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VI. Make, buy and cooperate in innovation: evidence from Uruguayan manufacturing

5. Ideas for the future based on the main results

La noción de intencionalidad, incorporada al cuerpo teórico de la Geografía por Hägerstrand (1989), es central en las ideas de Milton Santos sobre la producción del espacio. Santos considerada que es útil en las aproximaciones al proceso de producción y al proceso de producción de las cosas, ambos resultantes de la relación entre el hombre y su entorno (Santos, 2000:76). Por lo tanto, la sitúa en el centro de sus discusiones acerca de la inseparabilidad entre las acciones y los objetos, destacando que así como las acciones son movilizadas por creencias, deseos e intenciones, los objetos también son portadores de intencionalidad.

La relación entre los actores del mundo rural y sus entornos se produce a partir de diversas creencias, deseos, motivaciones y objetivos. Un conjunto de intenciones que en las últimas décadas se torna más complejo. La heterogeneidad socio-cultural de los actores que involucran a los espacios rurales en la construcción de su territorialidad es cada vez mayor. En primer lugar, a causa de las adquisiciones de tierras por parte de actores con otras referencias culturales e identitarias y/u otras racionalidades. Y, en segundo lugar, por los cambios en los proyectos de aquellos actores locales que han tenido la posibilidad de conocer y experimentar otras prácticas o están expuestos a la influencia de lo nuevo por el contacto con otros actores o por su difusión en los medios de información. Sintéticamente, es en las mayores posibilidades de vivenciar y/o actuar en diferentes territorios, es decir en la multiterritorialidad en el sentido más amplio del término que se encuentra el origen de la difusión espacial de las nuevas intencionalidades (ver en Haesbaert y Mondardo, 2010).

Estas nuevas intencionalidades están relacionadas con la resignificación de lo rural. Tal como señala Posada (1999), el espacio rural ha dejado de ser considerado como un ámbito exclusivamente agrario, hoy se lo percibe como un espacio donde se desarrollan diferentes actividades, entre las cuales la agraria puede ser la más importante, pero no la única. Por lo tanto, es paulatina la instalación de forma permanente o temporaria y/o el influjo distante de actores con intenciones e intereses que muchas veces no se relacionan con el desarrollo de prácticas agropecuarias. Las intencionalidades oscilan entre la producción y el consumo de lo rural y de los valores que representa en una sociedad marcada por el «pos-productivismo» (Wilson y Rigg, 2003), por ejemplo lo natural, lo puro, lo auténtico, lo personal y lo tradicional.

Retomando las ideas de Santos (2000) sobre la noción de intencionalidad es dable afirmar que las intenciones se articulan de diversos modos con las estructuras espaciales. Santos recupera los aportes de Hägerstrand desde el estructuralismo al indicar que las acciones se producen en un espacio y por lo tanto es ese mismo espacio el que da forma a las acciones. Siguiendo esta línea de pensamiento, advierte que los resultados de las acciones intencionadas dependen de la adecuación de los objetos y también de su combinación con el medio. Así, considera al medio como un factor en la geografización de las acciones.

En ese sentido, el foco de atención está en las intencionalidades que movilizan las acciones en estos espacios rurales y en el resultado espacial del encuentro de esas intencionalidades con el medio patagónico, sus formas materiales, culturales, jurídicas, etc. y las sociedades locales. Este encuentro con el medio, se observa en las valorizaciones de los objetos naturales y artificiales y sus significados5.

De esa manera, el concepto lógicas de valorización territorial se utiliza para conceptualizar las regularidades en la valorización de objetos, significados y prácticas que se realizan con intenciones económicas o para el desarrollo de la vida social y/o simbólica. Regularidades que proporcionan a los espacios los rasgos estructurales de su organización (Claval, 1999). En ese sentido, el análisis se sostiene en las ideas de Claval (1999) acerca de «la naturaleza compleja de los espacios humanizados»:

«Los espacios humanizados superponen lógicas múltiples: en parte son funcionales, en parte, simbólicas. La cultura los marca de diversas maneras: los modela por medio de las tecnologías que se utilizan para explotar las tierras o construir los equipamientos y las viviendas; les da forma mediante las preferencias y los valores que dan a las sociedades sus capacidades de estructurar espacios mayores o menores y explican el lugar otorgado a las diversas facetas de la vida social; ayuda, por último, a concebirlos a través de las representaciones que dan un sentido al grupo, al ambiente en que vive y al destino de cada uno» (Claval, 1999: 251).

Para el análisis -y en el análisis- de la valorización territorial en la Patagonia, las lógicas se han clasificado en:

a) lógicas de la producción, b) lógicas del consumo de lo rural,

c) lógicas del abandono productivo y las funciones difusas.

5 Santos (2000) sostiene que los elementos de la naturaleza se convierten en objetos al ser valorizados; al ser utilizados de modo intencional, incluso cuando la intención es la preservación, porque se los desnaturaliza al darles un valor.

Entre las lógicas de la producción se han encontrado lógicas tan diversas y con implicancias territoriales tan diferentes como es el caso de las agropecuarias, las mineras y las industriales. Por su parte, las lógicas del consumo de lo rural son cada vez más trascendentes en la organización de los espacios:

«...La explosión del tiempo dedicado al esparcimiento y al ocio, que supuso el espectacular progreso del turismo de masas en la segunda mitad del siglo XX, si no transformó la naturaleza, cuando menos multiplicó las formas de turismo: se ha pasado de paisajes “ávidamente contemplados” (Pitte, 1983) a unos paisajes cada vez más modificados o urbanizados (...). El espacio no es tan solo contemplado, es ordenado (remodelado, reestructurado) e incluso consumido...» (Lozato – Giotart, 1990: 10).

En la valorización del consumo se ha distinguido entre la lógica de la conservación, la lógica del turismo y la lógica del esparcimiento. Tres lógicas conectadas que se diferencian en la intención que las impulsa: ecológica en la conservación, económica en el turismo y social recreativa en el esparcimiento (ver más sobre la distinción entre el turismo y el esparcimiento en Lozato – Giotart (1990)).

Por último, se ha empleado la categoría lógicas del abandono productivo y las funciones difusas para tipificar a aquellas lógicas que son originadas por el declive de la estructura ganadera y no implican nuevas valorizaciones relacionadas con la producción o con el consumo. Estas lógicas se observan en espacios latentes valorizados desde lo afectivo o a partir de funciones percibidas de manera difusa en la medida que no empirizan en nuevas formas.