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CHAPTER 5: ANALYSIS OF THE IIP IMPLEMENTATION AGAINST

5.3 Detailed presentation of the IIP implementation process

5.3.6 Implementation

A lo largo de la novela, Soriano realiza diversas alusiones a Argentina. La primera de ellas tiene lugar en la primera parte, cuando Stan Laurel está dirigiendo una película con Oliver Hardy como actor principal. En el estudio de rodaje se escucha un tango y tanto el Gordo como el Flaco recuerdan los tiempos en los que trabajaron a orillas del Río de la Plata, Hardy con Juan Maglio “Pacho”, y Laurel realizando sus acrobacias de payaso en un teatro céntrico, posiblemente el Casino. Como ya hemos señalado, no hemos encontrado pruebas de que Laurel y Hardy hubieran estado en Argentina en la década de los años 10, por lo que suponemos que Soriano introduce esta ficción para comparar esa época, en la que Argentina vivió un período de gran prosperidad económica -que duró hasta 1930-, con la de los años 70, en la que el país estaba sumido en una importante crisis económica y política.

Otra alusión a Argentina tiene lugar en la segunda parte de la novela, en uno de los diálogos que mantienen Philip Marlowe y Osvaldo Soriano. El detective le pide al periodista que le cuente quién es, y éste comenta la difícil situación económica por la que atraviesa su país:

127 Curiosamente, en la película Chinatown, de Roman Polanski, rodada en 1974, es decir un año después de

publicarse la novela de Soriano, y que está muy influida por las novelas de Raymond Chandler, encontramos una relación incestuosa entre Noah Cross, papel que interpreta John Houston, y su hija Evelyn Mulwray, interpretada por Faye Dunaway.

“Vivo en Buenos Aires. Trabajo en un diario. Desde hace algunos años investigo la vida de Laurel y Hardy. Quería escribir algo sobre ellos, una biografía o una obra de teatro. Me costó decidirme. Por fin empecé una novela. Quería conocer Los Angeles para ubicar la acción con detalles. Estuve juntando plata para venir. Tuve que empeñarme un poco. La devaluación de la plata argentina ponía los dólares cada vez más lejos” (p. 53).

Poco después, durante el mismo diálogo, Marlowe le pregunta a Soriano cómo es Buenos Aires, a lo que éste responde:

“Es una ciudad muy grande, más grande que Los Angeles, sucia, llena de baches, de veredas rotas, de pizzerías, cines y comercios. Está rodeada de villas miserables, tan malas como las que ocupan aquí los negros. Allí la gente odia a los policías y desprecia a los norteamericanos” (p. 56).

Esta imagen de Buenos Aires no tiene nada que ver ya con la que ofrecía la ciudad en la década de los 10, el Buenos Aires diseñado según modelos europeos, en particular París.

En la novela aparecen también alusiones a la escasa simpatía que tienen los argentinos por los comunistas, así, por ejemplo:

“-No crea que va a conmoverme. Ningún yanqui podría conmoverme.

-Usted es comunista, ¿eh?

-¿Me permite que lo mande al carajo?

-Perdóneme. Me puse cargoso” (p. 56).

Al final de la novela, Marlowe y Soriano saltan encima del techo de un vagón de tren y ya dentro de él, se encuentran con dos pasajeros argentinos: un matrimonio de cierta edad, ella cordobesa y él porteño. La actitud de Soriano al encontrarse con dos compatriotas oscila entre la sorpresa y el recelo. El escritor Soriano introduce una puya contra los porteños cuando hace decir al personaje homónimo: “(Soy) de Buenos Aires. (...), no soy porteño, pero vivo allá”.

En una entrevista que le hicieron al también escritor argentino Antonio di Benedetto, éste comentaba al hablar de sus orígenes que era argentino pero no porteño, dejando claro el resquemor que siempre han sentido los argentinos de las provincias hacia la capital del país.

El matrimonio argentino resulta ser una pareja de chivatos que denuncian a Soriano y a Marlowe ante la policía como los autores del secuestro de Charles Chaplin. Podemos ver en este episodio de la novela de Osvaldo Soriano un reflejo de la sociedad argentina de principios de los años 70, polarizada en numerosos grupos políticos e ideológicos, hechos que desembocaron en la dictadura de 1976 que obligó a Osvaldo Soriano a exiliarse después de ser denunciado por gente próxima a los militares golpistas. En la novela, Soriano llega a insultar a uno de sus compatriotas, llamándole “viejo alcahuete” y “Argentino, hijo de puta”.

Señalamos en la novela numerosos ejemplos del desconocimiento y el profundo recelo que existe en Estados Unidos hacia los hispanoamericanos. Dick Van Dyke escucha hablar a Soriano y le pregunta si es español o mexicano. Marlowe le dice a Van Dyke que Soriano “nació al sur del Río Grande”.

El conserje de los estudios insulta a Soriano llamándole “mexicano sucio”. Soriano acude en ayuda de Marlowe, que ha sido descubierto por los secuaces de Frers, entra en la portería del edificio y le pide las llaves del apartamento en el que están el detective y Diana Walcott a la portera, ésta, además de agredirle con una sartén y escupirle, le insulta en diversas ocasiones con términos como: “vago”, “mexicano criminal”, “chicano mugriento”, además de espetarle que se vaya a México.

Finalmente, los policías que torturan a Marlowe y a Soriano tampoco saben dónde está Argentina, Marlowe les dice que está situada al lado de Brasil, uno de ellos demuestra un conocimiento elemental de la zona, ya que afirma que siempre ha añorado ir de vacaciones a un lugar que él imagina exótico.

En otra de las conversaciones que tienen Soriano y Marlowe, hablan de las conflictivas relaciones que existían entre Estados Unidos y los países hispanoamericanos por esa época, pues el gobierno del entonces presidente Richard Nixon estaba obsesionado por evitar la extensión del comunismo por Hispanoamérica y no dudaba en apoyar a gobiernos dictatoriales como los de Paraguay o Nicaragua y participar en el acoso y derribo de gobiernos como el de Salvador Allende en Chile. También hay una nueva alusión a los conflictos políticos y a la grave situación socioeconómica de Argentina en esos momentos:

“-Estoy lleno de anécdotas, compañero. Tengo el cuerpo destrozado por ellas. Lo que usted recibió le servirá de lección. Todavía es muy joven y tal vez necesite pelear algún día.

-¿En la Argentina?

-No sé. Usted me dijo que los yanquis no los dejan vivir tranquilos. -No es tan simple. Allí muere mucha gente de hambre o a balazos todos los días. Los que tiran no son yanquis. Ellos no dan la cara.

-Usted es un latinoamericano rubio que pudo pagarse un viaje a Estados

Unidos. No venga a llorar las desgracias de los otros.

-Es distinto (...) usted confunde las cosas” (Triste, solitario y final, p. 133).