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En Alejandría siempre había discordia y revuelta entre los naturales y los judíos. Desde aquel tiempo que Alejandro dió a los valientes y esforzados judíos libertad de vivir en Alejandría, por haberle valerosamente ayudado en la guerra que tuvo contra los egipcios, concedió les todas las libertades que tenían los mismos gentiles de Alejandría; conservaban la misma honra con los sucesores de Alejandro, y aun les habían diputado cierta parte de la ciudad, para que allí viviesen y pudiesen tener más limpia conversación entre sí, apartados de la comunicación de los gentiles, y concediéronles que también pudieran llamarse macedonios.

Después, viniendo Egipto a la sujeción de los romanos, ni el primer César, ni otro alguno de los que le sucedieron, quitaron a los judíos lo que Alejandro les había concedido. Estos casi cada día peleaban con los griegos; y como los jueces castigaban a muchos de ambas partes, acrecentábase la discordia y riña entre ellos, y como también en las otras partes estaba todo revuelto.

Se encendió más el alboroto porque, habiendo hecho los de Alejandría ayuntamiento para determinar embajadores que fuesen a Nerón sobre ciertos negocios, muchos judíos vinieron al anfiteatro mezclados entre los griegos. Siendo vis tos por sus contrarios, comenzaron a dar luego voces de que los judíos les eran enemigos y venían por espías. Además de esto pusieron las manos en ellos, y todos fueron por la huída dispersados, excepto tres, que arrebataban como si los hubieran de quemar vivos. Por esto quisieron todos los judíos socorrerles, y comenzaron a tirar piedras contra los griegos, y después arrebataron manojos de leña en fuego, y vinieron con ímpetu al anfiteatro, amenazando poner fuego a todo y que marlos allí vivos; y ejecutaran ciertamente lo que amenazaban, si Alejandro Tiberio, gobernador de la ciudad, no refrenara la ira grande que tenían.

No comenzó éste a amansarlos al principio con armas ni con fuerza; sino poniendo a los más nobles de los judíos por media, amonestábales que no moviesen contra de los soldados romanos. Mas los sediciosos burlábanse del benigno ruego, y aun a veces injuriaban a Tiberio: viendo, pues, éste que ya no se podían apaciguar sin gran calamidad aquellos revolve- dores, hizo que dos legiones de los romanos viniesen contra ellos, las cuales estaban en la ciudad, y con ellas cinco mil soldados que por acaso habían venido de Libia para destrucción de los judíos; y mandó que no sólo los matasen, mas que después de muertos los robasen todos y pusiesen fuego a sus casas. Obedeciendo ellos, corrieron contra los judíos en un lugar que se llama Delta, porque allí estaban los judíos todos juntos, y ejecutaban valerosamente lo que les había sido mandado; pero no fué este hecho sin victoria muy sangrienta, porque los judíos se hablan juntado y puesto delante a los que estaban mejor armados, y así resistiéronles algún tiempo; mas siendo una vez forzados a huir, fueron todos muertos. No murieron todos de una manera, porque los unos fueron alcanzados en las calles y en los campos, y los otros cerrados en sus casas y con ellas quemados vivos, robando primero lo que dentro hallaban, sin que los moviese ni refrenase la honra que debían guardar con la vejez de muchos, ni la misericordia a los niños; antes mataban igualmente a todos.

Abundaba de sangre todo aquel lugar, porque fueron hallados cincuenta mil cuerpos muertos, y no quedara rastro de ellos, si no se pusieran a rogar y perdón. Alejandro Tiberio, teniendo de ellos compasión, mandó a los romanos que se fuesen: y los soldados, acostumbrados a obedecer sus ma ndamientos, luego cesaron; mas la gente y pueblo común de Alejandría apenas podían contenerse en lo que hablan comenzando, por el gran odio que a los judíos tenían, y aun penas se podían apartar de los muertos.

Capítulo XXII

Del estraga y muertes que Cestio mandó hacer de los judíos.

Pareció a Cestio que no era tiempo de estar quedo, pues que los judíos eran en todas partes aborrecidos y desechados; y así, trayendo consigo la legión duodécima toda entera de Antioquía, y más de dos mil de gente de a pie escogida de las otras, y cuatro escuadras de gente de a caballo, además de ésta el socorro de los reyes, es a saber, de Amtloco dos mil caballos y tres mil de a pie, y todos su flecheros; de Agripa otros tantos de a pie y mil caballos; y siguiendo Sohemo, salió de Ptolemaída acompañado con cuatro mil, de los cuales la tercera parte era de gente de a caballo, y los demás eran flecheros. Muchos de las ciudades se juntaron de socorro, no tan diestros como los soldados, mas lo que la faltaba en el saber, suplían con presteza y odio que tenían contra los judíos. Agripa también venia con Cestio como capitán, para dar consejo, así en todo lo que era necesario, como por donde habían de caminar.

Cestio, sacada consigo una parte del ejército, fué contra la más fuerte ciudad de Galilea, llamada Zabulón de los Varones, la cual aparta a Ptolemaida de los fines y términos de los judíos: y hallándola desamparada de todos sus ciuda- danos, porque la muchedumbre se había huido a los montes, pero llena de todas las cosas y riquezas, concedió a sus sol- dados que las robasen, y mandó quemar la villa toda, aunque se maravilló de ver su gentileza, porque habla casas edificadas de la misma manera que en Sidonia, Tiro y Berito.

Después discurrió por todo el territorio, y robó y destruyó todo cuanto halló en el camino; y quemados todos los lugares que alrededor había, volvióse a Ptolemaida.

Estando aún los siros ocupados en el saqueo, y principalmente los beritios, cobrando algún ánimo y esperanza los judíos, porque ya sabían que había partido Cestio, dieron presto en los que habían quedado, y mataron casi dos mil.

Partiendo Cestio de Ptolemaida, vínose a Cesárea, y envió delante parte de su ejército a Jope, con tal mandamiento que guardasen la villa si la pudiesen ganar, y que si los ciudadanos de allí sentían lo que querían hacer, esperasen hasta que él y la otra gente de guerra llegase. Partiendo, pues, los unos por mar, y los otros por tierra, tomaron por ambas partes fácilmente a Jope, de tal manera, que los que allí vivían, aun no podían ni tenían lugar ni ocasión para huir, cuanto menos para aparejarse a la pelea.

Arremetiendo la gente contra los judíos, matáronlos a todos con sus familias; y habiendo robado la ciudad, dié ronle fuego. El número de los muertos llegó a ocho mil cuatrocientos.

De la misma manera envió muchos de a caballo al señorío de Narlatene, que está cerca de los confines de Samaria, los cuales tomaron parte de las fronteras, y mataron gran muchedumbre de los naturales, y robando cuanto tenían, die ron también fuego a todos los lugares.

Capítulo XXIII