Pedro Mir, considerado el gran poeta nacional dominicano, expresa dramáticamente la preocupación del artista por la propia historia. Al igual que en su difundido poema “Hay un país en el mundo”, en “Contracanto a Walt Whitman”, Mir entiende esa historia en términos de comunidad. A los versos del gran poeta norteamericano: “Yo, Walt Whitman, un cosmos/un hijo de Manhattan” (Homenaje 43), Mir antepone un yo sin nombre, un yo de humilde e imprecisa genealogía: “Yo, un hijo del Caribe, /Precisamente antillano./Producto primitivo de una ingenua/ criatura borinqueña/ y un obrero cubano/nacido justamente, y pobremente,/ en suelo quisqueyano” (Homenaje 45). Este “yo” de los primeros versos se convertirá en un nosotros, en el que la voz del poeta se confunde con
nosotros los ferroviarios nosotros los estudiantes nosotros los mineros
nosotros los pobres de la tierra, los pobladores del mundo,
los héroes del trabajo cotidiano (Homenaje 75)
La identificación entre la voz poética y lo que pudiéramos denominar “pueblo” demuestra para Torres-Saillant que, “Caribbean literature deals more with the cultural and political problems of the region than with the inner conflicts of individuals souls” (275). A partir de la década de los sesenta esta confusión entre el
intelectual y su comunidad tiene un carácter estratégico. Ya no parecía eficaz una voz como la del personaje Daniel Comprés de Marrero Aristy, emitida desde una posición de distanciamiento y superioridad. Precisamente ese aislamiento se traducía en impotencia frente a la dinámica explotadora de la central azucarera. Tras la muerte de Trujillo, los intelectuales tendrían que hacer lo que Comprés no había hecho: sumarse, unirse, confundirse con la multitud. Y en efecto, fue lo que muchos hicieron durante la revolución de abril al participar de los combates callejeros. El destino de la nación no quedó relegado a unos pocos militares. La estrategia fue la de “armar al pueblo” para la defensa. Se trató en ese entonces, de un pueblo en el que los intelectuales se sentían reconocidos sin tener que acudir a sus propios personalismos. Una vez eliminadas las caras individuales de las narrativas épicas63, la identidad nacionalista flexibilizó sus fronteras literal y simbólicamente. Un ejemplo de este fenómeno lo constituyen las imágenes de Abril:
la Trinchera del honor sobre los sucesos del año 65. La aparición frecuente de
combatientes haitianos en las filas de los constitucionalistas refleja hasta qué punto la lucha contra los marines norteamericanos logró cierta conjunción ―conjunción imposible en el discurso nacionalista de la Era— de ambos lados de la isla. El hecho de que varios años después, un director como Fortunato se preocupe por exhibir las imágenes solidarias de combatientes haitianos, demuestra el cambio sustancial en el imaginario de la resistencia.
Al igual que la intervención estadounidense de 1916, la de l965 proporcionó la afirmación de la propia identidad. Sin embargo, ésta varió significativamente. La articulación de una colectividad anónima, más inclusiva, prometió ser lo suficientemente sólida y eficaz para establecer una identidad diferenciadora. Frente al estadounidense había ―como en el poema de Mir—, que contraponer una identidad formulada en plural. Aunque escrito hacía más de una década, el “Contracanto a Walt Whitman” fue emblemático para las generaciones que lucharon en los años sesenta. El poema además fue reversionado por jóvenes poetas constitucionalistas como Ramón Francisco en “Contracanto a Walt Whitman” y Miguel Alfonseca en “Coral Sombrío para invasores”. La palabra “coral”, como vemos, indica nuevamente la importancia de la idea de un colectivo interpelador.
El poema de Mir ejemplificó el carácter “híbrido” de cierta literatura dominicana en la que épica y tragedia, poder y resistencia, dimensión histórica y mítica confluyen en una narrativa teleológica. Poema homenaje, poema elegíaco al gran vate estadounidense, es al mismo tiempo un poema combativo, un poema crítico, de denuncia de la intervención norteamericana. Mir procede a una reescritura del poema “Song of Myself” (1855) de Whitman, asumiendo al llamado que éste hiciera a los poetas futuros. Al hacerlo, simultáneamente reivindica el poema original y lo deconstruye como alteridad. Mir propone una historización poética de Estados Unidos desde una perspectiva dominicana. Para la voz poética, aquella nación era inicialmente “un intachable territorio puro” (Homenaje 53) era sobre todo un poco más tarde en la secuencia histórica, el territorio donde “resplandeció la palabra Democracia” (Homenaje 55). Sistema traducido en
Libertad de Trabajo. Libertad de Conciencia. Libertad de Palabra. Libertad de camino. Libertad de aventura, proyecto y fantasía. Libertad de fracaso, de amor y de apellido.
Libertad sin retorno ni vértices ni orugas. (Homenaje 55)
Eran pues, las libertades inexistentes en la propia isla al momento de escribir el poema. Eran también, en el año 65, las libertades por las cuales luchaban los constitucionalistas. Las primeras secciones del poema se concentran entonces en una alteridad admirada en la cual la democracia norteamericana es un paradigma imitable. La valoración positiva de este sistema político indica un cambio de actitud respecto a los nacionalistas arielistas de la primera mitad del siglo como Américo Lugo. El hilo narrativo del poema se identificaría más bien con una primera visión de Bosch para quien la isla debía instituir un sistema similar al estadounidense. Esta visión positiva ―al igual de lo que sucedería con el pensamiento de Bosch― cambia en el mismo poema. Estados Unidos se transforma en un país “de rostros caídos”, de “lenguas atadas”, “de vencidos hígados y arterias derrotadas” (Homenaje 67).
Del mismo modo en que Bosch se mostró preocupado por establecer narrativas históricas legitimadoras de la lucha anticolonial ―como es el caso de De
Cristóbal Colón a Fidel Castro―, así también la obra de Mir tuvo una orientación
similar. “Contracanto a Walt Whitman” es una construcción poética de la historia del “otro” estadounidense. Mir imagina un tiempo originario utópico de plenas libertades que sufre la trasformación relativamente desconflictuada de la colonización y el establecimiento de la democracia. Esta edad de oro es formulada en un “yo” que inicialmente tiene un sentido emancipador. Este orden armonioso se
ve corrompido por la tiranía de un “yo” que se ha transformado por los dictámenes del egoísmo y del lucro:
Nadie supo qué noche desgreñada un rostro frío, de bajo celentéreo,
se halló en una moneda. Qué reseco semblante se apreció de pronto a un círculo metálico y sonoro. Qué cara seca se vio en circulación de mano en mano. Qué seca boca dijo de pronto
yo (65)
El “yo” originario es transformado por las dinámicas del capitalismo (Torres- Saillant 237). En el poema, la moneda compra conciencias, se multiplica por todo el territorio estadounidense y deviene en Corporaciones, bancos y Trusts (Homenaje 65). La perversión del capitalismo es una constante en la obra de Mir que veremos repetirse en su novela Cuando amaban las tierras comuneras. Al igual que las dinámicas de la central en Over, y que la “avaricia ciega de mercados” (Antología 106) denunciada por Lugo en 1923, el capitalismo norteamericano repite aquí su caracterización devoradora sin coto alguno. En “Contracanto” su centro expansivo es sugerido en Wall Street y se personifica en el personaje de Mr. Babbit64 (Torres- Saillant 237), quien en la sección doce necesita engullir a las Antillas, a Santo Domingo y a toda América Latina en nombre de un “yo” acumulativo de capital a expensas del bienestar de los demás países y regiones:
―Yo, Babbit, un cosmos, un hijo de Manhattan. El os lo dirá:
―Traedme las Antillas
sobre varios calibres presurosos, sobre cintas
de ametralladoras, sobre los canterpillars de los tanques (…) Y en medio de un aroma silencioso
allá viene la isla de Santo Domingo. ―Traedme la América Central (….) ―Traedme la América del Sur (69)
Las imágenes de las ametralladoras, tanques y calibres denuncian que la expansión económica estadounidense viene dada por el poder militar. En este sentido, al mirar al pasado ―las intervenciones de principios de siglo― de cara a un devenir histórico, este poema de 1952, comparte el tono profético que Torres- Saillant le adjudica a “Hay un país en el mundo” (235). Mir se adelanta a las futuras invasiones militares de Estados Unidos en el continente. Entre 1965 y 1969 estas imágenes de expansión económica y militar serán reformuladas bajo la mirada socio-política de Bosch en su Pentagonismo: sustituto del Imperialismo, o bajo la mirada poética de René del Risco Bermúdez en su “Oda gris por el soldado invasor” (1965):
Venido de la noche,
quizá de lo más negro de la noche,
un hombre con pupilas de piedra calcinada anda por las orillas de la noche…
De oscuro plomo el pie y hasta los besos viene del vientre lóbrego de un águila que parirá gusanos y esqueletos
para llenar su mar, su territorio… (103)
Este individuo bélico, de cuerpo de “plomo” ―recordemos que para Bosch, Estados Unidos era “una nación de guerreros” (Pentagonismo 42)―, que al engendrar gusanos corrompe y asesina aquello que desea para “llenarse”, es el equivalente al Mr. Babbit de Mir. Del Risco repite la formulación de una alteridad en términos de individualidad. Estados Unidos es “un hombre con pupilas calcinadas”,
es en última instancia, el “yo” que se condena en el poema de Mir frente al cual se antepone una colectividad emancipadora:
Y AHORA
ya no es la palabra yo
la palabra cumplida
la palabra de toque para empezar el mundo. Y ahora
Ahora es la palabra nosotros. Y ahora,
ahora es llegada la hora del contracanto. (75)
Mir establece la llegada del tiempo de la ruptura, del tiempo del contracanto coral, formulado en la apertura identitaria que en otro de sus libros caracterizará como un Viaje a la muchedumbre (1971). La fortaleza se halla en un colectivo contrahegemónico:
Nosotros los blancos, los negros, los amarillos los indios, los cobrizos, los moros y morenos, los rojos y aceitunados, los rubios y los platinos, unificados por el trabajo,
por la miseria, por el silencio (Contracanto 75)
Al igual que la alianza de la “vanguardia coloreada” propuesta por Bosch en el Pentagonismo, y a diferencia del carácter des-nacionalizador que Balaguer y Lugo achacan la heterogeneidad étnica y/racial, Mir se inserta en la tradición de emplear el mestizaje como identidad estratégica para hacer frente a los embates del imperialismo norteamericano. En su libro histórico-ensayístico Tres leyendas de
colores (1969), el poeta articula una tradición de resistencia en la Española a través
un ex-sirviente de Colón, Francisco Roldán, en La Isabela contra las injusticias de la administración imperante; el levantamiento indígena de 1519 liderado por Enriquillo, hijo de un jefe arawako contra las autoridades coloniales65 y, finalmente, la rebelión de esclavos en 1522 contra el sistema de explotación. La concatenación de las tres insurrecciones le permite a Mir armar una secuencia histórica en la cual la conjunción de “los tres colores” conforma una sólida tradición de resistencia. Reclama para ella además, un carácter originario, siendo la isla La Española el primer asentamiento colonial español en la región. Independientemente del éxito o del fracaso de estas revueltas, estos tempranos levantamientos tienen la relevancia para Mir, de haber dado origen a instituciones como la encomienda o a los discursos de opresión racial (Torres-Saillant 219). Tanto en su poesía como en sus trabajos de carácter histórico, Mir está interesado en establecer una identidad cuya diferencialidad con una alteridad imperialista estriba en la unión de los componentes de la sociedad. Así, el contraste frente a Estados Unidos podría ser definido en términos de individualismo/colectivismo, yo/nosotros, personalismo/anonimato. Al final de “Contracanto”, la agencia derivada de esa unión se concretizará en la lucha liberadora:
Y UN DIA,
en medio del asombro más grande de la historia, pasando a través de muros y murallas (…)
¡Oh, Walt Whitman de barba nuestra y definitiva! Nosotros para nosotros, sobre nosotros
y delante de nosotros…
Recogeremos puños y semilleros de todos los pueblos y en carrera de hombros y brazos reunidos
los plantaremos repentinamente (77)
La narrativa historicista de “Contracanto” parece entrañar los avatares de la resemantización de la figura y de la poesía de Whitman en América Latina. La recodificación que del poeta americano realizaron Martí, Rubén Darío, Jorge Luis Borges, Octavio Paz y Pablo Neruda expresa las variaciones de una mirada periférica acerca de Estados Unidos como modelo de modernidad asimilable o bien, deplorable. Como vemos en el poema de Mir, la trayectoria de esta mirada ha transitado desde el tono celebratorio de un discurso americanista en el que la voz del poeta encarna la totalidad de un nuevo mundo utópico democrático; hasta la denuncia antiimperialista en la que el poeta latinoamericano pretende fundar un universo diferencial, emancipador del whitmaniano. Apelaciones poéticas como las de “Oda a Roosevelt” de Darío, “Contracanto” de Mir y “Canto General” de Neruda suponen la paradoja política señalada por Enrico Mario Santí del llamado a apropiarse “de la máscara norteamericana de Whitman como escudo retórico de América Latina, y con frecuencia contra cierta noción del imperialismo norteamericano” (“Fortunas” 55). “Contracanto” figuraría así como operación calibánica de afirmación de una identidad antillana, latinoamericana en la que estaría cifrado el devenir utópico que no pudo realizarse en la América de Whitman.