«El reino franco de los merovingios... fue una época bañada en sangre y asesinatos, llena de las tragedias más espantosas, a la vez que repleta de celo creyente y de santidad.»
FRANZ ZACH
,CATÓLICO
1«Nadie en la historia volvió a fundar tantos monasterios...»
P. LASKOZ
«... un periodo sangriento de la Iglesia franca».
A. HUACK3
«Por doquier reinó la violencia desnuda [...]; el espectáculo renovado de continuo de crímenes casi incalificables.»
En el período merovingio Galia era ya fundamentalmente cristiana, y se cristianizó cada vez más.
Cierto que su inscripción más antigua, cristiana con toda seguridad, sólo procede del año 334 y de Lyon; pero hoy se ha perdido. Y cierto que por en- tonces los cristianos todavía representaban una minoría, incluso en las ciuda- des, en las que residían los emperadores cristianos, y naturalmente sus colabo- radores cristianos asimismo.
Comoquiera que sea, la difusión del cristianismo en las Galias ya había hecho evidentemente rápidos progresos a finales del siglo ni, y según parece ya hacia 250 había allí obispos: en Toulouse san Saturnino, en Arles Marcia- no, en París san Dionisio, y en Narbonne, donde algunas décadas después hay testimonios de un cementerio cristiano, un tal Pablo. Y en cualquier caso tales obispos, al igual que los de Tours, Clermont y Limoges, no eran en modo alguno delegados de Roma. La pretendida misión romana es sin duda una falsedad del siglo v o del vi, una tentativa del papado por afianzar su autori- dad. Y, naturalmente, semejante falsedad tenía también que asegurar el origen apostólico de dichos obispados galos. El mismo motivo se encuentra también en España.5
Pero en el siglo iv pululan ya en las Galias las sedes episcopales. También en los territorios belga-germánicos hay cada vez más obispados: en Orleans, Verdun, Amiens, Estrasburgo, Espira, Worms, Basilea, Besancon, Chalon- sur-Saóne... Para no hablar de otros más antiguos, como eran los de Tréveris, Metz y Colonia, todos los cuales —al igual que los de Tongern y Maguncia— afirmaban con falsedad ser fundaciones de discípulos de los apóstoles. A fina- les del siglo v, cuando Galia se convirtió en el «epicentro» de la historia de Occidente, allí ejercían su ministerio unos 115 obispos, casi exclusivamente en ciudades. Y al acabar el siglo vi ocupaban el país galo 11 sedes metropoli- tanas con 128 diócesis: la de Aries tenía 24 obispados. Burdeos 17, Bourges 9, Lyon 10, Narbonne 7, Reims 12, Rouen 9, Sens 7, Tours 8, Tréveris 9 y Vienne 5.6
Una especie de santa úlcera cancerosa
Esa época, en la cual se abre la historia alemana y europea como una úlce- ra cancerosa, en la cual el cristianismo infecta el mundo germánico y se forja el predominio de la nobleza franca y surge desde el siglo vil la típica sociedad medieval de realeza, iglesia y nobleza, fue una época que se caracterizó, como pocas antes lo habían hecho, por pasiones desenfrenadas y atrocidades san- grientas, traiciones y crímenes sin cuento.
Intrigas palaciegas, querellas dinásticas, traiciones incesantes, la elimina- ción sin escrúpulos de reyes y príncipes (la edad media de vida de los mero- vingios fue de 24,5 años) así como las campañas bestiales de eliminación de familias enteras fueron realidades tan cotidianas como las borracheras y las epidemias, las hambrunas y los saqueos. La historia de Galia en el período merovingio constituye una crónica singular de la barbarie. La administración, el comercio y la agricultura, todo se derrumbó en mayor o menor medida, triunfando plenamente el crimen.
Y, sin embargo, hay historiadores, que juzgan: «... por doquier no tan sólo una vida política enormemente animada, sino también un impulso consciente de avance de las diferentes fuerzas del Estado; pocas veces una casa reinante ha producido una serie ininterrumpida de talentos como la merovingia» (Schuitze). Primero, guerras por todas partes, con cuyos saqueos se forjó un reino poderoso (y violento); más tarde, entre 561 y 613, una guerra civil casi incesante, por la que ese reino volvió a descomponerse, y unas atrocidades continuadas, incluso bajo los «rois fainéants».''
En teoría los merovingios reinaron de acuerdo con la voluntad del «pue- blo»; en la práctica, y ya desde Clodoveo, fueron soberanos absolutistas. Des- apareció la asamblea popular en sentido político, la potestad judicial pasó al rey, el cual adquirió cada vez más derechos, y especialmente el de la no res- ponsabilidad jurídico-penal. ¿No pudieron aquellos gobernantes hacer siempre lo que quisieron? «Pero, intrépido como era —y son palabras de Gregorio de Tours describiendo a un rey merovingio, palabras que en el fondo habría po- dido decir de cualquiera de ellos—, subió a su caballo, galopó hasta ellos y los tranquilizó con buenas palabras; pero después hizo apedrear a muchos de ellos.»
Además, la Iglesia contribuyó notablemente al incremento del poder real. Cierto que entre tales gobernantes faltaron casi por completo los santos. Úni- camente algunas reinas alcanzaron la santidad. Pero aún hubo más: Clotario I, por ejemplo, tuvo cinco «reginae»; Chariberto I, cuatro; y lo mismo Dagober- to I, y sin que se diera una poligamia «en sentido estricto», cual pretende un tanto optimista Ewig. Pese a lo cual la Iglesia exigió obediencia a quienes obtenían su autoridad «de Dios» y agregó a la potestad política del rey «la dignidad regia entendida en un
sentido religioso y moral» (Tolksdorf); «los obispos precisamente partían del supuesto de que el poder del rey era ilimitado» (A. Hauck).8
Difícilmente hubo jamás en Europa un período más anárquico que estos primeros siglos de la Edad Media. Y, sin embargo, el clero no pensó en prohi- bir que se interviniera. A los prelados no les incitaba demasiado el deseo del martirio. Y la misma Iglesia llegó a disfrutar de todos los saqueos y rapiñas. Sus bienes raíces, que ya habían aumentado en el siglo IV, se incrementaron entonces en forma desmesurada. Ya en el siglo vi sus riquezas crecieron «has- ta el infinito» (Dopsch). «Durante el período merovingio jamás estalló una rebelión memorable de la autoridad eclesiástica, simplemente porque la Igle- sia no estaba en oposición al poder civil, sino que colaboraba estrechamente con él» (Bodmer). En efecto, los obispos francos participaron en las luchas por el poder entre reyes y grandes, «aunque con armas materiales y no espiri- tuales» (Bund), llegando hasta «la usurpación de facto... de instrumentos de poder estatales y militares» (Prinz).9
En realidad el alto clero y la nobleza primera son claramente las fuerzas impulsoras de aquella inmensa confusión- En medio del imperium establecen poderes semiindependientes haciendo que aquél se tambalee ora hacia un lado ora hacia el otro en crisis permanentes, que desembocaron en el caos.
Al igual que el poder de los reyes, también el de la nobleza se cimentó ya durante el período merovingio no tan sólo en la política y la economía, sino también en un «carisma de concepción religiosa, que los subordinados le re- conocieron». Esto condujo incluso a un nuevo ideal de santo noble, y por ende también a una «justificación del orden de los señores constituidos» (Bosi).10
Ocho reyes sajones renunciaron a su corona e ingresaron en algún monas- terio. Jamás hubo tantos santos, tal vez con la excepción de la época martirial con sus escuadrones de supuestos testigos de sangre. Sólo en el siglo vil se han contado no menos de ochocientos. Más aún, «ese siglo merovingio, tan decisivo para el desarrollo de Occidente», encontró «una expresión espiritual adecuada a la época en las vidas de santos», habiendo experimentado la hagiografía «un incremento indudable».
Los santos gozaron de un elevado prestigio. Edificaron grandes monaste- rios con iglesias pomposas. Lo mismo que sus biógrafos mantuvieron una inequívoca actitud positiva frente a la monarquía y la nobleza, siendo en su mayoría oriundos de familias aristocráticas. Hasta casi se podría tener la im- presión de que «la nobleza era la antesala de la santidad», y podría hablarse de la «autosantifícación» de la sociedad nobiliaria merovingia (Prinz). A la Igle- sia eso le resultó tan beneficioso como la casta de los señores. Su afán de do- minio político-carismático, deterio-
rado por la apostasía de la vieja fe, lo afianzó con los recursos de la fe nueva, dando a tal afán una legitimación cristiana. Pero al mismo tiempo la época, y especialmente el siglo vil, se caracteriza por un «florecimiento» de la hagio- grafía y del gusto por lo milagrero; lo cual equivale «a la mayor falsificación de la historicidad», desembocando consecuentemente en «el estado de postra- ción de la historiografía occidental». Todo sumado, aquello «fue el resultado de una barbarización, después de que la corriente antigua se hubiera secado» (Scheibelreiter).
Ignorante, criminal en gran escala y buen católico
Cierto que esa época, una época de gentes ignorantes, supersticiosas, fala- ces y sangrientas como la que más, no podemos enjuiciarla con nuestros mo- dernos, ¡oh y tan éticos!, módulos modernos, no debemos actuar anacrónica- mente contra la historia. Mas ¿podemos y aun debemos medir esa época, una época totalmente cristiana, con unos criterios cristianos? ¿Con ciertos criterios bíblicos, como los preceptos del Sermón de la Montaña o los mandamientos del Decálogo? Y justamente por mirarla así ¿no deberíamos reconocerla por sus frutos?
También al autor católico Daniel-Rops le produce esa época un sentimien- to predominante de «horror», por «el espectáculo repetido de continuo de crímenes francamente incalificables». «Por doquier impera una violencia des- carada y dispuesta a estallar en cualquier momento. Nada la detiene: ni los lazos familiares, ni los preceptos de la decencia más elemental y ni siquiera la fe cristiana.» ¿Ni siquiera? ¿Es que no permitió que todo aquello continuase? ¿No le otorgó ella la que podríamos llamar la consagración suprema, la san- ción? ¿No se oraba por los gobernantes, los generales, los degolladores? ¿No se rezaba antes de las guerras, durante las mismas y después de las mismas? ¿Acaso no se participaba en las guerras y saqueos o no se le hacían continuas donaciones a la Iglesia con el botín de la guerra o del pillaje? ¿No se engorda- ban los poderosos con la miseria de las masas?
En opinión del propio Daniel-Rops hubo toda una serie de reyes santos que se hundieron en ese mundo de horror. Más aún, se ve obligado a «hacer la comprobación todavía peor» de que también los principios fundamentales del derecho entonces vigente, la base de la moral colectiva, «reflejan el mismo espíritu. Tal barbarización del derecho es en cierto sentido todavía más in- quietante que las actuaciones criminales de las personas particulares; la Euro- pa cristiana necesitó más tiempo para liberarse de la misma». ¿Para liberarse? La Europa cristiana no dejó de adoptar muchas de aquellas prácticas crimina- les, intensificándolas a menudo y bendiciéndolas. Así, se mantuvo la práctica jurídica ro-
mana de la tortura, al igual que la práctica germánica de las pruebas de ino- cencia, del juicio de Dios, del duelo sancionado jurídicamente. Rechazadas al principio de manera vehemente por el clero, todas esas barbaridades acabaron imponiéndose: «fueron tenidas por justas, si se las consagraba acompañándo- las de oraciones; los obispos se declararon en favor de las mismas».n
Así pues, no es que se abogase por determinados usos crueles, sino más bien por todo aquel sistema sangriento. La Iglesia se alineó sin reservas del lado de los canallas y los carniceros. Y mientras los actos violentos de los reyes son cada vez más desenfrenados, la cadena de la venganza de sangre no termina nunca, se multiplican los asesinatos de parientes precisamente entre los grandes, el hijo católico mata al padre católico, el hermano al hermano que es católico como él, y el tío católico al sobrino católico; y mientras los robos de los reyes merovingios, los enemigos aniquilados que eran príncipes germa- nos, y el botín arrebatado de oro, joyas y armas ya casi no podían ocultarse bajo la bóveda subterránea del palacio de Brannaceum (Braine), el episcopado veía en aquellos criminales católicos coronados a los representantes legítimos de la autoridad estatal, a los representantes de Dios sobre la Tierra, entrando entonces en la liturgia eclesiástica la oración por los mismos, al tiempo que todos los obispos de la Galia «afirmaban sin reservas» la situación política (Vollmann).
Dado que la Iglesia se puso desde el comienzo del lado de los potentados merovingios como su aliada, pudo desarrollarse como no lo hacía desde largo tiempo atrás. Su influencia fue cada vez mayor y tanto el clero secular como el monástico llegaron a ser increíblemente ricos. Y en buena medida las catás- trofes casi permanentes y el terror que casi nunca cesaba y toda la miseria ambiental favorecieron también considerablemente la aparición de las dona- ciones a la Iglesia. «Como la gente esperaba de las mismas protección y ayu- da, y se veía amenazada de continuo por saqueos, incendios, asesinatos y vio- lencia, se volvió a la Iglesia y a sus santos» (Bleiber). Y eso lo pagaba natu- ralmente el fiel creyente. Máxime cuando se sumaban las peores catástrofes naturales, supuestos actos punitivos y justos de Dios. Y las guerras. También se entendían las guerras como justos actos de venganza del Señor. Pero la guerra fue una realidad cotidiana y se consideró sin más como una fuente de enriquecimiento, como un hecho con el que se asociaba como algo natural la idea de un botín abundante.
La Iglesia no pensó en oponerse. Su trigo aumentaba. Sólo entre 475 y los comienzos del siglo vi se multiplicó por diez el número de monasterios galos; pero en la primera mitad del siglo siguiente se construyeron allí más abadías que jamás antes o después. Y con la vista puesta en la mitad del siglo vil un investigador moderno habla incluso de «un
estado episcopal y monacal» (Sprandel). El episcopado, que fue una «gran potencia», no sólo económica sino también política (Dopsch), desempeñó en el reino un papel casi tan determinante como el que ejerció la monarquía so- berana absoluta en la Iglesia. Ambas estuvieron estrechamente unidas y traba- das, pues también el gobernante tenía que mostrarse «devotissimus» de la Iglesia y —al menos en el período ca-rolingio— se le consideró «como un clérigo» (Brunner).12
Toda esa época, cruel en extremo y extraordinariamente fraudulenta, fue a la vez muy «pía». Se generalizó la asistencia a la misa dominical: «al repique de las campanas se aglomeraban en las iglesias» (Pfister). Y casi otro tanto se generalizó la comunión eucarística. Se cultivó celosamente el canto eclesiásti- co. Casi todo el mundo acudía a las procesiones. Las festividades católicas se celebraban como grandes fiestas populares. Se rezaba antes de empezar a comer y no se bebía ni un vaso de agua sin haberle hecho antes la señal de la cruz. Y no se oraba sólo a Dios, se invocaba continuamente a todos los santos imaginables. Se construyeron numerosas iglesias con columnas de mármol y paredes revestidas asimismo de mármoles, con vidrieras de colores y muchas pinturas; los ricos hasta tenían sus capillas domésticas. Los reyes trataban con santos, como lo hizo en 525-526 Teuderico I con san Galo en Colonia (el cual pegó allí fuego a un templo, «porque precisamente ninguno de los necios pa- ganos se dejaba ver»; después de lo cual el incendiario se refugió en el palacio real). Childeberto I visitó a san Eusicio. Las reinas, como Radegunda por ejemplo, lavaban los pies a los obispos. A menudo las prédicas se hacían en lengua vernácula. Hubo predicadores famosos, como los prelados Cesáreo de Arles, Germano de París y Remigio de Reims. El metropolitano Nicecio de Tréveris parece que predicaba a diario y que en ocasiones hasta se presentaba como «obispo nacional» del reino de Reims, aunque era bastante ignorante en teología dogmática. Un escrito suyo a Justiniano lo proclama con penosa cla- ridad; lo que no impidió a Nicecio presentar al teólogo del trono imperial como un «hereje» primitivo, ni gritarle —desde lejos— que «tota Italia, inte- gra África, Híspania vel Gallia coniuncta» maldecían su nombre. La supersti- ción más crasa era pan común. Se acumulaban reliquias de Roma y de Jerusa- lén, y se peregrinaba a las supuestas tumbas de los apóstoles para obtener la salud.
En una palabra, se estaba profundamente convencido «de la realidad y del poder del Dios vivo» (Heinsius). Abundaba «una fe vigorosa y fresca en Dios y su providencia; se trataba con lo divino, no como una abstracción o una idea, sino como una fuerza muy real. Esa convicción prevaleció entre todos, compartiéndola eclesiásticos y laicos sin distinción». Se consideró la primera mitad del siglo vil abiertamente como «un período floreciente de la Iglesia franca» (Hauck), a la que se vio
«profundamente arraigada en el pueblo de los francos» (Schieffer), y a los obispos y los sínodos episcopales «aplicados al trabajo» (Boudriot).13
Dos representantes famosos
Cuando leemos la Historia de los francos, tan amorfa como detallada, de Gregorio de Tours, que es la fuente principal de esa época, nos sorprende que la misma cabeza en la que rondaba tan grotesca creencia en los milagros y en el diablo y que no parece tener otra preocupación que la de no mencionar alguno de sus oscuros milagros y signos —para él hechos incuestionables, «gesta praesentia»— y no conservarlos para la eternidad, nos sorprende, repi- to, que esa misma cabeza relate con el tono más realista y a menudo con una indiferencia casi amoral los horrores de la época sin admirar ni las muestras de conciencia decadente ni los héroes más criminales de la época.
Y es que así como dicho obispo no escribe una historia nacional o del pue- blo, sino un tipo curioso de historia hagiográfica de la salvación, en la cual todo discurre exclusivamente según el designio de Dios y por permisión suya, bajo la intervención imperturbable de los santos, así tampoco juega papel alguno el «pueblo» franco, por mucho que valore la nueva forma de gobierno de los francos, la incontenible fuerza social y militar de sus dirigentes católi- cos, al menos de aquellos cuya strenuitas y virilitas aprovecharon a la Iglesia. Así no siente el menor escrúpulo ni conoce los conflictos entre lealtades, es- tando sin reserva en favor de la política brutal de los príncipes; es decir, en favor de sus crímenes, y sobre todo en la medida en que representaban la ven- taja de la Iglesia católica. Lo cual significa, pese a todo, un estar a medio ca- mino entre asegurar a la Iglesia una situación estable y al alto clero unas ri- quezas en constante aumento; personalmente pertenecía a ese clero. (Alguien ha observado que el ministerio episcopal, supuestamente tan agotador, dejó a Gregorio tiempo suficiente para escribir sus extensas obras.)14
Sin duda que en la mente del santo no encajan por entero las guerras civi- les y fratricidas, pues naturalmente le afectaban a él y a su Iglesia. Pero las guerras exteriores, las guerras encaminadas al engrandecimiento del reino exclusivamente cristiano, a la aniquilación de los «herejes» y especialmente los arríanos (cuatro veces cuenta la patraña de los padres de la Iglesia, según la cual Arrio reventó en el retrete), a la extinción de los paganos y demás in-