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7.3 Initial environmental review

7.3.3 Implementation and operation

Mientras más experiencias con el trabajo preexistencial he acumulado como psicoterapeuta, más convencido estoy de que el éxito de la curación depende esencialmente de si logro poner al cliente en contacto con la existencia anterior que es decisiva para su problema, o con su "historia clave", por así decirlo. De acuerdo a la experiencia, una curación se produce muchas veces muy rápidamente, en caso de que ya en la primera sesión se logre avanzar hacia una historia de ese tipo; cuando eso, sin embargo, no resulta, hay que ocuparse un buen rato con todas las cosas secundarias posibles, antes de llegar al núcleo del problema. Confieso francamente que mis esfuerzos por avanzar hasta la correspondiente "historia clave", fracasan tan a menudo como lo que son coronados por el éxito. Reconozco por lo tanto, que los dos ejemplos siguientes no son

en absoluto representativos. Espero, sin embargo, que la circunstancia de la rápida y duradera curación de Edith y Arlett también convenza a otros, tal como a mí mismo, del extraordinario valor terapéutico de la reactivación de vidas pasadas.

Edith ya había sido tratada durante algún tiempo por un colega, que es al mismo tiempo analista junguiano y médico con amplios conocimientos en procedimientos curativos alternativos. La cliente era una bailarina de treinta años aproximadamente, que sufría de la poco investigada enfermedad lupus erythematosus. Ese padecimiento consiste en una enfermedad no infecciosa del sistema inmunológico, que va acompañada de diversos síntomas y ocasiona de vez en cuando inflamaciones y también daños en las células. Dolencias al corazón, a las articulaciones y a los riñones, también forman parte del cuadro clínico de todas maneras. Según información de un experto, "la enfermedad puede ser causada repentinamente por ciertos medicamentos y drogas, pero también por proteínas extrañas, rayos ultravioleta o por un traumatismo psíquico". Es decir, se trata de un padecimiento bastante misterioso, y aunque la enfermedad de Edith no era especialmente grave o muy peligrosa, el colega que la trataba no evaluaba en forma muy optimista sus posibilidades de curación.

En el caso de Edith, la enfermedad había llevado a una rigidez de las articulaciones, que hacía recordar a una artritis en algunos aspectos. Cuando la conocí, sus articulaciones estaban ya tan afectadas por la enfermedad, que peligraba su carrera profesional. Ella visitó en aquel entonces uno de mis talleres, en el que yo trabajaba con un procedimiento que designo como activación del "combatiente interior". La meta de ese tipo de talleres es poner a los clientes en contacto con su furia y después inducirlos a construir en sí mismos imágenes de lucha y de autoconfirmación, de modo que perciban en sí la fuerza del luchador arquetípico (ver también capítulo 8). Para lograr eso, hago realizar a los participantes una serie de diferentes ejercicios corporales y de imaginación, para que experimenten conscientemente, tanto en forma somática como también en forma de visiones interiores, aquellas capacidades no tan simples, que la mayoría de nosotros teme o busca reprimir. En el taller en el que participó Edith, también utilicé para un ejercicio algunas secuencias musicales de Holst y Schostakowitsch, para despertar en los participantes, sensaciones e imágenes inconscientes de guerra.

Cuando la música había acabado, los participantes registraron sus impresiones por escrito o con dibujos. Pero Edith no se encontraba capacitada para ninguna de las dos cosas. Ella se veía totalmente consternada, como si la música la hubiera puesto en un estado de conmoción. Yo le ofrecí repasar nuevamente sus experiencias junto con ella y ella estuvo de acuerdo y se acostó sobre la alfombra. "Ahora cierre los ojos, por favor, y penetre en una imagen especialmente vivida o en una sensación especialmente intensa", le pedí. De inmediato comenzó a temblar en todo el cuerpo y le brotaron lágrimas en los ojos.

"¿Dónde está usted? "pregunté.

"No sé. Creo que estoy muerto. Sé que estoy muerto. No sé qué ha ocurrido ". "Repita una vez más sus últimas palabras, por favor", digo yo.

"No sé qué ha ocurrido ".

"¿Qué cosa no ha andado bien? "

Todo su cuerpo gira y se retuerce y ella se lanza de un lado para otro. "Yo sé lo que no ha andado bien. La bomba estalló muy pronto. Yo muero. Oh, esos dolores. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Mis extremidades... Está negro. ¡No estoy aquí!"

De inmediato tengo claro de que aquí se trata de una experiencia de muerte bastante dramática y que la víctima de la bomba, con la cual se identifica Edith, ha perdido la consciencia. Evidentemente Edith experimentó todos los síntomas de una conmoción explosiva, y a juzgar por la reacción de su cuerpo, la personalidad preexistencia!, como la cual ella se sentía, sufrió

terribles mutilaciones. Como yo he sido testigo de muchas situaciones parecidas, sé, que el afectado solamente puede liberarse de su trauma, si su cuerpo experimenta una vez más todo el suceso causante, y que la víctima preexistencial de tales catástrofes no debe perder la consciencia. Por eso le pedí introducirse otra vez en esa experiencia y experimentar los acontecimientos que habían llevado a la explosión.

"Me he adherido a un grupo de hombres jóvenes", dice ella. Yo soy un hombre de diecinueve años aproximadamente. El escenario es Rusia. Los mataremos. Los odiamos. ¡Ellos han matado a mi padre! ¡ELLOS HAN MATADO A MI PADRE!... Algunos de nuestro grupo ya han sido muertos, pero nosotros seguimos luchando. Estamos hartos de esa tiranía. Ya es tiempo de contraatacar".

Edith rabia por un momento más y yo consigo unir lentamente los fragmentos de su historia. Ella experimenta otra vez las últimas horas de un joven anarquista ruso en una gran ciudad de Rusia (¿San Petersburgo?). Los guardias del palacio han sofocado brutalmente una rebelión de hambre de los pobres. Es invierno. El padre del joven hombre ha muerto algunos días antes, durante la última ola de la rebelión, y él mismo pertenece a un grupo de jóvenes anarquistas que se han puesto como meta, vengar al pueblo y derrocar a los gobernantes. El joven hombre y sus camaradas quieren atacar ios cuarteles de la guardia del palacio con bombas hechas por ellos mismos. Es de noche. Ellos se reúnen cerca de los cuarteles, en diferentes puntos secretos de ataque y evitan cuidadosamente llamar la atención de los guardias que están en la puerta.

"Ahora estoy abajo, al lado del muro. La bomba está debajo de mi abrigo. Sólo tengo que activar el mecanismo para encenderla... Ahora lo he hecho... ¡AAH! ¡AAH1 ¡AAH! Edith grita y se retuerce otra vez. Hemos llegado nuevamente a la escena del principio, "Los dolores, oh, esos dolores.,. ¡Oh, no! Ha explotado. Está negro. No estoy aquí". "¿Dónde está usted? ", pregunto. "No sé. Todo está negro. No estoy aquí, Pero me duele mi cuerpo. ¡Oh!, ¡Oh!"

Mientras su cuerpo se retuerce de un lado para otro sobre la alfombra, Edith gime una y otra vez. Ella se encuentra en un estado de intenso horror, de terrible tormento y de una total confusión. Su cuerpo corcovea de dolores aparentemente horribles. Pero esas convulsiones no parecen estar dirigidas por ninguna consciencia. ¿Está muerto el joven anarquista? ¿Se ha desmayado? Yo la impulso a obtener una impresión de la situación, como sea.

"Está negro. Está negro. Oh, yo me encuentro encima, no estoy en mi cuerpo ".

"Ahora baje y contemple su cuerpo ", ¿e pido.

De repente estalla en lágrimas y comienza casi a gritar.

"¡Oh, no, no, no/ No quiero ver esto. No lo soporto. ¡No! ¡No!

Como ella evidentemente ve algo, le insisto que mire exactamente, por muy terrible que sea. "Es mi cuerpo. Está sin brazos y sin piernas. La bomba los ha arrancado. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!" Mientras ella dice eso, su cuerpo se sigue retorciendo de un lado para otro sobre la alfombra. De ahí yo deduzco que evidentemente hay una última fase de la historia, que hasta el momento ha quedado sin mencionar.

"Yo deseo que usted regrese a su cuerpo y constate si él efectivamente está muerto ", digo yo. "¡Oh, no! El todavía no está muerto. Yo estoy sencillamente tendido allí y muero lentamente y estoy consciente de que ya no podré usar nunca más mis brazos y mis piernas ".

"Ponga atención a las últimas palabras que usted dice antes de morir y vaya al punto en que su corazón deja finalmente de latir", digo yo.

"Yo no podré usar nunca más mis brazos y mis piernas. ¡Oh, no!"

Edith llora amargamente, cuando se da cuenta que es ese pensamiento interminablemente doloroso, en el que se basa su miedo por su misteriosa enfermedad.

Yo le indico que investigue con la consciencia bien despierta los últimos segundos que ella pasa dentro de ese cuerpo mutilado, "¿Ha habido, además, otros pensamientos y sentimientos que usted haya constatado en sus brazos y piernas antes de haberlos perdido? ", pregunto yo.

"Sí. Yo quería matarlos. Yo quería que ellos tuvieran que sufrir exactamente como mi padre ". Ella comienza a llorar. "Pero ahora tengo que sufrir tormentos insoportables ".

"¿Y desea usted ahora dejar ir la rabia que siente por esa gente?” Sí, eso deseo”.

"Entonces deje ir ahora toda su rabia y su dolor y dígame cuando usted salga definitivamente de su cuerpo”.

Edith respira profundo y todo su cuerpo se relaja. En todo el cuarto disminuye perceptiblemente la tensión, ya que su cuerpo se había retorcido de un lado para otro durante toda la conmovedora escena.

Para apoyar ¡o ocurrido, yo le propongo como antídoto contra todo su dolor y su negatividad, que diga varias veces las dos afirmaciones siguientes:

"Estos brazos y estas piernas son fuertes y saludables y realizan su servicio de la manera más maravillosa".

Para darle aún más apoyo, les pido a todos los presentes que coloquen las manos sobre los brazos y las piernas de Edith, para que la joven mujer regrese completamente a su cuerpo actual.

Ahora Edith se sienta y abre los ojos. "¡Ahora ya no siento ningún dolor más! Todo ha pasado. Ahora comprendo todo ", dice ella y mira feliz a los otros presentes con ojos radiantes.

Había sido una intensiva sesión, increíblemente angustiosa y casi insoportable. A todos nosotros se nos había hecho evidente, cuáles causas preexistenciales estaban detrás de los dolores de articulaciones de Edith. El joven anarquista había muerto lleno de tormentos y de pensamientos de venganza, y esas emociones se habían estampado psíquicamente en sus extremidades. A raíz de la explosión él se desmayó poco antes de su fin, pero sin embargo, el cuerpo había registrado cada detalle de los últimos momentos. Por eso tuve que encargarme primero de que el cuerpo de la cliente tomara consciencia de su traumatismo, de manera que éste pudiera tratarse en forma catártica. Además, Edith tuvo que percibir la rabia que había dirigido contra sí misma en su vida como anarquista, cuando poco antes de su fín había pensado: "No podré usar nunca más mis brazos y mis piernas".

Esa sesión significó el momento decisivo en la terapia de Edith. Yo la volví a ver seis meses después: Ella me comunicó que todos los dolores de sus articulaciones habían desaparecido y que estaba comenzando lentamente a bailar otra vez. También su enigmática enfermedad (lupus erythematosus) disminuyó poco a poco. Esa sesión había despertado en ella una consciencia totalmente nueva del rol que tenía en su vida, la rabia y el miedo a su autosuficiencia. Ella había recuperado, al parecer, la energía juvenil del anarquista, que había sido interrumpida prematuramente en forma abrupta. Edith había hecho un nuevo comienzo en su vida.

El caso Arlette: Una cantante de opera con