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HISTORICAL EXAMPLE—TERRORIST ATTACK IN BAL

MILITARY OBJECTIVES 5

HISTORICAL EXAMPLE—TERRORIST ATTACK IN BAL

Un lenguaje, sea natural (histórico), artificial (designado) o mixto, está hecho de signos artificiales (o convencionales) junto con reglas para combinarlos y asignarles significado. De una lengua que, como el francés, está en parte regulada por una academia y una élite literaria, puede decirse que es mitad natural y mitad artificial. De allí que la distinción entre natural y artificial no equivalga a establecer una dicotomía. En contraposición, la distinción entre matemático y no matemático es una dicotomía. Un lenguaje no matemático, como el inglés, está hecho de palabras, en tanto que un lenguaje matemático, como el cálculo de predicados, está constituido por símbolos como 3, x, P, => y 6/Sx que no son palabras, aun cuando se combinen para formar enunciados. Ejemplo: «Pb =4> 3xPx» se lee «si un individuo b posee la propiedad P, entonces algunos individuos poseen la propiedad P». En consecuencia, la sintaxis de las teorías matemáticas es fundamentalmente diferente de la propia de un lenguaje natural. Por ejemplo, la regla según la cual la expresión «derivada de una función» es una fórmula bien formada, en tanto que «la función de una derivada» no lo es, carece de equivalente en los lenguajes ordinarios. A su vez, la raíz de esta diferencia es la diferencia entre el conocimiento ordinario (o conocimiento sobre asuntos cotidianos) y el conocimiento científico. Puesto que la filosofía del lenguaje estándar pasa por alto esta diferencia, no puede hacer contribución alguna a la filosofía de la ciencia, en particular a las filosofías de la lingüística y de la matemática.

Ahora bien, todos sabemos que los signos aislados, tales como los que uno puede inventar, sin pensarlo, para hacer un énfasis lingüístico o solamente por divertirse, no son significantes. Por lo tanto, cuando se presenta una duda acerca de la significación de un signo, se lo coloca en algún contexto. Vale decir, se intenta descubrir o conjeturar el sistema de signos del cual ha sido extraído. Siempre hacemos eso cuando nos proponemos resolver la ambigüedad de una expresión tal como «Ese era un anillo [¿de bodas, telefónico, algebraico?]». La moraleja es obvia: un lenguaje es un sistema, de tal modo que ningún signo significa (o sea, es un signo

«nada hay fuera de los textos».)

A causa de que el significado es contextual, ninguna teoría lingüística puramente combinatoria o computacional puede ser adecuada. En otras palabras, no es verdad que para entender una expresión lingüística todo lo que necesitamos es conocer sus constituyentes y la regla (o las reglas) para computar el significado de la totalidad en términos del significado de sus constituyentes. Necesitamos, también, conocer el contexto: debemos ser capaces de colocar el elemento lingüístico en un sistema epistémico. Por ejemplo, la expresión «Los académicos estaban interesados en ese problema» es un trozo de información histórica en un contexto y una acusación, o bien de obsolescencia o bien de futilidad, en otro.

La tesis de que un lenguaje es un sistema fue propuesta por Franz Bopp en tiempos tan lejanos como 1816 y ya estaba «en el aire» cuando Saussure la adoptó y elaboró en su famoso Cours, exactamente un siglo más tarde (Koerner, 1973: 2.2.4). Sin embargo, en aquel momento aún no estaba claro si el lenguaje debía ser entendido como un sistema de signos o como un sistema de relaciones. Y, en todo caso, la idea misma de sistema era tan confusa que a menudo se la identificaba con la de organismo, tal como correspondía a la cosmovisión holística (u organi- cista) predominante en el lugar y el momento del nacimiento de la lingüística como una disciplina separada.

Recordando el modelo CESM (cap. 2, apartado 5), sostengo que todo lenguaje

L, sea natural o diseñado, es un sistema semiótico con

composición de L = una colección de signos artificiales (símbolos);

entorno de L = la colección de elementos naturales y sociales (en particular

culturales) a los que se refieren las expresiones de £;

estructura de L = las relaciones sintácticas, semánticas, fonéticas y pragmáticas

de L.

La sintaxis de L más las relaciones lógicas entre los conceptos designados por los signos de L es la estructura interna (o endo estructura) de

(La primera es una categoría lingüística, en tanto que la segunda es lógica y, por ello, es independiente de la particular envoltura lingüística.) Y la exoestructura de L es la colección de relaciones que vinculan los signos de £. con el mundo (natural, social y cultural), en particular con la persona que habla y su interlocutor. Las relaciones de designación, denotación (o referencia), hablar y oír pertenecen a la exoestructura de un lenguaje: relacionan signos con conceptos y cosas concretas. En otras palabras, la exoestructura de un lenguaje es su contorno, o sea el puente entre el lenguaje y el mundo. Es esto lo que hace del lenguaje un medio de comunicación, acerca de lo cual diremos más, luego. (Véanse Bunge, 1974a y Dillinger, 1990 sobre las definiciones formales de un lenguaje.)

Tal como se los ha definido aquí, los lenguajes —a diferencia de los signos individuales— no son sistemas reales, concretos o materiales. Los que son reales son los usuarios del lenguaje, sus actividades de habla y escritura y los sistemas sociales (comunidades lingüísticas) que constituyen. (Lo mismo es válido para todos los

sistemas semióticos.) Por consiguiente, los lenguajes ni se desarrollan ni evolucionan de por sí. De allí que no haya mecanismos de cambio lingüísticos; en particular no hay fuerzas evolutivas. Solo las cosas concretas, tales como los hablantes y las comunidades lingüísticas pueden desarrollarse y evolucionar. Y, desde luego, al desarrollarse o evolucionar modifican, introducen o eliminan expresiones lingüísticas. La historia de la matemática es comparable: los investigadores matemáticos inventan nuevas ideas matemáticas, las cuales son adoptadas o rechazadas por la comunidad matemática, pero la matemática no evoluciona por sí misma.

Si estamos interesados en la dinámica del cambio semiótico, debemos dirigir la mirada a los sistemas de comunicación, en particular a las comunidades lingüísticas: es allí donde los lenguajes y otros sistemas semióticos se originan, cambian y se extinguen.