Framework for business model innovation
3. Implementation: The realization of the ideation phase through a business model experiment.
—Por lo menos, supongo que no estará enfadado conmigo. Y Stavroguin le tendió la mano.
—En modo alguno! —repuso Kirillov, volviéndose para estrecharle la mano—. Si a mí se me hace la carga ligera, es por razón de la naturaleza, y es posible también que a usted se le haga pesada por la misma razón. No hay que avergonzarse mucho de eso, sino sólo, un poquito.
—Sé que soy un carácter insignificante, pero no presumo de fuerte.
—Ni presuma; usted no es hombre fuerte. Vaya a tomar el té. Nikolai Vsevolódovich entró en su casa muy agitado. Iv
Inmediatamente supo por Aléksieyi Yegórovich que Varvara Petrovna, muy contenta con la salida de Nikolai
Vsevolódovich —la primera después de ocho días de enfermedad— a dar un paseo a caballo, había mandado enganchar el coche e ido sola, “como otras veces, a respirar el aire puro, porque en aquellos ocho días casi había olvidado lo que era eso de respirar un aire puro”.
—cLa acompañaba Daria Pávlovna? —Nikolai Vsevolódovich atajóle al viejo con rápida pregunta.
Y frunció grandemente el ceño al oír que Daria Pávlovna “se había negado por motivos de salud a acompañarla, y se encontraba a la sazón en sus habitaciones”.
—Oye, viejo —dijo, cual si de pronto se decidiese—, no la pierdas hoy de vista en todo el día, y si notas que ella viene a mis habitaciones, deténla y dile que por unos días, cuando menos, no podré recibirla... Que así se lo ruego yo mismo... Que, llegado el momento, yo mismo la llamaré... ¿Has oído?
—Se lo diré —asintió Aléksieyi Yegórovich con tristeza en la voz y bajando la vista. —Pero no antes de cerciorarte bien de que ella se dirige a mis habitaciones.
—Pierda usted cuidado, que no habrá error. Por mi mediación, hasta ahora, se celebraron las entrevistas; siempre se contó conmigo.
—Lo sé. Pero no antes que la veas venir. Tráeme, si quieres, el té en seguida.
No había hecho el viejo más que retirarse, cuando en el mismo momento abrióse aquella misma puerta y dejóse ver en el umbral Daria Pávlovna. Mostraba serenidad en la mirada; pero tenía la cara pálida.
—De dónde sales? —exclamó Stavroguin.
—Estaba ahí mismo aguardando a que él se fuera para entrar yo. He oído lo que usted le ha dicho, y, al irse él, me escondí tras de la puerta a la derecha, y no me vio.
—Hace tiempo que quería romper con usted, Dascha...; mientras..., aún es hora. No pude recibirla a usted anoche, a pesar de su esquela. Yo iba
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también a escribirle a usted, pero no sé escribir —añadió con pena, casi con amargura.
—También yo pensaba que era menester concluir. Varvara Petrovna sospecha demasiado de nuestras relaciones. —Bueno; que sospeche.
—No es menester inquietarla. ¿De modo que ahora ya hemos terminado? —Usted sigue aguardando siempre el término?
—Sí, estoy convencida. —En el mundo nada termina.
—Para esto habrá un término. Entonces me llamará usted y vendré. Ahora, adiós. —Y ¿cuál ha de ser ese término? —dijo, sonriendo, Nikolai Vsevoiódovich.
—,Usted no está herido..., ni ha derramado sangre? —inquirió ella, sin contestar a la pregunta referente al término. —Ha sido una cosa estúpida; no he matado a nadie, no se apure. Por lo demás, hoy mismo se enterará de todo por la gente. Estoy un poco indispuesto.
—Me voy. ¿No va a ser hoy la publicación de la boda? —añadió con impaciencia.
—Hoy, no; ni mañana, pasado mañana, no sé; puede que nos hayamos muerto todos, y mejor que mejor. Déjeme, déjeme, por fin.
—,No perderá usted a la otra.., a la loca?
—A las locas no las pierdo, ni a ésa ni a otra; pero a las discretas, por lo visto, sí las pierdo. Soy tan ruin y brutal, Dascha, que probablemente habré de llamarla a usted, en efecto, “al fin de los fines”, como usted dice; y usted, a despecho de todo su juicio, acudirá. ¿Por qué se pierde usted a sí misma?
—Sé que, al fin de los fines, me quedaré sola con usted, y... eso aguardo. —j,Y si, al fin de los fines, no la llamara a usted y le huyera?
—Eso no es posible; usted me llamará. —En eso hay mucho de desprecio hacia mí. —Usted sabe que no es sólo desprecio. —Pero eso quiere decir que también lo hay.
—Yo no me he expresado así. Dios es testigo de que yo deseo con todas mis veras que usted nunca necesite de mí... —Una frase es digna de la otra. Yo también querría no perderla a usted.
—Nunca, por nada, puede usted perderme, y usted lo sabe mejor que nadie —dijo Daria Pávlovna rápidamente y con entereza—. Si no me quedo con usted, me meteré a hermana de la Caridad, asistiré enfermos o me haré vendedora de libros; iré por ahí ofreciendo el Evangelio. Estoy resuelta. No puedo ser la mujer de nadie; no puedo vivir tampoco en casas como ésta. No lo quiero... Usted lo sabe...
—No. Yo nunca he podido saber qué es lo que usted quiere. Me parece que le inspiro interés, como lo inspiran unos enfermos más que otros a quienes los cuidan, sin motivo alguno, o, mejor todavía, como esas viejecitas devotas que acuden a los entierros y prefieren unos difuntos a otros. ¿Por qué me mira usted de ese modo tan raro?
—,Está usted muy enfermo? —inquirió ella, con interés, mirándolo de un modo especial—. ¡Dios! ¡Y este hombre quiere prescindir de mí!
—Oiga usted, Dascha: yo ahora veo por todas partes fantasmas. Un diablejo me propuso anoche en el puente asesinar a Lebíadkin y a Maria Timoféyevna, para deshacer nuestro matrimonio y sin dejar rastro. Me pidió por anticipado tres rublos; pero me dio a entender con toda claridad que toda la operación no valdría menos de mil quinientos. ¡Vaya un diablejo sabiendo de cuentas! ¡Un tenedor de libros! ¡Ja, ja!.t°
—Pero ¿está usted seguro de que ése era un fantasma?
—Oh, no; ni por lo más remoto lo era! Era, sencillamente, Fedka, el presidiario, un bandido fugado del presidio. Pero no se trata de eso. ¿Qué cree usted que hice yo? Pues le di todo el dinero que llevaba en el portamonedas, y ahora está convencido de que le he entregado el anticipo.
—tSe lo encontró usted anoche y le hizo esa proposición? Pero ¿es que no ve usted que tratan de envolverlo en sus redes? —1Bah! Que así sea. Pero, mire usted: está usted deseando hacerme una pregunta; en sus ojos lo veo —afiadió con una sonrisa maligna e irritada.
Dascha se intimidó.
—No hay pregunta alguna ni hay duda ninguna tampoco; más vale que calle —exclamó, inquieta, como ahuyentando con gestos la pregunta.
—Conque está usted segura de que no cerraré citrato con Fedka?
—Oh Dios! —exclamó ella, juntando las manos—. ¿Por qué me atormenta así?
—Bueno; perdóneme esta estúpida broma; se me pegan de ellos los malos modales. Mire usted: desde anoche tengo unas ganas enormes de reírme, sin parar, mucho, pero mucho rato. Parece como que estoy atiborrado de risa... ¡Chist! Mi madre ha llegado; lo sé en el ruido que hace el coche al detenerse ante la escalinata.
Dascha le cogió la mano.
—Que Dios le libre a usted de su demonio, y... llámeme, llámeme cuanto antes!
—Oh, qué demonio mío es ése! Era, sencillamente, un diablillo menudo, repugnante, escrofuloso. Pero ¿acaso no se atreve usted, Dascha, a decir algo?
Lo miró con dolor y reproche, y se dirigió a la puerta.
—Oiga usted —gritóle él con una sonrisa maligna, crispada—. Si..., bueno; allí, en una palabra: “si ¿Comprende usted? Vamos, si cerrase el trato y luego la llamase a usted..., ¿vendría usted, a pesar de ello?
O Buchhalter en el texto.
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