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A. LOW B High

El lenguaje como poder pertenece a nuestro mundo cotidiano. La posibilidad es lo que funda nuestra realidad puesto que el hombre (Dasein) es esencialmente posibilidad, ella determina el ser del hombre. De tal modo que uno es lo que es sólo si tiene la posibilidad de serlo. Proyectamos nuestro ser como posibilidades en el mundo. La posibilidad es una de nuestras dimensiones esenciales; sin ella no tendríamos mundo, mucho menos porvenir, por lo tanto la posibilidad es apropiación de ser. Incluso la muerte es poder ser, no un simple acontecimiento que va a sucederme algún día que terminará con mi vida, sino una posibilidad de mi ser que me pertenece desde el momento de mi nacimiento, que es una privación mía puesto que nadie puede morir por mí, sino yo mismo en mi soledad esencial. Una muerte apropiada por mí, de tal modo que a través de una resolución

El decir esencial de la poesía

solitaria puedo constituir con ella mi mismidad auténtica, comienzo del espíritu donde la muerte es el trabajo de la verdad del ser. El lenguaje es la herramienta para esta empresa de constituir la vida del espíritu, no sin violencia, más temible aún por ser secreta, que se ejerce sobre lo que nombra la palabra retirándole la presencia inmediata para convertirla en el poder del ser que nos confía a un más allá ilusorio, a un porvenir sin muerte, a una lógica sin azar, traicionando la intimidad silenciosa de toda habla que escapa a las relaciones de poder.

La relación de lo imposible, por el contrario, debe ser un lenguaje que escape al movimiento de los poderes por los cuales el mundo no cesa de construirse, movimiento que tiene el conocimiento como medida, y en el que lo que está por conocer, lo Desconocido, tiene que rendirse ante el imperio de la razón. Por lo tanto, el pensamiento de la imposibilidad no podría ser un movimiento fácil, puesto que en él nos veríamos retirados de la vida en que ejercemos un poder, querámoslo o no, por el simple hecho de hablar. Si el pensamiento de lo imposible, lo Desconocido, fuese acogido, tendría que ser por fuera de toda comprensión apropiadora (Dasein), que remite lo diferente y lo otro a la constitución de mi mismidad, en el movimiento de mi propia superación. He aquí una peligrosa dirección –nos dice Blanchot– porque pondría en cuestión toda nuestra vida, sus valores y creencias, para que se anuncie otra medida distinta a la del poder. ¿Cuál sería esa otra medida? Lo Otro, lo otro como absolutamente Otro, ya no ordenado según la claridad de lo Mismo. La idea de lo otro siempre ha estado presente en todas las filosofías contemporáneas, pero de una manera subordinada. Para Heidegger se le considera en relación con el Ser, para Hegel en relación con lo Absoluto. En general, casi todas las filosofías de occidente han reducido lo Otro al problema de lo Mismo, y cuando preguntan por lo otro distinto a mí es para ser reconocido por mí como Ego. Pero en el pensamiento de lo imposible estamos abiertos a lo Otro como totalmente Otro. Es lo que me supera radicalmente, entre lo cual y yo se precipita una distancia infranqueable, con lo cual no tengo nada común; por lo tanto, no puedo reconocerlo ni representármelo a partir de mi Ego. Si me relaciono con él, no a partir de mí mismo, es a condición de mantener esa distancia infinita (la ausencia infinita), sin alterarlo por mis relaciones de poder. El otro es –dice Levinas– el Extraño Extranjero, aquel Desconocido que viene de otra parte y siempre está en parte distinta a donde estamos, pues siempre está por fuera de nosotros mismos: La pura Exterioridad.

¿Cuál sería la experiencia de lo Otro en un tiempo distinto de la posibilidad? No hace falta ir muy lejos: la encontramos en el sufrimiento más común, empezando por el físico (el dolor, la persecución, la desaparición, el encarcelamiento, el desamor, la locura). Sobre todo, aquel sufrimiento que no tiene medida, cuya

esencia es su desmesura que no puede soportar ningún Yo en el mundo. Situación singular del sufrimiento, porque quien lo padece no puede escapar de él, cesar de sufrirlo. No tiene el poder de transformarlo en otra cosa porque está despojado de un Yo para hacerlo. El tiempo se ha detenido como posibilidad para tornarse absolutamente Otro. Un presente infinito, inagotable y vacío, el mismo infinito del sufrimiento, destituido de todo porvenir. Un presente del sufrimiento que es como un abismo en donde se hunden todos nuestros poderes de estar en él por el dominio de la presencia. El tiempo tiene el sinsentido de la pérdida, el mismo que entraña la desmesura del sufrimiento. En el sufrimiento estamos entregados a otro tiempo que, en el vacío de su plenitud, “no puede rescatarnos, no constituye un recurso, tiempo sin acontecimiento, sin proyecto ni posibilidad, perpetuidad inestable, no este puro instante inmóvil de los místicos, sino ese tiempo detenido, incapaz de permanencia, que no demora la simplicidad de una morada” (Blanchot). En el sufrimiento nos relacionamos con lo imposible, lo Desconocido, a condición de estar despojados del Yo. Así mismo, el poeta para relacionarse con lo Sagrado debe abandonar su subjetividad. El poeta no es más que un medio (la mano que escribe, la voz que canta) para que irrumpa el resplandor de lo Desconocido. El poeta padece el dolor de lo que ha visto (la presencia inmediata) que constituye el precio de su poesía. Su sufrimiento es el don del tiempo que le pertenece, el ahora en que despunta el día. Inmediatamente, la densa espera del presentimiento: Esperaba, lo vi llegar. Finalmente, el presente del Deseo o la esperanza: que Lo Sagrado sea mi palabra. El Deseo indica la sobreplenitud del sufrimiento que reúne la experiencia poética en relación con lo Desconocido; es el don de lo imposible, que nunca podemos ver directamente, sólo en el desvío de la palabra poética, la cual sin embargo no lo mediatizaría, sino que lo señalaría en la plenitud de su ocultamiento. La palabra del poeta sólo nombra lo Desconocido, o lo señala con la posibilidad de la palabra. En este decir el poeta corre el peligro de invertir lo Desconocido en conocido; por eso su decir es lucha incesante para mantener lo Desconocido como tal. No busca retener la común presencia de Lo que es, sólo darle la voz de un cristal que refleja el sol de la tarde. “El poeta no retiene lo que descubre: una vez transcrito, lo pierde enseguida. En eso residen su novedad, su infinito y su peligro” (René Char).

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