1.2 Separation bubbles
1.2.2 Hydrodynamic instability and separation bubbles
Otro punto interesante es el reflejo literario en el cambio del papel de la mujer en la sociedad. En El misterio y El laberinto se describe a la mujer como una mera pieza de caza para los hombres. Un detalle que debemos destacar es que, en El misterio, cuando el detective anónimo ve a la enfermera, se deja llevar por pensamientos eróticos:
En circunstancias normales me habría abalanzado sobre la enfermera y habría intentado sobar con una mano las peras abultadas y jugosas que se rebelaban contra el níveo almidón de su uniforme y arrebatar con la otra la Pepsi-Cola, beber a gollete y, tal vez, prorrumpir en regüeldos de saciedad. (El misterio, p. 23)
En El laberinto podemos ver un personaje de mujer débil y pasiva, especialmente reflejado en la conversación con Emilia Corrales (en la que utiliza el seudó nimo de Suzanna Trash). Ella tiene miedo de su situación y quiere protegerse. No quiere luchar, sino escapar:
No sé quién eres, ni de dónde sales, ni qué andas buscando. De lo que me has contado no he entendido casi nada, aunque no soy tan ingenua que no haya visto que te has guardado en la manga la mitad de lo que sabes. Es posible que estés en apuros, como dices, pero ni puedo ni tengo la menor intención de entramparme para ayudarte. Déjame seguir, que aún no he terminado. Considérame egoísta, si quieres. Soy una aspirante a actriz y no porque la suerte no haya venido a llamar a mi puerta hasta el día de hoy he perdido las esperanzas en el futuro: soy disciplinada y voluntariosa, no tengo un pelo de tonta y cuando me arreglo un poco no estoy de mal ver. Es
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cierto que cometí un error al aceptar la propuesta de Toribio y todo parece indicar que me he metido en un berenjenal a cambio de nada. Estoy necesitada de dinero y me dejé vencer por la promesa de un golpe fácil. Pero sea como sea, me niego a aceptar que la situación no tenga remedio. (El laberinto, pp. 90-91)
Con el paso de tiempo, el papel de la mujer ha cambiado y se ha vuelto más activo socialmente. En La aventura se observa claramente la asunción de una voz por parte de las féminas, contrarias por propia voluntad, a los deseos caprichosos de los hombres. Tiffany D. Gagliardi (2005: 238-239) indica este aspecto como una transformación en femme fatale: “En
La aventura del tocador de señoras Mendoza recupera el personaje de la femme fatale
chandleriana y lo parodia a través de una reelaboración posmoderna. Mediante esta parodia Mendoza logra desmontar y ‘desconstruir’ las expectativas que tenemos del personaje. Dentro de un sistema sin parámetros morales bien definidos, las mujeres mendocianas, aunque se presentan dentro del estereotipo clásico de la mujer mala, con su belleza fatal, sus piernas delgadas, su autorretrato de víctimas y a veces su apropiación de la autoridad masculina, evitan ser consideradas viles. Como una obra posmoderna, la novela adop ta una estética literaria, en este caso la estética hard-boiled dentro de un mundo que ya no es moderno”.
Ivet Pardalot, hija del difunto, critica a Reinona cuando esta la define como una mujer que utiliza sus encantos físicos:
Reinona es y fue siempre una mujer fría, calculadora, acostumbrada a utilizar sus encantos, si alguno tiene, para doblegar la voluntad de los hombres sin dar nada a cambio. En la retorcida mentalidad de su generación esto era posible porque los hombres tenían en tan bajo concepto a las mujeres, que siempre les pagaban para llevárselas al huerto, y ellas se tenían a sí mismas en tan poco, que cobraban encantadas y luego se lo daban a un chulo. La vida era un baile de chachas y turutas. Hoy, por fortuna, las cosas han cambiado. Yo misma, las pocas veces que he tratado de servirme de mi atractivo físico he acabado haciendo virguerías y no me han dado ni las gracias. (La
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Que Ivet Pardalot utilice sus “armas de mujer” para conseguir su meta, implica, aun cuando sea negativamente, el ejercicio de su propia individualidad, su dominio intelectual sobre los hombres y el deseo claro de ejecutar su venganza:
Ellos habían destruido la vida de mi padre e indirectamente también la mía. Yo destruiría la suya. Pero para eso tenía que hacerle salir de su escondrijo. Me lié con Miscosillas. Con él fue más fácil aunque con Arderiu. Ni siquiera hacía falta escucharle. En su infinita petulancia creía que yo lo amaba y lo admiraba y no paraba de hablar. ¡Infeliz! ¿Qué sentimientos puede inspirar un badulaque achacoso, que viste ropa de Armani, lleva un Rolex y es tan retrógrado que aún le hace gracia Mafalda? Se preguntarán ustedes cómo he podido tener tanto éxito con los hombres sin valer gran cosa. No tiene mérito. Los hombres son muy exigentes a la hora de emitir juicios estéticos sobre las mujeres, pero a la de la verdad, se conforman con cualquier cosa. Cuando descubrí esto, mi vida se volvió mucho más interesante. No me importa admitir que he utilizado a los hombres. Forma parte de mi profesión. Un empresario lo utiliza todo: hombres, mujeres, minerales, créditos bancarios, todo lo transforma, todo lo aprovecha, a todo le saca un rendimiento. (347-348)
Por otra parte, podemos observar el cambio de la situación de Cándida, hermana de l detective protagonista. En El misterio y El laberinto se le criticaba duramente debido a que ejercía la prostitución. Según su propio hermano, Cándida era muy fea y estaba discriminada debido a su condición de meretriz. Tras cinco años, los hermanos se reencuentran, Cándida sigue dedicándose al mismo oficio y esta es parte de su conversación:
Me trae sin cuidado lo que te pase a ti, pero no quiero salpicaduras. Y no me digas que esta vez no va a ser así, porque desde que naciste no has hecho más que traerme complicaciones. Y ya no estoy para estos trotes. Vete ya. Estoy esperando a un cliente. (El misterio, p. 42)
Podríamos señalar que, bajo el régimen franquista, la figura de la mujer hbaía quedado relegada a un segundo plano en la mayoría de las familias españolas. Una injusta situación
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que fue cambiando progresivamente tras la caída del régimen, la transición y hasta llegar al siglo XXI. En La aventura, cuando Ivet Pardalot habla con Reinona, la novia de su padre, Pardalot critica a las mujeres de la generación anterior en el siguiente diálogo:
Nada, nada, usted, como todas las mujeres de su generación, siempre está a punto de hacer algo decisivo, pero al final se queda cruzada de brazos y espera a que aparezca un lila y pague los platos rotos. Y a esto le llama dejarse llevar por los sentimientos. (La aventura, p. 347)
Sin embargo, en La aventura se ve que el papel de la mujer cambia positivamente. Cándida logra salir de la prostitución para casarse con un hombre. Mendoza la transforma así en una mujer estable, lo que, desde luego, tiene un valor simbólico en la “estabilidad nacional”, que comienza a estar presente en todos los ámbitos de la sociedad española. El detective también se sorprende del matrimonio de su hermana, justo después de salir del manicomio, cuando se encuentra con la suegra de e sta:
- ¿Su casa?- dije-. ¿Vive usted con Cándida?
- No, señor- replicó la cacatúa-. Cándida vive conmigo. - ¿Puedo preguntarle en calidad de qué?- pregunté yo.
- Cándida- respondió la cacatúa- es mi nuera. Mi hijo y su esposa, esto es, mi nuera y su esposo, viven en mi casa y a costa de mi modesta pensión. Pero no son en puridad dos parásitos: mi hijo tiene un negocio floreciente y Cándida hace lo que puede, que no es mucho.
- O sea- exclamé más para mí que para los obturados oídos de la cacatúa- que al final la pobre Cándida se acabó casando. Nunca lo habría imaginado. (La aventura, p. 21)
Cándida, además, recomienda a su hermano que se quede con la familia de ella y se instale con un trabajo estable:
Los tiempos han cambiado, hombre. Estos no son los años setenta, que tú conocías, ni los ochenta, que pasaste encerrado. Estamos a mediados de los noventa. A las puertas de no sé qué siglo. Quédate con
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nosotros y tendrás trabajo, un buen sueldo y un brillante porvenir (24).
Realmente, este personaje femenino no era consciente de la sociedad reflejada en las dos primeras novelas, pues estaba demasiado ajetreada con la prostitución y con ganarse la vida en general. Sin embargo, en La aventura pudo cambiar drásticamente esta situación tras contraer matrimonio. Hay también otro ejemplo, puesto en boca de Purines, vecina del detective, que demuestra de manera indirecta el cambio de rol de las mujeres en la nueva sociedad:
-No soy quién para darte consejos, pero ándate con cuidado. Esa chica no es trigo limpio. No digo que sea mala persona. Ya no existen malas personas. Antes había mujeres fatales, lagartonas y pájaras de cuenta. Ahora todas somos buenas. Pero por si acaso... (109)
Tal y como dice Purines, y, de hecho, lo hemos observado con anterioridad, las mujeres tendían a usar sus encantos físicos como método para lograr un objetivo concreto. Tal y como se aprecia, también menciona esta transformación del rol social femenino en la novela de 2001, un cambio también apreciable en un diálogo protagonizado por Arderiu, marido de Reinona:
-Yo no soy de los que creen que toda mujer ha de estar en la cocina. En mi casa siempre ha habido una mujer en la cocina y meter allí a todas las demás me parece innecesario. A Reinona siempre le he dejado hacer su voluntad. Sale caro, pero con mi patrimonio y mis rentas me lo puedo permitir. Por ejemplo, si hubiera querido dedicarse a la expresión artística, yo no le habría puesto cortapisas. Acuarela, pastel, óleo, guache o buril, me habría dado lo mismo. Es solo un ejemplo ilustrativo de mi liberalismo. Y si lo que la hace sentirse útil es participar en una conjura, por mí que participe. (159)
Realmente, este tipo de cambios solo se esperan con un cambio radical en la ideología y filosofía de la población. Se debe tener en cuenta que, durante muchos años, el papel de la mujer estuvo reservado a las tareas domésticas. Esta mentalidad, fruto del
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nacionalcatolicismo franquista, cambió de manera necesaria e irreversible durante la Transición española.
De igual modo, se aprecia una mayor actividad diaria en la vida de las mujeres. Podemos comprobarlo mediante el personaje de Ivet Pardalot:
-De sobra sé que no valgo nada. Físicamente, quiero decir. Desde otros puntos de vista, el panorama es muy otro. Soy multimillonaria, pero este no es mi único atractivo: también soy una mujer inteligente y tengo una sólida formación académica. Al ser hija única, mi padre me preparó para llevar sus empresas cuando él se retirara, como acaba de hacer prematura e involuntariamente. Estudié en varias universidades, aquí y en el extranjero, hablo seis lenguas, puedo ir sola por el mundo y nada me asusta ni me escandaliza, salvo aquel asqueroso ratón amorrado a un bote de leche corporal.
Suspiró mientras yo le daba escobazos al ratón y continuó luego en los siguientes términos:
-Pero todos estos méritos, ¿de qué me sirven? Los hombres no se fijan en mí o se fijan primero y luego lo lamentan. Solo mi padre me encontraba la más agraciada de las mujeres. Pero ahora él ya no está y me he quedado sola. Con mis millones, mis diplomas y mis lenguas. (La aventura, p. 188)
Hija única del empresario, Ivet Pardalot ha crecido con unas muy buenas condiciones económicas y ha recibido una educación destacable. Se trata de una mujer muy independiente y atrevida, representante del prototipo de mujer moderna, fruto de una generación cargada de futuro. Con todo, todavía se verán hombres que solo valorarán el físico como única cualidad en las mujeres. Por ello, criticará esta actitud del siguiente modo:
-Lo que cuenta es lo que dicen los demás, o lo que piensan, aunque no lo digan. Mira tu caso. La falsa Ivet es falsa, como su nombre indica, te ha engañado, no ha dejado de meterte en líos y aún te metará en más. Pero cuando te mira, tú te derrites. Por mí, en cambio, no moverías un dedo aunque ejecutara la danza de Castelltersol solo para tus ojos.
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-Señorita Pardalot- respondí cuando hubo finalizado la filípica precedente y antes de que pudiera poner en práctica su velada amenaza, yo no sé si sus problemas, que comprendo, le han permitido a su vez fijarse en mí. (188-189)
Según el punto de vista del detective anónimo, la Ivet falsa es hermosa y cuenta con grandes dotes físicas. Sin embargo, se sentirá enormemente decepcionado (aunque solo se aprecie de un modo indirecto), cuando descubra que en verdad se trata de una mujer gorda y poco atractiva. En cualquier caso, la crítica de Ivet Pardalot no se aleja de la realidad.
En la época de la Transición había una amplia tasa de inmigrantes ilegales residentes en España, tal y como hemos visto anteriormente, principalmente africanos y subsaharianos que recalaban en busca de trabajo. McNeil (1999: 62) describe este fenómeno con las siguientes palabras: “The huge population movements throughout Spain from the rural south to the industrial north completely transformed the fabrics of many of these settlements: in the Baix Llobregat the population rose from 96.000 in 1950 to 351.000 in 1970 [...]”. Pero la situación de crisis económica y financiera en el país hacía que los españoles no tuvieran confianza en este colectivo y, en algunos casos, lo demostraban menospreciándolos. Se puede comprobar en Los mares del Sur (1979), una de las novelas negras destacadas de la Transición española, obra de Manuel Vázquez Montalbán:
Pues no lo diga en broma. Hay negros. Guineanos y de otras partes. Lo que no se puede controlar ya es el lío de los realquilados. Hay viviendas pensadas para cuatro personas y muy justitas, en las que están viviendo diez. Dicen que es para pagar los plazos, pero también por dejadez. Donde caben cinco, caben veinte. Adelante, y no es manera. Ahora tengo una carpeta llena de anónimos sobre realquilados chilenos y argentinos que no tienen los papeles en regla. ¿De dónde ha salido toda esa gente? (Los mares, p. 128)
A través de este diálogo, el lector puede hacerse una idea de la situación de los inmigrantes que venían a España (la mayoría de ellos sin documentación y obligados a trabajar al margen de la ley). Eduardo Mendoza, mediante el personaje de Mercedes,
185 describirá la situación del siguiente modo:
- Cuando ampliaron la central lechera trajeron a unos senegaleses a trabajar como peones. Ilegalmente, claro. Les pagaban una mierda y los despedían cuando les salía de la punta el nabo. -alejada de la ciudad y, por ende, de las principales corrientes de la moda, las procacidades de Mercedes adolecían de un cierto hibridismo-. Yo pensé que con los negros podría sacar la tripa de mal año y comprobar de paso la veracidad de ciertos mitos culturales. Pero no lo intenté. Por ellos, claro está. Los del pueblo los habrían linchado si hubieran sospechado que había tomate.
-¿Y a usted no? -¿No qué?
-¿No la habrían linchado?
-No, a mí no. En primer lugar, yo no soy negra… (El misterio, p. 107)
Gracias a Mercedes, podemos asegurar que existía una actitud racista en esta época. La convivencia con los inmigrantes generó mucha discriminación en la sociedad española, existiendo confrontaciones entre españoles y personas procedentes de otros países. Socialmente, el racismo fue un gran problema durante la Transición española, y podemos comprobarlo en la siguiente escena, en la que el detective se topará con un inmigrante de raza negra, el cual se quejará de la actitud de los españoles:
Todos tenemos un cierto porcentaje de ambigüedad latente en nuestra personalidad- dijo resumiendo lo leído y guardándose el libro en la entrepierna-, que hemos de aprender a sobrellevar sin orgullo ni vergüenza. Ya ve usted, por ejemplo- dijo señalando el bulto del libro-, que lo que se dice de los negros es algo meramente cultural. Y perdone el juego de palabras fácil, pero el amor a la paradoja es inherente a las culturas poco complejas. (El misterio, p. 184)
Los africanos son los que más sufren esta discriminación, expuestos ante los ojos de una población española que incluso tiende a aprovecharse de ellos:
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Todos pagamos, admirada señorita- dijo el negro-, no tanto nuestras faltas cuanto los sambenitos de que una organización social anquilosada y timorata ha tenido a bien investirnos. Véame a mí, sin ir más lejos: siempre quise ser poeta y el prejuicio racial me compele a satisfacer las expectativas femeniles más rústicas. ¿No es así, mi amor? (186)
Pero en La aventura, la imagen de los inmigrantes de color da un cambio cuando el detective sin nombre descubre que Magnolio, inmigrante al que le salpica la sombra de la corrupción, no niega su delito, al contrario que otros implicados más poderosos:
Todo lo que ha dicho este hombre -dijo con voz entrecortada- es verdad. Estoy avergonzado. Siempre he procurado obrar con arreglo a la ley de la jungla, pero en esta ocasión me he dejado llevar por la ambición. Necesitaba el dinero. No me obliguen a decir para qué. Lo necesitaba para un fin bueno, pero los medios utilizados para obtenerlo han sido malos. Lo comprendo, me arrepiento y haré lo que pueda para enmendar mis desatinos. (La aventura, p. 273)
En una coyuntura en la que todos los culpables están negando sus argucias, el negro Magnolio se muestra como una persona muy sincera y honesta. El gesto de reconocer sus errores le honra, muy por encima del resto de los implicados, la mayoría políticos y empresarios, y daña seriamente la moralidad española:
Estoy dispuesto a correr cualquier riesgo para rehabilitarme a los ojos de usted, y a los ojos del señor Mandanga y de su esposa, que han sido como unos padres para mí, y a los ojos de la señorita Ivet, que tantas veces me ha proporcionado trabajo y ha confiado en mí, y sobre todo a los ojos de mis antepasados, porque soy animista, para lo cual, si usted quiere, le llevo en mi coche, sin cobrar, al escondrijo donde tienen encerrado a Agustín Taberner, alias el Gaucho, pero solo hasta la puerta. Debo advertirle, sin embargo, que se trata de lugar peligroso al tiempo que siniestro, siendo su nombre o topónimo Castelldefels. (274-275)
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El simpapeles de origen africano está reconociendo sus errores, mostrándose arrepentido. Su conciencia le pesa y así lo explica ante todos. Al mismo tiempo, esto también demuestra la actitud sin escrúpulos de los ricos y los poderosos.
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