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La primera imagen representa la Soberbia, principio de todos los vicios, materia y matriz de todos los males, ya que ella hizo caer el ángel del cielo y expulsó al hombre
del paraíso. Ella es también quien pone insidias a las almas que desean volver a la vida con las buenas obras, cuando están al final de sus actividades, para sustraerles la recompensa del cielo. El hombre se exalta muy a menudo con los elogios a sus buenas acciones, y a causa de la soberbia se desvanece la recompensa de la santidad.
La soberbia tiene, por así decir, rostro femenino, ya que en el primer ángel que se precipitó del cielo cambió toda su voluntad en necedad. Necedad con la que, incluso, logró echar del paraíso a la primera mujer, como también logra ahora saca fuera de sí a los hombres con su depravada seducción.
Sus ojos son de fuego, es decir, su mirada arde en la maldad. La nariz está sucia de barro, ya que sin capacidad de discernimiento se vuelve fea en su insensatez. La boca está cerrada, ya que no tiene ningún afecto a las palabras honradas sino que en su corazón niega a Dios y a todo lo que sea bueno.
No tiene ni brazos ni manos, porque su fuerza y sus obras no dan vida, sino muerte. Sobre cada uno de sus hombros hay como un ala de murciélago, porque se prepara falsamente tanto en las cosas divinas como en las terrenales, como para defender un imperio, ya que ella no tiene ninguna justicia honrada, sino solo confianza engañosa y oscurecida. El ala derecha está extendida hacia Oriente, y la izquierda a Occidente, ya que en las cosas del cielo se opone a Dios, pero en las de la tierra corre hacia el diablo. Tiene pecho de hombre, porque su corazón siempre está hinchado de la vana grandeza. Sus piernas y pies son como de langosta, porque demuestra y sustenta tercamente su modo de actuar con hinchada exaltación, exhibiendo con vanagloria su comportamiento, en realidad vacío e inestable. Carece de vientre y de espalda, ya que no ofrece ninguna tierra de labor que pueda ser usada, ni tampoco da a nadie ningún apoyo fuerte con el que esa persona podría perseverar en el bien. En cambio, ves que su cabeza no tiene pelos y el resto de su cuerpo no está revestido por ninguna prenda, significa que la soberbia en su mente y en sus obras avanza, como estás viendo, necia y desnuda, sin el pelo de la prudencia y sin la ropa de salvación. Está totalmente rodeada sólo de tinieblas, significa que yace en todas las maneras posibles de la perversión de la incredulidad, a excepción de un hilo muy delgado, que como un círculo de oro, pasa sobre las mejillas y va de la coronilla de la cabeza hasta la barbilla. En efecto, no demuestra honor ni amor sino desprecio a quien conoce a Dios, que sabe todas las cosas. Y del principio de su arrogancia hasta la necedad que también se revela en su actitud exterior, muestra el modo de pensar que tuvo cuando rechinando los dientes y mordiéndose se opuso a Dios, sobre el que no pudo prevalecer en ningún caso. Pero igual que entonces cayó vergonzosamente derrotada, así también ahora, cuánto más arriba se eleve en las mentes y en las acciones de los hombres necios, tanto más abajo los arrastrará consigo al fondo. Y sin embargo no admite que nadie se le parezca, como claramente afirma más arriba. A ella se opone la Humildad, que exhorta a los hombres a aborrecer la soberbia.
XXXV. LA ENVIDIA, SU COMPORTAMIENTO Y SU SENTIDO.
En cambio la segunda imagen representa la Envidia. Acompaña a la soberbia, ya que la envidia es efecto del orgullo e incendio de todos los males. En efecto, cuando los hombres son soberbios, envidian los logros de los demás y con esta actitud remueven todo mal. Ves una imagen de aspecto monstruoso, porque por envidia, el diablo lleva a cabo todas las obras que emprende, y sustrae al hombre, como ya se dicho claramente, la posibilidad de alcanzar la santidad del cielo. Su cabeza, hombros y brazos son bastante parecidos a los de un hombre, a excepción de las manos que son como las de
un oso. Esto significa que aunque el hombre en su mente, es decir en su cabeza, conozca a Dios, sin embargo a menudo juzga al otro, no según los preceptos de Dios, sino según lo que la envidia le sugiere, cuando, sobre los hombros de la confianza en sus posibilidades, pone conscientemente la injusticia en el sitio de la justicia y se muestra duro con los brazos de su fuerza.
Sin embargo esta imagen, parece un hombre, ya que lleva el mal a los hombres por medio de la ciencia humana que tiene, silenciosamente. Pero los hombres entonces van más allá porque sus crueles acciones conducen al robo e imitan a la rapiña propia de las bestias, cuando destrozan, oprimen y destruyen todo lo que pueden con gran fuerza y agresividad. Pecho, vientre y espalda son tan gruesos en tamaño, que superan la media humana, porque lo que el envidioso sabe y cree y en lo que se apoya al actuar respecto a los demás hombres, denota una maldad muy grande y perversa. Porque quien envidia no tiene ni una recta doctrina, ni una disposición bien ordenada, ni un método apropiado, sino solo el rechinar de dientes y aquel soberbio y violento hinchazón del exceso, fuera de lugar y falto de medida. De los lomos hacia abajo otra vez se parece a un hombre, salvo que sus pies son de madera. Esto significa que el hombre envidioso, desviado por los deseos de la carne, provoca muchos daños a los otros, aunque tenga ciencia mayor y más profunda que otras criaturas. Sin embargo en sus obras deja huellas de aridez y muerte que no sirven para alcanzar la fecundidad, es decir la vida, puesto que no avanza derecho, ni sobre el propio camino, ni siguiendo el camino de los demás. Su cabeza es de fuego y emite llamas por la boca, ya que la mirada de la envidia quema como acostumbran las víboras y en sus palabras, pronuncia todo tipo de maldades que incendian a los hombres y los seca.
No tiene ropa, pues al carecer de la protección de todo bien, y al rechazar la justicia y la ley establecida, vive sin orden y no investiga nada honorable y de provecho ni en las cosas grandes ni en las pequeñas. Está completamente hundida en las tinieblas, pues basa todas sus fuerzas en la amargura de la incredulidad y busca dificultar el éxito ajeno, sin perseguir la justicia ni tenerla en cuenta, sino incluso deseando los males con que el diablo somete al mundo, tal como está escrito: