* « Hasta el océano se aburrió de él>>. [N. del T.] * * «Pendiente del ensueño». [N. del T.]
* ** « L a noche con la multitud, en este horrible sueño, I venía, espesándose una y otra,
y, en estas regiones que ninguna mirada puede penetrar, I cuanto más numeroso era el hombre, también la sombra era más profunda». [N. del T.]
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C o n la m ultitud, la naturaleza ejerce su derecho elemental sobre la ciudad. Pero no sólo la naturaleza hace valer sus derechos de ese m odo. E n Los miserables hay u n pasaje sorprendente en cuyo texto la ondulación del bosque aparece ya com o arquetipo de la existencia de la masa. « L o que había pasado en esta calle, en el bosque nada tiene de asombroso; maleza y troncos, las hierbas y las ramas, inextricablem ente enredadas entre sí, y el alto césped llevan en su seno una existencia que es de ín dole oscura; a través de ese horm igu eo opaco algo se desliza, en lo invisible; con ello, lo que está p or debajo del hom bre percibe de algún m o d o , a través de la niebla, eso que está p o r encim a de é l» * . E n esta representación se encuentra inserto lo que fue peculiar en la experien cia de H u go co n respecto de la m u ltitu d . E n ella, lo que está p or debajo del hom bre aparece en contacto, oscuramente, con aquello que im pera sobre él. Esta prom iscuidad es la que incluye todas las demás p rom iscuidades. La m u ltitu d en H u g o viene a aparecerse com o u n h íb rid o que enorm es fuerzas deform es gestan para aquellas que se encuentran p o r debajo del hom bre. C o n ello, en el empaque visiona rio que se da en el concepto de m ultitud en H ugo, se le hace justicia al ser social m ejor que en el tratamiento «realista» que él mismo le apli caba en la política. Pues la m ultitud es ahí, de hecho, como u n espec táculo natural, si es que puede trasladarse la expresión a las relaciones sociales. U n a calle, u n incendio, u n accidente de tráfico reúnen a p er sonas que, com o tales, se encuen tran libres de determ in a ción p o r efecto directo de su clase. Se presentan com o aglomeraciones de carác ter concreto; pero socialmente, sin em bargo, aún siguen siendo abs tractas, es decir, en sus aislados intereses privados. Su m odelo lo ofre cen los clientes que —cada u n o con su interés privado— van a reunirse en el mercado en torno a lo que es « la cosa c o m ú n » . Y muchas veces, tales aglom eraciones sólo tien en existencia en la estadística. E n ésta queda ocu lto lo que en ellas constituye lo m onstruoso, a saber: la m asificación de personas privadas en fun ción del azar de sus intereses privados. S in em bargo, si estas aglom eraciones saltan a la vista de inm ediato —y de ello se cuidan los Estados totalitarios al hacer perm a nente y perentoria para todo propósito la masificación de sus clientes—,
no se conoce. I ¡Los vivos todos! ciudades zumbando en los oídos I más que un bosque de Am érica o colmenas de abejas». [N. del T .]
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EL PARÍS DEL SEGUNDO IMPERIO EN BAUDELAIREsu carácter híbrido del mismo m odo aflora claramente. Y lo hace sobre todo respecto de los m ism os con cernidos. E l azar de la econom ía de mercado, que de ese m odo los reúne, lo racionalizan ellos en form a de « d e stin o » en el que la raza se reencuentra. C o n ello dan libre juego al gregarismo y a la actuación refleja al m ism o tiem po. Los pueblos que hoy están en prim er plano de la escena en Europa occidental traban así su conocim iento con eso mismo sobrenatural que H ugo encuentra en la m ultitud. Pero el mismo H ugo, sin embargo, no podría nunca des cifrar la p rem onición histórica subyacente a esta magnitud. Mas en su obra nos dejó su im pronta com o una especial deformación: la peculiar figura que conform an los protocolos del espiritismo.
E l contacto co n el m u n d o de los espíritus, que, com o es sabido, estando en Jersey influiría hondam ente en su existencia así com o en su producción, p or extraño que pueda parecer fue ante todo u n contacto con las masas, que era justam en te el que el poeta estaba echando en falta en el exilio. Pues la m u ltitud es en efecto el m o do de existencia del m u n d o correspondien te a los espíritus. H ugo se veía a sí m ism o ante todo en calidad de gen io puesto en m ed io de una asamblea de grandes genios que eran sin duda sus antepasados. A sí su William Shakes
peare* va repasando página tras página, en sus grandes rapsodias, la serie
de estos príncipes del espíritu que tiene su com ienzo en Moisés y ter m in a con H u g o . Pero eso sólo constituye u n p eq u eñ o tro p el en la m ultitud de los difuntos. E l adplures iré** propio de los rom anos no era para el ctónico ingenio de H ugo una frase hueca. C laro que los espíri tus de los muertos llegarían tarde, como mensajeros de la noche, sólo en la última sesión. Las anotaciones de Jersey nos conservan fielm ente sus mensajes: « C a d a grande trabaja en dos distintas obras. E n la obra que crea como viviente y en su obra espectral ... E l viviente se consagra a la primera, pero p or la noche, en la calma profunda, despierta en él de pronto, ¡oh, espanto!, el creador espectral. Pero, ¿cóm o?, exclama la criatura, ¿ n o es esto to d o ? N o , responde el espíritu; levántate; la torm en ta ya se ha desatado, perros y zorros aúllan y la oscuridad lo invade todo; la naturaleza se estremece, sobresaltada bajo el látigo de D io s ... E l creador espectral ve de este m o d o la fantasm al idea. Las
* Ed. esp.: Víctor Hugo, William Shakespeare, Miraguano, Madrid, 2 0 0 4 - [N. del T.]
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palabras se resisten y la frase se aterra ... la luna va pasando macilenta, el m iedo sobrecoge a las farolas ... Guárdate pues, viviente, guárdate, hom bre del siglo, tú, vasallo de un pensam iento que procede de la tie rra. Porque esto es la dem encia, esto es la tumba; esto es lo in fin ito; esto es una idea fantasm al»[63l_ El cósmico estremecimiento producido en la vivencia cabal de lo invisible que H ugo registra así en tal pasaje no tiene la m en or sim ilitud co n el terror que dom in a a Baudelaire ata cado de spleen. Tam poco mostraría Baudelaire una excesiva com p ren sión p or la empresa de H ugo. « L a verdadera civilización», decía, « n o se encuen tra e n la mesa de los espiritistas». Pero lo que a H u go le importaba no era desde luego la civilización. Y es que en ese m undo de los espíritus se sentía m uy a gusto. Este era, según podría decirse, el com plem ento cósm ico de u n régim en dom éstico donde las cosas no m archaban sin h o rro r. Su in tim id ad con las apariciones les quita a éstas m ucho de lo que tuvieran de terrible. Pero tam poco estaba del todo libre de laboriosidad, dejando ver en ellas com o una especie de deshilachamiento. La contrapartida a los espectros nocturnos son abs tracciones que no nos d icen nada, encarnaciones sensibles más o menos, com o eran habituales p or entonces en los m onum entos c o n m em orativos. « E l d ra m a », « la lír ic a » , « la p o e sía » , « e l p en sa m ie n to » y muchas cosas análogas p ueden oírse desinhibidam ente en los protocolos de Jersey, ju n to a esas otras voces que proceden del caos.
Las inabarcables m ultitudes del m undo de los espíritus —cosa que podría aproximar el enigm a a su solución— son para H ugo sobre todo el p ú b lico . D e este m odo, el h ech o de que su obra acoja m otivos de mesa espiritista resulta bastante m enos sorprenden te que el de que acostum brara a p ro d u cir ante ella. E l aplauso que no le escatim ó el más allá le dará a su vez en el exilio com o una n o ció n p relim inar del inconm ensurable que, ya viejo, le esperaba en la patria. Guando en su septuagésimo aniversario el pueblo se agolpó ante su casa en la Avenue d ’Eylau, se realizó la imagen de la ola cuando brama contra el arrecife, pero también, al tiem po, el mensaje del m undo de los espíritus.
Esa insondable oscuridad propia de la esencia de l£s masas fue en últim o térm ino la fuente de las especulaciones revolucionarias de V ic -