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HIDDEN IN PLAIN SIGHT: ADAMIC TRADITIONS IN THE

En la explicación de la definición de la familia cristiana, según la Lumen

Gentium 11, se afirma que por el sacramento del matrimonio los esposos cristianos

reciben un lugar dentro del Pueblo de Dios, que es la Iglesia. Es preciso que profundicemos un poco en este aspecto importantísimo dado que, tanto en la vida social como en la vida eclesial, si uno no conoce su propio lugar no podrá actuar convenientemente y con provecho para todos y para el todo, se trate de la sociedad o de la Iglesia.

El contexto en el que el Concilio Vaticano II sitúa el matrimonio y la familia en

Lumen Gentium es el capítulo general sobre El Pueblo de Dios, entendido como

Pueblo sacerdotal y orgánicamente estructurado por los sacramentos y por las virtudes. Sin detenernos en un análisis profundo de la noción de Pueblo de Dios, presentamos directamente lo que parece oportuno34 y que podemos aplicar a la familia cristiana, como una imagen reducida o “maqueta” de la Iglesia grande y universal.

La imagen de “Pueblo de Dios” designa la comunidad de todos los fieles, previa a cualquier diferencia por razón de ministerio, de condición, de carisma. Expresa lo básico y común que une a todos los bautizados, la fraternidad cristiana, la igualdad diferenciada, la necesaria reciprocidad. Lo constitutivo de este

34

Cf. E. CÁNOVAS HERNÁNDEZ, La familia como Iglesia Doméstica. Estudio según Lumen Gentium, Apostolicam Actuositatem y Familiaris consortio, en referencia a la reflexión teológica postconciliar, Tesis doctoral, (Pamplona 2007).

‘pueblo’ es la fe en Jesucristo, acompañada de la conversión al Dios vivo y verdadero (cf. 1Tes 1,9), sellada por el bautismo que es el único elemento necesario y la condición suficiente (cf. Rm 9,25; 1Pe 2,1).35

Este nuevo Pueblo de Dios forma una ‘comunidad de fe, de esperanza y de caridad’ (LG 8), cuya fuente es la Eucaristía (LG 3 y LG 7); de aquí que la Iglesia como

comunión, hace referencia al ‘ser’ más profundo de la Iglesia, a su naturaleza e

identidad: comunión con Dios y de los hombres entre sí por Cristo en el Espíritu Santo. La “eclesiología de comunión” constituye una de las principales enseñanzas del Vaticano II, y quizás la enseñanza más original del Concilio. La Iglesia es, en su íntima esencia, la contemporaneidad de Cristo en la historia; de tal forma, que ella constituye el gran signo e instrumento visible donde cada ser humano puede encontrarse personalmente con Cristo y entrar en comunión de amor con Él y con los demás hombres, procurándose así la unidad del género humano (LG 1). De la naturaleza de la Iglesia en su ser, brota también su misión: la salvación del hombre que consiste –según el Designio divino– precisamente, en esta comunión personal de amor con Dios y con los hombres; por eso, la Iglesia constituye el “sacramento universal” de salvación.

A la luz de la eclesiología Conciliar se comprende mejor la definición del matrimonio cristiano, en cuanto “íntima comunidad conyugal de vida y de amor” (GS 48). Es “comunidad” eclesial, porque dentro de ella existe una profunda “comunión” de amor entre los esposos y, en ampliación con sus hijos y con los demás miembros que conviven en el hogar. De ahí que “la familia cristiana, como pequeña Iglesia, está llamada, a semejanza de la gran Iglesia, a ser signo de unidad para el mundo” (FC 48). De esta forma, la familia cristiana manifiesta a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia: misterio de comunión del hombre con Dios y de los hombres entre sí (GS 48d).

Aplicado a la familia cristiana, que es comunidad de vida y de amor, lo que es más profundo de su ser es la comunión de todas las personas que forman dicha comunidad, vertebrada o edificada sobre la comunión con Dios, que es el distintivo fundamental entre ‘las familias sin más’ y la familia cristiana. Esta comunidad familiar se puede quebrar por la muerte, pero siempre persiste la comunión porque para el creyente morir es vivir con el Señor.

La familia forma parte de esta comunidad, del nuevo Pueblo de Dios; es más, ella es el núcleo básico de la comunión de personas, por el amor que lleva a la entrega y donación de sí, “núcleo cuyo desarrollo constituye la comunidad eclesial... es la Iglesia en miniatura”36. Sólo se puede hablar de la familia cristiana

35

Cf. R. BLÁZQUEZ, La Iglesia del Concilio Vaticano II, (Sígueme, Salamanca 1988) 42-44.

36

G. PHILIPS, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II. Historia, texto y comentario de la Constitución Lumen gentium I, (Herder, Barcelona 1968) 209.

como comunidad eclesial después de fundamentarla sobre el sacramento del matrimonio, constituyéndola en ‘casa espiritual’ (LG 9), recibiendo y aceptando el plan salvador de Dios, ennobleciéndola así, con la misión de ser medio de salvación dentro del Pueblo de Dios y dentro del mundo en el que está inserta.

La familia como constituyente básico del Pueblo de Dios, tiene por cabeza a Cristo que ha unido en el amor a los esposos y que es garantía de la perennidad de este amor; tiene como condición, la dignidad y la libertad de los hijos de Dios; tiene como ley, el mandato de amor como Cristo nos amó a nosotros; y, tiene como fin, el dilatar más y más el reino de Dios (cf. LG 9).

El lugar eclesiológico de la familia, dentro del Pueblo de Dios, viene dado por el sacramento del matrimonio, en cuya celebración como ministros que son, los esposos ejercitan y actualizan su sacerdocio bautismal, convirtiéndose así, los cónyuges cristianos, en una revelación (significan) y en un lugar vivo y eficaz (participan) del misterio de la unidad y fecundidad del amor entre Cristo y la Iglesia.

“El ‘don’ (carisma) de los cónyuges cristianos tiene una base y fundación sacramental y una derivación o aplicación tanto para su ‘estado de vida’ como para sus funciones. En otros términos y con lenguaje teológico se debe afirmar que la ‘misión’ o el ‘ministerio’ eclesial de la pareja cristiana brota de aquella novedad ontológica (nueva manera de ser) que le otorga el sacramento del matrimonio.”37

Por tanto, en virtud de la fundación de la familia cristiana sobre el sacramento del matrimonio, “la relación de la familia cristiana con la Iglesia se estructura en un doble y a la vez unitario nivel: el de la significación y el de la

participación. Por eso, a su manera, la familia constituye una revelación y una actualización de la misma Iglesia.”38

En definitiva, la Constitución dogmática Lumen gentium define teológicamente con toda propiedad a la familia cristiana como “Iglesia doméstica”, “Iglesia en miniatura” o “pequeña Iglesia”. Se trata de una afirmación de índole teológica – eclesiológica en concreto–, y no sólo una constatación meramente sociológica, en cuanto que la parroquia no es reductible a la mera suma de sus familias. Los vínculos entre Iglesia y familia cristiana están radicados en el ser nuevo de la familia que aporta el sacramento del matrimonio. Por consiguiente, “Iglesia doméstica” constituye el término para expresar la identidad cristiana de la familia, no sólo por su participación en la misión salvífica de la Iglesia, sino también y,

37

D. TETTAMANZI, I due saranno una carne sola. Saggi teologici su matrimonio e famiglia, (Elle Di Ci, Torino 1986) 107.

antes que nada, para definir su ser o estatuto ontológico eclesial.39 La familia cristiana constituye, pues, la Iglesia particular más pequeña; si queremos, la más básica e imperfecta, incluso la más vulnerable, pero la primera expresión histórica de la misma, la más fundamental y más cercana a cada persona. Los cristianos hemos aprendido a través de una familia cristiana lo que es la Iglesia y, por medio de la familia, hemos sido incorporados a ella.

El texto conciliar se fundamenta escriturísticamente en San Pablo, y lo hace para afirmar con valentía que también los casados tienen su carisma eclesial propio, en medio del Pueblo de Dios (1Cor 7,7). Los esposos tienen una vocación, un estado de santidad específico y un “lugar” eclesial. Los dos, varón y mujer, en cuanto matrimonio, en cuanto “conyugados” por el Sacramento del matrimonio – uncidos por el mismo yugo de gracia para trabajar en una misma dirección–, los esposos cristianos participan en la edificación de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Fundamentalmente en ellos mismos –en cuanto esposos–, y en sus hijos –como padres–. Los esposos tienen uno y hasta numéricamente el mismo carisma, en común, expresión de una comunidad inicial y básica –de dos en dos, en cuanto matrimonio–, destinada a ampliarse con hijos para el cielo. He aquí el lugar eclesiológico que les especifica. Además, los esposos han de traspasar los muros de su hogar, para aportar desde su visión matrimonial y familiar, propia del carisma común recibido, su participación imprescindible en la misión de la Gran Iglesia y en la edificación de la sociedad civil, transformando evangélicamente las realidades temporales. Cierto es que existe una prioridad de la Iglesia católica, para configurar a su imagen cada una de las expresiones locales de la Iglesia particular. Por eso cada familia cristiana es engendrada y modelada según la “Gran Iglesia”. Pero también cada Iglesia particular aporta su riqueza específica a la unidad católica. Unidad no equivale a uniformidad empobrecedora.

La aportación específica de la familia cristiana es, en definitiva y, en idea implícita del Concilio, recordar a todo el Pueblo de Dios y a toda la Humanidad que ha de constituir la gran Familia de los hijos de Dios.

39

Cf. D. TETTAMANZI, “Famiglia, Chiesa doméstica”, en: F. J. COX HUENEUS et alii, La Familiaris consortio. Comentario, (Librería Editrice Vaticana 1982), 225-226; cf. ibid., 222.

BINELE COMUN ŞI RESPONSABILITATEA SOCIALĂ

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