CHAPTER 2 – UT LITTLE RIVER DAIRY FARM
3.3 Results and Discussion
3.3.8 Hydrostratigraphic Groundwater Flow Patterns
Cuento primer lugar del XIII CERTAMEN DE CUENTO INDÍGENA TLAHUITOLE en 28 de noviembre de 2008
Me encontraba en aquel lugar solitario, retirado del pueblo; aquel sitio donde en la infancia no nos acercábamos por miedo a los espíritus. El sitio de los hechizos; a lo lejos, como parte del paisaje: la casa del brujo, aquel anciano que recorría el pueblo de noche, que los viejos señalaban: ¡Es un nahualli! Solo lo su- surraban, por temor a que los escuchara -a que les lanzara una maldición.
Estaba parado en el portal de aquella choza en ruinas, a mi izquierda una itzcuintli negra franqueaba la puerta; mientras me mostraba los colmillos amenazantes. Toque tres veces a la puerta de palos… Nadie contesto; sin más por mis espaldas apareció el viejo con un cubo de agua en su diestra… Sin decir palabra abrió la puerta; entre el crujir de la madera, el polvo que se desprendía de los adobes.
Me señaló que entrara en la choza solo había un gran pozo bordeado de tepalcates, con varias piedras volcánicas todavía calientes, al centro; siete montículos de tierra apisonada a su al- rededor, un camastro de palos, yerbas colgando del techo. Me senté en uno de los montículos, mientras el viejo rezaba unas oraciones incomprensibles para mí; tomó varias de las yerbas, ahogándolas en el balde; las asperjó por todo la apitzalli [cuar- to], para al final lanzar las yerbas húmedas al fogón del pozo.
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Se sentó lentamente; sin dejar de verme directamente a los ojos, como estudiándome: una mirada gélida, penetrante, que me dejaba desnudo con una oscilación que más que hurtarme, arrancaba mi carne; dejando al descubierto mi esqueleto, mi ser interno, lo que yo realmente soy. En ese momento me sentí libre, ya que nada podía ocultar, una sensación de alivio, seguida de una tranquilidad inesperada, desconocida… Ese hombre sabía todo de mí con solo mirarme.
Era el mismo marak’ame [curandero] que se apareció en mis sueños: con los rasgos regios, su cara poblada de profundas arrugas, como anunciando su experiencia y sabiduría, tés cobri- za, pelo negro, lacio, grueso, vestido con su calzón de manta, la camisa del mismo material con la parte inferior de las mangas abierta, bordada, con diseños simétricos, de alacranes y murcié- lagos; su cinta de lana a la cintura, un sombrero de palma con adornos de chaquira, plumas de águila y colas de ardillas, un morral pequeños; calzando sus huaraches.
Recuerdo vagamente que en aquella visión me señalaba su xacalli, mientras flotaba, todo a su alrededor en el sueño, era como transparente, sólo las dos figuras con gran colorido y rea- lismo que se veían eran la figura del marak’ame, apuntando di- recto a la choza.
- Te esperaba para oquitzalometztli [luna nueva]; pero has llegado antes… dijo sonriendo.
Interrumpió mis pensamientos, con su voz ronca, avejen- tada; no supe que decir, lo mire por largo tiempo, el silencio se hizo pétreo, las piedras volcánicas pareciera que se ponían al rojo por el destello de las miradas que se cruzaban en aquel cuar-
to, la sensación de vacío se apoderaba de mi, que le podía decir a un marak’ame, que la primera vez lo vi en un sueño, que no lo conocía, que sin palabras me invitó a su nocal [casa], y decía esperarme con la certeza del amigo entrañable que has dejado de ver desde la adolescencia…
Los pensamientos se amontonaban dentro de mí, para luego abandonarme de súbito; sin poder llegar a conclusión alguna, el espacio de aquel xacalli, se deformaba ante mis ojos, no sabía qué hacer, cuando de repente el anciano como adivinando lo que estaba pensando, rompió el silencio.
- Unos me dicen loco, otros marak’ame, brujo, o mil cosas más.
Te llame por que ha llegado la hora de cerrar mi círculo. Tú eres la sangre nueva que tengo que preparar; para que tome mi lugar al término del Macuilli Mázatl de la Panquetzaliztli del Matlactliomei Técpatl [sábado 22 de diciembre del año 2012].
Te voy a contar la historia de mi vida… para que sepas lo que te sucederá; cuales serán tus responsabilidades.
Corrían los tiempos de Chiconahui Tochtli, en el día de Chi- cuei Mázatl, o el año de 1306, en el poblado de Tzinacantepec; dormía plácidamente cuando fui despertado por los gritos de mi madre. Unos hombre pintados con cenizas; vestidos tan solo de esqueletos; me arrebataron por los brazos, taparon la cara, fui arrastrado por el monte, perdí la noción del tiempo y el espacio, no sé cuando desperté, porque me taladraba los oídos el chi- llido de un murciélago, con la vista nublada y a siegas por la oscuridad empecé a recorrer los alrededores, para poder saber en dónde me encontraba; estaba frio, húmedo, oscuro, las paredes
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eran de tezontle; al pasar del tiempo me di cuenta que estaba dentro de una cueva, deambule por la misma por horas, por días, por semanas, realmente no lo sé… sin saber si era de noche o de día, me encontraba en las fauces del destino; sin más que mi existencia.
Tras varios recorridos encontré un Kutsa’la, en lo alto de la gruta una abertura, por donde periódicamente dejaban algunos alimentos, los de ese día me los comí como desesperado, por ese mismo socavón descubrí cuando salía el sol en el firmamento, cuando aparecía metztli, para tranquilizar mis sueños. La tomé por confidente de mi soledad, poco a poco me fui acostumbran- do, noche con noche, escuchaba el chillido de mi único amigo Tzinacantli.
Pasaron los meses, hasta que empecé a comprender la vo- cecilla chillona de mi orejudo amigo, el cual me guió por un la- berinto a lo profundo de la cueva, al fondo empecé a ver una luz verdosa emitida por unos hongos, que iluminaba una pared con varios grabados, cerca estaba un sillón labrado en la piedra, me senté; cual va siendo mi asombro… aquel pequeño animalito, se transmutó, en un ser Antropozoomorfo: un Camazot, el que se presentó, argumentando ser mi maestro. Desde ese día todas las noches recibía educación de aquel ser, me enseñó a comprender las inscripciones de la gruta, fue como conocí la historia de su li- naje sagrado, su nacimiento del semen y sangre de Quetzalcóatl, aprendiendo los misterios de místico origen de la cempoalxó- chitl, flor de los muertos, como los de la vida eterna y la muerte. Cuando mi instrucción estuvo al parecer concluida, en el lu-
gar de la comida sólo encontré una flor de tzompanxochitl, junto con un cuero de Maxa, era un códice, del pozo colgando una escalera de mecate, trepe torpemente, con miedo; sin saber el destino que me esperaba al terminar los peldaños; pero resuelto a lograr mi asenso continúe. Salí del pozo, respire profundamente, mordiscando el sabor del aire, libertad etérea, gritos y sollozos, di algunos pasos; tropecé entre ramas, piedras, cayendo de ro- dillas al suelo, mientras de mis ojos rasos, brotaban lagrimas amargas como queriendo borrar la soledad, sólo para encontrar- me con Xuturi Ifa’akatne [Nuestra Madre la Flor del Amanecer], el corazón palpito fuerte, en el instante en que el sol acarició mi rostro, grite desde el fondo de mis entrañas, hasta desgarrarme la garganta, de rodillas ya sin fuerzas me desmayarme por com- pleto.
Cuando la luna iluminó la vereda; desperté, tome un itacatl que estaba entre las ramas, sólo para comenzar mi peregrinar rumbo al norte, aquel códice me mostraba un cerro, el cerro de Coamiles donde encontraría una inscripción de petroglifos; dos perros con la visión puesta en entre los símbolos del sol y la luna, con una actitud de caminar orgulloso; en lo alto tres círcu- los concéntricos.
- Me está hablando de la carta XVIII en el tarot, la luna… argumente en voz alta, pero el viejo con voz severa prosiguió.
- No sé, si como la carta que dices. Pero no me interrumpas, porque se me acaba el tiempo eterno, se vacía de cuajo en un momento la inmortalidad y quedamos a merced de lo efímero.
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de mi pequeño amigo. En tanto dentro del morral la flor no se marchitaba, seguía viva, vibrante, intensa, como el primer día… eterna.
Tras haber dado cincuenta y dos vuelcos la segur de plata; Llegue una de esas noches a las faldas de un cerro; donde me en- contré con un hombre; acompañando fielmente por Ûlu’no’no; pequeña perrita negra como el hollín. Me dijo su nombre; el cual recuerdo que era algo así como: Tmurahue, Hueman, Watá’kame
o Huemantzin [primer hombre] o algo por el estilo. Me pidió le
mostrara la flor amarilla; con tan solo verla salir de mi morral; en recompensa me prodigo con una flor morada, sedosa, la cual mire con detenimiento, la jugué entre mis dedos, para girarla lentamente, como el amante que acaricia el rostro del ser que- rido, con delicadeza; una pequeña danza donde aprendí que los sépalos y el pedúnculo; formaban una calavera; regrese la vista a mi interlocutor; pero ya no estaba; otra vez solo, más en el es- pacio reducido de mi morral; mi flor tenía una nueva compañera. Lo cierto resultaba que había llegadó a el cerro indicado, tenía que buscar el petroglifo que indicaba el códice, estudiarlo, por lo que sin prisas encendí una fogata para que me protegiera y poder hacer las ofrendas a mis ancestros, prepararme para lo que se avecinaba; con la flama chisporroteante entre naranjas, ro- jos, azules más violáceos, dueño de una madures hasta entonces inexplorada, me acosté a dormir, por la mañana sería más fácil encontrar las inscripciones.
Cuando el sol tocaba el cenit; recorrí la cima del cerro, para encontrarme con el petroglifo, lo estudie, para dar paso a la in-
tuición después de una ración de Hiku’ri, donde los perros me indicaban un punto especifico en un río cercano, el cual debía cruzar para así poder llegar al cerro de las Calaveras; encamine mis pasos al río, cuando llegue a el sitio me estaban esperando Tucacame [Diablo], junto a él, dos de los hombres que hacía años me raptaran, cada uno de los hombres tomó un hueso de su collar y con un conjuro los lanzaron, al tocar el suelo los huesos de vida se astillaron, en su lugar sólo quedaron dos perros: una negra, otro negro con manchas blancas, mire en el cielo la caní- cula, este es un día de perro; estaba sobre el horizonte anuncian- do el desbordamiento de aquel rio; se acercaron a mí los perros; dócilmente los abrace, acariciándolos, lentamente me llevaron al río, para cruzarlo; las aguas se tornaron turbulentas; pero yo estaba tranquilo, los Xoloitzcuintle, franqueaban cualquier con- trariedad, llegamos a la orilla, caminamos juntos hasta las faldas del cerro de las Calaveras.
En la angostura estaban parados Toka’kami o Mictlantecu- htli y Mictacacíhuatl, señores de la muerte. Era un sitio muy oscuro; clave en el piso cuatro flechas y prendí cuatro teas que traía en mi morral, con lentitud, para no perturbar el lugar; saque las flores de mi morral; con la intención de entregárselas a mis anfitriones; la flor amarilla de cuatrocientos pétalos destellaba con hermosos tornasoles, iluminando el lugar, dotándolo de una paz inmutable, trascendiendo el mundo profano, en una manifes- tación de lo solemne.
Fue la muerte un lazo más con lo sagrado, tomaron las flo- res entre sus huesos, las depositaron con pulcritud dentro de su
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corazón, en un eco sofocado, afonía de las entrañas…los seño- res del silencio cuyo corazón está callado; sonido que despierta, levanta a los que bajo el polvo yacen… visión opaca del espejo ennegrecido; que me permitió ver, aprender los misterios de las almas, de la vida, de la muerte y la eternidad… me convertí , en guía de los vivos, difuntos; fiel guardián de los secretos de los mundos, para viajar a voluntad, en una libertad, otorgada por los dioses, a todos los que nacen a la vida tras la muerte, Kupuri mucanieri [cuando el peregrino tiene su alma], mi visión espiri- tual se ubicó en el cerro donde se reúnen la luz y la oscuridad; el reutari. Desde ese día es mi compañera fiel la perra negra…
Pero hoy es tu día, tu momento; será tu amigo inseparable de la Natikari [noche]; Camazot.
Extendió la mano, señalándome con el dedo índice. Del fondo de la choza, por detrás de su cuerpo encorvado; voló he- chizado un murciélago, que fue a posarse en mi hombro derecho: atónito la primera reacción fue de espanto, intente ahuyentarlo, manoteé; pero todo fue en vano de repente quede petrificado, re- trocedí cuando mi mano golpeo contra el anciano… lo mire con detenimiento… todo el tiempo fue sólo una roca muy grande, finamente tallada, una obsidiana, lo que veía a cada momento era mi reflejo. El anciano se desmoronaba en un fino polvo blanque- cino, confiándose sobre la tlaltepehualli [tierra amontonada], mi silueta ganaba en colorido; pero mi ser peregrinaba en el vacío. Las llamas de las rocas crecían en el fogón, mirada fugaz en el espejo ennegrecido.
Hable la tradición - sólo para mí- caminar de noche, bajo los rayos de la luna o la tormenta más artera; ser el guía, el animero, el guardián del tiempo, el argonauta eterno entre el mundo de los vivos y los muertos…