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(ii) Stepping down from the upper pay range

3.1

El cargo de formalista a Kant es sin duda el achaque más conocido: el mismo Kant reconoció que sus logros en ética eran meramente formales. Este cargo consiste en presentar a la ética kantiana como mera forma supraempírica distante de las acciones prácticas. Es decir, una ética rica en principios teóricos, pero vacía para orientar las acciones prácticas. Los críticos suelen ver en Hegel un efectivo formulador de esta objeción; sin embargo, Schopenhauer la formuló en sus propios términos. Mientras que Hegel considero que el imperativo categórico era un principio tan sólo formal y que requería una forma de volverse concreta en el Estado y la sociedad civil (cfr. Hoyos, 2007: 280 –287 y O’ Neill, 1995: 261 - 263), Schopenhauer, a diferencia de su gran

epígono, no se alejo hacía la filosofía política para lanzar su embate, sino que en el terreno “trascendental” encontró un fértil campo para germinar su ataque contra los conceptos como a priori o el afán de depurar la ética del mundo empírico. Lo que Kant había presentado como un mérito y una novedad de su esfuerzo por fundamentar la ética, polemizando con Wolff (cfr. FMC: 390 [58]), es severamente reprochado:

No podemos participar de la alegría que Kant siente porque su ética no sea un principio material, es decir, un principio que establece un objeto como motivo, sino meramente formal, con lo que se corresponde simétricamente con las leyes formales que nos ha dado a conocer la Crítica de la razón pura. De hecho, en lugar de una ley es solo la fórmula para descubrirla (MVR1, Apéndice, 623 [593]).

El depurar a la ética de todo principio material o empírico, en opinión de Schopenhauer, no puede ser asumido como un logro. En tanto que pura forma, no puede tener validez moral un principio que nunca ocurre y es sólo posible, pues sería desatender el mundo de la experiencia y el vivir mundano, donde es de mayor importancia lo que hay que lo

posible: “Puesto que Kant, al despreciar todos los móviles empíricos de la voluntad, desechó de antemano como empírico todo lo objetivo y todo lo subjetivo sobre lo que se pudiese fundamentar una ley para ella, no le quedo como materia de esa ley más que su propia forma” (DPF, E2: §6, 141 [181 – 182]). El arduo procedimiento de Kant, del cual él mismo era consciente, por fundamentar un principio moral teniendo como materia la sólo forma es para Schopenhauer un hábil procedimiento que equipara a las repentinas y espontáneas uniones de los elementos:

Con tanto mayor motivo tenemos que aguardar con impaciencia la solución de la tarea que él mismo se ha propuesto, y esperar ansiosos a ver cómo de la nada ha de resultar algo; es decir, cómo a partir de conceptos puramente apriorísticos, sin contenido empírico ni material alguno, han de precipitarse las leyes del obrar material humano; un proceso como símbolo del cual podemos considerar aquel proceso químico por el que de tres gases invisibles (nitrógeno, hidrógeno y cloro), o sea, en el espacio aparentemente vacío, surge ante nuestros ojos amoniaco sólido (DPF, E2: §6, 138 [179]).

En apoyo de este embate Schopenhauer toma los conceptos relacionados con aprioridad en Kant, según el cual los conocimientos a priori, por su condicionamiento competen al fenómeno y están limitados con respecto al ser en sí de las cosas. Su ética “por tanto se tiene que referir sólo a la forma, no al contenidode las acciones” (DPF, E2: §6 129 [169 – 170]). El detallado análisis de la razón práctica kantiana, que va desde el itinerario de su método apriorístico, su evolución conceptual desde la Crítica de la razón pura hasta la Crítica de la razón práctica, lleva a afirmar que la afanosa búsqueda de Kant por depurar todo contenido empírico reduce su ética a un conjunto de conceptos abstractos, carentes de solidez alguna e incapaces de referirse a la moralidad como tal (cfr. DPF, E2: §5 - §6, 126 – 129 [166 – 169]). En contraposición, Schopenhauer piensa que “el moralista, como el filósofo en general, ha de conformarse con la explicación e interpretación de lo dado, esto es, aceptar lo que realmente hay o acontece, para llegar a su comprensión” (DPF, E2: §4, 120 [160]).

Pero aún más importante, de este ataque a Kant se sigue que la razón en su forma práctica es una mera formalidad, una ficción “pensada un poco en los queridos ángeles”; luego la razón carece de valor en la motivación moral, pues ella es tan sólo nuestra facultad de representación: “La razón, como la facultad de conocer en general, es algo secundario, perteneciente al fenómeno e incluso condicionado por el organismo; y, en cambio, el verdadero núcleo, lo único metafísico y por tanto indestructible en el hombre es su voluntad” (DPF, E2: §6 132 [172]). Para corroborar esta crítica Schopenhauer presta atención particularmente a lo que Kant denomino “las obligaciones para con nosotros mismos”. El análisis de estos deberes hacia nosotros mismos carecen de valor moral alguno puesto que “la significación moral de una acción moral solo puede radicar en su relación con los otros” (DPF, E2: §16, 206 [249]). De manera que el formalismo kantiano lejos de indicar un camino hacia el obrar correcto es abiertamente inmoral.

Pero otro camino conduce al formalismo kantiano: la distinción entre fenómeno y cosa en sí. Pese a que “con la separación del a priori y el a posteriori en el conocimiento

humano” Kant “ha realizado el descubrimiento más magnifico y exitoso del que se pueda vanagloriar la metafísica” (DPF, E2: §6, 129 [169]), el llevar esta distinción al campo de la ética ha dado a este conocimiento el estatuto a priori, por tanto su forma de cognoscibilidad debe ser independiente de toda experiencia tanto interna como externa, haciendo que la ética sea “meramente formal, como todo lo conocido a priori; por tanto se tiene que referir sólo a la forma, no al contenido de las acciones” (DPF, E2: §6, 129 [169]).

Aun más, Schopenhauer rastrea como los tempranos kantianos y sutilmente el mismo Kant, de forma especial en la Crítica de la razón práctica, pese a negar cualquier móvil empírico como fundamento moral han establecido el imperativo categórico como un hecho de la conciencia, lo que significa una abierta contradicción con los propósitos de Kant en la Fundamentación: “Pero entonces estaría fundado antropológicamente, por experiencia aunque sea interna, o sea, empíricamente; lo cual va directamente en contra del parecer de Kant y es repetidamente rechazado por él” (DPF, E2: §6, 139 [179]). Este desplazamiento de la formalidad hacia la conciencia es también objetado por Schopenhauer:

Solamente en los hechos llega cada uno a conocerse empíricamente, tanto a sí mismo como a los demás, y

sólo ellos gravan la conciencia moral (…). En segundo lugar, la conciencia moral toma siempre su materia

de la experiencia, cosa que no puede hacer el presunto imperativo categórico, porque es puramente a priori (DPF, E2: §9, 170 [212 – 213]).

Schopenhauer asume que la ética kantiana debido a su formalismo es ineficaz: “Pues la moral tiene que ver con el obrar real del hombre y no con apriorísticos castillos de naipes, de cuyos resultados ningún hombre haría caso dentro de la seriedad y los afanes de la vida, y cuyo efecto frente a la tormenta de las pasiones sería tanto como el de una jeringa frente a un incendio” (DPF, E2: §6 143 [184]). La consecuencia de la formalidad de la ética kantiana es convertir su proyecto, en armonía con la teología, en un pregoneo,

un sermón o un oráculo supraterrenal: “La razón práctica con su imperativo categórico aparece en la escuela kantiana cada vez más como un hecho hiperfísico, como un templo délfico en el ánimo humano; los oráculos de su oscuro santuario anuncian infaliblemente, no, por desgracia lo que va a suceder, pero sí lo que debeocurrir” (DPF, E2: §6 146 [187]).

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