano es necesario considerar un rasgo específico: el carácter hipertardío y dependiente que han marcado todos los países que objetivaron sus revoluciones burguesas –ciertamente con características particulares– ya a partir de las condiciones del siglo XX (FERNANDES, 2009).
Impensable sin el capitalismo monopolista y fundado en el campo contradictorio de luchas entre capital y trabajo (NETTO, 1991), el Trabajo Social tuvo su génesis como profesión vinculada a las múltiples estrategias articuladas a la gestión del pauperismo. Fue a partir de ese contexto que esta profesión nació, se institucionalizó, se consolidó en el mercado laboral y ha pasado por constantes reactualizaciones teórico-prácticas, sea para modernizar el legado conservador o, al revés, con todos los límites objetivos, para cuestionarlo. Las luchas realizadas durante el proceso de reconceptualización latinoamericano (1965-1975 –no exactamente– NETTO, 1992), de renovación del Trabajo Social brasileño, de las dos últimas revisiones del Código de Ética y de lo que ha sido denominado “Proyecto Ético-Político Profesional” en ese
31 Trabajador social. Doctor en Trabajo Social por la Pontificia Universidad Católica de San Pablo (Brasil).
Libre-docente por la Universidad Estadual Paulista (Brasil) y docente del Departamento de Trabajo Social en la misma Universidad. Post-doctorando de la Universidad Nacional de La Plata (2015).
país (como referencia estratégica), han reafirmado el legado crítico del Trabajo Social en Brasil. Se ha logrado, con ello, articular la profesión a proyectos societarios amplios capaces de organizar en formas de resistencias y fomentar en alternativas de defensa del punto de vista del trabajo útil, concreto, genuinamente humano y comprometido con la emancipación humana. Eso, todavía, exige la adopción de alternativas que articulen estos principios a la esfera particular del Trabajo Social como profesión, considerando sus límites objetivos como tales, lo que no puede significar, en hipótesis alguna, una imposición de “tareas” no pertinentes al Trabajo Social como profesión, aunque deban alumbrar la praxis profesional como referencia general.
Pensar sobre esa tensión en una era en la que se reducen y se destruyen derechos, es una necesidad para los trabajadores sociales. Además, reconocer, debatir y combatir las expresiones del neoconservadurismo dentro de la profesión, en sus diferentes espacios socio- ocupacionales (incluso en los sectores productores de conocimiento), es una necesidad imperiosa.
Reproducción del pauperismo y pensamiento conservador
El capitalismo, es decir, la sociedad que permite la producción y reproducción ampliada del capital, produce objetos-mercancías por medio de la expropiación del trabajo (abstracto- alienado – Marx, 1983), además trasforma el trabajo, y al propio trabajador-productor, en mercancías y genera profundos cambios en toda la esfera de la vida social. Lejos de solamente crear alteraciones en el campo económico (aunque, en última instancia, esa sea la dimensión determinante), la sociedad del capital impuso severos cambios políticos, culturales y sociales en la escala mundial. Recreó, con ello, al mismo tiempo, la riqueza y la pobreza (absoluta o relativa – Marx, 1984, p. 187-259), lo hizo, por supuesto, lentamente (pero, sólidamente), invadiendo toda la vida humana e instituyendo al ser social en el orden burgués (LUKÁCS, 2010 y 2012).
Son conocidas las reacciones conservadoras a lo que se ha denominado modernidad, es decir, la fecha inaugurada a partir de la Revolución Gloriosa Inglesa (1688) y, sobre todo, como expresión mundial, a partir de la Revolución Francesa (1789). La nueva forma de producir y reproducir la vida humana, cuyas características originalmente se expresaron en el adviento del Renacimiento (siglo XV) y crearon nuevas relaciones sociales, generó diversas reacciones contra sus principios centrales. Esa reacción conservadora, que perduró por lo menos más intensamente hasta el final del siglo XVIII, concentró la crítica en los principales rasgos de la revolución burguesa clásica: el racionalismo, la autonomía individual, el humanismo burgués, la desacralización del mundo y a todo intento de sustituir el teocentrismo por el
de defender – en el siglo XVIII – el antiguo régimen: el clero y la nobleza. Con una fuerte perspectiva anticapitalista romántica, elaboró fuertes críticas a la desagregación de las instituciones más tradicionales tales como la familia como base moral, la iglesia como orientadora espiritual y la autonomía de los individuos, todas ellas formas gestadas para destruir la unidad social y la autoridad ejercida por medio de la tradición (ESCORSIM, 2011). También son conocidas, entre la segunda mitad del siglo XVIII y las dos primeras décadas del siglo XIX, las observaciones del Conde Joseph-Marie de Maistre: posiciones claramente contrarias a la modernidad y a las concepciones más democráticas existentes en el pensamiento de Rousseau, que tenía en cuenta un absoluto desprecio por el pueblo.
Todavía, un importante transformismo se realiza por dentro del pensamiento conservador en la primera mitad del siglo XIX. Lo que se identificaba con una orientación claramente restauradora del antiguo régimen y negadora del modo burgués de ser y de pensar pasó, a partir de ese momento (específicamente entre 1830 y 1848), a tener un carácter antirrevolucionario en el sentido de afirmar la sociedad del capital. Existe, a partir de ese momento, la nítida tendencia de asociar el conservadurismo con la idea de defensa de la sociedad burguesa como orden social hegemónico, eliminando los peligros potenciales a su manutención. Augusto Comte alertó, en la primera mitad del siglo XIX, sobre la necesidad de eliminar los “preconceptos revolucionarios”, asumir un “positivismo positivo”, libre de tensiones negativas, como “religión de la humanidad”, volviéndose contra los resquicios revolucionarios del final del siglo XVIII. Tocqueville, en el mismo periodo, insistió en una “democracia administrada” y Le Play, presenciando la eclosión del movimiento obrero de 1848, indicó, con un toque religioso, la importancia de la familia (particularmente la gestión de su presupuesto) como instancia capaz de apoyar al individuo. La última expresión de esa tradición se objetivó con Émile Durkheim en las primeras décadas del siglo XX, con una clara y optimista articulación entre conservadurismo, sociedad del capital (sobre todo su fracción industrial) y la producción técnico-científica en el campo de la sociología positivista. No por azar, el conservadurismo es claramente asumido por el autor de “Las reglas del método sociológico”, sea en relación a su método de estudio o en relación a las revoluciones (para él, imposibles como milagros). Desarrolló, entonces, innumerables conceptos vinculados a la solidaridad orgánica, a la acción social, a la integración, a la disfunción social, a las patologías sociales, a las funciones manifiesta y latente, a las reformas morales/sociales y, como no se puede ignorar, a la división del trabajo con un claro enfoque en la solidaridad y en las diferencias individuales.
de la razón y de la ciencia ontológica, el cultivo de la razón miserable, inmediata, la clara unidad entre positivismo y conservadurismo, la especialización/fragmentación como forma de desvalorizar la categoría de la totalidad. Se trata, básicamente, de una inflexión del pensamiento conservador en el sentido de sustituir la tradicional perspectiva comprometida con la restauración del antiguo orden, por una concepción que se acomoda ética, política y científicamente a la sociedad burguesa industrial.
La génesis del Trabajo Social como profesión es impensable sin esa dinámica. El final del siglo XIX anunció otra fase de la sociedad del capital: el imperialismo (Lenin- 2008, p. 125-126) o, en otras palabras, la era monopolista que nació de la fusión entre capital industrial y bancario. Inicialmente potenciada por el padrón fordista de acumulación (responsable por ofrecer las bases racionales para la organización de la producción y de la fuerza de trabajo hasta la mitad del siglo XX), el capitalismo de monopolios intensificó la concentración de capitales al mismo tiempo que tuvo que contestar las demandas sociales tensionadas por la lucha de clases. Incrementando, gradualmente, demandas situadas en el campo de los derechos civiles y políticos (el derecho a la libertad dentro de los padrones liberales y a los pocos conviviendo con el sufragio universal), la era monopólica ha lidiado con la cuestión social firmando determinados derechos laborales, algunas redes de protección social compensatorias, creando un amplio mercado consumidor y fábricas cuya fuerza laboral era comandada por el padrón fordista de acumulación. Lo hizo, por supuesto, apoyado en orientaciones diferentes de la fase industrial (aunque vinculada a ella): la captura orgánica de los estados nacionales responsables por administrar-invertir fondos públicos en los negocios de la burguesía y gestionar la cuestión social; la fusión de grandes grupos económicos con el objetivo de reorganizar la producción y monopolizar mercados; la fuerte participación de los bancos. Sobre todo por medio de los créditos como forma de estimular la producción acelerada (típica de esa fase de la acumulación). Tal contexto, por supuesto, necesitó de otra especie de fuerza laboral, no necesariamente vinculada a la producción como trabajo productivo, creador de plus-valía, con la participación directa del capitalista que compra el valor de uso de la fuerza laboral. Se intensifican, entonces, formas improductivas de trabajo, frecuentemente vinculadas a la esfera de los servicios, no directamente generadores de plusvalía, pero esenciales para la reproducción metabólica del capital, con profesionales que auxilian su reproducción social (MARX, 1984, p. 105-106 e 1985, p.110 y 115). Por tanto, la fuerza de trabajo pasa a ser compuesta, simultáneamente, por trabajadores productivos, es decir, aquellos directamente contratados por el capital y creadores del plus-valía, y los improductivos, o sea, los que son
empleados por agentes indirectos que auxilian la reproducción general del capital. Aquí, productivos o improductivos, están los trabajadores sociales (de acuerdo con su posición en la división social del trabajo) que deben lidiar con las diversas expresiones del pauperismo, como profesionales especializados, racionales y técnicamente preparados para administrar tensiones sociales.
El orden monopólico se desarrolló a lo largo del siglo XX desencadenando dos guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945 – expresión de las divergencias entre bloques de potencias económicas y disputa por mercados), teniendo que lidiar con crisis cíclicas del capitalismo (con destaque de 1929) y la ascensión de la Unión Soviética en 1917 (la primera revolución proletaria que persistió por más de 70 años). El importante contrapunto soviético no solamente fue decisivo para el derrumbe del nazi-fascismo, también impuso al occidente capitalista la necesidad de ofrecer un contrapunto al oriente socialista: el Welfare State (el Estado de Bien- Estar Social). Ese paradigma se sustentó en un pacto social firmado entre sindicatos y patrones, inspirado en la tradición económica keynesiana, ciertamente de base fordista, con una economía en pleno funcionamiento, altos índices de empleo, altas recaudaciones administradas por el Estado burgués y la redistribución relativa de los impuestos también por medio de servicios y derechos sociales. Eso, por supuesto, no eliminó la apropiación privada de la riqueza socialmente producida, pero ablandó, por un corto espacio de tiempo, la desigualdad social en algunos países del continente europeo y, sobre todo, sirvió para la reconstrucción de la Europa post II Guerra Mundial. El neoliberalismo se intensificó con la “crisis del socialismo real” y la no sustentabilidad de los padrones de la economía keynesiana (ambos, por supuesto, articulados como faces antagónicas de propuestas societarias diferentes).
En Latinoamérica ese proceso no se produjo sin particularidades. En ella la revolución burguesa se realizó mediada por las determinaciones de la era imperialista del capital, no como una expresión inmediata de las regiones económicamente centrales, mucho menos como un proceso aislado, explicado por la dinámica interna de los países latinos. Naciones marcadas por el desarrollo capitalista hipertardío y dependiente han producido burguesías nacionales particulares cuya supervivencia se ha sustentado en la rendición al imperialismo, no asumiendo, por su naturaleza, un papel propiamente revolucionario, claramente emprendedor y dinamizador de las fuerzas productivas en el mundo del capital (como clase dominante propiamente dicha). No se han sometido, también por ello, al control de las presiones
El orden monopólico impuso a los trabajadores sociales, desde su génesis como profesión, una demanda objetivamente, materialmente y ontológicamente determinada, vinculada a la gestión del pauperismo como dato objetivo para la profesión. Aunque tales determinaciones sean generales, como parte de los antecedentes del Trabajo Social en la era monopolista-industrial del capital, se han objetivado heterogéneamente, con particularidades, en diferentes regiones del mundo, aspectos igualmente importantes. Al mismo tiempo, esa determinación no impone al Trabajo Social y a los trabajadores sociales una trayectoria únicamente comprometida con las demandas del capital en el campo de la gestión de realidades afectadas por desigualdades estructurales (aunque no puedan despegarse completamente de ellas, en las condiciones impuestas por esa sociedad). Decodificar las expresiones particulares del conservadorismo en la profesión (sus expresiones actuales), es procedimiento esencial para lidiar críticamente con ese escenario. Se trata de una trayectoria insustituible para los que están comprometidos con la construcción de alternativas contrahegemónicas, de resistencia genuina, dentro y fuera de los espacios profesionales (sin desconsiderar sus limitaciones objetivas). Neoconservadurismo y tendencias teóricas del Trabajo Social en Brasil
Las condiciones objetivas para la génesis del Trabajo Social como profesión, es decir, “[…] como práctica institucionalizada, socialmente legitimada e legalmente sancionada [...]” (NETTO, 1992, p. 13), fueron puestas mundialmente por la dinámica del capitalismo de monopolios, después de las luchas obreras de la segunda mitad del siglo XIX. A partir de ese momento las acciones de perfil religioso y filantrópico (frecuentemente, pero no únicamente, articuladas), se adensan y se mezclan con las acciones mantenidas por los estados nacionales orgánicamente capturados por la dinámica monopólica del capital y comprometidos con la “gestión responsable” del pauperismo. Es a partir de esa orientación, siempre difusa y heterogénea (con mayor o menor intensidad de acuerdo con el país considerado), que actúan en la génesis de la profesión tradiciones anti modernas (no solamente de perfil católico), con una fuerte perspectiva anti romántica, defensoras de valores y principios devastados por la revolución burguesa consolidada, como también tendencias ya oriundas de una aproximación entre el pensamiento conservador y la sociedad del capital de inicios del siglo XIX (de base higienista). Se acomodan, ahí, “valores humanitarios”, el manejo de abordajes científicos y la manutención del orden del capital, adensando y modernizando esa tendencia a lo largo del siglo XX. En ese sentido, el pensamiento conservador, aunque más o menos avieso o adecuado a las transformaciones desencadenadas por la revolución burguesa consolidada, fue un componente estructural de la génesis del Trabajo Social como profesión en todo el mundo. Eso es válido,
por ejemplo, tanto para la experiencia franco-belga de perfil católico tradicional (NETTO, 1981 e 1991) como también para el abordaje de caso elaborado por Mary Richmond (1917) comprometida con cierta sistematización científica (y no aislada de valores religiosos).
El Trabajo Social en Brasil contó, originalmente, con una base doctrinaria en el campo particular de la secularización de la Iglesia Católica de tradición franco-belga que fue hegemónica (pero no sin cambios) hasta los años 1960. La renovación más claramente iniciada en la mitad de esa década en plena autocracia burguesa y su dictadura a partir de 1964 (NETTO, 1991 y 2014), reeditó el conservadurismo profesional pero, también, perspectivas críticas al orden dominante (NETTO, 1991). Lo hizo ecléctica y heterómeramente (a partir de la base sincrética ontológicamente impuesta a la profesión) reproduciendo tres tendencias dominantes: a) la primera inspirada en una tradición positivista funcionalista ajustada a las condiciones operativas del Trabajo Social, claramente cientificista, actualizando la metodología de caso, grupo y comunidad de los años 1950, con fuerte énfasis en el desarrollo con integración social; b) la segunda reavivó y modernizó un abordaje individual de inspiración fenomenológica personalista, también cientificista, ecléctica, mezclando autores como Husserl, Heiddeger, Mounier, Merleau Ponty, entre otros, proponiendo un abordaje centrado en el eje diálogo, persona y transformación social, reeditando claramente una perspectiva de actuación individual con énfasis en la “persona humana” (con nítida retomada neotomista); c) una tercera orientación, de inspiración marxista (pero también, mediada por orientaciones católicas de izquierda vinculadas a la teología de la liberación), se desarrolló criticando el conservadurismo y el modelo de desarrollo adoptado por la autocracia burguesa, proponiendo organizar y capacitar las camadas expropiadas visando la transformación de la sociedad. No escapó, todavía, de un claro mesianismo y de una preocupación cientificista que reproducía un “marxismo sin Marx”. Cabe destacar que esta última tendencia se desarrolló substancialmente en las décadas de 1980 y 1990, madurando y perfeccionando su abordaje teórico-práctico (dentro y fuera de las universidades), bien como influyendo decisivamente en la revisión del Código de Ética de los trabajadores sociales, en el proceso de formación profesional y en la composición del llamado “Proyecto Ético-Político Profesional”.
Todavía, la era de monopolios inspirada en el padrón toyotista de acumulación, impactó en la América Latina de los años 1990. Hubo una intensa alteración en lo que Marx denominó como composición orgánica del capital (MARX, 1984, p. 195-196), es decir, una brutal
en la inserción de tecnologías de punta). Eso aceleró la sustitución del trabajo vivo por el trabajo muerto, intensificando la producción sin necesariamente de abrir nuevos puestos de trabajo. Lo hizo desmovilizando los sindicatos obreros, fragmentando la lucha de los que viven de la venta de la fuerza de trabajo, recreando una gran cantidad de desempleados permanentes, subempleados e imprestables para el capital, es decir, sin valor de uso/cambio o poseedor de un valor marginal pago para ocupar servicios precarios y de menor calificación profesional. Se reorganiza, entonces, el mercado de trabajo manteniendo parte de los trabajadores formales empleados y una parcela inmensa y heterogénea de precarizados, subcontratados, informales, parciales, terciarizados, diaristas, entre otras modalidades (ANTUNES, 1999). Se intensifica el trabajo abstracto/alienado/extrañado cortando los costos de producción, flexibilizando derechos laborales utilizando el argumento de que era necesario dejar el “deus” mercancía más competitivo en su valor de cambio y, cínicamente, con ello, “mantener y crear nuevos empleos”. Todo ello con la anuencia de estado burgués y de sus gobiernos “democráticos” que sistemáticamente transfieren fondos públicos para “mantener empleos”, crear la infraestructura para la producción y su adecuado traslado, mantener el “mercado caliente” por medio de subsidios a los negocios privados.
Esto, por supuesto, impactó en las condiciones laborales del trabajador social, en las condiciones objetivas para ejercer su trabajo profesional y en la vida de las personas con las cuales un trabajador social trabaja. El conservadurismo, entonces, se moderniza también en el Trabajo Social, realimenta sus viejas tesis disfrazándolas de nuevas, “más próximas y concretas para la práctica profesional” de los trabajadores sociales. En general reproducen, no homogéneamente, los siguientes rasgos: a) resistencia y o dificultad en establecer los límites estructurales del orden en curso, sus contradicciones, bien como fragilidades para explicitar las particularidades del Trabajo Social como profesión inserta en ese orden societario. Aquí dos aspectos se destacan: la reedición de análisis absolutamente libre de economía política (ampliamente caracterizadas como sistémicas) y, también por ello, una visión, por lo menos implícita, de que es posible reformar el orden en curso (humanizarla); b) menor importancia para la teoría, para el estudio y para la investigación como parte constituyente y fundamental del trabajo y de la formación profesional. Al revés de lo que se piensa esa disminución no acurre solamente en diferentes formas de practicismo (más o menos mesiánicos), sino, y principalmente, por medio de tendencias que también valoran determinado tipo de teoría, es