Los enragés no se habían atraído solamente a los más revolucionarios de los sans-
culottes parisienses. También se habían atraído a su órbita a las mujeres más
revolucionarias. Como encargados del abastecimiento del hogar, sentían de forma más directa todavía que los hombres los sufrimientos producidos por la carestía de la vida, por la escasez. Los motines contra la carestía de la vida, en febrero y en junio de 1793, los habían provocado, sobre todo, las mujeres. La “Sociedad de las Republicanas Revolucionarias” fue en cierto modo la sección femenina del movimiento de los enragés. La había creado el 10 de mayo, en plena lucha contra la Gironda, una joven artista, Claire Lacombe. Desde el comienzo, la Sociedad había combinado estrechamente la acción económica con la acción política, la acción contra el alza de los precios y la acción a favor de la libertad.
Pero, una vez vencidos los girondinos, los jacobinos necesitaron menos la ayuda de las mujeres, sobre todo cuando vieron a las republicanas revolucionarias haciendo causa común con los enragés. |154| En su sesión del 16 de septiembre, Claire se vio injuriada y sin posibilidad de defenderse. Se decidió escribir a las mujeres revolucionarias para incitarlas a deshacerse de las mujeres sospechosas que dirigían la Sociedad y obligar al Comité de Seguridad General a que las detuviese. Unos instantes después, Claire Lacombe estaba entre rejas; no obstante, el día siguiente iban a ponerla en libertad. No por ello se dejaron intimidar las republicanas revolucionarias. Por el contrario, redoblaron su actividad. El 21 de septiembre se presentaron en delegación a la sección de la Croix-Rouge. Formularon exigencias tanto de tipo político como económico: el Terror y el precio máximo. El día 30 se presentaron en el Consejo General de la Comuna y Claire Lacombe reclamó, en nombre de aquéllas, visitas a los domicilios de los comerciantes, único medio de hacer aplicar la ley del precio máximo. El Consejo decidió hacer suya la petición y presentarla a la Convención.
Pero los ataques aumentaron. El 6 de octubre la Sociedad Revolucionaria de los Hombres del 10 de Agosto denunció en la Convención las “intenciones incívicas de varias mujeres que se dicen revolucionarias”, y pidió la disolución de su Sociedad. El día siguiente, Claire Lacombe, admitida en la tribuna a la cabeza de una delegación, se indignó contra quienes, el día anterior, la habían identificado con Charlotte Corday. Afirmó la voluntad de las mujeres revolucionarias de no dejarse convencer: “Nuestros derecho son los del pueblo y, si nos oprimen, sabremos oponer resistencia a la opresión”.
Claire Lacombe y sus hermanas eran blanco de la hostilidad muy especial de las mujeres del mercado. Su campaña en favor del precio máximo y de su rigurosa aplicación había indispuesto a estas últimas, cuyos negocios reducía ya considerablemente la escasez. Las verduleras se deslizaban hacia la contrarrevolución. Ahora bien, las mujeres revolucionarias, cuyo local estaba próximo al mercado de Les Halles, llevaban como señal de adhesión la escarapela tricolor sobre su peinado, otras el gorro rojo, otras incluso un
pantalón |155| rojo. Las verduleras utilizaron como pretexto esos atuendos para manifestar su malhumor. Insultaron y amenazaron a las militantes.
Los adversarios de las republicanas revolucionarias aprovecharon aquellos incidentes. Instigaron a las verduleras contra el club femenino. Hicieron creer con falsedad a las mujeres del mercado que las compañeras de Claire Lacombe querían pedir a la Convención que obligase, por decreto, a todas las mujeres a llevar gorro y pantalón rojo. Por esa razón, el 28 de octubre por la mañana, una aglomeración de cerca de 6.000 furiosas se formó en las inmediaciones del local en el que las republicanas revolucionarias solían celebrar sus reuniones, en las dependencias de la iglesia de San Eustaquio. Invadieron las tribunas, interrumpieron e insultaron a las mujeres miembros del club.
Las compañeras de Claire Lacombe comprendieron en seguida el sentido de aquella maniobra. Una de ellas declaró que se habían organizado una estratagema para disolver la Sociedad. En esto, se presentó un representante de la autoridad pública. Se puso de parte de las verduleras, declaró que todas las mujeres eran libres de peinarse como les pareciese y obligó a la presidenta a quitarse el gorro rojo. Después, dirigiéndose a los espectadores reclamó: “Las ciudadanas republicanas revolucionarias no están en reunión, todo el mundo puede entrar”. Entonces, una multitud innumerable interrumpió en la sala, abrumó a las mujeres de la Sociedad con las invectivas más groseras y ejerció la violencia contra ellas.
Fueron las agresoras y no las agredidas quienes se quejaron ante la Comuna. Ésta felicitó a los representantes de la autoridad pública “que habían adoptado medidas para impedir a dicha Sociedad que se reuniese durante cierto tiempo”. El día siguiente, se admitió en la tribuna de la Convención a las mujeres del mercado, quienes presentaron “una petición en la que se quejan de las mujeres que se dicen revolucionarias y que han querido forzarlas a llevar el gorro rojo”.
|156| El día siguiente, Amar, el ponente de la Asamblea, se atrevió a afirmar que las republicanas revolucionarias habían querido provocar desórdenes en París a favor de los girondinos. Después, amplió el debate y se entregó a una violenta diatriba antifeminista. Las mujeres debían permanecer en el hogar, la vida pública no era cosa de ellas. “No es posible que las mujeres ejerzan los derechos políticos”. Los burgueses de la Convención aplaudieron ruidosamente aquel lenguaje reaccionario y decretaron la supresión de los clubs y sociedades populares de mujeres, cualquiera que fuese su denominación.
Las republicanas revolucionarias intentaron una última resistencia. El 5 de noviembre, una delegación de ciudadanas se presentó en la tribuna de la Convención para protestar. Numerosas voces reclamaron el orden del día, que se votó por unanimidad. La sala resonó de aplausos y las mujeres peticionarias tuvieron que retirarse “con precipitación” de la tribuna.
El día 17, una delegación análoga se presentó en la Comuna. La acogieron con abucheos y murmullos tan violentos, que ninguna ciudadana pudo intentar hablar siquiera. Desde las tribunas gritaban: “¡Abajo el gorro rojo de las mujeres!”. El Presidente se cubrió. Cuando volvió a hacerse la calma, Chaumette, misógino notorio, acusó a las “marimachos” de haber recibido “dinero de las potencias extranjeras”. Y reanudó las diatribas antifeministas de Amar: “¿Desde cuándo les está permitido a las mujeres abjurar de su sexo, convertirse en hombres? ¿Desde cuándo es decente ver a mujeres abandonar
los cuidados devotos de su familia, la cuna de sus hijos, para venir a la plaza pública, a la tribuna de las arengas […] a cumplir con deberes que la naturaleza ha impuesto a los hombres sólo?”. Las mujeres revolucionarias quedaron eliminadas por haber querido sembrar demasiado pronto las primeras simientes de una revolución que liberará a la mujer.
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