Cyperus rotundus L 41,
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Hay épocas en la vida de una nación, e incluso de un continente y del mundo entero, en que se vive bajo la ilusión de que vamos llegando a una época de prosperidad incontenible e infinita. En tales condiciones, y puesto que el futuro parece asegurado, los individuos se dedican a un disfrute máximo del presente; la vida de la gente común queda entonces marcada por el signo del consumismo, la
diversión, el desenfreno, la despreocupación; en fin, de todo aquello que se sigue como consecuencia de la creencia en que se ha, por fin, asegurado un bienestar económico duradero y evidente. En medio de este ambiente de aparente seguridad y satisfacción, ha habido siempre personas que perciben que, detrás de dicha atmósfera de prosperidad, se esconden profundas contradicciones y confusiones.
¿Quién dudaba seriamente, por ejemplo, en los años veintes del siglo pasado de que los Estados Unidos habían logrado alcanzar, después de muchos esfuerzos, e incluso de una guerra civil tremendamente sangrienta, una época de prosperidad y poderío sin precedentes? ¿Quién se atrevía a dudar de que, tras la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos de América se había consolidado no sólo como la primera gran nación industrializada, sino como la primera democracia del mundo? John Dewey, sin embargo, que ya por entonces era uno de sus principales voceros intelectuales, percibía un gran malestar en la cultura norteamericana, pues seguramente sentía que algo muy fundamental había entrado definitivamente en decadencia. Pero, ¿de qué se trataba?
Si uno mira con algún cuidado lo que fueron la vida y los escritos de Dewey hacia finales de esta década (especialmente entre 1925 y 1930) puede acercarse, aunque sea aún de una forma muy general, a la comprensión de su profundo malestar. Desde el punto de vista personal, la vida de Dewey pasó ya desde la primera década del siglo XX por ciertos altibajos, especialmente la relación con su esposa Alice, quien murió finalmente de arterioesclerosis en 192732. Fue esta década de los años veinte, además, aquella en que el pensamiento de Dewey estuvo sometido a los más serios desafíos por parte de diversos intelectuales, norteamericanos y extranjeros, que no sólo cuestionaron fuertemente algunas de sus ideas, sino que pusieron radicalmente en entredicho algunas de sus posturas políticas; Dewey tuvo entonces no sólo que defenderse de los ataques lanzados contra su obra filosófica, sino también reformular algunas de sus posturas. Estos asuntos personales no eran seguramente, sin embargo, los que más desvelaban a John Dewey, sino una cierta tendencia, cada vez más marcada, que veía en su
país hacia la afirmación de un “americanismo” a ultranza que no sólo no toleraba las disidencias, sino
que daba lugar a las formas más terribles de intolerancia, como el Ku Klux Klan o ese juicio amañado que terminó con la muerte de los italianos Sacco y Vanzetti33.
32 Véase a este respecto los estudios de Westbrook, 1991; Rockefeller, 1991 y Ryan, 1995, que hacen un estudio sistemático
de la obra de Dewey siguiendo un orden biográfico.
33Una lectura cuidadosa de “Psychology and Justice” (LW 3: 186-195), un texto escrito por Dewey en 1927, en el que hace
un análisis pormenorizado de las incidencias que condujeron a la ejecución de estos anarquistas italianos, es muestra de que hay ya en los Estados Unidos un clima de opinión enrarecido que molesta singularmente a nuestro filósofo.
Si bien nunca perdió la confianza en el valor del ideal democrático norteamericano (aunque muchos acontecimientos posteriores, especialmente hacia el final de su vida, lo hicieran dudar seriamente de los destinos de la democracia en Norteamérica), Dewey sabía y sentía ya por estos años veintes que algo había cambiado de forma muy radical en la vida norteamericana y que, para recuperar algunos de los aspectos más positivos de la vida en comunidad de los norteamericanos, no bastaba con añorar el pasado (por ejemplo, la época pionera), sino que era preciso repensar cómo era posible revivir las virtudes básicas de dicho pionerismo en un mundo que ya no era agrario, sino industrial. El pionerismo ya había pasado y era inútil pretender revivirlo, pues las condiciones que dieron lugar a su surgimiento y desarrollo simplemente habían desaparecido para siempre. En un texto de esta época, y después de hacer una interesante descripción de lo que era la vida de los pioneros, e incluso de relatar algunas experiencias personales de su infancia en donde tuvo ocasión de conocer a algunos de estos hombres dedicados a la exploración y la aventura, nos dice Dewey lo siguiente:
No me estoy refiriendo, al menos eso espero, a estas diferencias con el fin de asumir el fácil hábito de glorificar una época ya pasada cantando las alabanzas de antaño y lamentando la pérdida de esos días de gloria. Había muchas cosas que eran duras y crudas en esas viejas condiciones como para tomar una actitud indulgente y dar lugar a una idealización inmoderada; nosotros contamos con miles de ventajas que eran desconocidas para nuestros antepasados. Sin embargo, el tremendo cambio que ha ocurrido plantea una cuestión: ¿cómo deberíamos hoy nosotros, bajo nuestras condiciones, desarrollar la misma independencia e iniciativa mental con respecto a nuestros problemas que ellos se vieron forzados a desarrollar a la luz de los problemas de su época? (Construction and Criticism, LW 5: 130).
Dewey siente, pues, que hay algo que ha cambiado radicalmente en los Estados Unidos, y en el mundo en general, pero que, aún así, hay algo esencial que es preciso conservar en medio de todos esos cambios, aunque eso que se pretenda conservar tenga que ser también transformado a la luz de las exigencias de una nueva sociedad construida sobre bases científicas e industriales. ¿Qué es eso que se ha perdido y cómo rescatarlo? No es algo que podamos responder de una forma directa a estas alturas de nuestra reflexión, pero Dewey nos ofrece en los escritos de esta época algunas pistas importantes.
Sin duda, lo que más impresionaba a Dewey, como a cualquier hombre de su época, era el tremendo cambio que había introducido en la vida de los norteamericanos el desarrollo de las comunicaciones. Al ferrocarril, que ya en el siglo XIX había unido las dos costas de la Unión Americana, se vinieron a sumar el automóvil y el avión a comienzos del siglo XX; a la luz eléctrica y el telégrafo se les unió luego el teléfono; a la prensa se le unirían a continuación la radio y la televisión. Tales cosas eran, además, a la vez el efecto y la causa de múltiples cambios sociales: la fabricación en masa, la concentración en centros urbanos, las formas de gobierno democrático, etc. El desarrollo tecnológico y económico, sin embargo, pensaba Dewey, de una u otra forma, minaba la vida de la
comunidad y conducía a lo que, en una interesante expresión, Dewey llamaría “el eclipse del público”34. Dicho “eclipse del público”, por otra parte, sólo resulta comprensible a la luz de un problema más fundamental: el de la pérdida del individuo.
Para entender cómo están relacionados todos estos asuntos, tal vez lo mejor sea preguntarnos cómo percibía Dewey lo que era su propio país por estos años. Son muchos los escritos de esta época (especialmente sus dos grandes textos políticos, The Public and Its Problems, escrito entre 1926 y 1927, e Individualism Old and New, escrito entre 1929 y 1930) que nos pueden ayudar a comprender mejor la percepción que tenía Dewey de la cultura estadounidense35. Me detendré, por ahora, sin embargo, en un texto más corto y sintético, del año 1928, en que Dewey intenta dar una visión propia de lo que, según él, son los principales aciertos y las principales dificultades por las que atraviesa la
cultura norteamericana, y que tiene por título precisamente el de “A Critique of American Civilization”36.
Después de que diversos especialistas han hecho sus análisis particulares sobre el estado de la política, la economía, la educación, etc. norteamericanas, se ha solicitado a Dewey que haga una
especie de “síntesis” de las posibles ganancias y pérdidas de la cultura norteamericana. Dewey empieza
por reconocer no sólo las dificultades propias de dicha empresa, sino, sobre todo, la situación embarazosa en que se le pone, pues, por una parte, podría caer fácilmente en hacer una apologética indulgente del orden establecido (o incurrir, también, en el peligroso juego de hacer profecías) y, por la otra, aunque puede citar múltiples datos y testimonios a favor y en contra de la civilización norteamericana, ello no es suficiente para comprender su significado.
De lo que tiene una clara conciencia Dewey es de que la cultura norteamericana es algo en sí mismo paradójico. Por ello cree que lo mejor que puede hacer, antes que ofrecer una profecía o una solución fácil es intentar caracterizar la vida norteamericana a través de una imagen certera y vivaz: la de una casa interiormente dividida37. Dice Dewey: “lo que encontramos son contradicciones y
34 El término lo utiliza Dewey en el capítulo 4 de su obra The Public and Its Problems. Por ahora debo abandonar la idea de
una descripción más detallada de lo que es este “eclipse del público” según Dewey, pues me interesa, más bien, ver cómo
este es un presupuesto del tema central que quiero plantear en este apartado de mi trabajo, el de la pérdida del individuo. Habré de retomar el asunto algunos capítulos más adelante.
35 Un análisis sugerente del modo como Dewey empezó a desarrollar por esa época una concepción de la democracia de
carácter comunitario e intersubjetivo, y del modo como eso lo condujo a la revisión de sus ideas psicológicas y epistemológicas, puede verse en Honneth, 2001; Del Castillo, 2004 y Redondo, 2006.
36 El texto completo de este escrito de Dewey se encuentra en LW 3: 133-144.
37“If ever there was a house of civilization divided within itself and against itself, it is our own today”, dice Dewey en “A
paradojas de un extraordinario alcance y profundidad; […] tales contradicciones son evidencias de lo
que parece ser el rasgo más característico de nuestro estado actual: su tensión y conflicto internos. Si hubo alguna vez una casa (la casa de una civilización) dividida en sí misma y enfrentada consigo
misma, dicha casa es la nuestra en los tiempos actuales” (A Critique of American Civilization, LW 3: 134).
¿En qué consisten dicha tensión y conflicto internos? Dewey nos ofrece al respecto una caracterización general y una serie de ejemplos específicos. Lo que él percibe en las diversas manifestaciones de la vida norteamericana (sus actitudes políticas, sus manifestaciones religiosas, sus desarrollos educativos, etc.) es una serie de contradicciones manifiestas hasta el punto de que la sociedad norteamericana sólo se pueda entender como una sociedad que se encuentra en conflicto consigo misma. Dicha contradicción se manifiesta de forma peculiar en el hecho de que conviven en un mismo tiempo, y bajo la misma escena social, una vida pública tremendamente estrecha, burocrática y estandarizada y un gran dinamismo en la vida de los individuos y las asociaciones. Dice a este respecto: Me parece encontrar por donde quiera que mire una dureza, una drasticidad, una estrechez de miras, una reglamentación y estandarización de la vida y una devoción a la eficiencia y la prosperidad de carácter meramente mecánico y cuantitativo. Sin embargo, si miro exclusivamente las actividades de un gran número de individuos en diversas esferas (y con individuos me refiero también a los grupos de voluntarios), hay una escena de una vitalidad estimulante hasta el punto de la inspiración. Esta contradicción entre lo interno y lo externo, entre las fases privada y pública de nuestra civilización, me parece su rasgo más significativo (A Critique of American Civilization, LW 3: 134).
Estas profundas contradicciones se manifiestan de muchas formas. En política, junto a una tremenda indiferencia y apatía ante la política doméstica, se percibe un sentimiento de que, para satisfacer las necesidades más apremiantes del pueblo norteamericano, se requiere de mucho más que de las instituciones políticas tradicionales. En la vida social se está ante el hecho de que, así como las fuerzas de la intolerancia (por ejemplo, el Ku Klux Klan) están más activas que nunca, existe por primera vez la posibilidad de dar un giro histórico en la tradición estadounidense al poder elegir como presidente a un miembro de la Iglesia Católica. En el plano de las libertades públicas, nunca como en ese momento empiezan a verse flagrantes violaciones de la libertad de pensamiento y expresión; y, sin embargo, nunca tampoco se han hecho tan importantes la autocrítica y la defensa organizada de las libertades públicas. En cuestiones de política internacional, la nota predominante ha sido la agresión imperialista de los norteamericanos, lo que ha terminado por llevarlos a una situación de aislamiento
para New Republic N° 58 (que será luego el primer capítulo de Individualism Old and New), que tiene por título “The House Divided Against Itself” (LW 5: 45-49).
internacional; pero, al mismo tiempo, han llegado a hacerse cada vez más conscientes de la necesidad de adquirir una perspectiva más internacional para la comprensión de los problemas de la humanidad y a desarrollar un movimiento efectivo a favor de la paz mundial38.
¿Dónde están las causas de esta contradicción? Como siempre, Dewey se resiste a todo tipo de
explicación de carácter psicológico que se base en un supuesto “carácter” o “identidad” del pueblo norteamericano, pues tales “explicaciones” simplemente no explican nada, sino que nos remiten a
entidades abstractas e inexistentes, oscureciendo las raíces históricas de los problemas en que nos hallamos inmersos. Hay causas objetivas, históricas, de esta contradicción interna de la cultura norteamericana y de la pérdida de la individualidad que conlleva, y Dewey las pone de presente al vincular la pérdida de la individualidad con la incapacidad para asumir el desarrollo industrial por parte de una cultura que termina en conflicto consigo misma a causa de sus estrechas metas pecuniarias.