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3.2 Static Analysis

3.2.4 Call Graphs

3.2.4.3 Hex Converter Example

He llegado al cuarto punto de mi exposición, y deseo expresar cómo entiendo la función del estado en estas materias.

Para mí, honorables representantes, y no me escandalizo al decirlo, el hombre es anterior y superior al estado. La existencia de la sociedad civil y de su autoridad se justifica para el desarrollo de la personalidad humana y no para si absorción por ella. Antes de constituírse el estado existían ya la familia y el individuo, y no puedo dejar que el estado me absorba, porque sé que cuando él ya se haya reducido a recuerdos e historias, existiré yo todavía como dueño de una alma inmortal.

Desde este punto de vista, el estado debe servir para suplir las deficiencias individuales y mejorar las oportunidades de los ciudadanos, función que se hace más apremiante a medida que la complicación de la vida moderna aumenta la desigualdad entre los hombres. El individualismo de Manchester, al abrir campo a la concurrencia ilimitada y convertir al estado en un simple guardián contra el atropello material, creó los problemas gigantescos que si no los remediamos a tiempo con la acción supletoria del estado, habrá de resolverlos fatalmente la revolución. Pero de ahí a convertir al estado en una entidad que absorba por completo la personalidad humana, media una gran distancia.

El bien público justifica la intervención del estado y el sacrificio del interés individual. Pero es preciso declarar que por bien público se entiende el de la colectividad formada de hombres, y no la grandeza misma del estado como entidad jurídica.

(A una pregunta del honorable representante Mario Ruiz sobre el concepto anterior, el orador explica):

No trato de negar que el interés individual deba ceder al bien público; lo que pretendo es aclarar el concepto. El bien público existe cuando se funda en el beneficio del mayor número de seres humanos, pero no cuando se confunde con el progreso abstracto del estado. Así por ejemplo, no tiene el estado el derecho de sacrificar la vida de sus ciudadanos en una guerra de conquista, aunque de ella derive riqueza, territorio y poderío. En cambio cuando se trata de defender el derecho, de rechazar la agresión, de mantener el orden, sí puede exigir a sus súbditos el sacrificio mismo de la vida.

Debemos luchar contra un nuevo concepto de la esclavitud, que trata de reducir nuestro sér íntegro a la servidumbre del estado, y que encontró sus máximas expresiones en la filosofía de Benhardi y de los escritores todos que en Alemania prepararon el espíritu guerrero, por más que no haya sido la guerra mundial culpa exclusiva de Alemania sino de esa estatolatría universal que combato. En los tiempos antiguos, bajo el reinado de los faraones, miles y miles de esclavos levantaron, atormentados por el látigo, las pirámides gigantescas de piedra, como un monumento a la grandeza materialista del estado, monumento que nos recuerda hoy apenas el dolor inmenso de los siervos sacrificados a la obra. El mundo ha progresado, y un concepto más espiritual, si se quiere, domina a los hombres, y por eso, en vez de la pirámide de piedra se nos quiere reducir a la servidumbre para levantar otra de soberbia, de poderío y de riqueza, con el sacrificio de todos nuestros derechos naturales. De ahí, en parte, la crisis que nos domina. El trabajo tiene que rendir en Europa su mejor participación a los impuestos, y lo mismo el capital, para alimentar la máquina de ese estado tiránico que desconoce al hombre y lo sacrifica a su orgullo.

Yo pido una república en que el estado cumpla su misión supletoria sin reducirnos a la esclavitud.

EL PORVENIR

Y ahora, honorables representantes, permitidme que vuelva los ojos hacia el porvenir. Nuestros padres gastaron un siglo para encontrar la constitución política de la república. Discutieron durante todo ese tiempo derechos individuales y garantías sociales; fueron a los campos de batalla con singular denuedo para ver si la república debía ser unitaria o federativa, para determinar la mayor o menor extensión de los derechos, para fijar las garantías del sufragio. Generaciones enteras de colombianos se lanzaron unas contra otras en incansable pugna, pero no fue estéril ni baldío el sacrificio de sus vidas.

Extinguidos apenas los ecos de los últimos disparos de la guerra de los mil días, la república se recogió en sí misma y buscó un campo común donde todos los colombianos pudiéramos vivir y prosperar. Al amparo de ese admirable Estatuto de 1886, reformado en 1910, Estatuto que jamás he denigrado pero que tampoco considero intangible sino capaz de progreso como toda obra humana, los partidos encontraron por fin la constitución política del país; cedimos los conservadores algunas ideas quizá demasiado rígidas, y el liberalismo llegó a declararse partido constitucional antes de la victoria que lo llevó al poder. De tal manera se logró la estabilidad de nuestra forma política, que fue posible un cambio pacífico de régimen, pues la intranquilidad que hoy reina en las luchas electorales y que mancha de sangre el suelo de la patria, no constituye un movimiento generalizado.

Pero cambió ya la voz severa de los tiempos, y esa voz venida no solamente del fondo helado de la estepa, como algunos lo creen, sino también del fondo de esta noble tierra colombiana, nos impulsa a buscar la constitución social de la república. Para encontrarla, invito a todos los hombres de buena voluntad, y de manera especialísima a mis copartidarios conservadores, para que en la obra de renovación nos pongamos al unísono con la voz de los Papas, que desde la más alta cumbre de la tierra dicen la palabra de justicia, de misericordia y de piedad. Orgullo de mis tradiciones conservadoras que me ligan con la historia de la república, no puedo ni quiero vivir amarrado únicamente a las cosas que fueron. Abierto está el espíritu a todos los vientos de renovación, con tal que no derriben sino que oreen la cruz inconmovible de mis convicciones filosóficas. Son ellas lo más puro, lo más noble, lo más incontaminado que puedo ofrecerle a la república, cuyo servicio nos redime de las pequeñeces de la vida y nos levanta a esferas superiores. Con estas convicciones he servido a la patria, y con ellas deseo que le sirvan mis hijos. Por eso quiero que la república futura la levantemos sobre tres pilares inconmovibles: la tierra, la familia y la religión. La tierra, que nos convida con el goce de la posesión masculina, fundada en la propiedad; la tierra, que es la concreción visible de la patria, que nos vincula a sus campos, que nos entra por los propios sentidos, que nos llama al esfuerzo y a la lucha. La familia, que nos vincula con los tiempos que fueron, a través de las tumbas de nuestros mayores, que nos vincula con el presente en el instante efímero que vivimos y con el porvenir, pues yo comprendo que esta patria no morirá conmigo sino que seguirá a través del tiempo en la obra de mis hijos y de los hijos de mis hijos. La religión, cuyos principios considero indispensables para el progreso de la patria, pues así como quiero vincularme al mundo con la propiedad y al tiempo con la familia, tampoco tengo reparos en decir que quiero vincularme a la eternidad con los principios del espíritu.