Como ocurre con los relatos de los sufíes o las historias del budismo Zen, la persona que recibe el conocimiento de su curador debe estar dispuesta a cambiarlo. En muchos de esos relatos e historias el suplicante acude a ver el maestro, pero este le niega la entrada, “hasta que el vehículo esté listo para recibir toda la riqueza de las enseñanza.”
Erickson suele prepara al oyente o paciente haciéndolo un largo rato antes de suministrarle “el final del cuento”. Por ejemplo, cuando narro el siguiente relato ante un grupo de alumnos suyos, dedico casi media hora a preparar el terreno para la prescripción final. Parte de ese tiempo lo empleo en esbozar los antecedentes de la paciente, parte en preguntar a sus oyentes como habrían tratado ese caso, y parte en encontrar otros relatos no relacionados en forma directa con ese problema. Repito frases de este tipo: “Hay algo que tu sabes, pero no sabes que sabes. Cuando ya sabes que es lo que no sabes que sabes, eres capaz de ahí en más de mantener la cama permanentemente la cama seca.
Este tipo de enunciados desconcertantes e intrigantes llevan a la escucha a una “búsqueda interior”, como la ha denominado Ernest Rossi. El oyente comienza a buscar dentro se si recursos que puedan ayudarlo en el proceso de curación. El mismo principio se aplica en una de las técnicas de inducción de Erickson, la “técnica de la espera”. Se hace que el paciente literalmente pida mas, entonces está en condiciones de recibir.
Una madre vino a verme con su hija de once años. Tan pronto escuche que se orinaba en la cama, le pedí a la madre que saliera del consultorio, convencido de que la niña sobria contarme su propia historia. La niña me dijo que de chiquita había tenido una infección en la vejiga, había sido tratada por un urólogo, y la infección persistió durante cinco o seis años, tal vez más. Periódicamente la sometían cistoscopias, le practicaron centenares de cistoscopias, hasta que al fin encontraron el foco infeccioso en un riñón. Le extirparon el riñón y estuvo libre de infecciones por cuatro años, más o menos. Le habían hecho tantos centenares de cistoscopias, y su vejiga y esfínter estaban tan dilatados, que se mojaba todas las noches tan pronto relajaba la vejiga al dormirse. Durante el día podía con esfuerzo controlar la vejiga, a menos que soltara una carcajada. La relajación que acompañaba la risa la hacía mojarse la bombacha.
Como le habían extirpado el riñón y estuvo libre de infecciones durante varios años, sus padres pensaban que ella debía aprender a auto controlarse. Tenía tres hermanitos menores que le ponían apodos y se mofaban de ella. Todas las madres de sus compañeras de escuela, dos o tres mil compañeros, sabían que ella mojaba la cama y se orinaba encima y se orinaba cuando se reía .asique era objeto de muchas burlas
Era una niña muy alta y bonita, rubia, con largos cabellos que llegaban hasta la cintura. Era realmente una niña encantadora. Se burlaban y se apartaban de ella, le exigían más de lo que podía dar. Tenía que aceptar la compasión de los vecinos y las mofas de sus hermanas y de sus compañeros. No podía asistir a fiestas nocturnas ni pasar la noche encasa de sus parientes porque mojaba la cama.
Le pregunte si la habían llevado a ver a otros médicos. Me contesto que había visto un montón, había tragado una tonelada de píldoras y jarabes, y nada de eso la ayudó. Le dije que yo era igual que todos los demás médicos, que tampoco podía ayudarla. “Pero”, agregue, “tú sabes algo, aunque no sabes que lo que sabes. No bien descubras que eso que ya sabes y no sabes que lo sabes, podrá despertarte con la cama seca.”
Luego añadí: “Voy a hacerte una pregunta muy simple y quiero una respuesta muy simple. Esta es la pregunta: si tú estuvieras sentada en el baño, orinando, y un hombre desconocido asomara la cabeza por la puerta, ¿Qué harías?”
“¡Me paralizaría!”, respondió.
“Exacto. Te paralizarías, y pararías de orinar. Ahora sabes lo que ya sabias. O sea, que puedes parar de orinar en cualquier momento, ante cualquier estimulo que a ti se te antoje. En realidad no necesitas que un desconocido asome la cabeza por la puerta del baño: basta con la idea de que esto ocurra. Te pararías, te paralizarías, y esperarías a orinar cuando él se fuera.”
“Bien. Mantener la cama seca es una ardua tarea. Tal vez lo consigas por primera vez dentro de dos semanas. Pero tendrás que practicar mucho, empezar a orinar y detenerte. No importa. Tu cuerpo será bueno contigo, siempre te dará nuevas oportunidades. Y algunos días tal vez estés demasiado ocupada como para practicar ese empezar y detenerse, pero no importa. Tu cuerpo te dará nuevas oportunidades de empezar y detenerte. Me sorprendería muchísimo que dentro de tres meses pudieras ya mantenerte permanentemente la cama seca.
También me sorprendería que no pudiera mantener permanentemente la cama seca dentro de seis meses. Y será mucho más fácil lograrlo una vez, que lograrlo dos veces seguidas. Y más difícil todavía lograr cuatro camas secas seguidas. A partir de ella, se vuelve más sencillo. Podrás tener cinco días, seis, siete, una semana entera de camas secas seguidas de otra semana de camas secas.”
Me tome mi tiempo con la niña. No tenía otra cosa que hacer.
Pasé con ella una hora y media y luego nos despedimos. Unas dos semanas más tarde me trajo este regalo (una vaquita tejida de color púrpura), el primer regalo que jamás había hecho sabiendo que era capaz de mantener la cama seca. Valoro este regalo. Y seis meses después se quedaba a pasar la noche en la casa de parientes, amigos, en fiestas nocturnas, en un hotel.
Porqué es el paciente el que hace la terapia. No me pareció que la familia de esa niña necesitara terapia por más que los padres estaban impacientes, las hermanas le ponían apodos, los compañeros se burlaban de ella. Mi sensación era que los padres tendrían que amoldarse a sus camas secas, y lo mismo sus hermanas, los compañeros y… los vecinos. En verdad, no se me ocurría que hubiera alguna otra manera de proceder con ellos. No creía necesario explicarle nada al padre, la madre, las hermanas o cualquier otra persona. Ya le había dicho a la niña lo que ella sabía pero no sabía que lo sabía.
Y todo ustedes fueron criados con la idea de que cuando vacían la vejiga, la vacían del todo. Y presuponen eso. Lo importante es que todos ha tenido la experiencia de que se los interrumpiera y tuvieran que cortar súbitamente el chorro de orina. Todo el mundo ha tenido esa experiencia…y se ha olvidado de ella. Yo no hice otra cosa que recordarle a esa niña lo que ya sabía pero no sabía que lo sabía.
En otras palabras, al hacer terapia ustedes consideran a cada uno de sus pacientes como un individuo, y poco importa que problema represente su enuresis para los padres, hermanas, los compañeros y los vecinos: es fundamentalmente un problema de la niña. Todo cuanto ella necesitaba saber era algo que ya sabía… y en cuanto a los demás, la terapia consistía en dejar que cada uno se amoldara a su manera.
La psicoterapia debe orientarse al paciente y al acto primordial en sí mismo. Y recuerden esto: cada uno de nosotros tiene su propio lenguaje.
Cuando escuchen a un paciente, deben hacerlo a sabiendas de que está hablando un lenguaje ajeno, y no a tratar de comprenderlo en términos del lenguaje de cada uno de ustedes. Deben comprender al paciente en su propio lenguaje.
Este es uno de los relatos de Erickson que mas me atraen, tal vez porque casi siempre lo precedía de un comentario de esta suerte: “esta historia te resultara especialmente interesante a ti, Sid.” Durante mucho tiempo me intrigo saber que había querido trasmitirme con este mensaje, hasta que al fin pude sacar las conclusiones.
La primera es que puedo aprender a controlar mis pensamientos, la energía que pongo en el trabajo y síntomas tales como la ansiedad, pero no mediante la fuerza de voluntad, si no descubriendo cuales son los estímulos necesarios para inducirme a “empezar y detenerme”, y luego darme oportunidad de practicar ese “empezar y detenerse”.
El segundo mensaje es: “todos ustedes fueron criados con la idea de que cuando vacían la vejiga, la vacían del todo.” En la versión de este relato publicada en la compilación de Jeffrey Zeig, A Teaching Seminar Wilth Milton H. Erickson, éste
agregó algunas frases que aclaran mejor este segundo punto. “Todo lo que la niña necesitaba saber”, dijo, “era que podría detener su orinar en cualquier momento, con el estimulo adecuado.” Y también: “Creemos pensando que tenemos que terminarlo todo. No es verdad que tengamos que continuar hasta haber terminado.”
Comprobé que esta actitud es de gran provecho para consumar tareas tales como la redacción. El imperativo de terminar puede fácilmente bloquear toda espontaneidad y creatividad. Una manera mucho más eficaz de hacer las cosas es “empezar y detenerse” de acuerdo con el propio ritmo interior de cada uno. Este relato me ha resultado útil para ayudar a mis pacientes a superar bloqueos como el que sienten a veces los escritores.