OVERVIEW OF NATIONAL URBAN RENEWAL PROGRAMME
3.2 LEGISLATIVE FRAMEWORK OF NATIONAL URBAN RENEWAL PROGRAMME
3.2.4 NURP: Implementation Framework
Un día, en Praga, Hermann Carlovitch se encuentra cara a cara con un vagabundo “que se le parece como un hermano”. Des de ese momento le obsede el recuerdo de ese parecido extraordi nario y la tentación creciente de utilizarlo ; parece considerar como un deber no dejar ese prodigio en el estado de monstruosidad na tural y sentir la necesidad de apropiárselo de alguna manera; su fre, en cierto modo, el vértigo de la obra de arte maestra. Adivi náis que terminará matando a su sosias y haciéndose pasar por el muerto. Diréis que se trata de otro crimen perfecto. Sí, pero este es de una especie particular, porque el parecido en el que se fun da es tal vez una ilusión. En fin de cuentas, una vez realizado el asesinato, Hermann Carlovitch no está seguro de no haberse en gañado. Se trataba quizá de una “equivocación”, de uno de esos parentescos fantasmas que advertimos, en los días de cansancio, en los rostros de los transeúntes. Así el crimen se destruye a sí
mismo, igual que la novela. ^
Me parece que este encarnizamiento en criticarse y destruirse caracteriza bastante la manera del señor Nabokov. Este autor tie ne mucho talento, pero es un hijo de ancianos. Yo no incrimino al decir esto sino a sus padres espirituales, y singularmente a Dos- toievsky: el protagonista de esta extraña novela-aborto se parece, más que a su sosia Félix, a los personajes de El adolescente, El eterno marido, Memorias escritas en un subterráneo, a esos ma níacos inteligentes y rígidos, siempre dignos y siempre humilla dos, que forcejean en el infierno del razonamiento, se burlan de to do y se esfuerzan sin cesar por justificarse y cuyas confesiones
orgullosas y falsificadas dejan ver entre sus'mallas demasiado flo jas un desorden irremediable. Sólo que Dostoievsky creía en sus personajes y el señor Nabokov no cree en los suyos, ni por lo de más en el arte novelesco. No oculta que recurre a los procedimien tos de Dostoievsky, pero, al mismo tiempo, los ridiculiza, los pre senta en el curso mismo del relato como estarcidos anticuados e indispensables: “¿Sucedió eso así verdaderamente?... Hay en nuestra conversación algo un poco excesivamente literario, que sabe a esas conversaciones angustiosas en las tabernas ficticias en las que se encuentra a gusto Dostoievsky; un poco más y oiría mos ese cuchicheo sibilante de la humildad fingida, esa respiración jadeante, esas repeticiones de adverbios mágicos... y luego ven dría también el resto, todo el aparato místico caro al autor famoso de esas novelas policiales rusas” *. En la novela, como en cual quier otro lugar, hay que distinguir un tiempo en que se fabrican las herramientas y un tiempo en que se reflexiona sobre las he rramientas fabricadas. El señor Nabokov es un autor del segundo período; se coloca deliberadamente en el plano de la reflexión; nunca escribe sin verse escribir, como otros se oyen hablar, y lo que le interesa casi únicamente son las sutiles decepciones de su conciencia reflexiva: “Yo observaba —dice— que no pensaba en modo alguno en lo que pensaba que pensaba; trataba de aprehen der el instante en que mi conciencia levaba el ancla, pero me em brollaba a mí mismo” 2. Este pasaje, que describe finamente el paso de la vigilia al sueño, da cuenta con bastante claridad de lo que le preocupa ante todo al protagonista y al autor de La Mé prise. De ello resulta una obra curiosa, novela de la autocrítica y autocrítica de la novela. Se recordará Les faux-monnayeurs. Pero en Gide el crítico era también un experimentador: ensayaba pro cedimientos nuevos para comprobar sus resultados. Nabokov (¿es timidez o escepticismo?) se guarda muy bien de inventar una técnica nueva. Se burla de los artificios de la novela clásica, pero al final no utiliza otros, a riesgo de cercenar bruscamente una des cripción o un diálogo diciéndonos más o menos: “Me detengo pa ra no caer en los estarcidos”. Bueno, ¿pero cuál es el resultado? Ante todo una impresión de malestar. Se piensa al cerrar el libro: he aquí mucho ruido para nada. Además, si el señor Nabokov es
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J c a n - P a il l S a r t r e
tan superior a las novelas que escribe, ¿por qué las escribe? Se juraría que es por masoquismo, para tener el placer de sorpren derse en delito flagrante de truco. En fin, admito que el señor Na bokov haga bien al escamotear las grandes escenas novelescas, ¿pero qué nos da en su lugar? Charlas preparatorias —y, cuando estamos debidamente preparados, nada sucede—, cuadritos exce lentes, retratos encantadores, ensayos literarios. ¿Dónde está la novela? Se ha disuelto en su propio veneno; es lo que yo llamo literatura sabia. El protagonista de su Méprise nos confiesa : “Des de fines de 1914 hasta mediados de 1919 leí exactamente mil die ciocho libros”. Temo que el señor Nabokov, como su personaje, haya leído demasiado.
Pero veo otro parecido más entre el autor y su personaje: ambos son víctimas de la guerra y de la emigración. Es cierto que Dostoievsky no carece actualmente de descendientes jadean tes y cínicos, más inteligentes que su antepasado. Pienso sobre todo en el escritor soviético Olecha. Sólo el individualismo disi mulado de Olecha le impide formar parte de la sociedad soviética. Tiene raíces. Pero al presente existe una curiosa literatura de emi grados rusos o de otros países que están desarraigados. El des arraigo del señor Nabokov, como el de Hermann Carlovitch, es total. No les preocupa sociedad alguna, ni siquiera para rebelarse contra ella, por que no pertenecen a sociedad alguna. Carlovitch se ve obligado, por consiguiente, a cometer crímenes perfectos y el señor Nabokov a tratar en idioma inglés temas gratuitos.
DENIS DE ROUGEMONT: “L’AMOUR ET L’OCCIDENT”