4.2 Road Network Generation with GANs
4.2.6 Implementation Details
La vida de contemplación infusa no empieza siempre con una concreta experiencia de Dios en una fuerte luz que se derrama. Los momentos en que uno se ve libre y se evade de la ceguera y desamparo de los modos ordinarios, trabajosos del espíritu, serán siempre relativamente raros. Y no es demasiado difícil reconocer esos súbitos, intensos destellos del don de entendimiento esos vividos “rayos de oscuridad” que hieren profundamente el alma y cambian el curso de toda una vida. Llevan consigo su propia convicción. Arrancan como escamas la ceguera de nuestros ojos. Implantan en nosotros una certidumbre demasiado profunda, serena y nueva para ser mal comprendidos o fácilmente olvidados.
Pero si uno tuviera que aguardar que sucedan tales experiencias , antes de llegar a ser un contemplativo, acaso hubiera de aguardar largo tiempo... quizá toda la vida. Y tal vez su espera sería vana.
Es más común que el espíritu aprenda de Dios la contemplación, no en súbito destello, sino imperceptiblemente, por pasos muy graduales. De hecho, sin la base de larga y paciente prueba y lento progreso en la oscuridad de la pura fe, la contemplación no será nunca realmente aprendida. Pues unos pocos, aislados, aunque intensos, destellos del espíritu de entendimiento y sabiduría no harán de uno un contemplativo en el pleno sentido de la palabra; ]a oración contemplativa es sólo verdaderamente lo que su nombre indica cuando llega a ser mas o menos habitual.
El camino ordinario hacia la contemplación pasa por un desierto sin árboles, sin belleza y sin agua. El espíritu entra en un yermo y viaja a ciegas en direcciones que parecen conducir lejos de la visión, lejos de Dios, lejos de toda plenitud y gozo. Puede llegase a creer que es casi imposible que esa ruta vaya a alguna parte, si no es a una desolación llena de huesos secos... la ruina de todas nuestras esperanzas y buenas intenciones.
El aspecto de ese yermo aterra tanto a la mayor parte de los hombres, que rehusan entrar en sus ardientes arenas y viajar entre sus rocas. No pueden creer que la contemplación y la santidad puedan hallarse en una desolación donde no hay manjares, abrigo, descanso ni refrigerio para su imaginación ni para su entendimiento ni para los deseos de su naturaleza.
Convencidos de que la perfección ha de medirse por brillantes intuiciones de Dios y fervientes resoluciones de una voluntad incendiada en amor, persuadidos de que la santidad es cuestión de fervor sensible y tangibles resultados, no quieren nada con una contemplación que no deleita su razón ni llena su mente y voluntad de consuelos y alegría sensible. Quieren saber adónde van y ver lo que hacen, y tan pronto como entran en regiones donde su actividad se paraliza y no da fruto visible, se dan vuelta y regresan a los campos lozanos donde pueden estar seguros de que hacen algo y a alguna parte llegan. Y si no pueden lograr los resultados que desean con tan intensa ansiedad, por lo menos se convencen do haber adelantado mucho si han dicho muchas oraciones, sufrido muchas mortificaciones, predicado muchos sermones, leído, y quizá también escrito, muchos libros y artículos, hojeado muchos libros de meditaciones, aprendido centenares de nuevos y diferentes modos de devoción y ceñido la tierra con peregrinaciones, No es que todas estas cosas no sean buenas en si mismas; pero hay momentos en la vida del hombre en que pueden ser una evasión, un anodino, un refugio contra la responsabilidad de sufrir en las tinieblas y el desamparo y dejar que Dios nos despoje de nuestro falso yo y nos convierta en el hombre nuevo que realmente debemos ser.
Cuando Dios empieza a infundir Su luz de conocimiento y comprensión en el espíritu de un hombre que la contemplación atrae, la experiencia no es tan a menudo de logro como de derrota.
La mente se ve entrar inquietamente en las sombras de una extraña y silenciosa noche. Es una noche harto sosegada. Pero es muy extraña. El pensamiento experimenta contracciones y dificultades. Hay una sensación, peculiarmente pesada, de cansancio y repugnancia hacia la actividad mental y espiritual. Pero al mismo tiempo el alma es asediada por el temor de que esta nueva impotencia sea pecado o un signo de imperfección. Intenta esforzarse por realizar actos de entendimiento y voluntad. A veces hace un esfuerzo loco por exprimir de sí algún sentimiento de fervor, lo que es, diremos de pasada, lo peor que puede hacer. Todas las bellas imágenes y conceptos de Dios que en otro tiempo acariciara se han desvanecido o transformado en desagradables y aterradoras deformaciones. En ningún sitio puede hallarse a Dios. Las palabras de la
desolación. No pueden pensar, no pueden meditar; su imaginación los tortura con todo lo que no quieren ver, su vida de oración está sin luz, sin placer, sin ningún sentimiento de devoción.
Por otra parte sienten, por una especie de instinto, que la paz se halla en el corazón de esa oscuridad. Algo los incita a estar quedos, a confiar en Dios, a callar y atender a Su voz; a ser pacientes y a no excitarse. Pronto descubren que todos los inútiles intentos de meditación sólo consiguen trastornarlos y perturbarlos; pero al mismo tiempo, estando quedos en la mudez de la fe desnuda, descansando en una simple y atenta espera, pendientes de la oscuridad que los tiene perplejos, una sutil e indefinible paz empieza a infiltrarse en su alma y la llena de una profunda e inexplicable satisfacción. Esta satisfacción es tenue y oscura. No puede asirse ni identificarse. Se desenfoca y se aparta. Pero ahí esta. ¿Qué es? Difícil decirlo; mas uno siente que de algún modo se compendia en “la voluntad de Dios” o, simplemente, “Dios”.
El que no permite que su espíritu sea abatido y trastornado por la sequedad y el desamparo sino que deja que Dios lo conduzca sosegadamente a través del yermo y no desea otro apoyo ni guía que los de la pura fe y confianza en Dios solo, será llevado a una profunda y sosegada unión con Él.
El hombre que no tema abandonar todo su adelanto espiritual en las manos de Dios, dejar oración, virtud, mérito, gracia y todos los dones al cuidado de Aquel de quien todos han de venir, será rápidamente conducido a la paz en la unión con Él.
Como la luz de la fe es oscuridad para la mente, así la suprema, sobrenatural actividad de la monte y la voluntad en la contemplación y el amor infuso nos parece al principio igual a la inacción. Por esto nuestras facultades naturales están ansiosas e intranquilas y rehusan estarse quietas. Quieren ser los únicos principios de sus propios actos. El pensamiento de que no pueden obrar como les plazca lleva consigo un sufrimiento y humillación que encuentran duro soportar.
Pero la contemplación nos eleva más allá de la esfera de nuestras potencias naturales.
Cuando viajas en un avión cerca del suelo te das cuenta de que vas a algún sitio; pero en la estratosfera, aunque quizá vueles seis veces más rápidamente, pierdes toda sensación de velocidad.
Tan pronto como ocurra una razonable indicación de que Dios atrae el espíritu hacia esa ruta de la contemplación, deberíamos permanecer con tranquilidad en una oración sumamente simplificada, despojada de actos y reflexiones y limpia de imágenes, aguardando en desasimiento y vigilante expectación que la voluntad de Dios se cumpla en nosotros. Esta espera debería ser sin ansiedad ni deliberada avidez de ninguna de las
experiencias que estén al alcance de nuestro conocimiento o memoria, porque cualquier experiencia que podamos asir y comprender será inadecuada e indigna del estado a que Dios quiere conducir nuestras almas.
La más importante pregunta práctica que se hará en esto punto es: ¿cuáles son los signos de que ya se puede abandonar sin peligro la meditación formal y descansar en esa expectación más o menos pasiva?
En primer lugar, si la meditación y la oración afectiva son fáciles, espontáneas y fructíferas, no deberían abandonarse. Pero cuando han llegado a ser prácticamente imposibles, o si simplemente se amortecen y agotan la mente y la voluntad, y las llenan de repugnancia, o si las envuelven en muchas distracciones, seria perjudicial que forzaras tu mente a tener pensamientos especiales y tu voluntad a seguir una rutina de actos determinados. Cuando la imaginación (aunque puede permanecer bien activa) no te da ya placer ni fruto, sino que sólo te cansa y trastorna hasta cuando se detiene en las cosas naturales, o aun espirituales, más atractivas, ello es signo de que quizá deberías abandonar la meditación activa. Si, al mismo tiempo, hallas positivo sosiego y sacas provecho del descansar en una simple y leal expectación del auxilio de Dios, será mejor hacer esto que no perseguir tu mente y tu voluntad en un vano esfuerzo por sacar de ellas unas pocas ideas y afectos. Pues, si reflexionas sobre tu estado, fácilmente verás que tu mente está absorta en una vasta, oscura idea de Dios y tu voluntad está ocupada, si no asediada, por un ciego, vacilante, semidefinido deseo do Dios. Las dos se combinan para producir en ti la ansiedad, oscuridad y desamparo que hacen los actos lúcidos y particulares a la vez tan difíciles y tan fútiles. Si permaneces en silencio y vacío de ti mismo, acaso descubras que esta sed, esta hambre que busca a Dios en la ceguera y la oscuridad, aumentan en ti y al mismo tiempo, aunque todavía no parece que halles nada tangible, la paz se establece en tu alma.
Por otra parte, si abandonar la meditación significa simplemente que tu mente se apaga y tu voluntad se petrifica, y te recuestas en el muro y pasas tu media hora de meditación pensando en lo que tendrás para cenar, es mejor que te mantengas ocupado en algo. Al fin y al cabo, hay siempre la posibilidad de que la pereza se disfrace de “oración
frase. Puedes hacerlo con la Sagrada Escritura, o con imágenes, o con fragmentos de oraciones vocales, con preferencia en presencia del Santísimo Sacramento, pero también en el bosque y bajo los árboles. La extensión y serenidad de un paisaje, campos y colinas, bastan para mantener al contemplativo flotando en la tranquila marea interior de su paz y deseo durante horas seguidas.
La falta de actividad en la oración contemplativa es sólo aparente. Bajo la superficie, la mente y la voluntad son atraídas a una actividad que es profunda, intensa y sobrenatural y que, rebosando, inunda nuestro ser y produce incalculables frutos.
No existe ninguna clase de oración en que no hagas absolutamente nada. Si no haces nada es que no estás orando. Por otra parte, si Dios domina tu actividad interior y llega a ser su principio inmediato por los Dones del Espíritu Santo, la obra de tus facultades puede hallarse enteramente fuera del alcance del cálculo consciente y acaso sus resultados no sean vistos ni comprendidos.
La oración contemplativa es una actividad espiritual honda y simplificada, en la cual la mente y la voluntad descansan en una unificada y simple concentración de Dios, dirigidas y atentas a Él y absortas en Su luz, con una simple mirada que es perfecta adoración, porque calladamente dice a Dios que hemos dejado todo lo demás y aun deseamos dejar nuestro propio yo sólo por Él, y que sólo Él es importante para nosotros, Él solo es nuestro deseo y nuestra vida, y ninguna otra cosa puede darnos gozo alguno.