4. The Case Study: Kerala Seafood Export Sector
4.2. Impact on the Preprocessing Sector in Kerala
Gracias, en parte, a las medidas de mercantilismo librecambista que sobre el comercio colonial tomaron los ilustrados, se desarrolló, durante el siglo XVIII, una importante acumulación de capital en algunas áreas regionales españolas muy específicas pero de gran peso como Cataluña y, en mucha menor medida, Andalucía, País Vasco o País Valenciano. Esta acumulación propició el nacimiento de la clase de “comerciantes activos” con los que soñaban los ilustrados y que empujaban, en su ascensión, a ciertos sectores tanto agrícolas como industriales dedicados casi en exclusividad, o bien a la elaboración de productos para su exportación al mercado colonial, o bien a construir o abastecer los medios de comunicación con ese mismo mercado. Si bien está documentado que un grupo de estos comerciantes se enriqueció con el tráfico de esclavos en la primera mitad del XVIII, lo cierto es que su número fue muy reducido y solían depender de las redes y contactos de los extranjeros, por intermedio de los cuales habían accedido a la trata, pero no habían hecho de ésta su especialización24.
Y era precisamente esa especialización el requisito básico que necesitaba en primer lugar la Corona. Es decir, en el contexto en el que Floridablanca habla de la necesidad de “negociantes activos”, está explicitando, en realidad la necesidad de “negreros”. Pero también resultaba conveniente que estos traficantes de esclavos estuvieran dispuestos, a través de este comercio con el cual abastecerían las colonias, a reconvertirse en administradores y colonizadores de las futuras posesiones españolas en el Golfo de Guinea. Ciertamente, tal y como se presentaba la coyuntura nacional e internacional, era pedir demasiado.
Fue, sin duda, la secular tardanza de la Corona española en librarse del asiento negrero extranjero, el factor que más influyó negativamente en la ausencia de un sólido grupo de especialistas en el comercio de esclavos durante el siglo
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Para una mayor información sobre la presencia valenciana en el comercio colonial del XVIII, remito a RIBES, Vicent, Comerciantes, esclavos y capital sin patria, València, Generalitat Valenciana, 1993. También es ilustrativa su novela El amigo del general Washington , Valencia, Nadir, 1998. La presencia catalana está perfectamente atestiguada por los estudios de Josep María Fradera.
XVIII. Es evidente que con las redes comerciales, los contactos y los conocimientos en manos extranjeras, los españoles no podían acceder a la experiencia, tan necesaria en este arriesgado comercio, y sin esa experiencia era muy difícil el surgimiento de este peculiar grupo arriba mencionado. Empezaron a surgir, con la poca experiencia que heredaron de sus antecesores y sus competidores, sólo a partir de 1809, después del embargo norteamericano de 1808 y cuando la abolición, en los países que se habían encargado de abastecer la demanda americana, les dejó prácticamente solos ante el reto del comercio directo. Se multiplicaron entre 1820 y 1850, período de máximo esplendor de la trata ilegal. Además, la coyuntura económica de finales del XVIII no fue la más propicia para el inicio de este tipo de actividades. En realidad, la crisis de la sociedad española de fines del siglo XVIII y principios del XIX, paralizó el comercio colonial.
Entre 1783 y 1789, los intercambios entre la isla de Cuba y la metrópoli se pueden calificar de regulares. Los principales agentes de los intercambios cubanos continuaban siendo comerciantes nacionales y, además, un grupo de ellos se había convertido en los banqueros de la Hacienda cubana y por ello tenían un peso específico en la administración colonial25. Sin embargo, esta bonanza sólo duró hasta 1793, año en que se interrumpe totalmente el comercio con América, con un período de breve recuperación entre 1801 y 1804.
La crisis se estaba gestando desde hacía tiempo y en este proceso de degradación, la muerte en 1788 de Carlos III, el rey ilustrado por excelencia, aparece ante nuestros ojos como el momento-bisagra hacia la degeneración de la Corona. La desaparición del monarca, siete meses antes de producirse el asalto a la Bastilla, es todo un símbolo del anunciado fin del Despotismo Ilustrado.
Efectivamente, fue el miedo a la Revolución Francesa lo que incitó al pragmático Floridablanca, que continuaba siendo Secretario de Estado por expresa recomendación de Carlos III a su hijo, a retroceder en sus planteamientos ilustrados. Floridablanca había convocado Cortes, restringidas prácticamente a la pequeña nobleza de 37 ciudades, el 5 de mayo y fueron disueltas, con mucha
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“Aguirre, Arístigue y Cia., de Bilbao. Boloix y Quintana, M. Atalay, P. Juan de Erice, M. Carbó, G. R. Azcárate, J. T. Jaúregui, P. Serra, B. Martínez Pinillos, de Cádiz. D. Echaque, J. Arroyane, del comercio de San Sebastián. J. De la Roca Batlle, M. Civil, M. Font, Puig, del de Barcelona, etc. Además (...) eran estos comerciantes los financiadores de los ingenios azucareros”, en TORNERO TINAJERO, P., Crecimiento económico..., op. cit. p. 353.
celeridad, por su presidente, Campomanes, el 17 de octubre, después de conocerse el ataque a Versalles. Empezó de esta forma el corto período denominado por Richard Herr “pánico de Floridablanca” en el que el Secretario de Estado en particular, y los ilustrados en general, empezaron a temer muy seriamente que, dadas ciertas similitudes con el proceso prerrevolucionario francés, la situación se les fuese de las manos. A consecuencia de ello, se inició un mayor acercamiento de la Corona a la Inquisición y a la Iglesia. Floridablanca pensaba utilizarles de baluarte contra la penetración de las ideas revolucionarias francesas en España. De esta forma, comenzó un retroceso político e ideológico dirigido fundamentalmente contra la propaganda revolucionaria francesa que entraba abundantemente en la península y que podía caer en terreno abonado porque coincidía con el malestar existente en muchas ciudades por la escasez y el alto precio del pan, situación que a Floridablanca le recordaba mucho lo ocurrido en París los días 12, 13 y 14 de julio. El terror a que los motines de subsistencias, influenciados por la epidemia ideológica del otro lado de los Pirineos, deviniesen en revolución, era patológico. Para el ministro pesaba mucho más el miedo al contagio revolucionario de la sociedad española que el temor a dejar vía libre a Inglaterra en las Indias Occidentales. Por ello, tuvo clara su política de intervención junto a Prusia, Austria, Suecia y Rusia, sobre todo después de que llegase la noticia de la huida de Luis XVI y su detención en Varennes. Sin embargo, en esto chocó con la posición del monarca que temía que la política intransigente del primer ministro dejase sola a España frente a Inglaterra y pusiese en peligro la vida de su real primo. Carlos IV cesó a Floridablanca el 28 de febrero de 1792. En el breve paréntesis en que su sucesor y enemigo, el conde de Aranda, estuvo en el poder apoyado por el partido aristocrático e intentó una política de reconciliación con Francia, sucedieron dos hechos vitales para el desarrollo posterior de los acontecimientos: el ataque a las Tullerías el 10 de agosto de 1792 y la sorprendente victoria del ejército francés en Valmy el 21 de septiembre. Estos hechos vinieron a invalidar la política de Aranda que fue sustituido por Godoy que se apresuró a declarar la guerra a la Convención Francesa en 1793.
La guerra contra la Convención que terminó en 1795, una vez firmada la Paz de Basilea, tuvo consecuencias nefastas para la economía nacional, sobre todo en aquellos territorios que, por su proximidad a Francia, fueron los naturales
teatros de operaciones, es decir, fundamentalmente el País Vasco y Cataluña. La firma de la Paz de Basilea el 22 de julio de 1795 y el Pacto de San Idelfonso el 11 de agosto de 1796 sellaron la alianza contra natura de la Corona española con la Convención francesa que implicaba la total dependencia política de España con respecto al país vecino que, a la postre, desencadenaría el hundimiento tanto de la industria nacional como del comercio colonial, al dejar el campo libre a los intereses ingleses y norteamericanos que habían reactivado el contrabando después de la Paz de Basilea. Y, finalmente, todas las dejaciones no sirvieron para nada puesto que España se vio otra vez envuelta en una guerra contra Inglaterra en 1798, que agravó todavía más la situación.
Aunque la Paz de Basilea no tuvo, aparentemente, más repercusiones negativas en América que la de entregar a Francia la parte española de Santo Domingo y lograr encolerizar a los ingleses26 (cuya impunidad en la acción percibía Godoy como una de las mayores amenazas para la presencia española en las Indias Occidentales), políticamente el coste fue escandaloso porque determinó, un año después, el Tratado de San Idelfonso que suponía la ya total dejación de la soberanía del país en manos de Francia. Fin de un proceso que, sin duda, se había venido larvando durante el siglo XVIII a causa del principal lastre de la Corona Borbónica española: su alianza con la Monarquía francesa mediante los conocidos “pactos de familia”. Los ilustrados, que eran perfectamente conscientes de las consecuencias perversas de este proceso de dependencia, supieron trampear la situación con tacto y habilidad política pero también con determinación en aquellos proyectos de la Corona española que, aún chocando con los intereses franceses, consideraron de vital importancia para el futuro del país. El Tratado de San Idelfonso significó el fin de la política entre pactista y rebelde que Carlos III y sus ministros habían puesto en práctica en la segunda mitad del XVIII, y el inicio de la dejación de la soberanía nacional. España entra así, en contradicción con sus intereses, en la órbita francesa.
Como es evidente, la alianza con Francia no favorecía precisamente los intereses de la incipiente burguesía nacional, todavía muy ligada al abastecimiento británico. Godoy lo sabía y por este motivo dio largas a los franceses en su intento
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La posición oficial británica contra la Paz de Basilea sostenía que ésta vulneraba los acuerdos del Tratado de Utrecht.
de realizar tratados comerciales con España que facilitasen la entrada masiva de productos y capital francés. De hecho, el sentimiento antifrancés estaba ya muy generalizado entre la sociedad española a mediados del XVIII por ser los comerciantes franceses, bien asentados en los puertos con más actividad comercial, importantes y difíciles competidores. Estas tensiones estallaron violentamente en los motines antifranceses de 1793-94. Después de estas experiencias, nunca podría ser bien recibida una política comercial que pretendiese tratar a España, aunque fuese como medio interpuesto, como si de una colonia se tratase. En efecto, para la burguesía francesa, España significaba la posibilidad de controlar el puerto de Cádiz, no sólo importante por su valor de punto privilegiado de distribución comercial, sino por su valor estrictamente estratégico como centro de reunión de las dos flotas francesas, la atlántica y la mediterránea; también suponía un mercado potencial para las manufacturas francesas, la posibilidad de obtener metales preciosos y, sobre todo, la llave para introducirse en América haciendo retroceder a los británicos.
Así las cosas, el Tratado de San Idelfonso, de agosto de 1796, alianza ofensiva-defensiva con el Directorio francés, dirigida fundamentalmente contra Inglaterra, fue muy mal recibido por la opinión pública porque significaba una importante provocación contra los ingleses que hacía temer una paralización del comercio nacional y de muchas actividades en desarrollo, lo que, inevitablemente sucedió con la también inevitable declaración de guerra entre España e Inglaterra el 5 de octubre de 1798. En un largo, pero interesante párrafo, el profesor Parra hace un buen retrato de la situación y de sus posteriores consecuencias:
“El incremento del paro y el cierre de empresas subsiguientes al comienzo de la guerra contra Inglaterra demostraron el fundamento de tales temores (...) El caso de Alicante puede servir de ejemplo. En esta próspera ciudad mercantil donde arribaban navíos de toda Europa, muchos de ellos ingleses, la guerra hizo disminuir drásticamente el tráfico portuario, casi paralizó el comercio, originó serios problemas de abastecimiento, puso al municipio en importantes dificultades fiscales y afectó muy negativamente al desarrollo de la agricultura de exportación. En estos lugares fue cuajando poco a poco un intenso odio popular hacia los franceses (...) En 1807, al final de este proceso, el cónsul francés en Alicante reflejaba con suma claridad el cariz de la situación: los alicantinos se muestran decididos a luchar contra Francia porque se
consideran perjudicados por la alianza y aprovecharán la menor ocasión que se les depare para hacerlo. Los sucesos de 1808 le dieron la razón”27.
Por otra parte, la política de Godoy con respecto a América no pudo ser más desafortunada y condujo a España a una situación indigna. En 1793, Godoy forjaba un plan destinado a consolidar una alianza con los Estado Unidos (aprovechando el dominio de España sobre Luisiana y Florida) que fuese capaz de contrarrestar a Inglaterra en caso de guerra en las Indias Occidentales. Pero las esperanzas de Godoy de utilizar ventajosamente a favor de España a los Estados Unidos, se desvanecieron tras la firma el 19 de noviembre de 1794 del Tratado de Jay entre los norteamericanos e Inglaterra, por el cual ésta última obtenía importantes ventajas comerciales en aquellos territorios. El Príncipe de la Paz, desde la debilidad de su posición, intentó granjearse la amistad de los Estados Unidos a cualquier precio y firmó, el 27 de octubre de 1795, el que luego sería denominado “Picnkey’s Treaty”28 o Tratado de San Lorenzo, de “Amistad, Límites y Navegación”, cuyas excesivas concesiones a los norteamericanos propiciaron la penetración de capital y negociantes estadounidenses tanto en Luisiana como en Florida, hecho que, con el tiempo, tendría funestas consecuencias para España. Los Estados Unidos obtenían, a cambio de unas pocas migajas, una serie de ventajas comerciales y derechos que les servirían de base para la ocupación en el futuro de los territorios arriba mencionados y su expansión hacia el oeste hasta ocupar también las tierras mejicanas. Esas ventajas y derechos comerciales consistían, en lo sustancial, en la libertad de navegación por el Mississipí, situación de privilegio de los buques mercantes norteamericanos que no podían ser apresados por la armada española, concesión de status de puerto franco a Nueva Orleans –que se convertiría en el siglo XIX en uno de los mayores puertos negreros norteamericanos-, libertad general de comercio y navegación, etc. 29.
27 LA PARRA LÓPEZ, Emilio, La alianza de Godoy con los revolucionarios, Madrid, CSIC,
1992, pp. 33-34.
28 La letra de este Tratado fue fundamental tanto en la acusación como en la defensa de los
negros amotinados de la goleta Amistad, como relatamos en el Capítulo 6.
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Los artículos 4 y 22 del Tratado de San Lorenzo recogen con transparencia la dejación de derechos por parte de la Corona española sobre La Luisiana y Florida:
“ART. IV: It is likewise agreed that the Western boundary of the United States which separates them from the SPANISH Colony of Louisiana, is in the middle of the channel or bed of the River Mississippi from the Northern boundary of the said States to the completion of the thirty first
Claramente el Tratado de San Lorenzo permitió otro avance imperialista de Estados Unidos sobre los territorios de teórica soberanía española, regalado por el torpe servilismo de una Monarquía moribunda.