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1.2 SECTION one: background to the study

1.2.8 HIV: an overview

Los antecedentes del banco único de emisión en México se ubican en el año 1883. En este momento existían tres instituciones encargadas de emitir billetes. Estas instituciones eran el Banco de Londres, México y Sudamérica el cual fue establecido en 1864 convirtiéndose en la primera institución de esta naturaleza en el país. Posteriormente fue fundado el Banco Nacional Mexicano, filial del banco parisino Franco-Egipcio en el año 1881. Un año después abrió sus puertas el Banco Mercantil, Agrícola e Hipotecario. Sin embargo el contexto de crisis iniciado en 1883 obligó a las dos últimas instituciones bancarias y financieras a fusionarse (Turrent; 2002).

No fue sino hasta la primera mitad del siglo XX que fue constituido el BANXICO como institución gubernamental. El triunfo de la Revolución Mexicana y la configuración del Estado moderno coinciden con la creación del Banco de México. Esta institución quedó oficialmente instituida el 1° de septiembre de 1925 de acuerdo a la Ley Orgánica del Banco de México (DOF; 1 de septiembre de 1925). En su origen es posible encontrar el impacto tanto de factores domésticos como internacionales. El factor externo tiene que ver con una necesidad mundial de establecer instituciones reguladoras encargadas de hacer frente a un nuevo escenario económico mundial, producto del periodo de entreguerras. Esta tendencia se favoreció con la Conferencia Financiera Internacional celebrada en Bruselas en 1920 que instaba a todos los países que no contaban con un banco central para que lo establecieran.

85 La banca central en América Latina surgió como un instrumento para la reconstrucción de los mercados internos. De acuerdo con Rodríguez Garza y Ávila Sandoval (2001) en esta región los bancos centrales tuvieron un papel importante en la orientación del ahorro lo que permitió construir una infraestructura interna. Este fue un elemento esencial para promover el crecimiento económico en Argentina, Brasil, Chile, Venezuela y México. El BANXICO surge como un instrumento para la reconstrucción económica del país, necesidad sancionada por la Constitución de 1917.

Como factor interno está la exigencia de crear instituciones que permitieran intervenir al Estado de forma activa en la economía (Babb, 2003). Precisamente, la Revolución Mexicana fue la punta de lanza para iniciar el camino hacia la reconstrucción económica y política del país. Uno de los objetivos fue sentar las bases para la reconstrucción de la economía, sobre todo ante la destrucción del sistema financiero porfirista a causa del conflicto armado iniciado en 1910.

El proyecto revolucionario requería la participación activa del Estado en la economía. En este sentido el Estado es quien debía tener el control sobre el banco central. La Constitución mexicana de 1917 le otorgó al Estado una gran influencia en la economía del país “para promover y proteger el interés público”. Entre 1920 y 1930 el gobierno creó una gran variedad de instituciones financieras con la finalidad de promover el crecimiento en los sectores industrial y agrícola (Lustig, 1993: 143).

Es importante señalar que la creación de un banco central era una preocupación que compartían prácticamente todas las facciones revolucionarias. Desde el régimen que encabezó Francisco I. Madero, pasando por Venustiano Carranza, Plutarco Elías Calles, hasta llegar a Álvaro Obregón consideraban la necesidad de crear una institución que permitiera al gobierno

86 hacerse de recursos necesarios para financiar sus actividades. (Zebadúa, 1995).

Así pues, es importante destacar que en el seno de la creación del Banco de México, de acuerdo con Zebadúa (1996) desde su origen se contempló la importancia de la autonomía financiera del Estado. En este sentido, el Banco de México emergió como un agente que representaba la institucionalización de la soberanía del Estado.

Con su establecimiento en el año 1925, se envió una señal de independencia financiera. En una carta dirigida a Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón puso énfasis en la necesidad mantener la soberanía económica y financiera del país, por lo que el Banco de México enviaría una señal positiva resaltando la fortaleza de la nación.

Aunque lo esperaba, me sorprende sin embargo, lo próximo que está el día en que la Nación y el mundo entero serán sorprendidos con la apertura del Banco Único y más aún con el monto de su capital, paso éste el más sólido que se habrá dado desde que la Revolución se inició para fortalecer la autonomía nacional, que nunca podría disfrutar nuestro país si no se consolida su autonomía económica, ya que los hombres y los pueblos no pueden llamarse independientes mientras no estén capacitados para bastarse económicamente […](Carta de A. Obregón a Plutarco Elías Calles, 4 de agosto de 1925).

La discusión en torno a las funciones que el banco central debía desempeñar, estuvo presente desde su creación. Es pertinente recordar que el contexto económico mundial estaba dominado por el paradigma de políticas macroeconómicas keynesiano. Teniendo en cuenta los términos de discurso coordinativo definido como aquel donde las ideas son generadas por actores en la esfera de las políticas, versus la esfera pública, es posible identificar en el México contemporáneo una disputa en torno a las políticas monetarias más adecuadas para el Banco de México. Turrent (1982) indica que las posiciones antagónicas eran muy claras. Por un lado podía ubicarse a los fiscalistas

87 heterodoxos preocupados por combatir el desempleo y acelerar la producción por medio del gasto público. Por otro lado se encontraban los financieros “clásicos” u ortodoxos. Estos apoyaban el monetarismo cobijado bajo la doctrina del laissez-faire. En esta posición se defendía la estabilidad monetaria y cambiaria como condición indispensable para el desarrollo económico saludable y consistente. Así pues, los dos paradigmas suponían un tipo específico de banco central. El primer esquema defendía que el instituto central debía proporcionar los fondos que el aparato estatal necesitaba para su financiamiento. No habría restricciones monetarias bajo este esquema, siendo el objetivo el aumento de crédito. El banco se convertiría en un elemento crucial en el desarrollo económico del país. Por el contrario, en la posición ortodoxa, el gobierno tendría importantes restricciones a la hora de hacerse de financiamiento por parte del banco central. La corriente ortodoxa apostaba por una disciplina monetaria. El mantener la liquidez se constituía no sólo en el banco central, sino en las demás instituciones financieras crucial para la salud del sistema financiero (Turrent, 1982).

Partiendo del concepto paradigma, propuesto por Kuhn y retomado por Hall para el análisis del cambio en las políticas macroeconómicas, es posible ubicar dos tipos de ideas programáticas o paradigmas para el caso de los bancos centrales. Por un lado destaca el paradigma keynesiano cuyo auge se presentó después del periodo de entreguerras –más vinculado con el proyecto posrevolucionario caracterizado por la necesidad de reconstruir el mercado interno-. Entre sus características destacan el intervencionismo estatal y la utilización del banco central como una herramienta de crecimiento económico. Por el otro lado destacan la autonomía y neutralidad vinculadas al monetarismo (Friedman, 1968). Debe recordarse que a inicio de los setenta, producto de una serie de cambios a nivel económico global, el paradigma monetarista triunfó. Una de las manifestaciones de este triunfo es la tendencia a nivel global en 1990 para dotar de autonomía a los bancos centrales, a fin de revertir los efectos del ciclo económico-electoral.

Siguiendo a Schmidt (2008), para el caso del Banco de México, sus funciones y objetivos se limitaron al discurso coordinativo. Así pues, el Banco de México se

88 convirtió en un espacio donde se disputaron distintos proyectos de banco central. Es preciso señalar que la disputa no se concentró en la dimensión democrática, más bien en la política y económica (control del Ejecutivo sobre ciertas variables macroeconómicas). Así pues, con una serie de reformas a la legislación y a la ley del BANXICO, fue posible configurar un banco central cuyo funcionamiento se guió por el paradigma keynesiano.

Es preciso señalar que el Institucionalismo Discursivo con su énfasis en los contextos institucionales nos permite identificar las condiciones bajo las cuales un discurso –coordinativo o comunicativo- tiene mayor o menor énfasis. Ambos tipos de discurso tuvieron fuerza, pues mientras en la coordinación se establecieron los lineamientos para comprender qué se esperaba del banco central y su autonomía –este discurso como una disputa entre distintas posturas de economistas: los heterodoxos y ortodoxos, el segundo discurso fue enmarcado en un proyecto político más amplio como lo fue el posrevolucionario –que exigía independencia con respecto a otros países, reconstrucción de la economía mexicana. La creación del BANXICO se legitimó como parte del gran mito revolucionario.

El BANXICO se instituyó como un soporte indispensable para el desarrollo económico y político del país. Sin embargo los desequilibrios económico- financieros que se agudizaron con la crisis de la deuda en 1982 llevaron a la crisis el paradigma keynesiano. Los años setenta a nivel global se experimentó un estancamiento que vino acompañado de altos niveles de inflación. A pesar de existir distintos argumentos en torno a las causas que generaron los desequilibrios económicos, existe un punto de vista en la teoría macroeconómica que señala como una de los principales culpables a la política monetaria. Países como Estados Unidos e Inglaterra comenzaron a echar a andar políticas de contracción que en el corto plazo tuvieron efectos positivos, sin embargo generaron altos niveles de desempleo (León; 2008).

89 Ante el fracaso del modelo económico keynesiano, los países latinoamericanos optaron por echar mano de las sugerencias elaboradas por el consenso de Washington en 1989. (Williamson; 2003):

a) Mantener el equilibrio en las finanzas públicas

b) El objetivo central de la política económica y en específico de la política monetaria sería el control de la inflación.

c) Reducción del gasto público. d) Una reforma tributaria.

e) Tasas de interés determinadas en el mercado del dinero.

f) Tipo de cambio determinado por el mercado cambiario, en otras palabras, por la fuerza del mercado. Establecimiento de un tipo de cambio flexible.

g) Apertura comercial.

h) Apoyo a la inversión extranjera directa. i) Privatización de empresas estatales.

j) Desregulación de los mercados para promover competencia.

Los parámetros propuestos en Washington tuvieron un papel fundamental en la orientación de la política económica en América Latina. En este sentido, es de destacarse la creciente autonomía y credibilidad de los bancos centrales de la región, así como el control del crecimiento de salarios, para de esa forma evitar espirales inflacionarias. Bajo la tesis del ciclo político-electoral, sustentado en la teoría de la elección pública se argumentó que los políticos tenían una orientación natural por la manipulación de las variables macroeconómicas. Así pues, este argumento fue uno de los soportes que en términos epistémicos legitimó el cambio hacia bancos centrales más independientes y despolitizados (Hay, 2007: 13). Este cambio no sólo se encuentra vinculado al nuevo modelo de políticas económicas, sino a un proceso de democratización que comenzaron a sufrir los países en vías de desarrollo.

90 Bajo la tesis de la autonomía se asume que los bancos centrales son esferas que deben permanecer fuera de la dinámica política; sin embargo, lo que interesa en la presente investigación es conocer en qué medida un proyecto democrático puede ser discutido en el seno del Banco de México. En otras palabras, dilucidar cómo a partir de la lucha democrática de los proyectos simbólicos es posible reinventar las instituciones en el marco de un contexto democrático.