1. Transformaciones en la era de la modernidad
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El periodo que abarca la segunda ola del feminismo es uno de los más extensos. Se sitúa entre 1848, fecha de la Declaración de Sentimientos de Seneca Falls en EE. UU., y la década de 1950, justo después de la Segunda Guerra Mundial. El racionalismo ilustrado provoca en Occidente una ruptura radical y profundas transformaciones en los ámbitos político, económico, social, científico y tecnológico. Se abre el capítulo de la Modernidad cuyo marco proporciona las condiciones para la profusión de nuevas teorías y prácticas. Desde el punto de vista político, la Modernidad inaugura la era de los Estados nación, el fin del absolutismo, el reconocimiento de derechos civiles y políticos y el principio de alternancia política garantizado por el sufragio. Con un espacio público abierto a la participación y mediado por el contrato social y la idea de
voluntad general, se diversifican las opciones políticas y se multiplican los movimientos sociales reivindicativos, muchos inscritos en dos visiones dominantes del mundo en el siglo XIX.
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Uno es el liberalismo, con un entramado político e ideológico directamente heredado del racionalismo ilustrado que se construye a partir y alrededor del concepto de individuo. El individuo condiciona y determina el horizonte normativo liberal y organiza todo el sistema político, legislativo, social y económico en base a la protección y la defensa de este núcleo. Según esta visión, el desarrollo de las libertades individuales y el establecimiento de un Estado de Derecho son las garantías contra cualquier tendencia absolutista del Estado contra los individuos. El otro modelo es el socialismo, cuyas teorías y propuestas normativas surgen de las transformaciones provocadas por la industrialización y el capitalismo naciente. Su referente teórico será el concepto de clase social desarrollado por el materialismo histórico del filósofo alemán Karl Marx. Su visión se centra en la evolución histórica del ser humano: el ser humano transita por del desarrollo de la humanidad y no es el fruto de una evolución natural e inmutable.
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Por lo tanto, el ser humano puede intervenir en la historia para modificar las condiciones reales y concretas de su existencia a partir de un análisis consciente de los elementos que la caracterizan. ¿Cuáles son las condiciones concretas? El capitalismo, por su dinámica interna y externa, ha producido una división de la sociedad en clases con intereses contradictorios. El concepto de clase social es el eje de la teoría marxista. Gracias a este concepto se explican las condiciones concretas de la existencia de los seres humanos, condiciones descritas como injustas, de explotación de una clase social por la otra. Y por otra parte, convierte a la clase proletaria en el vector del cambio social y político de la lucha de clases como necesidad histórica para alcanzar a una sociedad justa sin clases.
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Estas dos visiones inspirarán diversos sistemas políticos, sociales y económicos con los que se va a articular el feminismo. Es más, fiel a su tradición de pensamiento radical, el feminismo llega a convertirse en una fuerza política y social propia y se constituye en el tercer mayor movimiento social del siglo XIX . El feminismo de la segunda ola buscará cómo 27
concretar sus objetivos, diversificar sus estrategias políticas y finalmente, obtener una de sus reivindicaciones principales el derecho de voto para las mujeres.
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Los cambios sociales experimentados por las mujeres en el siglo XIX serán un factor determinante de movilización feminista y su toma de conciencia como grupo oprimido. El fenómeno más sobresaliente será el ingreso de las mujeres en algunos sectores de la esfera pública. Se incorporan masivamente al trabajo productivo, en las fábricas y en diversos empleos durante la Primera y Segunda Guerra Mundial y se involucran en distintos movimientos sociales y políticos. Estas experiencias provocarán una toma de conciencia de su opresión en tanto que
MIYARES A., “El sufragismo”, en AMORÓS C., DE MIGUEL ÁLVAREZ A. (Eds.), Teoría Feminista: de la
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grupo o género y dan lugar a un cuestionamiento del statu quo al que estaban sometidas. La igualdad, la libertad, los derechos civiles y políticos y la ciudadanía siguen siendo privilegios y prerrogativas masculinos, limitados para las mujeres a pesar de haber adquirido nuevas funciones en el espacio público. La crítica feminista pondrá el dedo en otra incoherencia: mientras la primera ola pretendía desmontar las justificaciones esencialistas de la exclusión de las mujeres del espacio público, la segunda ola cuestiona la coherencia del discurso que vincula la ciudadanía al espacio público. Si la ciudadanía es un derecho vinculado al espacio público y las mujeres han podido demostrar sus capacidades y participación en el espacio público, entonces ¿por qué siguen excluidas de la ciudadanía?
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El movimiento para la emancipación de las mujeres de la segunda ola va a provocar fuertes resistencias. Sus oponentes buscarán sus argumentos en la lógica de la diferencia y jerarquía sexual y en pruebas científicas . Como afirma la filósofa A. Valcárcel, “cuando la 28
Ilustración desfundamentó el viejo discurso religioso, en el que la inferioridad femenina obtenía una validación en clave de justicia -las mujeres heredaban la condena de Eva y su posición de inferioridad era el resultado de la aplicación de la justicia divina a la falta originaria de la primera de ellas- estos argumentos religiosos quedaron también desfundamentados. Pero la voluntad que los sostenía no había perdido vigencia, de manera que la exclusión encontró nuevas formas de argumentarse. La vieja madre Eva no podía resultar convincente para casi nadie en el mundo del progreso técnico, el telégrafo, el ferrocarril, la anestesia y el libre cambio” . En el siglo XIX, la filosofía romántica se encargará de fundamentar la exclusión de 29
las mujeres de la esfera de la individualidad. Los argumentos son una continuación de los esgrimidos por los contractualistas del XVIII como Rousseau, a saber, un orden y equilibrio natural y social asegurado por un modelo en el que las mujeres son la encarnación de la naturaleza y los hombres de la cultura.
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La filosofía proporcionará las claves lógicas de la separación sexual del mundo y la ciencia recurrirá a pruebas empíricas de la diferencia y jerarquía sexual para legitimar la desigualdad entre mujeres y varones. Basándose en las teorías de Charles Darwin sobre la evolución y selección natural de las especies, se intentará encontrar una explicación científica de la superioridad masculina. De estas fundamentaciones científicas sobre la diferencia y jerarquía sexual derivaron muchas otras, sobre la existencia de un instinto maternal, sobre la inferioridad intelectual de las mujeres, su emotividad, etc. que daban la “prueba científica” para excluir a las mujeres de determinados espacios: las mujeres no pueden estar en la política ni en la magistratura porque son demasiado emotivas, no podían asumir responsabilidades públicas porque se enfermaban más, tenían prohibido el derecho al voto porque al ser tan sensibles eran fácilmente manipulables y una larga lista de consideraciones similares cuyas huellas siguen
La noción de resistencia es importante para entender la construcción ideológica de los roles de género en relación
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con su denuncia y desestimación por parte de teorías y movimientos feministas. La noción de resistencia es más que la mera construcción social y cultural de roles de género y pone el énfasis en la existencia de una relación dialéctica conflictiva entre patriarcado y feminismo.
VALCÁRCEL A., op. cit., 2009, p.79.
siendo perceptibles en la actualidad a modo de clichés y estereotipos sobre los “atributos naturales” de las mujeres. El desarrollo de la psicología y psicoanálisis, reforzará las ideas anteriores produciendo explicaciones sobre la existencia de mujeres que se alejan o quieren alejarse del modelo “normal”: reivindicar la individualidad en una mujer se presentará como una anomalía mental que se manifiesta a través de la histeria femenina o de la adopción de comportamientos masculinos . 30
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Sin embargo, este modelo rígido y controlado de feminidad admite ciertas excepciones. Algunas mujeres destacarán de la norma marcada sin ser calificadas de desgraciadas ni de histéricas. Serán las excepciones que confirman la regla. Al ser tan pocas, demuestran que la norma femenina es aquella que puede explicarse por lógica y demostrarse científicamente. Pero no hay que equivocarse sobre la naturaleza de esta relativa permisividad: las mujeres que forman parte de las excepciones son de dos tipos: las que sobresalen por sus méritos, han demostrado estar a la altura de las características masculinas, son fenómenos excepcionales de la naturaleza, una especie de mutante. Estas muchas veces son asimiladas en el imaginario colectivo a varones o ellas mismas adoptan códigos de conducta masculina y se suman a las opiniones generales sobre la división y jerarquización sexual . 31
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Estas mujeres se oponen al poder patriarcal como es el caso de las sufragistas, consideradas por sus opositores como una anomalía. El otro tipo son aquellas que son necesarias para el funcionamiento del sistema patriarcal. Así, el estricto criterio de excepcionalidad y meritocracia permitirá a unas pocas mujeres acceder a la educación formal y a partir de 1920 a la educación superior. Pero la entrada en la excepcionalidad tiene su coste y sus límites: deben renunciar a los atributos sociales de la “feminidad”, entre otros el de casarse y aceptar unas reglas muy estrictas de control de su conducta. Así, para entrar en la categoría de las excepciones obligatoriamente tienen que distanciarse de la norma y para justificar la desmarcación de la norma sólo pueden ser excepciones. Las excepciones forman parte del carácter metaestable del patriarcado, y más concretamente de su pragmatismo. Ahí es donde se pueden evaluar las variaciones en las formas y el nivel de intensidad de los patriarcados.
En el ámbito político, las resistencias a la emancipación femenina se traducen en un conservadurismo político al que se acomodarán tanto los liberalismos como los socialismos. A pesar de sus marcadas diferencias ideológicas, ambas corrientes coincidirán en la importancia de respetar y dejar intacto al pacto patriarcal. Como afirma A. Miyares, ni para el liberalismo las mujeres son individuos ni para el socialismo las mujeres son una clase social. Las mujeres no son individuos porque carecen de propiedad y las mujeres no son una clase, en el sentido marxista, porque no representan el trabajo productivo. Como resultado, el liberalismo acentúa la separación ente público y privado reservando el espacio de lo público para los varones y la
MIYARES A., op. cit., 2010, p.252.
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MARTÍNEZ VICTORIO L., “Decadentismo y misoginia: visiones míticas de la mujer en el fin del siglo”, en
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LOSADA GOYA J.M. (Coord.) , Mito y mundo contemporáneo: la recepción de los mitos antiguos, medievales y modernos en la literatura contemporánea, Levante Editori, Bari, 2010, pp. 593-606, p.599.
esfera de lo privado para las mujeres. La familia, sociedad natural, es una esfera de autoridad y poder para los varones-individuos que el Estado debe proteger. El socialismo, por su parte, acentúa la división sexual del trabajo al diferenciar de manera abierta entre el trabajo productivo y reproductivo, asignando el primero como propio de los varones y el segundo exclusivo de las mujeres . 32
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2. Feminismo decimonónico: intervención y estrategias desde la exclusión
en la política
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a) Punto de arranque del sufragismo en Seneca Falls
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La Declaración de Seneca Falls, llamada también Declaración de Sentimientos, se considera como uno de los primeros textos del feminismo como movimiento social. Hemos visto más arriba antecedentes en la teoría feminista, como la Déclaration des Droits de la
Femme et de la Citoyenne de Olympe de Gouges o A Vindication of the Rights of Woman, de
Mary Wollstonecraft. La Declaración de Seneca Falls se distingue por el hecho de que es el resultado de un trabajo de reflexión y reivindicación colectivo sobre los derechos de las mujeres. En este sentido constituye un hito fundamental en la historia de la teoría feminista y marca el comienzo de su segunda ola. En 1848, en Seneca Falls, en el Estado de Nueva York, liderados por Lucretia Mott e Isabel Cady Stanton, se reúnen 30 hombres y 70 mujeres para debatir y formular unas resoluciones sobre las condiciones y los derechos sociales, civiles y religiosos de las mujeres.
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El contexto social y político de EE. UU. en la posindependencia despertó una oleada de reivindicaciones que giraban esencialmente en torno a dos cuestiones: la necesidad de una reforma moral y religiosa de la sociedad y la abolición de la esclavitud. En ambos movimientos, las mujeres tuvieron una participación importante que contribuyó, en primer lugar, a la toma de conciencia colectiva de su opresión como mujer y, en segundo lugar, a desarrollar sus capacidades para organizarse y actuar en el espacio político. Las mujeres que participan en el movimiento abolicionista rápidamente se dan cuenta de que la cuestión de la opresión tiene sexo. Mientras la de los esclavos se valora como injusta, la de las mujeres se considera natural. En base a esta observación, las mujeres abolicionistas van a radicalizar el discurso sobre la ilegitimidad de la esclavitud. Lo resignifican, estableciendo un paralelismo entre ambas opresiones y comparando la servidumbre de las mujeres, su dependencia, los abusos y las violencias que sufren con la situación de los esclavos.
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“La prolongada esclavitud de las mujeres es la página más negra de la historia humana”, dirá Elizabeth Cady Stanton. Al quedar excluidas de la nueva “regularización ciudadana”, las mujeres plantearán la necesidad de autonomizar su reivindicación y desarrollar una estrategia
MIYARES A., op. cit., 2010, p.289.
para poder canalizarla. Para ello disponen a nivel teórico de las obras de sus predecesoras, como
A Vindication de Mary Wollstonecraft, y a nivel práctico de la experiencia de participación
política adquirida en el movimiento abolicionista. Su referencia será la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. No es una casualidad. Al reutilizar la estructura y los fundamentos de la Declaración de Independencia, las feministas de Seneca Falls sitúan sus reivindicaciones en una continuidad con la tradición ilustrada en la que se basan los principios de igualdad y libertad, ambos asegurados por la voluntad general.
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La Declaración de Seneca Falls consta de dos apartados. El primero “Declaración de los Sentimientos” parte del siguiente postulado: “tenemos estas verdades como evidentes por sí mismas: que todos los hombres y las mujeres han sido creados iguales, que su creador les ha concedido ciertos derechos inalienables, entre los que están el derecho a la vida, a la libertad y a la consecución de la felicidad, que para asegurar estos derechos los gobiernos están instituidos, derivando su poder justo del consentimiento de los gobernados” . En base a esto, denuncian la 33
más ancestral de todas las tiranías: la de los hombres sobre las mujeres. El apartado enumera asimismo las pruebas de esta tiranía en distintos ámbitos: el ejercicio de la ciudadanía y la participación política, la educación, el matrimonio, las condiciones de trabajo, en la religión. Y termina explicando las estrategias que empleará el movimiento sufragista para alcanzar sus objetivos: utilizar agentes, hacer circular tractos y peticiones legislativas y ganar a la prensa y a los representantes religiosos para su causa. El segundo apartado enuncia doce reivindicaciones formuladas como resoluciones que afirman y reivindican la igualdad moral, social, civil y religiosa entre mujeres y varones y plantea la cuestión de la legitimidad política vinculándola al principio de la imposición. Retoman el principio no taxation without representation irracionalizándolo: aquellas personas que carecen del derecho de elegir a sus representantes por lógica tienen que estar exentas de pagar impuestos.
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Si bien se ha subrayado el carácter ilustrado del movimiento sufragista en EE. UU. cabe 34
también resaltar su dimensión religiosa. Para entenderla conviene vincular esta cuestión con su papel en la formación e independencia de Estados Unidos. Sin entrar en detalles, quisiera señalar que uno de los fundamentos históricos de Estados Unidos es la cuestión de la libertad e independencia religiosa la cual ha producido una fragmentación religiosa de muchos grupos o iglesias pequeñas. Cuando se proclama la independencia, el pluralismo religioso se traduce en libertad religiosa. Consagrar la libertad religiosa asegura así la unidad de la nación americana en torno al concepto de Dios, sea cual sea la confesión. In God We Trust es su lema. Como fundamento teórico, se rescatan los principios del deísmo ilustrado que acepta la existencia y naturaleza de Dios en el sentido de Creador a través de la razón y la experiencia personal, en oposición al teísmo que necesita la revelación directa, la fe y la tradición religiosa para poder aceptarla. En esto se diferencia la revolución francesa de la revolución estadounidense: mientras
The Seneca Falls Declaration 1848, http://www.let.rug.nl/usa/documents/1826-1850/the-seneca-falls- 33
declaration-1848.php, consultado el 15/11/2012. MIYARES A., op. cit., 2010, p.260.
la primera pretende apartar a una religión establecida -y sobre todo a sus instituciones todopoderosas-, en EE. UU. no hay una religión nacional ni una hegemonía religiosa sino un pluralismo.
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Esta diferencia se traduce en dos aceptaciones de la laicidad: ambos países se proclaman laicos sin embargo, la tradición francesa defiende una laicidad universal mientras que la estadounidense defiende una laicidad diferencial. Se establece de este modo en Estados Unidos un vínculo histórico entre religión e Ilustración. Será el marco de referencia y el contexto de conflictividad de los movimientos intelectuales y sociales de reivindicación de derechos individuales, incluido el movimiento abolicionista y el movimiento feminista. Esta diferencia en la definición de la laicidad será uno de los ejes de análisis de algunos planteamientos poscoloniales que cuestionan la idea de la modernidad en tanto que separación entre religión y Estado. Para algunos autores como Talal Asad, esta presunción forma parte de una narrativa modernista occidental cuyo efecto es una descualificación de las sociedades no occidentales en tanto que sociedades modernas, sobre todo las de tradición islámica por no tener los supuestos atributos de las naciones modernas, a saber su carácter fundamentalmente laico. Volveré sobre este debate más adelante.
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Las líderes del movimiento sufragista, Lucretia Mott, Elisabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony, están directamente vinculadas a agrupaciones religiosas puritanas, como el movimiento de templanza y los cuáqueros. Elisabeth Cady Stanton, en una comisión compuesta por 26 mujeres organizará una lectura de la Biblia para cuestionar el origen divino de la sumisión de las mujeres a los hombres y proponer una interpretación en la que mujeres y varones aparecen como iguales. Como resultado de este trabajo se publica The Woman's Bible, en 1895. La postura de Cady Stanton con respecto a la interpretación de la Biblia es altamente crítica: “Llevamos haciendo un fetiche de la Biblia desde hace mucho tiempo. Ha llegado el momento de leerlo como cualquier otro libro, aceptando lo bueno y rechazando lo malo que enseña” . Para las intérpretes de la Biblia, la imagen negativa de las mujeres y su negación 35
como persona tanto en el viejo como en el nuevo testamento responden a una interpretación masculina y misógina de la naturaleza de la mujer . 36
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El objetivo de la creencia religiosa no puede ser la negación de los individuos, sino promover su voluntad y responsabilidad. Por lo tanto, cuestionan la obediencia a unos mandatos exclusivamente masculinos que colocan a las mujeres en una situación de inferioridad. La clave