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La racionalidad se entiende como el proceso humano que busca, procesa y configura inferencias a partir de la información obtenida. Este concepto, que se ha ligado a la toma de decisiones, plantea que para decidir se requiere revisar el conjunto de todas las alternativas posibles, visualizar y calcular sus posibles consecuencias, para finalmente considerar la que reporta el mejor resultado. Una decisión es racional si se basa en las mejores razones y se logra el mejor resultado posible en términos de todos los objetivos; adicionalmente, esta elección implica tres operaciones que deben ser óptimas: la acción elegida, las creencias y la cantidad de recursos asignados para la adquisición de información (Lupia, McCubbins y Popkin, 2000, citado en López, 2011). Otro elemento a tener en cuenta dentro de la racionalidad perfecta, es la incertidumbre, producto de la falta de información la cual aparece cuando los agentes no tienen la capacidad de establecer funciones de probabilidad subjetiva que les permitan definir los posibles resultados de cada acción. En la realidad se muestra que los individuos toman decisiones con incertidumbre, y sin información completa, sobre las consecuencias de cada elección, de manera que estas decisiones bajo diversas limitaciones idealizan la racionalidad perfecta como inapropiada (López, 2011).

En contraste, la toma de una decisión en términos de racionalidad limitada comprende cuatro elementos: (1) un conjunto de alternativas de comportamiento (alternativas de elección o decisión); (2) un subconjunto de alternativas de conducta que el individuo considera, es decir, el individuo puede hacer su elección dentro de un conjunto de alternativas más limitado que toda la gama objetivamente a su disposición; (3) los posibles resultados de cada elección; y (4) una función que represente la satisfacción del individuo en cada uno de los posibles resultados de la elección (Simon, 1955).

Se observa que el esfuerzo de la investigación alrededor del tema de racionalidad limitada se puede entender como un intento de examinar los siguientes preceptos: (1) la capacidad humana para procesar la información es muy limitada, (2) los seres humanos tratan de economizar el esfuerzo cognitivo, apoyándose en los atajos que vean factibles, (3) la influencia de las emociones en la cognición y el juicio humano está sujeto a una amplia gama de sesgos y errores (Foss, 2003).

Según el enfoque de racionalidad limitada, los individuos no pueden, en la mayoría de situaciones, emplear estrategias de optimización en la búsqueda de soluciones, debido a sus capacidades cognitivas limitadas o a la falta de información, por lo que suelen simplificar sus decisiones a través de la sustitución de la meta de maximización hacia objetivos de satisfacción que les permitan encontrar cursos de acción “suficientemente buenos”. Cuando las alternativas de elección exceden un cierto criterio, por lo general, en términos de nivel de utilidad, generan para el individuo un nivel de satisfacción que hace que finalice la búsqueda (Mallard, 2011).

Los modelos de racionalidad limitada se pueden clasificar en dos categorías: (1) modelos de optimización restringida, donde se incluyen los modelos que mantienen la hipótesis de

la optimización en la toma de decisiones individuales y agregan restricciones a la información, a las capacidades de cálculo (puede darse a través de limitaciones cognitivas como sesgos y errores de juicio) o a las alternativas consideradas, y (2) modelos de no optimización, que incluyen los modelos que prescinden de estas hipótesis. Dicha clasificación se resumen en la Figura 3-1. (Starmer, 2000, citado en Mallard, 2011).

Figura 3-1: Tipos de modelos de racionalidad limitada. Adaptado de Mallard (2011)

Tradicionalmente, se suponía que los empresarios exhibían una perfecta racionalidad y tenían preferencias consistentes con la maximización de la rentabilidad y utilidad esperada (Leiser & Azar, 2008), estando motivados netamente por ganancias financieras (Barbosa, Gerhardt, & Kickul, 2007), lo que llevó a la construcción de un perfil racional de los emprendedores, integrando así la rentabilidad potencial como un principio rector de las intenciones de creación de empresas (Thomas & Wickramasinghe, 2008), estableciendo que los sesgos cognitivos y las emociones no tenían cabida en el proceso de toma de decisiones (Dequech, 2006).

Es importante mencionar que los efectos de la cognición empresarial tienden a ser más directos e inmediatos en procesos de creación de nuevas empresas que en el entorno de las grandes organizaciones (Forbes, 1999), ya que en el contexto de la creación de empresas se ven más influenciados por aspectos como: las creencias, valores, estilos cognitivos y procesos mentales (Sánchez García, Carballo, & Gutiérrez, 2011). En este sentido, se han planteado una serie de problemas de investigación en el área de la cognición empresarial, que plantean interrogantes como: ¿Por qué algunas personas se conviertan en empresarios, mientras que otros igualmente o más capacitados no lo hacen? ¿Por qué algunas personas actúan y convierten sus ideas en oportunidades de negocio, mientras que otros se conforman con decir que habían pensado en eso? (Mitchell et al., 2007).

Los acercamientos alrededor de estos interrogantes han tomado como apoyo la Teoría del Comportamiento Planeado (TCP) (Ajzen, 1991), la cual ofrece bases sobre la formación de las intenciones empresariales, planteando que los empresarios

Modelos de racionalidad limitada

Optimización restringida Aproximaciones de no optimización

Restricciones a la información Restricciones al cálculo

Restricciones de capacidad Sesgos y errores de juicio

Satisfacción Heurísticas

Respuestas probabilísticas Restricciones a las alternativas

fundamentan sus intenciones en crear una empresa según la viabilidad percibida y la conveniencia que aprecian en dicha acción (Forbes, 1999).

En cuanto a los aspectos cognitivos que pueden guiar estas intenciones empresariales, se postula que los emprendedores poseen las siguientes características: tienen un estilo cognitivo creativo, utilizan la intuición para tomar decisiones, se guían por la opinión de expertos, se perciben autoeficaces en la percepción y desarrollo de nuevas oportunidades, hacen frente a retos inesperados, son propensos a la innovación y a asumir nuevos riesgos (Sánchez et al., 2011).

Las atribuciones que los emprendedores realizan a la intuición como base para sus decisiones sobre la creación de una empresa se relacionan positivamente con los siguientes factores: la percepción de autoeficacia por parte del emprendedor, el nivel de exceso de confianza del empresario, el nivel de tolerancia a la ambigüedad que presente el empresario, la percepción del emprendedor sobre la aceptación de la intuición, como base para la toma de decisiones y la experiencia empresarial previa (Blume & Covin, 2011)

Es importante plantear que las condiciones específicas bajo las cuales el uso de la intuición es apropiado son (Agor, 1991): al existir un alto nivel de incertidumbre en el entorno, cuando hay escasos precedentes anteriores a la acción con respecto a las nuevas tendencias y al presentarse varias soluciones alternativas que cuenten con buen respaldo para ser elegidas. Varias de estas condiciones son comunes en el contexto empresarial de creación de nuevas empresas y a los problemas de los negocios en general (Lichtenstein et al., 2006).

Además, el estilo cognitivo de una persona puede influir en sus preferencias por diferentes tipos de aprendizaje, adquisición de conocimientos, procesamiento de información y toma de decisiones, los cuales constituyen comportamientos y acciones críticas que enfrenta un emprendedor a diario, por lo tanto su estilo cognitivo influye en la probabilidad de crear una empresa (intención) y en el desarrollo de las ideas sobre la capacidad de realizar las actividades propias de un empresario (Barbosa et al., 2007).Las personas con estilos cognitivos analíticos e intuitivos tienen diferentes aptitudes que se requieren en las diferentes fases del proceso de creación de empresas. En particular, se ha señalado que la intuición es más relevante para las actividades ejecutadas en las fases iniciales del proceso, es decir, en la identificación de oportunidades; mientras que el análisis es preponderante en las tareas ejecutadas en las últimas etapas de ejecución y gestión de la iniciativa empresarial (Krueger & Kickul, 2006).

3.3 Heurísticas en racionalidad limitada en los

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