4.3 Classical Hydrographic Methods
4.3.2 Heave Compensation
Actores importantes de la globalización son las empresas transnacionales denominadas comúnmente multinacionales. Estos verdaderos imperios modernos organizan sus espacios a partir de ob- jetivos cuya divisa es la maximización del beneficio y no siempre tienen motivos para coincidir con la organización óptima de los espa- cios nacionales. Las grandes empresas transnacionales rivalizan, en consecuencia, con los Estados-nación privando a estos de una palan- ca esencial desde un punto de vista político como lo es la organiza- ción coherente y armónica de su propio espacio. Algunos autores las denominan «imperios desterritorializados» constituyendo per se una fuente mayor de conflicto desde el momento en que su accionar pre- senta un cúmulo importante de contradicciones.
Ya en un trabajo titulado The Modern Corporation and Private
Proterty, publicado por Columbia University Press en 1933, decían Adolf Berle y Gardiner Means: «El surgimiento de la gran empresa (corporation) ha favorecido una concentración sin precedentes del poder económico que, en el futuro, podría medirse en un pie de igual- dad con el Estado moderno y que aún podría llegar a destronarlo como estructura dominante de la organización social».
Las 374 más grandes empresas transnacionales inventariadas por el índice Standard and Poor’s controlaban en conjunto, en 2005, quinien- tos cincuenta y cinco mil millones de dólares de reservas. Esta suma se multiplicó por dos desde 1999. La empresa más grande del mundo, Microsoft, posee bienes calculados en 60.000 millones de dólares. Desde
los comienzos de 2004, y siempre según el índice citado, esta transnacional incrementa sus reservas en mil millones por mes.
Según informes de la Organización de las Naciones Unidas, en la actualidad sólo treinta países, de los casi 194 que son parte de esta orga- nización internacional, cuentan con un producto bruto superior a las ci- fras anuales de negocios de las principales empresas transnacionales. Según la CNUCED, las quinientas más grandes sociedades capitalistas transnacionales controlan hoy 52% del PBI del planeta; teniendo el 58% de estas su casa matriz radicada en los Estados Unidos. En conjunto, estas sociedades emplean el 1,8% de la mano de obra mundial. Estas quinientas empresas poseen riquezas superiores a los haberes acumula- dos de los 133 países más pobres del mundo.
Desde los centros del pensamiento neoliberal se ha intentado im- poner la imagen idílica de un mercado mundial sin fronteras y sin centro. La realidad sin embargo, y reforzando los datos más arriba citados, muestra que las grandes empresas poseen bases territoriales aunque en muchos casos actúen de manera relativamente indepen- diente. Empresas cuyas casas matrices se hallan radicadas en cinco países del mundo: Japón, Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Es- tados Unidos, totalizan más del 70% de las inversiones directas reali- zadas en el planeta.
En el mundo actual, las empresas transnacionales vuelcan sobre el mercado productos supuestamente «apátridas», estandarizados, con- tribuyendo de alguna manera a un escenario de confrontación, puesto que estas acciones tienen como consecuencia, buscada o no, la nive- lación de las culturas por lo más bajo. Culturas que se ven empujadas hacia un denominador común, consumista, generando en respuesta fuertes resistencias y oposiciones de aquellos cuyo ingreso no les permite acceder a la sociedad de consumo y ven cómo, día a día, sus creencias, tradiciones y valores ancestrales son avasallados por men- sajes cuyo acento fundamental y acto trascendente está colocado en el consumo y/o la posesión de bienes materiales.
Un informe de la Comisión de las Naciones Unidas para el Desa- rrollo daba cuenta en 1995 que cuarenta mil firmas transnacionales realizan las dos terceras partes del comercio mundial. Según este, un tercio de la producción mundial depende directamente de las empre-
sas mencionadas, lo que da una idea del nivel de concentración eco- nómica y de poder que genera el proceso en curso. El mismo organis- mo inventariaba 85.000 firmas para el año 2005.
En la publicación francesa Manière de Voir, Jacques Decornoy dice al respecto:
Producto químicamente puro del economicismo, el último in- forme de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Co-
mercio y el Desarrollo (CNUCED) de 1993 sobre las empre- sas transnacionales constituye uno de los testimonios más es- clarecedor que se pueda imaginar sobre el estado real del pla- neta, o más bien sobre la ideología que lo modela. Si se lo lee no hay más sociedades, naciones, culturas o valores supremos. De la misma manera que una bomba neutrónica destruye la vida pero deja intactas las cosas, la situación descripta expone un mundo emergente, regido totalmente por las redes inextricables de las firmas transnacionales. El único derecho válido deberá ser un derecho fiscal único. ¡Desgracia para los Estados que se aparten de la vía trazada! Avalando este docu- mento la ONU, de la cual la CNUCED es una emanación, pa- rece satisfecha al informar. Saludando esta evolución reniega de su misión al hacerse el portavoz de grupos privados omnipresentes, de esta forma ella viola la Carta.
De alrededor de 7.000 en 1970, indica el Informe, el número de sociedades transnacionales pasó a más de 37.000 en 1992 (con 170.000 filiales en el extranjero). Éstas poseen un tercio de los haberes productivos mundiales y 2 billones de dólares invertidos en el exterior. El conjunto de sus ventas, también en el extranjero, se eleva a 5,5 billones de dólares.
Cifras colosales pero que dicen poco de la concentración capi- talista. Concentración geográfica, porque más del 90% de las sociedades transnacionales tiene su sede en los países del Nor- te, de las cuales más del 50% en cuatro países: Estados Uni- dos, Japón, Reino Unido y Francia.
Concentración sectorial también. Cincuenta por ciento de los haberes en el extranjero se sitúan en cuatro ramas: petróleo, automóvil, química y productos farmacéuticos. Teniendo en cuenta, por otro lado, que estas listas excluyen a bancos y com- pañías de seguros. (2007:31)
Vale aclarar aquí que cuando se dice billones la referencia se hace al millón de millón.
En relación a este punto debe señalarse que el desempleo, el traba- jo precario, el rigor salarial y la protección social cuestionada o, di- cho de otra manera, los inconvenientes sociales –reales o supuestos– de la globalización se han transformado en la obsesión de los asala- riados y de sus gobiernos. Observando asimismo que los grandes gru- pos económicos y las firmas transnacionales, actores principales de la globalización, se preocupan igualmente por las consecuencias ne- gativas de esta. Cuando se endurecen en demasía tornándose más pre- carias las condiciones del empleo, los asalariados son compelidos a incrementar los ahorros que les permiten cubrirse en materia de segu- ridad antes que los mismos se destinen al consumo, de esta forma amenazan los productos entregados por las empresas al mercado que ven cómo la demanda y las ganancias se reducen. Los responsables políticos, desorientados en casi todos los casos, se lanzan a la bús- queda de un nuevo modelo que concilie los condicionamientos de la globalización con la preservación de la cohesión social, tal como ha venido ocurriendo desde 2008 con la crisis de las hipotecas y los salvatajes implementados de los sectores bancario y financiero.
Por otro lado, del Director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, citando datos del Banco Mundial plantea: «un planeta don- de la fortuna de los 358 más ricos, multimillonarios en dólares, es superior al ingreso anual del 45% de los habitantes más pobres, es decir, de dos mil seiscientos millones de personas. Tales diferencias están cargadas de amenazas contra las cuales las armas tradicionales de las potencias no resultan eficaces» (1997: 7).
Dougherty y Pfaltzgraff, sostienen al referirse a las empresas transnacionales, que estas pueden servir a los intereses políticos ex- tranjeros de sus gobiernos anfitriones, tanto como pueden contrave- nir tales intereses. Pueden comprometerse en actividades de recolec- ción de inteligencia; pueden intervenir legal o ilegalmente en los asun- tos políticos internos del anfitrión (por ejemplo, intentando influir en el resultado de las elecciones o convenciendo al gobierno anfitrión de que altere ciertas políticas); y pueden presionar al gobierno del Esta- do de origen para que busque políticas legislativamente confirmadas
y de diplomacia exterior que promuevan los intereses de las mismas, sin tener demasiado en cuenta sus consecuencias sobre el devenir de los países anfitriones (1993: 266).
A mediados del año 2002 fue publicado un trabajo de enorme im- portancia y trascendencia pues combate la idea del pensamiento úni-
co según la cual sólo un camino es posible para romper con el atraso en este mundo globalizado. Este libro, que sin mencionarlo explícita- mente da por tierra con estos puntos de vista, demuestra también que otras alternativas son posibles y fue confeccionado por Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía en 2001, ex vicepresidente del Banco Mundial y ex jefe del gabinete de asesores económicos del presidente Clinton de los Estados Unidos. Se trata en este caso de un distinguido académico que ha desempeñado importantes funciones ejecutivas y sabe de qué habla. Se trata de alguien del interior del sistema, del riñón mismo del poder.
Dice Stiglitz: «Escribo este libro porque en el Banco Mundial com- probé de primera mano el efecto devastador que la globalización pue- de tener sobre los países en desarrollo y especialmente sobre los po- bres de esos países» (2002: 11).
Observa también el premio Nobel: «La globalización no ha con- seguido reducir la pobreza, pero tampoco garantizar la estabili- dad» (2002: 32).
Para agregar más adelante:
Los críticos de la globalización acusan a los países occidenta- les de hipócritas, con razón: forzaron a los pobres a eliminar las barreras comerciales, pero ellos mantuvieron las suyas e impidieron a los países subdesarrollados exportar productos agrícolas, privándolos de una angustiosamente necesaria renta vía exportaciones. Estados Unidos fue, por supuesto, uno de los grandes culpables, y el asunto me tocó muy de cerca, como presidente del consejo de asesores económicos, batallé dura- mente contra esta hipocresía que no sólo daña a las naciones en desarrollo sino que cuesta a los norteamericanos, como con- sumidores por los altos precios y como contribuyentes por los costosos subsidios que deben financiar, miles de millones de dólares. (2002: 33)
En relación a las políticas implementadas por los países en la globalización, señala el autor recientemente citado que si los benefi- cios de la globalización han resultado en demasiadas ocasiones infe- riores a lo que sus defensores reivindican, el precio pagado ha sido superior, porque el medio ambiente fue destruido, los procesos políti- cos corrompidos y el veloz ritmo de los cambios no dejó a los países un tiempo suficiente para la adaptación cultural. «Las crisis en un paro masivo fueron a veces seguidas de problemas de disolución so- cial a largo plazo: desde la violencia urbana en América Latina hasta conflictos étnicos en otros lugares, como Indonesia» (2002: 35).