E- invoice payment (6) Delivery (7) (2)
5. Legal and administrative practices in the field of electronic contract conclusion in the 25 European
5.2 Implementation of the Directives most relevant to contract conclusion
Existe una estrecha relación entre las emociones y el aprendizaje humano. Como dice Segal (1997) “Nuestro coeficiente intelectual puede ayudarnos a comprender y afrontar el mundo a determinado nivel, pero precisamos nuestras emociones para entendernos y tratar con nosotros mismos y, a su vez entender y tratar con los demás.”
El hemisferio derecho del cerebro es el motor impulsor del hemisferio izquierdo. La motivación conduce a la acción, y sin actuación no hay aprendizaje, de ahí que la motivación es la base del aprendizaje, y ésta se logra impactando en las emociones de nuestros estudiantes, preguntándonos qué es lo que verdaderamente les impacta, qué les llama la atención y desempeñarnos en correspondencia con estas motivaciones.
Según Sylwester (citado por Ortiz, 1999; p. 224) la emoción es muy importantes para el proceso formativo “porque conduce a la atención, que a su vez conduce al aprendizaje y a la memoria. Sin embargo, nunca comprendimos realmente lo que es la emoción, por lo que no sabemos cómo implementarla en la escuela y no hemos ido más allá que definirla como problemas de comportamiento, y la hemos relegado a las horas de Arte, Educación Física, recreos o programas extracurriculares.”
Al separar las emociones del ámbito del aula, de la lógica del proceso de enseñanza – aprendizaje, se simplifica el direccionamiento de la organización educativa, la pedagogía, la didáctica, el currículo y la evaluación, pero también se separan los dos lados de una misma moneda y por lo tanto perdemos algo muy importante en el proceso. Es imposible separar la emoción de cualquier otra actividad importante en la vida. ¡No trate de hacerlo! (Sylwester,
5 Complementación, ampliación y sistematización de mi libro Aprendizaje y Comportamiento basados en el funcionamiento del cerebro humano, Ediciones Litoral (Ortiz, 2009).
citado por Ortiz, 1999; p. 224)
Es importante que los estudiantes desarrollen procesos metafectivos6 por cuanto el conocimiento está mediado por la afectividad, sin afectos no se aprende.
Cuando el docente le imprime a su desempeño pedagógico una alta carga afectiva y emocional, los estudiantes muestran un mayor ritmo de aprendizaje, de manera que el proceso de construcción, asimilación y apropiación de conocimientos, desarrollo de habilidades y destrezas, fortalecimiento de valores, y apropiación de la cultura, se sustenta en los resortes afectivos, y es por ello que la afectividad es el principal mediador del aprendizaje humano.
Ya el notable psicólogo suizo Jean Piaget lo había reconocido en el único curso que desarrolló en la Soborna, cuando dijo que “¡No hay conocimiento sin amor!” (Citado por De Zubiría, 2006; p. 50). Por lo tanto, “más que las aptitudes, la afectividad comanda la ruta del aprendizaje de nivel superior.” (Suárez, 1996; p. 18).
Los Psicólogos dialécticos Luria, Leontiev, y Vigotsky (2004) advierten que “Un sistema educativo cuya finalidad corresponde a un crecimiento intelectual saludable debe conducir a un crecimiento afectivo y social igualmente sano.” Por supuesto que sí, ellos tenían toda la razón, “pero sus voces las silenció el predominio curricular absorbente de las “áreas mayores”, requeridas sólo para formar empleados medios, tecnólogos y profesionales.” (De Zubiría, 2007; p. 52)
“Las destrezas afectivas e interpersonales condicionan hoy las calificaciones escolares. La razón es sencilla: las funciones afectivas regulan la motivación, los intereses, la constancia, el esfuerzo, decidiendo en gran medida el desempeño efectivo” (De Zubiría, 2004; p. 45).
El sistema afectivo gobierna al sistema cognitivo, lo sostiene funcionando, es el motor impulsor. Según De Zubiría (2004; p. 89) “Todo desempeño meritorio (importando poco si es científico, tecnológico, o artístico) involucra al sistema afectivo, trátese de formular una teoría electrónica original, o de ejecutar una sinfonía, o mercadear un programa para computador, o
6 El término “metafectividad” hace referencia al conocimiento, control y autorregulación de los procesos afectivos. La metafectividad es el proceso afectivo y emocional a través del cual el ser humano carga de afectos su interior, direcciona sus emociones, es decir, se ama a sí mismo, para poder amar a los demás. Es un proceso interno que impulsa a la metacognición, consiste en amar el amor, abrazar la ternura y el cariño, querer tus afectos, amar al corazón. Si la metacognición es pensar sobre el pensamiento, entonces la metafectividad es pensar y sentir el sentimiento. No hay metacognición sin metafectividad.
elegir a la mejor mujer para construir una familia, o armar un equipo de fútbol, o dirigir un colegio con metodologías innovadoras, cualquier actividad humana significativa pasa por la mente afectiva, la atraviesa de principio a fin.”
No caben dudas que para el aprendizaje humano son muy importantes las emociones. El cuerpo proporciona de manera continua una infinidad de señales específicas, las cuales son inherentes a cada emoción y, además, son fáciles de percibir. Por ejemplo: enrojecer ante la ira, palidecer frente al miedo y sentir desasosiego ante la ansiedad. Conocer con claridad las señales físicas de las propias emociones es la clave para manejarlas, ya que se podrá alcanzar un máximo rendimiento, aprovechar de manera consciente la energía extra que proporcionan, moderar voluntariamente las respuestas emocionales, facilitar la calma ante el miedo o la ira y repetir experiencias positivas que contribuyan a experimentar emociones agradables, tales como la alegría y el amor, entre otras (Correa, 2006).
Una conciencia emocional desarrollada identifica cada señal enviada por el cuerpo al reconocer y asignar el nombre a cada emoción; esta habilidad es fundamental en la consolidación de las emociones inteligentes y constituye la base sobre la cual se construyen las otras competencias emocionales.
A medida que se practica la conciencia emocional, esta aumenta y luego se convierte en un habito natural, que genera un cambio de actitud y de transformación individual, el cual mejora y aporta a las relaciones personales e interpersonales: motivación, autonomía, entusiasmo, autocontrol, persistencia y, por lo mismo, valorar la propia vida y la de los demás.
Después de conocer las emociones es necesario aceptarlas. Con la aceptación de las emociones se desarrolla la capacidad de tomar decisiones adecuadas y oportunas, de tal manera que se aprende a conocer cuando se originan o qué situación fue el detonante para evocarlas; además, se acepta cada una de los sentimientos que produce la emoción, incluso, el miedo, la ira, entre otros, como algo natural e intrínseco.
Las personas que desarrollan la conciencia y aceptación emocional se impresionan con la fuerza adicional y positiva que encuentran a su disposición, la cual les permite enfrentarse de cara al mundo.
La no aceptación de las emociones o el inadecuado manejo emocional conducen a la represión de dicha emoción o a una acumulación extra de emociones en el cerebro que
dejan recuerdos traumáticos, desalentadores y negativos, los cuales llevan a comportamientos autodestructivos, tanto físicos como psicológicos. Por ejemplo, la depresión, el estrés, fumar, consumir alucinógenos, o bebidas alcohólicas, la bulimia y la anorexia. Por el contrario, las personas que aceptan sus emociones poseen un control en las situaciones más difíciles y hacen frente a las crisis que se les presenten (Correa, 2006).
Recuerdo una frase de Martí expresada en 1884: “Se necesita abrir una campaña de ternura y de ciencia.” (Citado por Gutiérrez, 1999; p. 67). Yo agregaría con el mayor respeto, una campaña de amor y de conciencia.
A partir de lo anterior podemos sintetizar tres postulados básicos cognitivos (neuropsicopedagógicos): la actividad mental y emocional puede y debe ser desarrollada intencionalmente, aprender no es más que interactuar motivados con los procesos, objetos, sujetos, fenómenos y comunicarse afectivamente; y educar es vincular la ciencia y la ternura. Estos postulados constituyen la base para la aplicación de las emociones inteligentes, en la educación.
Las investigaciones realizadas sobre inteligencia emocional son relativamente recientes. A comienzos de los años noventa, el psicólogo de la universidad de Yale, Peter Salovey y su colega John Mayer (Citado por Shapiro, 1997; p. 27) de la Universidad de New Hampshire dieron el nombre de inteligencia emocional a las inteligencias interpersonal e intrapersonal, las cuales fueron definidas por Gardner (1995; p. 42). Precisamente este autor clasifica la inteligencia emocional en dos tipos: inteligencia intrapersonal e inteligencia interpersonal (Gardner, 2001; p. 55)
La inteligencia intrapersonal, según Gardner (2001; p. 56), se construye mediante los aspectos internos de la persona, el acceso a la propia vida emocional, a la propia gama de sentimientos, a la capacidad de efectuar discriminaciones entre estas emociones y finalmente ponerles un nombre y recurrir a ellas como medio de interpretación y orientación de la propia conducta. Supone, además, la capacidad de comprender, de tener un modelo útil y eficaz de uno mismo y de emplear esta información con eficacia en la regulación de su propia vida. De hecho, un estudiante con un alto desarrollo de sus habilidades intrapersonales posee una imagen viable y eficaz de sí mismo, ya que esta es más privada y, además, necesita de la evidencia del lenguaje, así como la música u otras formas más expresivas de inteligencia deben observarse en funcionamiento.
Según Ryback (1997; p.89) la inteligencia emocional es la capacidad de aplicar la conciencia y la sensibilidad para discernir los sentimientos que subyacen en la comunicación interpersonal y también para resistir a la tentación que nos lleva a reaccionar de una manera impulsiva e irreflexiva. De este modo, podremos actuar de manera receptiva auténtica y sincera.
Para Salovey y Mayer (Citados por Martin y Boeck, 1997; p. 22), las habilidades prácticas que se desprenden de la inteligencia emocional son cinco: reconocimiento de las propias emociones, manejar las emociones, potenciar las emociones, las relaciones sociales y la empatía. En este sentido, las emociones inteligentes incluyen diversas habilidades, por ejemplo: el conocimiento, la compresión, la potenciación de las propias emociones, la capacidad de ponerse en el lugar de los demás (Correa, 2006). Estas competencias se aprenden y desarrollan mediante la percepción y la regulación consciente de las emociones y de los sentimientos, promoviendo respuestas asertivas y eficaces.
Partiendo de todo lo anterior, es necesario hacer estudios neuropsicológicos que nos encaminen hacia el reconocimiento científico de la identificación del centro de procesamiento de las emociones en el cerebro humano, con el fin de que el docente, el estudiante y el ser humano en general, sean competentes en su direccionamiento, porque en definitiva “los circuitos que presentan actividad eléctrica cuando la mente siente una emoción, y se activan cuando la mente experimenta un proceso cognitivo, bien sea al recordar, pensar, planear o calcular, están ligados de manera tan indisoluble como los hilos de un tejido. Las neuronas asociadas con el pensamiento se conectan con aquellas relacionadas con la emoción y viceversa.” (Begley, 2008; p. 289). Es decir, están configuradas, de ahí la complejidad del funcionamiento de la personalidad.
Como plantea Gabriel García Márquez al final del prólogo literario del libro El cerebro y el mito del yo, de Rodolfo Llinás (2003): “…con la certidumbre de que termine por descubrir algo que existe más allá de nuestros sueños: en qué lugar del cerebro se incuba el amor, y cuál será su duración y su destino.” (p. XIV)
CAPÍTULO III