Algunos trabajos historiográficos plantearon la cuestión del “lesbianismo” de la emperatriz Leopoldina por su estrecha relación con Maria Graham, la gober- nanta inglesa de la princesa Maria Gloria (Grier, Bárbara & Reid, Coletta, Lesbian
Lives. Baltimore, Diana, 1976; Mott, Luiz. O Lesbianismo no Brasil, 1987). Esta
presunción estaría basada principalmente en las cartas que intercambiaron luego de la partida de Maria Graham del palacio, en el período comprendido entre 1824-26.
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Versada en literatura, artes y ciencias naturales, mineralogista y coleccionista de lepidópteros, Leopoldina de Habsburgo arribó al Brasil acompañada de un grupo de naturalistas y botánicos austríacos.
A pesar de su fascinación por la naturaleza de este país, su estancia en el Brasil no fue fácil. Pedro, para contraer nupcias con la princesa austríaca, fue obligado a poner fin a su casamiento secreto con una bailarina francesa, de la cual se comen- taba estaría verdaderamente enamorado.
Victimizada por Pedro —aun cuando muchos biógrafos insisten en presentarlos como “amantes esposos”—, era constante y públicamente humillada por la relación que éste mantenía con Domitila de Castro, honrada con el título de Vizcondesa y Marquesa de Santos. El emperador, incluso, llegó a imponerla como camarera principal de la emperatriz, dándole el privilegio de acompañarla por donde quisiera, estar presente en todas las reuniones, asumir lugar de honra, luego de la emperatriz, en las ceremonias oficiales. Los hijos del emperador con Domitila también fueron reconocidos otorgándoseles títulos nobiliarios.
Leopoldina era una mujer sola, la “extranjera” del palacio. Tal fue la hostilidad que sufrieron las damas que la acompañaban desde Austria, que seis meses después de su llegada clamaron por partir. El joven secretario de la archiduquesa murió sú- bitamente... envenenado.
Maria Graham, en tanto, era una joven viuda inglesa, escritora, herborista y aficiona- da a la pintura, acostumbrada a convivir con literatos y artistas que frecuentaban la casa de su tío Sir David Dundas. Había viajado por Europa, América del Sur y en dos oportuni- dades a la India. Escribió una vasta literatura de viaje y obras de literatura infantil, además de realizar varias traducciones del francés, publicadas en Londres.
Después de enviudar del capitán Thomas Graham, en un viaje a América del Sur, desembarcó en Valparaíso y enseguida partió rumbo a Río en el año 1823. En su segunda estancia en la ciudad, su amiga la Viscondesa de Rio-Seco la propuso como gobernanta de la princesa Maria da Glória, siendo aceptada con entusiasmo por la emperatriz.
Maria fue la segunda extranjera en el palacio. Ella misma en su diario describe la poca consideración que la corte le demostraba y la grosería con que era trata- da. En contrapartida, la empatía entre las dos “extranjeras”, Leopoldina y Maria, parece haber sido inmediata. Ilustradas e intelectuales, perseguidas y humilladas, intentaron cercarse de una intimidad y comunicación estrechas que en poco tiempo acabaría por traicionarlas.
En el lapso del 5 de septiembre al 10 de octubre de 1824, forjaron una amistad que duraría hasta la muerte de Leopoldina y que quizás fuese el único consuelo para esta última entre tantos sinsabores en la corte de San Cristobal: “Ni siquiera un mo- mento pasa sin que lamente vivamente haberme privado de tu compañía y amable conversación, mi único recreo y verdadero consuelo en las horas de melancolía, a la cual infelizmente tengo demasiados motivos para estar sujeta” (Carta de Leopoldina a Maria del 14 de octubre de 1824).64
Maria y Leopoldina aprovechaban la siesta, hora en que Pedro descansaba, para disfrutar del “placer de conversar”. Primero, se encontraban en los aposentos de la emperatriz, pero como allí siempre había acompañantes de la corte y las “narrati- vas de familiaridad” que Leopoldina dedicaba a su amiga “excitaban violentos celos entre las damas”, comenzaron a encontrarse en el cuarto de Maria.
Las dos extranjeras compartían las mismas condiciones de habla: “Mi delicadí- sima amiga! No acostumbro nunca lisonjear, pero puedo asegurarte que solamente en tu compañía, vuelvo a encontrar los dulces momentos que dejé con mi amada y adorada patria y familia...” (Carta de Leopoldina a Maria del 1 de marzo de 1825).
La envidia y la desconfianza de las damas de la corte y el odio del barbero Placido (factótum y confidente del emperador) conseguirían, en poco tiempo, que el impulsivo Pedro privara a la emperatriz de su “querida y muy amada”, echándola del palacio. Cuando la conspiración contra su íntima amistad dio sus frutos, el empera- dor obligó a la propia emperatriz a darle la noticia a su “favorita”.
Leopoldina, en verdad, no cesaba de expresar en las cartas su vivo pesar por la partida de su amiga. El mismo día de la expulsión del palacio escribe a Maria:
Recibí vuestra amable carta, y creedme que hice un enorme sacrifício, se- parándome de vos; mas mi destino fue siempre ser obligada a alejarme de las personas más caras a mi corazón y estima. Pero, podéis estar persuadida que ni la terrible distancia, que, de aquí a poco nos va a separar, ni otras
64 En adelante, todas las citas de cartas son tomadas de Maria Graham [1834], Correspon-
circunstancias que preveo tendré que vencer, podrán debilitar la viva amis- tad y verdadera estima que os dedico, y que buscaré siempre y con todo empeño, las ocasiones de probártelo (Carta de Leopoldina a Maria del 10 de octubre de 1824).
Sólo una vez Maria volvió al palacio ante un llamado urgente de Leopoldina (para encargarle una de las numerosas misiones de política de estado en las que la empera- triz frecuentemente intervenía). Fue tanta la prisa con la que Maria partió para llegar a la hora marcada, que el cochero, en una maniobra desatinada, quebró la calesa y la tiró del otro lado de la calle, sufriendo una fractura en la muñeca de la mano izquierda.
La angustia y la persecución que sufre la emperatriz se manifiestan con parti- cular intensidad en el mes de noviembre, en el que declara su amistad y amor por Maria, con la ilusión de compartir sus días con su único gran “afecto”:
Cuantas veces, con nostalgia, pienso en vuestras conversaciones diarias, per- suadiéndome con la esperanza de volver a veros todavía en Europa, donde ninguna persona en el mundo será capaz de forzarme a dejar de veros diaria- mente y decirte, de viva voz, que soy para toda la vida, vuestra amiga afectuosa y dedicada (Carta de Leopoldina a Maria del 4 de noviembre de 1824). Dos días después Leopoldina escribe:
Mi queridísima amiga. Si yo estuviese segura de que vuestra permanencia pudiese tener alguna consecuencia aborrecible para ti, sería la primera en aconsejaros para dejar Brasil. Pero, creedme, mi delicada y única amiga, que es un dulce consuelo para mi corazón, saber que habitáis, aunque por algunos meses, el mismo país que yo...
Asegurándote toda mi amistad, que os seguirá por todas partes donde yo esté,
vossa afeiçoada (Carta de Leopoldina a Maria del 6 de noviembre de 1824).
En las escasas cartas que nos transcribió Maria de su propia autoría, la inglesa corresponde plenamente a los sentimientos de la emperatriz: “Nadie en el mundo puede amar, estimar y respetar más a V. M. que la amiga fiel, afectuosa y sierva de- dicada” (Carta de Maria Graham a Leopoldina del 2 de noviembre de 1826).
El último día que estuvieron juntas, antes de Maria partir para Londres, el 8 de setiembre de 1825, Leopoldina preguntó si podía hacer algo por ella o darle alguna cosa. La inglesa le pidió simplemente un mechón de sus cabellos, y como Leopoldina no tenía tijeras a mano, y no queriendo llamar a un criado para eso, con una navaja se lo cortó entregándoselo a la amiga.
En la tarde de ese mismo día, Leopoldina le escribiría: “Mi querida y delicada amiga! [...] No puedo negarme el placer de afirmaros aún, toda mi amistad, rogán- doos acreditar que estimaría daros siempre pruebas de cuanto os quiero y estimo” (Carta del 8 de setiembre de 1825).
En las cartas para Europa, de 1826, la emperatriz reafirma su desconsuelo por la partida de Maria: “Creedme, mi dedicada y digna amiga, que siento vivamente el sacrificio que impuse a mi corazón que sabe apreciar las dulzuras de la amistad, separándome de ti” (Carta de Leopoldina a Maria del 2 de febrero de 1826).
La opresión de su “cargo” de emperatriz, en un ambiente hostil, la nostalgia que la embargaba lejos de su patria y sus afectos, el peso del renunciamiento a su “de- licada y única amiga”, todo ello lo expresa claramente en una de sus últimas cartas antes de morir:
Hay muchas cosas en este mundo que se desearían mudar por varios mo- tivos y que un sagrado deber o amarga política impiden. Estas mismas razones me fuerzan a quedarme en el Brasil, firmemente persuadida de que en Europa gozaría de mayor reposo de espíritu y de mucho consuelo, cerca de mi familia y de ti, a quien estimo y a quien dedico cariñosa amis- tad... Pero dejemos de hablar sobre este tema. De continuar escribiendo y pensando en eso podría dejarme llevar por una negra melancolía (Carta de Leopoldina a Maria del 17 de setiembre de 1826).
Lejos de su amada hija Glória, que estaba en Europa, sin la compañía de su querida amiga y soportando las humillaciones de la corte y de su propio marido, su situación en el Brasil iba empeorando cada día.
Poco antes de que Pedro partiese de viaje a Rio Grande do Sul, mantuvo con Leopoldina una terrible discusión en la que, según se cuenta, la emperatriz, enfurecida, lo amenazó con retornar a Europa. Existen dos versiones sobre el desenlace de esta pelea marital: una augusta reconciliación que le habría valido a Leopoldina un magnífico anillo de diamantes o una poco noble paliza que el emperador le habría propinado, aun consciente de su estado de embarazo. Como cuenta un diario de la época sobre Pedro:
Por estos mismos tiempos, una escandalosa convivencia con una meretriz a quien hizo Marquesa, despreció a su mujer la Emperatriz Leopoldina, y yendo para Rio Grande mandó a asesinarla, intensificando su calvario, al haber antes de su partida, maltratado a la misma Emperatriz con puntapiés estando ella encinta (O Tribuno do Povo, 14 abril de 1831, p. 122).
Lo real es que por “una fatal complicación de su embarazo”, el 11 de setiembre de 1826, tres días después de la “discusión conyugal”, la emperatriz moría.
En la última carta que escribió para Maria, poco antes de morir (del 22 de octu- bre de 1826), Leopoldina vuelve a mencionar la “negra” melancolía que la embargara en sus últimos días y el dulce recuerdo de su afecta amiga que la confortaba:65
Estoy desde hace algún tiempo en una melancolía realmente negra, y so- lamente la gran y tierna amistad que os dedico me proporciona el dulce placer de escribir estas pocas líneas.
Lo que me dejó contenta fue la afirmación que él me hizo de que gozáis de perfecta salud, que visteis un poco el jardín de Europa, la incomparable Italia, y pudisteis tal vez ver a mis bienamadas hermanas. Cómo os envidio, desde el fondo de este desierto, esa dulce felicidad!!!
Asegurándoos toda mi amistad y estima, soy
Vossa muito afeiçoada (Tu muy afecta).
Leopoldina
En verdad, lo que se desprende de tales cartas, es una estrecha relación de amis- tad y solidaridad entre dos mujeres con necesidades y carencias similares. Amistad íntima femenina al estilo de la passionlessness, la ideología sexual victoriana que esencializaba lo femenino enfatizando el aspecto (y superioridad moral) frente al deseo meramente sexual (Cott, 1978).66
Como la propia Leopoldina lo expresa: “Sólo las expansiones en el corazón de una verdadera amiga pueden promover la felicidad”. Un tipo de solidaridad espiritual de carácter femenino basada en la amistad íntima, pero también una relación amorosa que según Hardman (1993), podría denominarse homoaffectionalism (homoafecto), es decir, una relación de amor entre dos personas del mismo sexo, en la cual estuvo ausente el contacto genital propiamente dicho.67
65 La emperatriz, nos cuenta Maria, hasta su último suspiro fue humillada por la Marquesa de Santos. En su cargo de camarera principal, y dada la ausencia del emperador, permaneció junto a Leopoldina en su lenta agonía, prohibiéndole incluso ver a sus hijos por quienes la emperatriz clamaba. Pocas horas antes de morir, Lepoldina, descontrolada, estalló en una serie de improperios contra Domitila, reaccionando ésta también violentamente. Una persona que estaba presente la retiró a la fuerza del cuarto, muriendo Leopoldina poco tiempo después. 66 “I use the term to convey the view that women lacked sexual aggressiveness, that their
sexual appetites contributed a very minor part (if any at all) to their motivations, that lustful- ness was a simply uncharacteristic. The concept of passionlessness represented a cluster of ideas about the comparative weight of woman’s carnal nature and her moral nature; it indi- cated more about drives and temperament than about actions and is to be understood more metaphorically than literally” (Cott, 1978:220).
67 El término homoaffectionalism es utilizado por el historiador Paul D. Hardman para iden- tificar las relaciones caracterizadas por fuertes lazos afectivos y emocionales entre personas
En verdad, tal estado de cosas puede no haber sido muy claro, ni siquiera para las dos amigas. Con seguridad, las pasiones, los deseos, el erotismo, los tipos de contacto físico y demostraciones de afectos se presentaban mezclados y ciertamente confusos. Al final de cuentas, ¿cómo calificar los sentimientos que no pueden ser sentidos o los deseos de lo que no puede ser deseado? Un camino posible era la amistad que sobrepa- saba cualquier otro sentimiento y se confundía con la pasión. “Amistad”, también, era la única palabra, en el repertorio vigente, que podía calificar el amor entre dos mujeres.68