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HIV/AIDS

In document STRATEGIC BUSINESS PLAN (Page 35-47)

P ROGRAMME I MPLEMENTATION AND A CTIVITIES Actions for achieving the objectives including:

HIV/AIDS

Antes de continuar nuestro análisis del estado de perfección, para llegar a descubrir en la virginidad el factor de conexión entre ella y el matrimonio con Cristo, indicaremos brevemente el papel positivo de la posesión de los verdaderos bienes naturales. Eso nos lleva a completar lo que decíamos antes acerca de los peligros que la posesión de esos bienes puede encerrar respecto a una vida “para Dios y en Dios”. Esa consideración relativa al papel positivo de los bienes a que renuncia la virginidad consagrada a Dios puede, a primera vista, parecer una digresión fuera de nuestro tema. En realidad, es una condición indispensable para la comprensión del misterio de la virginidad consagrada a Dios, considerada como matrimonio con Cristo.

No hemos de olvidar que todo bien superior posee una misión específica respecto a nuestra alma para llevarla a Dios “Padre de las luces”. No aludimos aquí a ese papel moral y religioso, del que tampoco están desprovistos los bienes inferiores en la medida en que son bienes auténticos. Ya lo hemos dicho: en cuanto que el uso de estos últimos repre- senta una ocasión de satisfacer legítimamente los instintos elementales del ser humano, ese uso nos preserva de la separación de Dios que llevaría consigo la actualización ilegítima y perversa de esos apetitos. Además, todo bien de ese género puede tener un papel formalmente religioso si se le emplea por una persona que sabe considerar todos los bienes en general como pruebas de la bondad divina, como “beneficiosos” del Padre, que hace lucir el sol sobre los buenos y sobre los malos.

Sin embargo, ya hemos notado que no es ese aspecto el que entra aquí en juego. Se trata, más bien, de considerar el papel específico para con nuestra alma que corresponde en muy diverso sentido a los bienes superiores, a esos bienes que son fuente de dicha, por oposición a los

bienes que son fuente de deleite, y a los que satisfacen las necesidades vitales. Todo bien de ese orden: la vida en un ambiente de belleza, nobleza y cultura, una carrera en las esferas superiores del espíritu cuyo objeto mismo es fuente de dicha; la ausencia de todo impedimento exterior para el desarrollo de las fuerzas y talentos espirituales; la posibilidad de llenarse de las bellezas sublimes de la naturaleza y del arte; en fin, la posibilidad de entrar en la intimidad de un ser humano lleno de nobleza. Cada bien de este orden es para el hombre un don precioso. Al contacto de los valores objetivos contenidos en estos bienes, por ejemplo, ante la belleza de una obra de arte, el alma capaz de comprender y de apreciar ese orden de valores se siente llevada por encima de sí misma y se siente acercarse a Dios. En el momento en que nuestra alma se ve cogida realmente por un valor superior, “despierta” a su estado connatural. Se ve arrastrada, desde la periferia, a sus propias profundidades, y se recoge, se eleva, aunque no sea más que por un instante, por encima de la inercia y el embotamiento de la vida de todos los días. “Le da alas”, como dice Platón. El yo completamente impregnado de amor humilde y respetuoso, solicitado por los valores, llega, al menos en ese instante, a dominar enteramente el or- gullo y la concupiscencia. ¿No se ve derretirse el orgullo y la concupiscencia en el hombre verdaderamente arrebatado y conmovido hasta derramar lágrimas por algo grande y hermoso? ¿No parece que en ese instante se perfora el caparazón del endurecimiento y la indiferencia? ¿No es verdad que el alma se encuentra con más afinidad para todas las formas del bien? Cuando estamos verdaderamente arrebatados por algún valor superior, ¿no experimentamos siempre la impresión de que caen las escamas de nuestros ojos, como si captásemos por primera vez la verdadera realidad, el mundo de los verdaderos valores, que la debilidad de nuestra mirada, turbada por la niebla de la vida cotidiana, pierde cons- tantemente de vista? ¿No se diría, en fin, que todas las barreras de separación, levantadas por el respeto humano o el egoísmo frente a los demás, caen hechas polvo, como si nos acordásemos del lazo de unión tan grande que nos une inmediatamente a todos, por el hecho de que estamos, por decirlo así, ante Dios? Lo sentimos de una manera tanto más viva cuanto más elevado es el valor que nos arrebata.

En contacto con valores superiores nos guía, pues, a Dios, por esta primera razón: porque el yo actualiza en El su amor humilde y respetuoso. Además, porque esos valores gritan al hombre un Sursum corda, y atraen su mirada hacia lo Alto, hacia Dios. Sin embargo, no se trata aquí de un ser meramente arrebatado por esos valores, sino, además, de poseer los bienes

que con ellos se relacionan. Esa posesión de un bien superior, ¿tiene a su vez la función de conducir a nuestra alma a Dios? Sí, y por diversas razones. El contacto estrecho con ese bien, implicado en su posesión, suscita además un nuevo contacto con los valores realizados en ese bien; de ahí resulta un nuevo desarrollo, más intenso, de los efectos propios de esos valores. Un ejemplo: El hombre que asiste a la ejecución de una composición musical entra en contacto mucho más estrecho con las bellezas de esa obra que el que se limita a pensar en esa obra que conoce. Esa belleza irradia sobre él de un modo completamente distinto. De manera análoga, pero con algún matiz de diferencia, si se goza de la inti- mida de un ser noble, se siente uno iluminado por el brillo de su valor en una proporción mucho más intensa que cuando uno se reduce a comprender y a honrar de lejos su valor sin poder entrar en comunión más íntima con él. La posesión de un bien hace, pues, por lo menos, más fácil la comprensión de los valores que contienen y su repercusión en el alma. En ciertos casos, ella sola basta para conseguir ese efecto, aun cuando esa impresión represente siempre una situación extraordinaria, cuya duración no está garantizada por la sola posesión de tal bien.

La función específica que corresponde a la posesión de bienes superiores aparece aún más claramente si nos fijamos en el punto de vista siguiente: En todo ser humano, a menos que no sea completamente apático, reina una tendencia que impulsa a buscar la dicha y la satisfacción en una u otra forma. Ahora bien, la posesión de un bien noble y superior eleva al hombre por encima de toda afición a los bienes inferiores, porque le concentra en una región más profunda y más íntima de su alma —como hemos visto— y porque, colmando sus aspiraciones más profundas, le libra de las necesidades superficiales. Esta experiencia es corriente. La importancia del comer, del beber y del dormir, así como de toda clase de satisfacciones y de placeres superficiales, disminuye mucho cuando nuestra alma está profundamente arrebatada y conmovida por un bien superior, sea el que sea; por ejemplo, por el encuentro con una persona amada que no se había visto hacía mucho tiempo. En tales casos nos sentimos liberados de todas las necesidades mezquinas, relativas a satisfacciones superficiales y de simple costumbre. Se nos hace imposible comprender cómo la privación de ciertas comodidades podía irritarnos antes, cuando nuestro corazón está lleno de una dicha profunda, como la curación de un ser querido, después de una larga enfermedad. El contacto con un bien de esa naturaleza nos da siempre el medio de juzgar en su ver-

dadero valor los bienes inferiores. Cuando estamos en posesión de un bien superior, nos parece ridículo y “un atraso” atender a los bienes inferiores.

Por otra parte, la afición a un bien, el deseo de poseerlo, son tanto más desinteresados cuanto ese bien es más profundo y más noble, cuando su valor es más elevado. En principio hay menos egoísmo en entregarse a los bienes que dan placeres, como las buenas comidas, bebidas, comodidades de la vida, etcétera. La primera forma de entrega se opone a la segunda, porque se basa necesariamente en una verdadera respuesta a los valores. El que es incapaz de gozar ante la belleza del arte y de la naturaleza, o de la existencia de nobles seres humanos; el que no siente interés alguno personal respecto a valores, no puede gustar ninguna satisfacción en poseerlos.

Se comprende también, desde ese punto de vista, que la posesión de bienes superiores acerca a Dios al que comprende y aprecia la significación de esos bienes. En efecto, cuando se llega a superar la afición a los bienes que dan placeres, y por tanto que son inferiores, se llega al mismo tiempo a mayor profundidad y se consigue vencer relativamente el egoísmo: es un avance en el mundo de los valores.

En fin, la posesión como tal encierra el carácter del don, que arranca al alma a la vida vulgar en un impulso de solemne agradecimiento. En efecto, cuando los valores contenidos en un bien nos arrebatan más profundamente, sentimos su posesión como un efecto más especial de la bondad de Dios para con nosotros; nos sentimos inundados por la bondad de la Providencia de Dios, nos postramos de rodillas y levantamos los ojos hacia Dios con una gratitud conmovida: Quoniam in aeternum misericordia ejus! Este arranque de gratitud ejerce también una influencia disolvente sobre el orgullo y la concupiscencia, y nos arrastra, por decirlo así, directamente ante la faz de Dios.

La misión de los bienes terrenos superiores que consiste en arrastrarnos cada vez más hacia Dios, liberándonos, según su grado de elevación, de la concupiscencia y del orgullo, su misión de elevamos por encima de una afición miserable a los bienes inferiores, aparece más claramente en el más elevado de los bienes terrenos, el matrimonio, y en primer lugar, no hay que decirlo, en el matrimonio cristiano. Todo amor verdadero, que une a los seres humanos, posee una influencia profunda, liberadora, capaz de elevar y de conducir a Dios. Eso se presenta también en el amor de los padres como en el de los hijos, en el amor entre hermanos, hermanas o amigos. Además de ese rasgo común, la comunidad

de amor y de la vida propia del matrimonio, integralmente comprendida y vivida, tiene por efecto específico destruir el orgullo. Cuando se ama profundamente a otro ser, con el que se compartirá para siempre una vida común, se ve uno llevado muy por encima de toda afición a bienes superficiales, como la propiedad, el poder, los honores públicos y los éxitos en el mundo. ¿Quién, pues, ignora cuán fácil resulta el renunciamiento de todos los demás bienes, cuando nuestro corazón está colmado de la dicha indecible de encontrarse en comunión total con otra alma?

Pero el amor conyugal no es el único que posee un carácter liberador, que libra al corazón del orgullo y de la concupiscencia. La entrega propia del matrimonio, esa entrega sin reserva de los esposos, esa unión de dos seres en el amor, con la solemne aprobación de Dios, para toda la vida, sustraída en su unidad objetiva a toda arbitrariedad y a todo capricho del hombre caído, y, por fin, ese deber de fidelidad hasta la muerte asumido por un voto sagrado, hacen un llamamiento a los resortes más profundos del alma. Aun el acto conyugal por el cual queda colmado el amor conyugal mutuo y su aspiración a perfecta unidad, tiene, en este sentido, una misión muy significativa. Ya hemos visto al estudiar la pureza el sentido profundo de liberación íntima que el acto de unión conyugal ejerce sobre el ser humano. Cómo representa un acto de abandono de sí sui generis, cuando se le vive y realiza en su forma más elevada, relaja toda esa tensión dura y egoísta que es el terreno más desfavorable para una especie de dureza de corazón, para el sentimiento ñoño de su propia importancia y para una especie de embotamiento abúlico.

Salir así del propio yo, entrar en la profundidad de esa noble dicha del matrimonio que hace elevarse hacia Dios nuestra mirada conmovida de gratitud, todo eso libra al hombre del orgullo que le encierra en sí mismo, de la afición mezquina a la comodidad, a la gula y a las frivolidades. El que obtiene la suprema felicidad terrena de un matrimonio perfecto, quien es capaz de apreciar en su justo valor, sin que su alma se canse, ése necesariamente se desprende cada vez de los demás bienes terrenos que son inferiores a éste. ¿Qué bien terreno no hubiera sacrificado una Santa Isabel o una Santa Juana-Francisca de Chantal, para conservar el bien de su matrimonio, cuando estaban a punto de perder a su esposo?

No vamos a tratar aquí in extenso de la sublimidad del matrimonio, ni a demostrar la misión que puede ejercer para llevarnos a Dios en cuanto

que es suprema comunidad de amor y de vida de los seres humanos. Tenemos que contentarnos con estas indicaciones63.

Veamos ahora un hecho de mayor importancia. La renuncia a un bien terreno auténtico, por los motivos religiosos antes citados, no tiene el valor que acabamos de definir, si la misión inherente a ese bien, en el sentido de una liberación de los bienes inferiores, no es realmente superada, si el vacío creado en el alma no es llenado por Dios y por el reino de los valores sobrenaturales. La naturaleza caída impulsa al hombre a querer compensar toda cruz impuesta por Dios con algún “alivio” generalmente tomado del orden inferior. ¡Cuán raro es soportar realmente, sufrir hasta el fin un dolor grande y profundo, por ejemplo, la pérdida de un ser querido! ¡Qué raro es que el alma permanezca en la profundidad, contentándose con elevar su mirada hacia el Bien supremo para “transfigurar” su dolor, para no llenar el vacío que acaba de producirse más que por Aquél del cual sólo puede separarnos el pecado! ¡Con qué facilidad queda uno como embotado por la indiferencia, después de una gran pena!64 Se busca en satisfacciones

superficiales —y entre ellas puede incluirse el trabajo por el trabajo— una compensación de la pérdida sufrida. ¡Con qué ligereza se arroja uno a las distracciones y a las costumbres! Se hunde uno por apatía en los bienes superficiales para “escapar” de la cruz con que Dios quiere cargarnos.

Aquí hay una gran misión de la religión, que nos enseña a abrazar como conviene la cruz recibida de Dios, comprender su significado providencial, dejarse llevar por ella más cerca de Dios y, en fin, abstenerse de toda compensación de orden inferior. Pero el libre renunciamiento a bienes terrenos puede tener un doble sentido. La responsabilidad es aquí claramente otra porque se renuncia por sí mismo a un bien. Tal renunciamiento no podría complacer a Dios en su resultado final —por heroico y noble que sea en determinado momento— más que cuando Dios y su amor llenan el vacío que provoca y no se introduce subrepticiamente compensación alguna inferior. Ese es el caso especial de la virginidad. El peligro de recurrir a una compensación inferior es aquí mayor que en el renunciamiento a cualquier otro bien terreno. En efecto, ya hemos visto cuán central es la misión liberadora ejercida sobre el alma por la más alta comunidad terrena de vida y de amor, cuán imperiosas son sus exigencias

63 Véase sobre eso: Dietrich von HILDEBRAND, “Die Ehe” (El matrimonio).

MÜNCHEN, pág. 192.

64 Claro está que no llamamos aquí “embotamiento” ese agotamiento psicofísico

que representa como una mera reacción nerviosa después de grandes golpes en la vida.

respecto al dominio del orgullo y de la concupiscencia, y también cuánto le facilita su labor la naturaleza. Salta a la vista que la privación de ese bien superior ofrece muchos peligros. Es facilísimo, después de haber renunciado al dulce desenvolvimiento del alma, fruto de la más alta co- munidad de vida sobre la tierra, zozobrar en las mezquinerías, en la inclinación a bienes inferiores, y es muy fácil que el corazón se endurezca porque el ser humano ha renunciado a una “dilatación de ánimo” determinada, y dejar que el amor en todas sus formas se ahogue en amargura. La estricta pertenencia a Dios, el matrimonio con Cristo en el sentido de nuestra parábola, al que debe llevar la virginidad consagrada a Dios, no es posible más que a condición de evitar toda compensación inferior65.

Ese renunciamiento debe llevar al alma a superar el estado de unión con Dios a que el matrimonio es capaz de conducir. Todos los demás bienes inferiores, tales como necesidad de honor y de poder, gozo natural del éxito, curiosidad, deseo de admirar, susceptibilidad exagerada —y no hablamos de cosas puramente negativas, como la envidia, alegría por el daño ajeno, la crueldad—, todo eso debe desaparecer para dejar que el alma se llene de una sola cosa: del amor sobrenatural a Jesús, “en el Corazón del cual habita toda la plenitud de la Divinidad”66.

¿Quién se atreverá, pues, a escoger de propósito deliberado la virginidad perpetua, a renunciar para siempre al noble bien del matrimonio, si la virginidad no realiza su sentido y su valor, si no procura una pertenencia más estrecha a Dios más que en el caso en que el vacío producido en el alma no se compense por bien alguno inferior? ¿Quién, pues, se atreve a afirmar que no tiene ninguna necesidad del amor conyugal, que abre el corazón y lo eleva por encima del resto del mundo?

65 Recordemos lo que San Ambrosio escribe de una virgen consagrada a Dios: “La

pureza de la virgen consiste en la integridad de su naturaleza entera. Las palabras que vienen a sus labios, sin la menor amargura, llenas de gracia y de amabilidad, son hijas de su virginidad” (De Virginibus, I, cap. 8). Y más adelante: “Debes conocerlo perfectamente, al que amas, y todo el misterio de su ser” (Id. cap. 9). Y Taulero: “In festo sanctorum omnium”. Por eso la esposa de Cristo debe conducirse siempre de manera que no desee agradar en nada a nadie fuera de Dios, si quiere merecer realmente el nombre de esposa”.

66 No es necesario decir que la intención interior por la cual se escoge la virginidad

consagrada a Dios tiene la mayor importancia para la “eficacia” natural de ese renun- ciamiento. Al estudiar la esencia del misterio propio de la virginidad consagrada a

Solamente aquel que se siente llamado e invitado por Jesús, “el deseado de los collados eternos”67.

El llamamiento que Dios dirige a una alma es algo completamente sobrenatural, sin comparación posible con todo lo que otros bienes nos manifiestan directamente de Dios. “Sígueme —sequere me”, dijo Jesús a Mateo, y “él se levantó y le siguió— et surgens secutus est eum”. Por el hecho mismo, queda descartada cualquier otra cuestión. El que llama al alma al estado de perfección la llenará de Sí mismo, si ella obedece a su voz.

No hace falta decir que el religioso o la religiosa deben cuidarse de no dejar crecer ningún resentimiento, ningún deseo de compensar por medio de bienes inferiores lo que han sacrificado de bienes superiores. Por el contrario, su atención debe dirigirse tanto a no compensar por bienes inferiores aquello a que han renunciado como a mantenerse realmente al

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