2 Theory and Discussion of the Existing Literature
2.4 Hypotheses on the Effect of Children on Saving Behavior
En el cine, las divas robotizadas y emocionalmente narcotizadas aparecen con plena fuerza desde la década de los veinte y desde
entonces han conservado un lugar privilegiado a pesar de los cambios de la moda y de la sociedad. Algunos ejemplos son Louise Brooks, Carla Bow, Thea von Harbou, Pola Negri, Greta Garbo (la mujer que nunca sonreía), Marlene Dietrich, Gene Tierney, Lauren Bacall (una modelo descubierta por la esposa de Howard Hawks en una revista de modas), Kim Novaks:, Catherine Deneuve, Kim Basinger, Isabella Rossellini, Urna Thurman y Deborah Cara Unger (la protagonista de las cintas Crash y Key to Tulsa). Estas mujeres exudan sensualidad a la vez que enrarecen la atmósfera con la gracia gélida de sus movimientos, su aspecto de sonámbulas y su perfección venusiana. Cada uno de sus gestos, palabras y poses es objeto de reverencia y adoración, cada uno sucede para ser repetido y admirado mil veces. Parecería que estas bellezas se desplazan en cámara lenta en un espacio donde la gravedad y el tiempo responden a leyes distintas de las de la Tierra, un lugar que curiosamente también habitan algunos monstruos cinematográficos (especialmente los de la serie B), los que por alguna razón inexplicable se mueven lenta y pesadamente, como el engendro de Frankenstein, de James Whale (1931); Los muertos vivientes, de George Homero (1968);
Los cuerpos invadidos, de Don Siegel (1956), y Las momias, tanto la
clásica de Karl Freund (1933) como la azteca de Rafael Portillo (1957).
Los pausados ritmos vitales de las femmes fatales sirven para acentuar su impecable belleza y su elegancia, mientras que la lentitud de los monstruos fílmicos opera para prolongar el suspenso y enfatizar el pavor de las víctimas, tratando de que éste se contagie al espectador. En ambos casos la función es hacerlos más amenazantes e imprimir una cualidad onírica a su presencia. Muchos autores se han referido a las mujeres imposiblemente bellas como fenómenos o freaks. Pero, más que el hecho de ser curiosidades anómalas de la naturaleza, la modelo y el monstruo son las criaturas extremas que nos ayudan a entender que el cuerpo es la verdadera clave para descifrar el acertijo del ser y nos demuestran una vez más que la simplificación «mente = individuo» es errónea.
Hasta el siglo XX, los intentos por trascender de manera determinante las limitaciones biológicas y físicas se identificaban principalmente con lo oculto y se personificaban en el sacerdote, el brujo o el alquimista. En nuestro tiempo, esta búsqueda continúa en manos de los científicos, quienes buscan lo mismo con nuevas herramientas. En un tiempo en que la ciencia ha luchado por destruir la idea de vida eterna en el cielo, hay científicos que tratan de ofrecer vida eterna en la tierra a cambio de aceptar que el cuerpo no es más que el soporte vital del ADN, una máquina de carne programada para preservar por encima de cualquier cosa al gen «egoísta», como lo bautizó Richard Dawkins. Algunos métodos comunes para vivir más consisten en someterse a una variedad de tratamientos y regímenes con drogas como la melatonina, diversos esteroides, vitaminas, hormonas, proteínas y antioxidantes que
supuestamente pueden extender la vida.1 Pero el método más
promisorio para prolongar la vida consiste en el uso de células embrionarias o progenitoras, las que teóricamente podrán ser programadas para convertirse en cualquiera de los 200 tipos de células que existen en el cuerpo humano. Una persona donará una muestra de tejido, que será clonada, y con esto se creará tejido embrionario del cual se podrá obtener cualquier tipo de tejido que será totalmente compatible con el donador y podrá emplearse para toda clase de trasplantes. Otras técnicas radicales para suspender la muerte van desde la criogenia hasta la creación, mediante clonación, de un cuerpo cuyos órganos sean perfectamente compatibles con los nuestros y que nos sirvan de refacciones.
A finales de la década de los noventa, los medios masivos, en otra de las muchas campañas histéricas que se suceden meteóricamente, acusaban a la industria de la moda y la publicidad de pregonar estereotipos negativos a través de algo que denunciaban horrorizados como el heroin chic. Esto no es otra cosa que la apariencia blasé, decadente, abstraída, impersonal y
1. Muchos entusiastas de la salud y de estos productos piensan que si el promedio de vida en Estados Unidos se extendió en 26 años desde 1900 (actualmente es de 76 años), es posible que se pueda extender a 125 para mediados del próximo siglo.
emocionalmente muerta de algunas y algunos modelos. Sin duda la heroína tuvo un regreso triunfal en los noventa y definitivamente es una droga que abunda en el medio de la alta costura. No obstante, el
glamour de la enfermedad y la destrucción del cuerpo no tienen
nada de nuevo, sino que son herencias del romanticismo (el mismo que originó a Frankenstein y la sublime mitificación del malestar mortal de la tuberculosis).
La erradicación de la muerte, o por lo menos la prolongación de la vida, ha sido una de las metas que han definido el progreso científico; la modelo, al igual que el monstruo de Frankenstein, son también triunfos tecnológicos y, como escribe Theodore Roszak, «el monstruo de Frankenstein es monstruoso no simplemente por ser feo, sino porque es un cadáver viviente. El triunfo final en la extensión de la vida es un collage de partes corporales muertas, cosidas juntas y forzadas a regresar a la vida» [«Living Dread», p. 64]. Así como este monstruo, las momias, los vampiros y los caníbales inertes de Romero son muertos reanimados sin fecha de caducidad. Por su parte, los rasgos neutrales de la modelo la convierten en un ser intemporal, capaz de escapar a su momento histórico, es decir, de viajar en el tiempo. Al tener una imagen relativamente estandarizada, la modelo puede ser repetida y sustituida una y otra vez, y de esa manera perpetuarse en los medios para burlar la vejez y la muerte. Adrienne Miller escribe acerca de la supermodelo Christy Turlington:
Su rostro ha sido reproducido, procesado, asimilado —pegado en carteles, paradas de autobús, portadas de revistas y en la pantalla pequeña—. Es un anónimo y un ser en blanco, una muñeca decorada y una efigie rellena de papel. Ella es Calvin Klein, Ellen Tracy, Maybelline , un maniquí en el Instituto de Costura del Museo Metropolitano. Debido a que es inmortal no es uno de nosotros: es una imagen silenciosa, imperecedera, inmutable, mutante [Esquire, noviembre de 1997].
En las historias de ciencia ficción, los monstruos animados ya sea por encantamientos, procedimientos alquímicos o médicos, o bien debido a accidentes tecnológicos, tienen en común una ansiedad derivada del hecho de tener que pasar el resto de la eternidad consiguiendo alguna preciosa sustancia vital, como la sangre en el caso de los vampiros y los cerebros frescos en el de los muertos vivientes. Estos engendros están condenados a habitar una economía de consumo regida por la escasez, que es la norma fundamental que gobierna el elitista mercado de la alta costura.