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Human Resources Information System (HRIS)

2.10. Program Area 10: Health Systems Strengthening (HSS)

2.10.2. Human Resources Information System (HRIS)

Conforme saltaban a la opinión, con gran profusión propagandística, los grandes procesos estalinianos, desde los hitos que supuso Tito y el titismo en 1948 hasta el proceso Slansky (1952) pasando por el de Rajk y Kostov (1949), la dirección del PCE se observaba, como si estuviera dubitativa ante la duda de quién iba a ser su Tito, su Rajk, su Kostov y su Slansky. Esta peculiar situación obligaba a los protagonistas o a los susceptibles de algún desliz, a hacer esfuerzos sobrehumanos en su celo para que, quien entendía de eso, los descartara.

Santiago Carrillo, cuyo artículo Desenmascaremos a los falsos resistentes, marcó un jalón en los procesos de depuración internos, se vio forzado a ir aún más lejos y repetir con furor renovado la denuncia contra su padre y sus antiguos compañeros, vulgares agentes del imperialismo anglo- francés.102 Así evitaba que aquellos a quienes los dedos se les hacían huéspedes no le buscaran las cosquillas como hijo de un traidor. Ya hemos dicho que en la época estaliniana los pecados políticos eran hereditarios y consanguíneos; especie de “pecado original” que sólo se redimía con el bautismo de la denuncia pública. Como dirá Santiago años más tarde, cuando Manuel Jimeno le pida explicaciones en su condición de víctima: “bastante tenía yo entonces para que no sospecharan de mí...”

Cubrían sus espaldas y protegían su tejado capitaneando la santa cruzada contra las provocaciones en el partido, aportando su capacidad para la extorsión y la amalgama. Tras la declaración de la Kominform contra Tito, la dirección del PCE celebrará el 17 de julio de 1948 una reunión de cuadros del partido residentes en Francia, ante los que expuso Vicente Uribe la posición oficial del movimiento comunista.

Las aplicaciones al caso español de la expulsión de Tito y sus “espías fascistas” la hizo Santiago Carrillo en una larguísima intervención publicada luego por Nuestra Bandera con el título de A la luz del comunicado de Bucarest. Las tendencias liquidacionistas en nuestro partido, durante el período de la Unión Nacional en Francia. En aquellos años Carrillo tenía cierta querencia hacia los títulos largos, a la moda maoísta, antiperiodísticos, pero “claros” y “exactos”, como diría Stalin.

Aprovechando por los pelos el comunicado de la Kominform emitido en Bucarest, Santiago construye el mayor panegírico que podría hacerse a los dirigentes históricos del partido, Dolores Ibárruri y Vicente Uribe, y el más brutal y desvergonzado ataque a quienes, en muy difíciles condiciones, lucharon en el interior de España tras la catástrofe de la guerra civil. Al declarar que hombres como Jesús Monzón y Gabriel León Trilla trabajaban como provocadores a sueldo del imperialismo, no sólo reinventaba la historia sino que exoneraba de sus responsabilidades a quienes, amparados en la distancia, no habían desempeñado ningún papel en el siniestro período que terminó en 1945. Ni Dolores, ni Uribe, habían podido ejercer su papel dirigente a causa de los traidores infiltrados que se hicieron con el partido en el interior. Sobre esta tesis, Carrillo va a reescribir la historia a mayor gloria y justificación de sus superiores. Todos sospechaban de todos, pero unos tenían el derecho y el deber de hacerlo y los demás el de asumirlo.

Para Santiago, Jesús Monzón, el militante que deja el exilio francés cuando las vacas empezaban a engordar para lanzarse a la aventura del interior, llevando sobre sus espaldas la fantasmagórica “Junta Suprema”, el reo que está en el Penal del Dueso cumpliendo su larga condena, ese hombre es para Santiago un corrupto, ambicioso, maniobrero, resentido, aventurero y fanfarrón. Al asesinado Trilla le saca de la tumba donde él mismo le metió para alancearle de nuevo, llamando a su vuelta al partido y su pase a la clandestinidad en España, el jesuítico arrepentimiento de un viejo provocador. Frente a la contumaz perversión y malicia de Monzón, el PCE sabía, escribe Santiago, que Dolores era

la esperanza del pueblo español a la que había que cuidar como las niñas de nuestros ojos y adelantándose en la metáfora a aquel primer ministro de Franco (Arias Navarro) que afirmó que cuando tenía dudas o flaqueaba miraba siempre la luz encendida del Caudillo en El Pardo, Carrillo asegura que si el camino está oscuro y no es fácil orientarse, hay una estrella potar que no falla: la Unión Soviética, el partido bolchevique, el camarada Stalin.

El sorteo del titista en el PC español había recaído en Jesús Monzón Reparaz, hasta que un año más tarde surja Comorera, secretario general del PSUC, y entonces Monzón e incluso Quiñones, el dirigente fusilado por Franco, pasarán a segundo plano, ante la emergencia de un traidor con cara y ojos, que ni está muerto ni todavía encarcelado. Pero en esta primera entrega de finales de 1948, todas las varas son para Monzón, paradigma de los males del titismo en el PC español. El ataque a Monzón y la publicación de la resolución de la Kominform contra Tito irán acompañadas en la revista Nuestra Bandera, de un comentario editorial que señala la magnitud de la ofensa que ha inferido el líder yugoslavo a los comunistas españoles: (Tito) se ha tomado la libertad de insultar y agraviar a la grande y gloriosa Unión Soviética, a la madre de todos nosotros. Y ya se sabe lo que pasa cuando a un español le mientan a la madre, aunque sea como en este caso putativa.

Si alguien había pasado por Yugoslavia o vivido en ella debía ser fulminante en sus denuncias, relatando lo que había sufrido en su condición de comunista en aquel nido de espías imperialistas. A Antonio Cordón, el militar minucioso que mereció la confianza de Juan Negrín, el oficial de carrera que había roto con tantas cosas para pasarse al Partido Comunista, el hombre culto y sensible, discreto y nada panchovillesco, se va a ver obligado a firmar una serie de artículos, posteriormente aparecidos en libro, que daban una imagen tan extorsionada y falaz de la Yugoslavia de Tito que él había conocido, que avergonzarían hasta a hombres incapaces del sonrojo. Su título lo expresaba: La actuación criminal de la banda de Tito durante la guerra en Yugoslavia. Cordón hacía la más vil de las jugadas, la de insultar a quienes le habían atendido espléndidamente durante año y medio y le habían nombrado, a título honorífico, general de sus ejércitos. A Cordón, por su personalidad, por su pasado, por su experiencia, se le escogió para lo que Claudín describió en 1983: nos tocó desempeñar un papel vergonzoso a los dirigentes del PCE. El prestigio que el PCE había conquistado en el movimiento comunista internacional por su combate de los años J936-1939 sirvió para acreditar las infames acusaciones lanzadas contra los hombres que arriesgaron su vida en tierras de España. Los yugoslavos de las Brigadas Internacionales se convirtieron, a partir del verano de 1948, en la auténtica causa de la derrota de 1939.

Líster, que tenía el doble motivo de ocultar su pasado de complotador en el Lux, contra Antón y Dolores y además el de ser general honorario del Ejército yugoslavo, se aprestó también a denunciar a cuantos le rodeaban. Modesto, que había cantado las excelencias de los guerrilleros yugoslavos y el talento militar de Tito, se convirtió en su denunciador implacable. Manuel Azcárate que había trabajado activamente bajo las órdenes de Monzón se hizo su acusador más rastrero; señalando su gusto por la comida de calidad y sus éxitos femeninos y hasta traspasándole contactos que Monzón no tuvo nunca y él sí, y que habrían de servir en el trucado montaje contra su antiguo y respetado jefe. La señal para elevar el tono y hacerlo insulto estúpido lo dio esta vez el secretario general del PC rumano, Gheorghiu Dej, en su informe de 1949 ante la Kominform: El Partido Comunista Yugoslavo, en poder de asesinos y espías. Dej fue el avispado teórico del cambio en la terminología antiyugoslava: Si en su conferencia de junio de 1948, la Kominform comprobó el paso de la pandilla de Tito-Rankovitch desde la democracia y el socialismo al nacionalismo burgués, el periodo transcurrido desde esta conferencia ha visto cómo se cumplía el paso de esta pandilla del nacionalismo burgués al fascismo.

Este deslizamiento “analítico”, por llamarlo de alguna manera, facilitará la labor de la dirección del PCE al describir a los titistas hispanos. La influencia real de Tito en el PCE y sus aledaños fue reducida. Como es lógico, el PC yugoslavo contactó y trató de agrupar algunos residuos que el PCE

había ido dejando por el camino, ya fuera por expulsiones o por divergencias no muy explícitas. Ése fue el caso de José del Barrio, Félix Montiel y Antonio Beltrán “El Esquinazao”, e incluso la recuperación episódica de Jesús Hernández.

José del Barrio había formado parte de la dirección del PSU de Cataluña y su separación de los comunistas oficiales coincide con el comienzo de la guerra mundial o, más exactamente, es consecuencia del pacto germano-soviético del 39 y de las depuraciones que ejecuta Comorera en 1941-1942. Félix Montiel, había sido diputado del PC por Murcia y miembro del CC, eclipsado en la posguerra aunque tuviera una aparición efímera en el Pleno de 1947, con una intervención sobre la intelectualidad española, de escaso valor y en la que se notaba la inexistencia de vínculos profundos entre el PC y los intelectuales exiliados más notables, reflejo del desinterés de la dirección del partido hacia ese mundo. Pero quizá porque Félix Montiel se encontraba en París y además reunía la condición de antiguo catedrático de Derecho Administrativo, es decir, un universitario, bastó para que Antón, que entonces dirigía la distribución de las responsabilidades, le pidiera que discurseara en el Pleno sobre la cultura, los intelectuales y el franquismo. José del Barrio y Félix Montiel que habían, por tanto, protagonizado sus salidas del comunismo hispano sin especial ruido, constituyeron un grupo de orientación pro yugoslava denominado MAS (Movimiento de Acción Socialista), de escasa incidencia aunque atrajo a sus filas a otros ex miembros del Comité Central como Adriano Romero (ex diputado por Pontevedra) y Martínez Cartón (miembro del Buró Político durante la guerra y ex diputado por Badajoz).

El caso del “titista” Beltrán está aparte de la historia del MAS y es tan intransferible como fue toda la vida de este hombre más conocido como “El Esquinazao”. Había nacido en Jaca y ya se enroló voluntariamente en la primera guerra mundial dentro del ejército norteamericano. Casi se puede decir, que exceptuando la revolución mexicana, no hubo acontecimiento de cierta entidad en el siglo XX en el que Antonio Beltrán no participara. Se incorpora a la sublevación que en 1930 capitanean en su pueblo Galán y García Hernández y que precedió a la República. Luego, convertido en militante comunista, alcanza durante la guerra civil el grado de teniente coronel y manda la 43 División por tierras de Huesca en 1938. Marcha a la URSS y cursa estudios en la Academia Frunze para ampliar sus conocimientos militares. Participa, con el ejército soviético en la gran guerra y se dirige luego a Francia, vía Yugoslavia e Italia, para incorporarse al aparato clandestino del partido encargado de los pasos fronterizos bajo la dirección de Fernando Claudín. En 1949 Claudín hará un informe al CC sobre el caso Beltrán, en el que asegura haber llevado el tema personalmente. Beltrán alimentaba confusiones y discrepancias respecto a la política del partido y de la URSS, pero después ocurrió un hecho que nos obligó, escribe Claudín, a considerar el problema desde otro ángulo... Beltrán había establecido relaciones con Carlos Montilla, un político republicano, viejo amigo suyo, que se había “escapado” (entrecomillado en el original) de España en condiciones muy sospechosas y que inmediatamente de llegar a Francia se había unido a Prieto [Indalecio]...

A partir de esta relación con el “viejo amigo” se explicará la intrínseca maldad de Beltrán y su seducción ante los poderes imperialistas. Lo que el partido no quería admitir era el hecho, sin precedentes, de que Beltrán tuviera el valor de atacar a la URSS en una reunión de cuadros celebrada en octubre de 1948 para condenar a Tito y el titismo, dato que obviamente siempre se ocultó pero que en el citado informe de 1949, Claudín describe así: realizó [Beltrán] un ataque a fondo contra la política exterior de la URSS, diciendo que era tan imperialista como la de Estados Unidos; hizo críticas a la situación interior de la URSS... atacó la política elaborada en la reunión de los partidos comunistas en Varsovia... Como conclusión declaró que rompía con el partido y que se negaba a toda nueva discusión. No es difícil imaginar el estupor ante tamaña osadía. Beltrán fue acusado de todo en base a que sólo alguien con el riñón bien cubierto se hubiera atrevido a decir tales cosas en una reunión de cuadros del partido. Unos meses después dos militantes reciben la misión de ejecutarle,

intento que realizan en Bayona (Francia) con resultado negativo, pues Beltrán, armado, los reconoce y se lo impide. También por uno de esos azares de la historia, uno de sus presuntos ejecutores, Losa, abandonará el PC años más tarde y se encontrará con Beltrán en México. En el citado informe, Claudín se abstiene de entrar en detalles sobre estos hechos porque todo esto coincidió con mi venida a la URSS, pero desde su posición de responsable del PC en la Unión Soviética cree que el mejor procedimiento para hacerle callar, dado que han fallado los anteriores, es chantajeándole con su mujer. Beltrán, según informa Femando, se casó en la URSS con Elena Legaz, que está arreglando la documentación para marchar a Francia... Mi opinión es que a esta mujer no se debería conceder la autorización de salida de la URSS, teniendo en cuenta la actitud de su marido. Elena Legaz no saldrá de la URSS, pero Beltrán conseguirá escapar de Francia y dirigirse a México, tras pasar por una experiencia, que revelaba su inocencia en relación con servicios de información y demás conexiones. En septiembre de 1950, al ser ¡legalizado el PCE en Francia, entre los dirigentes españoles detenidos y enviados a Córcega estará “El Esquinazao”, que pasará varias semanas intentando explicar a las autoridades francesas no sólo su condición de ex militante, sino el riesgo físico que corre. El Gobierno francés no estaba al tanto de las querellas españolas. De Córcega volverá a Francia. Morirá de ancianidad en México.

El titismo hispánico se reduce a esto y a la coyuntural ayuda económica que prestaron los yugoslavos a Jesús Hernández y a su privadísimo “Partido Comunista Español independiente”. No se debe creer no obstante que la influencia de Tito en las filas del exilio español fuera tan limitada; otros pro yugoslavos surgieron entonces y otros se declararán después, pero no tenían la condición sirte qua non para ser “titistas”, la de proceder de las del Partido Comunista Español. No se podía ser titista sin ser un renegado, doble condición inseparable. El fenómeno estaba vinculado directamente a la insistencia sobre otro personaje histórico: Danton. Danton-Tito, Tito-Danton, ambas figuras se identificarán para el movimiento comunista internacional y le darán un precedente histórico cuya revisión no dejaba de ser interesante.

Danton, el hombre de las soluciones para los momentos difíciles de la Revolución francesa, el líder amado e imitado por las multitudes, la contraposición al fanatismo robespierano, se había demostrado que al tiempo que un líder revolucionario era un hombre corrupto, un político que había recibido dinero de la Corte y de Felipe Igualdad.

Si aquel a quien Lenin había reconocido su genio revolucionario había sido al mismo tiempo traidor a la revolución, qué no serían los Tito, Slanski, Rajk y compañía. Formarían la larga lista iniciada con la propia Revolución Francesa: los Danton, Mirabeau, Dumouriez, personajes cuyas conductas debían ser revisadas en función de informaciones confidenciales, de secretos de Estado y de alcoba, pero que daban un nuevo ángulo, definitivo para el estalinismo, sobre sus actividades. En el fondo y en la forma era una estafa histórica, pues si Lenin, máxima autoridad, reconocía en Danton su genio revolucionario eso reflejaba que los subsidios de la Corte no anularon dicho genio, podrían dañar su figura pero no la trastocaban. El cinismo estaliniano se escondía tras una mentira, una gran mentira que ocultaba un sinnúmero de pequeñas; en la liquidación de Danton, como ocurriría luego en los procesos estalinianos, no se trataba tanto de demostrar sólo que Danton había recibido dinero del enemigo, sino de que si se demostraba una cosa cierta (que había recibido dinero) ya no se necesitaban pruebas para acusarle de conspirar contra la revolución. El maquiavelismo de Robespierre y Saint- Just, posteriormente imitado hasta la saciedad durante la guerra fría, estaba basado en un esquema causal muy simple: una vez que el acusado reconocía un error, un desliz o una concesión al adversario, el resto no podía ser más que la consecuencia lógica de que no rompió sus amarras con ese adversario del que se había beneficiado. El proceso y condena de Danton, y sus amigos fue un juicio político amañado por los jacobinos para desembarazarse de sus enemigos de la derecha, igual que unos meses antes lo habían hecho con la izquierda de Hebert. En el contexto de la primavera de 1794 la tarea

política de Saint-Just será hacer un montaje policial, gracias a los servicios del confidente Alexandre La Flotte, antiguo ministro de la República en Florencia, para barrer a los adversarios tipificándolos de conspiradores.

El resultado es que Robespierre, como posteriormente Stalin golpeando a su “derecha” y a su “izquierda”, edifica su imagen, identificándola con la revolución, superponiendo su persona a algo que encarnaba una época y en detrimento de todos los que la estaban construyendo. El historiador George Lefebvre escribe a propósito del guillotinamiento de Danton y Desmoulins por los jacobinos: Esta crisis marca un momento crucial de la Revolución. Por primera vez desde 1789, el gobierno se había adelantado a la acción popular y suprimido a sus jefes... la autoridad quedaba restablecida. Esa autoridad indiscutible que estaba cuestionándose, aunque sólo fuera por la contradicción de intereses y necesidades, es la que Stalin iba a restablecer. Los Danton, explicará, son accidentes de la historia, gusanos que carcomen el gran edificio, como Tito, Rajk, Slanski... Robespierre y Saint-Just son figuras atractivas para la historiografía estaliniana, basada en gran parte sobre los residuos de las teorías de M. N. Pokrovski, el historiador bolchevique que durante los primeros años del estalinismo adquirió rango oficial, pero cuyos discípulos posteriormente caerían en desgracia por “desviacionistas”. A Pokrovski se debe la mejor definición de la concepción estaliniana de la historia: La historia es la proyección de la política hacia el pasado103. Danton, gracias a esta particular concepción, adquirió un valor ejemplificador. Se convirtió en un símbolo del modo de adecentar el pasado tergiversándolo.

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