Semi-structured questions
Chapter 5 Findings from small ESCOs in China
5.1 Case study of Beijing Visible Energy Saving Technology Corporation
5.1.5 How has Visible Corp developed its technological capability?
encabeza a los demás?". Jesús contestó: "El primer mandamiento es: Escucho, Israel: El Señor nuestro Dios, es un único Señor. Al Señor tu
Dios amarás con todo tu corazón, con todo tu almo, con toda tu inteligencia y con todos tus fuerzas. Y después viene éste: *Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que éstos" (Marcos 12, 28 – 31)
Jesús insiste en que el amor al prójimo es fundamental e indispensable, pero es igualmente claro en que sus discípulos tienen que amar a Dios por sí mismo. No podemos simplemente pensar que "hacer el bien- basta para declararnos seguidores de Cristo. Un ateo
fi lántropo puede hacer otro tanto. Debemos ser personas de oración, y en cuanto ministros de la eucaristía, la oración es un aspecto fundamental en nuestro ministerio.
La vida de oración, para todo católico, puede dividirse en tres tipos: oración litúrgica y paralitúrgica, ora ción privada y oración de grupo informal. Para un ministro de la eucaristía, es particularmente apropiado participar en la eucaristía con tanta frecuencia como sea posible. Si el horario de ocupaciones lo permite, la asistencia diaria a misa es una excelente costumbre para cultivar. Una vez que empiece a ir diariamente a misa, después de tres o cuatro semanas, el día le parecerá incompleto si por alguna razón no le fue posible parti cipar de la eucaristía.
En su primera encíclica, Redemptor hominis ( 1979), Juan Pablo II escribío:
La Iglesia no cesa jamás de revivir su muerte en cruz y su resurrección, que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En efecto, por mandato del mismo Cristo, su maestro, la
Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía, encontran do en ella la "fuente de la vida y de la santidad" (cf letanías del
Sagrado Corazón), el signo eficaz de la gracia y de la reconciliación con Dios, lo prenda de lo vida eterna (7, 4).
Estas palabras sintetizan bien el porqué de la cos tumbre de asistir diariamente a misa. Toda nuestra vida, como cristianos y como
ministros de la eucaristía, es una participación en la cruz y en la resurrección de Jesús. En virtud de nuestro bautismo participamos de este misterio, que es el corazón de la vida cristiana. Asistir a misa y recibir frecuentemente la comunión es alimen tarnos con el sacramento de nuestra unidad a la cruz y a la resurrección de Cristo. La misa nos alimenta con la palabra de Dios en las escrituras y con toda la persona de Cristo resucitado en la santa comunión. Simplemen te, no existe una oración más beneficiosa para un católico en general y para el ministro de la eucaristía en particular, cuyo ministerio está centrado en la eucaristía.
Muy relacionadas con la eucaristía están las devo ciones eucarísticas. Como ministros de la eucaristía, podemos encontrar en estas devociones un especial valor para alimentar nuestra espiritualidad eucarística. Las devociones tradicionales a la eucaristía incluyen las simples "visitas al Santísimo Sacramento' en la iglesia parroquial, como también las bendiciones, exposiciones y adoración al Santísimo Sacramento. Después del Concilio Vaticano 11, desde los años sesenta, las devociones eucarísticas cayeron en desuso. La preocupación justificada por poner a la misa en el centro de la vida de la Iglesia llevó a olvidarlas. Recién al inicio de los años noventa, los católicos comenzaron a redescubrir el valor de estas "viejas costumbres" de las prácticas devocionales.
Cuando las palabras y las acciones de Cristo son repetidas por un sacerdote, el pan y el vino de la eucaristía, de manera misteriosa pero real, se convierten en toda la persona, en el "cuerpo y sangre, alma y divinidad" de Cristo resucitado. Era completamente lógico que esto llevara, ya en la Iglesia primitiva, a adorar las especies eucarísticas, dentro o fuera de la celebración.
El padre Benedict Groeschel, CFR y James Monti, en el libro In the
Presente of Our Lord:The History, Theology, ond Psychology of Eucharistic Devotion (Our SundayVisitor Books, 1997), presentan una vision
histórica. Ellos explican que, ya en el segundo siglo, el pan consagrado —la persona total del Cristo resucitado— se conservaba después de la misa para poder llevarlo a los enfermos y a los presos. Muy pronto se pasó a guardar el pan consagrado en un lugar cerrado con llave en la sacristía de la iglesia y, en la primera mitad del quinto siglo, se tras ladó el sacramento al tabernáculo en el altar, al menos en algunas iglesias. En el siglo décimo, ésta llegó a ser una práctica común.
La adoración al Santísimo Sacramento es una práctica devocional que debe ser recomendada a los minis tros de la eucaristía. El tiempo
que se pasa en oración en la presencia del Santísimo Sacramento alimenta la espiritualidad eucarística y ayuda a cultivar una devo ción más profunda y un mayor respeto por la misa y la sagrada comunión. El ministro de ¡a eucaristía, que regularmente "visita" al Santísimo Sacramento o pasa un tiempo en oración ante el Sacramento expuesto —en una capilla para la adoración, por ejemplo—, llevará más vivo el espíritu de amor a la eucaristía a aquellas personas que recibirán la comunión de sus manos.
Un a p al ab ra acl arat ori a sob re l as d e v oci on e s eucarísticas. El valor de las devociones proviene del hecho de que son inseparables de la misa misma. Las d e v o c i o n e s e u c a r í s t i c a s d e b e r í a n p ro v e n i r d e la misa y deberían llevarnos de nuevo a la misa. Cuando a d o r a m o s a C r i s t o re s u c i t a d o p re s e n t e e n e l t a bernáculo o en la hostia expuesta en el ostensorio sobre el altar de la iglesia o capilla, lo hacemos en unión con las celebraciones eucarísticas que, en ese preciso momento, se dan en innumerables lugares del mundo
Adoramos, pues, a Cristo eucarístico, que está pre sente en muchos otros lugares —en nuestras familia lugares de trabajo y en toda la grandeza de la creación. U n o d e l o s fi n e s d e l a a d o r a c i ó n e u c a r í s t i c a e sensibilizarnos para reconocer a Cristo en la gente. IL gares y situaciones que encontramos en nuestra vida cotidiana. Las devociones eucarísticas nos recuerdan que la misa es "la cumbre y la fuente" de nuestra vida comí pueblo de fe. Ayudan a alimentar en nosotros el espíritu eucarístico, de modo tal que podamos ser personas eucarísticas en todas las dimensiones de nuestra vida.
Las devociones eucarísticas tienen su lugar. Estas devociones pueden y deben tener un carácter clara mente bíblica. Aquellas personas que se sirven de ellas para promocionar causas católicas,
políticas o ideológicas, no las comprenden ni comprenden a la misma eu - caristía.
Las devociones eucarísticas necesitan mantener su conexión con la eucaristía en sí misma, con su esencia y fi nalidad, como una forma de adoración comunitaria. Estas devociones también deben ser eco de la espiritualidad contemplativa que ciertamente alimentan. Uno de los aspectos principales de la devoción eucarística es el de alimentar un profundo sentido de cuán cerca está Cristo de su pueblo y de la vida cotidiana del mismo. Verdaderamente, si alguien desea hacerlo, sería fácil juntar una serie de oraciones devocionales y medita ciones bíblicas que se relacionaran con aspectos importantes de la vida de nuestro tiempo: el
hambre en el mundo, la pobreza, la guerra y la paz, el respeto por la vida, la justicia económica, el ecumenismo, la renova ción de la Iglesia.
Hay que notar, además, que el amor a la eucaristía, a Cristo resucitado misteriosamente presente en el pan y el vino consagrados, es el mismo amor sobre el cual el evangelio de Juan ofrece una larga meditación. En este punto, la escritura y el sacramento se juntan para iluminarse mutuamente de tal manera que pueden enrique cer nuestra comprensión de qué es ser ministros de la eucaristía.
En los capítulos 13 y 15 del evangelio de Juan, dice Jesús:
"Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros...
Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos" (13, 34-35; 15, 12-13).
Claramente, amar es más que sentimientos. El cuarto evangelio de Jesús manda a sus discípulos amarse los unos a los otros —lo que significa querer y empeñarse por el bien del otro—, pero también insiste en que nuestro amor por los demás sea un espejo de su amor por nosotros. Jesús explica que nos ama dando su vida por nosotros. Este es el verdadero amor sobre el cual de bemos basar nuestras vidas y nuestro ministerio eucarístico.
En capítulos anteriores del evangelio de Juan, pode mos aprender más acerca del amor de Jesús a nosotros como modelo de nuestro amor al prójimo. El capítulo 6 incluye el discurso de Jesús sobre el pan de vida:
Los judíos discutían entre ellos. Unos decían "¿Cómo este hombre va a darnos de comer carne?".Jesús les contestó: "En verdad
les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben SU sangre, no viven de verdad. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es comida verdadera, y m, sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi, y yo en él. Como el Padre, que vive, me envió, y yo vivo por él, así quien me come a mí tendrá de mí lo vida" (6, 52-57).
Jesús muestra su amor por sus discípulos, y por no sotros, no sólo con palabras, sino dándose a sí mismo a nosotros. Este es el modelo que tenemos para practicar: darnos a los demás en el servicio, no solamente en nuestro ministerio eucarístico, sino en toda la dimen sión de nuestra vida cotidiana. Dándose a sí mismo a nosotros, el Cristo resucitado nos dona la vida eterna, y cuando nosotros nos damos a los demás, sea en nuestro ministerio eucarístico, sea en cualquiera de las otras maneras en las que servimos al prójimo, nosotros condividimos con ellos el don del amor de Dios, que es también don de vida eterna.
Vienen muy a propósito algunas palabras de La imitación de Cristo, de Tomás de Kempis,(San Pablo, 1997), a menudo citado como el libro más leído después de la Biblia:
Señor, con sencillez de corazón, con fe firme y sincera y en adhesión a tu mandato, me acerco o ti con sentimientos de esperanza y devoción y creo verdaderamente que tú estás presente aquí, en el sacramento, como Dios y como hombre.
Tú quieres que yo te reciba y que me una a ti por el amor. Por lo tanto suplico a tu clemencia e imploro el don de esta gracia especial, de ser cambiado y transformado en ti y rebosar de amor en forma tal de no buscar ningún consuelo exterior. Este sacramento, tan sublime y precioso, es salud M alma y del cuerpo y
remedio contra toda enfermedad del espíritu. Por medio de él se
curan mis vicios, se refrenan mis pasiones, las tentaciones se vencen o disminuyen, la gracia es aumentada, es fortalecido la virtud que se había empezado o practicar, la esperanza se vigoriza y lo caridad se aviva y se dilata (Libro IV, 4.2).
Estas palabras de un clásico de la espiritualidad nos recuerdan que el corazón de un ministro de la eucaris tía es su amor por Cristo en la eucaristía. Fuera de este amor por Cristo, aun el término eucaristía ("dar gracias”) tiene poco sentido. Al fi nal es el mismo Cristo a quien agradecemos, y en modo particular le agradece mos el haberse dado a sí mismo a nosotros como don "bajo las apariencias de pan y vino".
Para terminar, con el riesgo de decir algo obvio, es importante para un ministro de la eucaristía aferrar con las dos manos la verdad de que nadie puede amar a los demás si no se ama a sí mismo. Esto no significa alimentar el narcisismo o mimar el propio ego. Lo importaste
es apreciarse y amarse a sí mismo como don de Dios, enviado a este mundo para estar con los demás y para los demás, portador de dones de Dios que sólo usted puede dar. En su pequeño libro, Let Yourself Be
Loved (Paulist Press, 1997), el psicoterapeuta y pastoralista Phillip
Bennet recuerda un dicho hasídico: "Una multi tud de ángeles va adelante de cada ser humano gritando: `¡Abran paso! ¡Abran paso a la imagen de Dios!´”
Nosotros debemos amarnos a nosotros mismos porque Dios nos ama. Tenemos que amarnos correcta mente para ejercer nuestro ministerio eucarístico de manera tal que éste beneficie a los demás como ellos lo necesitan. ¿Cómo tenemos que amarnos a nosotros mis - mos, en la práctica? No es nada difícil, especialmente en nuestro tiempo tan agotador. Podemos amarnos siendo buenos con nosotros mismos, siguiendo una dieta saludable, haciendo regularmente un poco de ejercicio y tomándonos el tiempo necesario para la oración y para seguir aprendiendo cosas nuevas. Podemos tomarnos un tiempo para leer un libro, para hacer un retiro. Tomarnos un día libre y darnos un buen baño de inmersión. Cuando nos amemos a nosotros mismos, nuestro ministerio eucarístico va a desarrollarse y va a benefi ciar a aquellas personas a las que estamos llamados a servir.
Ahora, Padre, dame junto a ti la misma gloria que tenia a tu lado antes que comenzara el
Juan 17,5