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7 IMPLEMENTATION

7.2 I NTER AGENCY WORKING

de los cielos y la tierra, se hace un niño por amor a su humanidad. He ahí la primera muestra de la kénosis (ver numeral 2.2.1), un Dios que se ―autolimitaba‖ por amor118 y

está encerrado en la estrecha prisión de nuestra mísera naturaleza humana (2.2.2), pero

aunque está envuelto en pañales, no deja de ser el Dios Todopoderoso (2.3.6).

116Fey, Clara. Meditación de 1846.

117 Fey, Clara. Meditación 12 de abril de 1849.

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La alegría invade el corazón de todo aquel que se deja impactar por esta escena: el creador ahora restringido, reposa allí, indefenso, tierno dispuesto a ser tomado por su criatura. Ya no tengo necesidad de temerle, ya no he de ver en Él más al Juez inexorable ante quien se tiembla. ¡No! ¡Él se ha acercado a mí! ¡Él se ha hecho mi hermano! ¡Él ha tomado mi

naturaleza! (…) (2.7.4)

Esta gran alegría del nacimiento fue para todo el pueblo (Lc 2, 10) hasta los reyes de oriente, iluminados por la estrella, por el resplandor de la vida, lo buscaron y llegaron para honrarlo con los presentes más valiosos que tenían. Con la mirra le reconocían como verdadero hombre y le honraban como a su Redentor (cfr. 2.13.1), al tiempo que la Virgen purísima lo adora como a su Dios y en los transportes de su amor maternal, lo saluda

como a Hijo suyo. (2.1.5b) He aquí una verdad fundamental de fe, motivo de enérgicas

herejías principalmente desde el siglo II hasta el siglo V: las dos naturalezas de Jesús: humana y divina.

Ante la afirmación de la Madre Clara, se puede reconocer la comprensión de Jesús como Dios, en tanto el Redentor; y como ―verdadero hombre‖, pues es el Hijo de María.119 No obstante, en este apartado se centra la mirada en la humanidad de Jesús, porque como afirma el teólogo español, González Faus, en Jesús lo Divino se nos da en lo humano; no

además o al margen de lo humano.

Pues bien, afirmar que Jesús es verdadero hombre, lleva a reconocerlo como uno de nosotros, semejante en todo excepto en el pecado (cf. Hb. 4, 15). Hagamos un rastreo bíblico para constatarlo. Jesús sintió las mismas necesidades físicas que los hombres: tuvo hambre (Mt 4, 2); padeció sed (Jn 4, 7; 19, 28); tuvo sueño (Mt 8, 24). Por ello él puede compadecerse de quienes viven la pobreza material a causa del pecado social, al tiempo que permite entender dichas precariedades no como castigos, según la perspectiva de algunas corrientes religiosa actuales, sino como consecuencia de la injusticia humana. Lo cual no

119 ―El Verbo se hizo carne‖, y ―carne‖ (―sarx‖) indica precisamente el hombre en cuanto ser corpóreo (sarkikos), que viene a la luz mediante el nacimiento ―de una mujer‖ (cf. Gál 4, 4)‖ (Juan Pablo II. Jesucristo, verdadero hombre, ―semejante en todo a nosotros, menos en el pecado‖. 2.)

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significa que quienes están en tales circunstancias deban permanecer en ellas, al contrario, han de buscar promoverse para recuperar su dignidad humana, en casos donde se ha perdido.

Además, Él experimentó verdaderamente los sentimientos humanos: la alegría, la tristeza, la indignación, la admiración, el amor.120 Vemos por ejemplo, que "se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo" (Lc 10, 21); lloró ante la muerte de Lázaro (Jn 11, 35); se llenó de tristeza y "al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!" (Lc 9, 41-42).

Empero, el mayor dolor lo experimentó durante la pasión; en Getsemaní, cuando pronunció aquellas palabras desde las entrañas: ―Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya‖ (Lc 22, 42) y más adelante el evangelista afirma: ―Y sumido en agonía, insistía más en su oración.‖ (V. 44), como seguramente muchas veces hemos hecho nosotros en medio de situaciones de grandes sufrimientos.

Por otro lado, la indignación la manifestó ante los vendedores del Templo, a quienes expulsó con todos los productos que llevaban, recordando que esa es la Casa del Padre y por tanto es Casa de oración (Mt 21, 12-13; cf. Mc 11, 15). Igualmente, ante la incomprensión de la gente que estando en sábado frente a un hombre con la mano tullida, les dirige una mirada airada, entristecido por la dureza de corazón, (cfr. Mc 3, 5) y cura aquel hombre.

La capacidad de admiración la expresó cuando dijo: "Mirad los lirios cómo crecen... ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos" (Lc 12, 27). También admira la fe de la mujer cananea diciéndole: "Mujer, ¡qué grande es tu fe!" (Mt 15, 28) y la de otros tantos personajes que pedían curación con firme confianza.

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Pero sobre todo, Jesús amó con corazón de hombre121. Este es el punto en que no sólo se hacen incontables los relatos bíblicos, sino que todo cristiano se encuentra interpelado a configurarse con Él. Se habla del discípulo a quien amaba, de las visitas a Marta, María y Lázaro, del cariño por los niños, del perdón a la mujer adúltera, de la invitación hecha a Zaqueo y otros tantos sucesos que explícita o implícitamente, reflejan cuánto amó Jesús, siendo este el reflejo de la bondad y la misericordia de Dios.

A su vez, el evangelista Juan afirma de Jesús: "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn 13, 1). Haciendo alusión al modo como entregaba su amor gratuitamente incluso hasta la muerte de cruz. Así, habiendo pasado él la prueba del sufrimiento, puede ayudar a los que la están pasando.‖ (Heb 2, 18) He ahí, uno de los más grandes consuelos, el Hijo del hombre, compartió los padecimientos humanos y por tanto, puede efectivamente compadecerse del las situaciones de dolor que deben sobrellevar sus hermanos.

Finalmente, se puede afirmar que los reyes se llenaron de alegría porque reconocieron al Salvador semejante a ellos y el amor que brotó de la tierna mirada Niño Jesús, los llevó a experimentar la humildad y al mismo tiempo grandeza de Dios. La respuesta que ellos dieron fue la adoración. Así mismo, nosotros, una vez hemos sido tocados por la suave mirada de Jesús, lo adoramos. Allí nos encontramos con Dios y nos reconocemos sus creaturas, dependientes de El, nuestro Padre y Creador, nuestro principio y nuestro fin. 122

3.1.4. Jesús, nuestra alegría: la vida, una oración continua. Dando una mirada por la

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