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Aquí estamos, pues, de vuelta en Francia. Nos instalamos en la región
parisiense. Enseño a media jornada en una escuela judía, y prosigo con mis estudios rabínicos la otra mitad del día en un Kollel de París. Y sí, sigo estudiando siempre. Eso puede parecer sorprendente, pero de hecho no es nada excepcional. En efecto, en el judaísmo, el estudio de la Torá es tan vital que la comunidad paga a los hombres para que, aun teniendo una actividad profesional absorbente, continúen perfeccionándose en el conocimiento de la Torá. Todos los judíos practicantes reciben formación para transmitir la Torá. Un judío puede muy bien trabajar en una empresa y ser al tiempo rabino. El rabino dirige la sinagoga, la oración, predica sermones, pero puede también delegar esas tareas en algunos fieles.
Mi mujer, por su parte, vuelve a su trabajo de institutriz en una escuela judía. Conforme pasa el tiempo, le inquieta que tarden tanto en llegar los hijos. En el judaísmo, como se puede ver en la Biblia, esperar un hijo es una señal de bendición y por tanto un modo de ser reconocido por la comunidad. En consecuencia, cuando los hijos tardan en llegar, el asunto no es solamente afectivo. Ella decide ir al médico. Los resultados son tranquilizadores: todo va bien. En efecto, los hijos llegan en su momento.
Nacen muy rápido, uno tras otro: Rachel en 1994, Deborah en 1995, Rivka en 1996, Myriam en 1997, Yossef en 1999, Menahem en 2001 y Chneor en 2003. ¡Qué alegría! Mi mujer quería una gran familia y yo también. Sin embargo, después de nacer Myriam, sugiero a mi mujer que nos concedamos una pausa. Tengo muchas ganas de tener un chico, pero me parece que por el bien de nuestro matrimonio y de nuestras cuatro hijas, vale más que esperemos un poco. ¡Pero ella no es de esta opinión!
Cuando nació Rachel, mi mujer dejó de trabajar fuera de casa. Desde entonces, yo empiezo a trabajar a jornada completa para atender las necesidades de la familia y además doy clases para adultos. A pesar de todo, estoy presente y muy cercano para mis hijos. Su desarrollo y educación son muy importantes para mí, Tengo una relación particular con cada uno. Me encanta jugar con ellos, llevarlos al parque, a la Courneuve, enseñarles a montar en bicicleta. Mi mujer se ocupa de la educación cotidiana y de los deberes. Después de atender a los niños, como es previsible, apenas nos queda tiempo para estar solos los dos. Felizmente no tenemos televisión ni Internet. Y por mi parte, en cuanto encuentro un rato libre, continúo estudiando teología mística judía sobre la palabra de Dios.
Participo en la vida del hogar en la medida en que puedo. Me encargo del aprovisionamiento, y debo decir que es un verdadero rompecabezas. En 44
efecto, hay que hacer algunas compras en tiendas judías, y otras en tiendas no judías. El domingo por la mañana, después de la oración en la sinagoga, Voy en autobús a las tiendas kosher de París con el caddie y compro toda la comida kosher que una familia ortodoxa judía debe tomar: la carne, el queso y todos los lacticinios, las galletas, el vino y licor, el mosto ... y evidentemente, todo ello en gran cantidad. A la vuelta, voy cargado como un camello. Todo lo demás -losproductos de limpieza, pañales, agua, jabón, etc.- lo compro entre semana por la tarde en un hipermercado. Me ocupo también de comprar la ropa de los niños, a veces solo o con mi mujer.
Hay pocos temas en los que mi mujer y yo estemos en desacuerdo. Sin embargo, ella es más escrupulosa en la aplicación de la Ley. Por ejemplo, puesto que durante tres veranos no hemos ido de vacaciones, llevo a los niños a la playa. Vamos y venimos en el mismo día a Trouville. Mi mujer no lo aprueba en absoluto. En efecto, para los judíos ortodoxos, la playa es un lugar impuro porque la gente va desvestida. Además, este asunto va a crear incluso un mini escándalo. Un día, algunas personas de la comunidad lubavitch vienen a verme:
-¿No tienes ningún escrúpulo de ir a la playa, y además con tus hijos? Sorprendido, respondo:
-Como sabéis, en París hay mujeres vestidas con la ropa tan ceñida que atraen las miradas más que una mujer en traje de baño.
-En París es diferente: se tiene la cabeza ocupada por lo que se debe hacer, las clases o las compras.
_¿Y creéis que no estoy ocupado en la playa con todos mis hijos? ¿Pensáis que tengo tiempo realmente de tontear con las chicas?
Sus argumentos no me parecen válidos. Cuando tengo una idea en la cabeza y no veo verdaderamente nada malo, no permito que me digan cómo he de hacer las cosas. Pienso sobre todo en el bienestar de mis hijos. Están muy contentos de ir a la playa y tomar el aire, y yo también. Pero mi mujer no viene jamás. Ella respeta la Ley cueste lo que cueste.
No estamos tampoco de acuerdo a propósito de la televisión. He comprado una para que los niños puedan ver dibujos animados en video. Pero ella se queja y desaprueba los dibujos animados en que aparecen animales impuros.
Selecciono para no molestarla, aunque no me parece un crimen ver los «Tres
cerditos».
En cambio, cuando se trata de ir todos de vacaciones a la montaña, hay
unanimidad. ¡La montaña es kosherl Más aún porque la comunidad lubavitch
organiza cada año un gran seminario en los Alpes, y trae una tienda kosher, lo
que nos simplifica bastante la vida. Me encantan las vacaciones de verano con
mi familia. Es la ocasión de mostrar a mis hijos la belleza de la naturaleza que
Dios ha creado. Les digo que presten atención a los animales, a los árboles.
Jugamos, reímos, miramos el cielo, las estrellas. ¡Es maravilloso! UNA DOBLE VIDA
Volvamos un poco atrás, a la época en que regresamos a Francia, antes del
nacimiento de los hijos. Como ya he señalado, en aquel momento, mi
«síndrome erístico» vuelve con fuerza. Y de golpe, mi lucha interior también.
La atribuyo a que Francia es una tierra impura y por eso todos los sentimientos
me asaltan de nuevo. ¡Habría preferido tanto quedarme en Safed y vivir en la
montaña! ¡Era todo tan sencillo para mí! Allí estaba sumergido en los hasidim,
la teología mística judía. He descubierto en esta tradición un universo distinto y
he pasado mucho tiempo meditando. Pero a mi vuelta a Francia, es irresistible,
es más fuerte que yo: vuelvo a la iglesia y recomienzo a comulgar. Hacía ya
mucho tiempo que no había entrado en una iglesia. Es ahora, con mi barba de
rabino, cuando vuelvo al Sacré-Coeur. Imaginad la escena. Compro un crucifijo
y lo llevo escondido. Recomienzo también a leer el Evangelio de san Juan y a
aprenderlo de memoria. Es más seguro: al menos, en mi cabeza, nadie lo podrá
encontrar.
Esta doble vida religiosa puede parecer sorprendente. Es verdad, llevo en mí dos identidades. Pero es más algo propio de una lucha espiritual que de una traición
o duplicidad. ¿Cómo es posible vivir las dos a la vez? No lo sé. Pero vivo con
eso, y curiosamente no me culpabilizo. Hasta que nacen nuestros hijos, tengo tiempo para eclipsarme de vez en cuando en un lugar aislado para contemplar mi crucifijo, sobre todo durante nuestras vacaciones en el campo. Salgo a dar un paseo, me escondo en el bosque o a la vuelta de un camino, clavo mi cruz en un árbol, y la contemplo. No me planteo preguntas. Además, más vale así. Rezo a Jesús que es Dios. En cambio, me cuesta mucho decir el Padrenuestro porque me invade un sentimiento de traición al Dios de la Torá.
De este combate que llevo dentro no le hablo a mi mujer.
Ella no sospecha absolutamente nada. No es que quiera ocultarle mi historia con Jesús, pero sé que no podría comprenderla. Cuando los judíos supieron que el rabino Saulo, perseguidor de los cristianos, se había convertido a Cristo, no intentaron saber por qué. Ni siquiera le pidieron que se explicara. Quisieron ma- tarle enseguida porque había traicionado: bien porque se había hecho un peligroso blasfemo, bien porque se había vuelto loco. Para los judíos ortodoxos, los cristianos son impuros. Por eso es impensable que yo le hable a mi mujer. Pero guardar este secreto para mí estaba lejos de ser fácil, creedme. ¡Imaginad 46
mi caso de conciencia!
Por supuesto, me aliviaría poder confiarme a alguien. Pero a quién, ¿a un rabino? Ni hablar, ya sé lo que me diría. ¿A un sacerdote, entonces? Un día, mientras estábamos de vacaciones con la familia de mi mujer en la región lyonesa, me levanté temprano una mañana y marché a Lyon. Entro en una iglesia y asisto a misa. Al terminar, busco al sacerdote. Es un dominico. Comenzamos a hablar y le vacío mi saco. Le cuento todo: mi vida de judío ortodoxo, mi atracción por Cristo. Me escucha y me propone ir a verle cuando vuelva a París, donde también vive él. Al regresar de las vacaciones, vaya su casa. Luego es él quien viene a mi casa una vez por semana, el miércoles por la tarde, mientras mi mujer asiste a su clase de religión. Habla- mas de Dios. Me pide que le encuentre la traducción de un midrash y me entrega uno de sus libros sobre Noé. Se va siempre antes de que vuelva mi mujer. Lo encuentro muy simpático. Pero estas citas clandestinas no van a durar mucho. En efecto, algún tiempo después, nuestro apartamento es desvalijado. El robo ha tenido lugar durante el día. Al volver por la tarde, mi mujer lo encuentra todo revuelto. Y allí en medio del desorden, descubre el libro del padre dominico, mi crucifijo y los Evangelios. Cuando vuelvo, está loca furiosa. Grita: «[Te has vuelto loco! ¡Tíralo todo, son cosas impuras'».
Puede parecer sorprendente que no haya intentado saber más.
Pero nosotros, los judíos ortodoxos estamos educados para no querer entender ese fenómeno de la conversión al cristianismo y reaccionar violentamente. Conviene saber que un judío convertido pasa ante un tribunal que le declara renegado. En nuestra oración cotidiana, la que estructura nuestras jornadas, se pronuncia una maldición sobre los judíos renegados. Además, Maimónides, el gran rabino andaluz del siglo XII, una de las figuras más importantes del judaísmo y de las más estimadas por los no judíos -santo Tomás de Aquino le llamaba el Águila de la sinagoga- compuso un credo judío que se acaba con este comentario: «Quien cree todos estos puntos fundamentales pertenece a la comunión de Israel; y es un precepto amarle, tener caridad con él, y observar respecto a él todo lo que Dios ha prescrito entre el hombre y su prójimo, aunque la fuerza de las pasiones le arrastre a cometer pecados. Pero si alguien es bastante perverso para negar uno de estos artículos de fe, está fuera de la comunión de Israel, y es un precepto detestarlo y exterminarlo» .
Tras este descubrimiento mi mujer me empuja a ir a ver a un rabino. Cree que he perdido la cabeza. En su lugar, yo hubiera pensado sin duda lo mismo. De todos modos, no puedo explicárselo. La mentalidad judía de hoy no ha cambiado desde san Pablo. Lo único que le puedo decir es que todo eso es totalmente
independiente de mi voluntad, y que empezó en mi juventud. En el acto, le 47
propongo el divorcio. Siento que este amor por Jesús es tan fuerte que no se me quitará, y no quiero hacerla sufrir. Pero ella se niega, me ama. No creo que le haya hablado del asunto a nadie. ¿Piensa quizá que se me pasará? Recuerdo una frase de un tratado talmúdico: «Dios está dispuesto a rasgar su Nombre en dos para establecer la paz en la pareja». Entonces, juntos, decidimos tirarlo todo: los Evangelios, la cruz, el libro sobre Noé. Y no vuelvo a tomar contacto con el padre dominico.
Rachel nace apenas un año después de este episodio, en mayo de 1994. Nos mudamos entonces a un apartamento más grande en la misma ciudad. Una tarde, al volver del trabajo, cansado, siento la necesidad de relajarme. Enciendo la radio y ahí aparece radio Notre-Dame. Esa emisora me gusta mucho y me pongo a escucharla cuando tengo ocasión, a escondidas. Sin embargo, a medida que pasan los días, estoy harto de esconderme. Entonces, continúo escuchando abiertamente esta emisión católica. Mi mujer considera que está mal. Me repite que es impuro, pero me deja hacer. En lo sucesivo, vuelvo al Sacré-Cceur y me procuro una foto del corazón de Jesús. Regularmente, la saco a escondidas en el comedor, me arrodillo y me pongo en presencia de Cristo.