La mayoría de las dificultades de comunicación tienen su origen en el ol- vido frecuente de que no es viable ningún tipo de comunicación humana si los comunicantes no incluyen algún nivel de emoción y de sentimiento. Esta afirmación es válida en todos los ámbitos de relación, incluido el profesional. Ahora bien, la manera de dotar a nuestros mensajes de la imprescindible carga emocional es a través de los elementos no verbales (el lenguaje analógico): los gestos, el tono de voz, los movimientos corporales, la actitud, el ritmo de las frases, la cadencia, los silencios… Sin un dominio suficiente de este lenguaje analógico, difícilmente nuestro discurso resultará creíble. Pero lo más intere- sante, y a la vez lo más inquietante, es que son precisamente los mensajes que transmitimos a través del lenguaje analógico los que se escapan por completo a nuestro control, a nuestra voluntad de comunicarnos y, además, nos delatan cuando mentimos y ponen en cuestión nuestra credibilidad comunicacional.
En general, todos prestamos atención a «lo que se dice», pero tendemos a ignorar el «cómo se dice». Craso error, porque lo uno sin lo otro conduce a mensajes incompletos y deriva en incomunicación. Por ejemplo, si alguien nos dice «déjame», entenderemos un significado distinto en función no solo de «quién» nos los diga, sino, sobre todo, de «cómo» nos lo diga, usando qué tono, con qué expresión gestual o con qué carga emotiva. Si nos situamos en el lugar del emisor, deberemos saber que al modificar la forma de la comunica- ción (el cómo) también modificaremos el contenido (el qué), incluso cuando en nuestra intención no hayamos incluido el deseo de compartir nuestro sen- timiento sobre el contenido de lo comunicado.
El lenguaje analógico es, pues, el que marca la principal diferencia entre la acción de informar y la acción de comunicar. Si lo que queremos es «informar» de algo (transmitir datos neutros), sin esperar ningún tipo de respuesta por parte de nuestros interlocutores, entonces lo haremos de la misma forma que lo hace un ordenador, sin implicar sentimientos en el acto comunicativo. Pero si lo que queremos en realidad es «comunicar» algo a alguien, entonces no podremos evitar que nuestro mensaje aparezca envuelto en signos no verbales que pondrán en evidencia nuestras propias emociones y el sentimiento que nos produce el propio acto de la comunicación, tanto si deseamos que así sea como si no.
La razón por la que es tan difícil controlar adecuadamente el lenguaje ana- lógico desde un punto de vista racional es porque se manifiesta de manera inconsciente como consecuencia del fuerte componente instintivo que lo con-
forma; de ahí que a menudo nos resulte ingobernable. Las rabietas de, por ejemplo, un niño pequeño son tan incontrolables como inevitables porque el niño no hace otra cosa que dejar salir una respuesta instintiva a algo que le disgusta. Y aunque se esfuerce sinceramente por parar la rabieta, tal como segu- ramente le insistirá el adulto que le acompañe, no lo conseguirá hasta pasado cierto tiempo, cuando logre imponer sobre su reacción instintiva una decisión racional.
Además del componente instintivo, el lenguaje analógico está también con- formado por un componente imitativo (muchos de los gestos y expresiones los aprendemos por condicionamiento vicario) y por un componente cultural que refuerza la comunicación entre quienes comparten unas mismas coorde- nadas espacio-temporales. Hay una gran cantidad de gestos y expresiones que compartimos y comprendemos por igual el conjunto de la humanidad (las expresiones de las llamadas emociones básicas), pero determinados gestos o expresiones forman parte de la cultura específica de una región y de una época, y a veces dificultan la comunicación con quienes no forman parte de ella. Re- cientemente, he tenido ocasión de comprobar que en la región india de Kerala sus habitantes mueven suavemente la cabeza de izquierda a derecha y vicever- sa cuando quieren dar una respuesta afirmativa a cualquier cuestión. Es decir, el gesto que en Occidente significa una negación, en Kerala significa justo lo contrario. Al extranjero que entabla comunicación por primera vez con alguno de sus habitantes le lleva algún tiempo entender que «negar» con la cabeza al tiempo que verbalmente le dicen «yes» no solo no es una contradicción, sino que es la forma culturalmente establecida en esa región para decir que sí.
En general, todos reconocemos un mismo lenguaje universal de los gestos, acertadamente representado por los famosos «emoticones». Sin embargo, en particular cada gesto tiene su propia semántica y no se deja interpretar ais- ladamente, fuera del contexto en el que se produce y sin tener en cuenta el conjunto de elementos no verbales que le acompañan. Y aunque en muchas ocasiones el lenguaje verbal parezca contradecir los gestos o movimientos cor- porales que se activan simultáneamente, como ocurre en Kerala, lo cierto es que, en general, no podemos esperar que nadie nos crea cuando decimos «Me siento muy bien, estoy muy tranquilo, la verdad es que estoy muy relajado», mientras mantenemos el cuerpo rígido, los brazos cruzados y apretamos las mandíbulas con todas nuestras fuerzas.