Pese a las vicisitudes políticas e históricas que enfrentó Felipe IV a lo largo de su reinado, su figura presidió el Siglo de Oro de la literatura y de las artes en España. Su carácter de mecenas protegía a artistas cercanos a él, como había observado, con tan sólo 18 años, en el aún entonces Príncipe de Gales (futuro Carlos I de Inglaterra) en la visita de éste a Madrid en 1623: seguramente de él aprendió lo que significaba ser un príncipe cultivado; aspecto que justifica su interés general por las artes182 y su interés particular en traducir parcialmente (y luego por completo) la Storia de Guicciardini. Se cree que también se debe a Felipe IV la traducción al castellano de la Descripción de todos los Países Bajos o baja Alemania, con los planos de las
ciudades de Ludovico Guicciardini, sobrino de Francesco183.
Aunque se sabe poco de la educación académica del Rey, sí se sabe que hablaba francés y tenía buen dominio del italiano y del portugués. En su plan de dotar a la Monarquía española de la supremacía de Europa, el Conde-Duque de Olivares se había encargado de completar la educación de Felipe en los años anteriores a su ascenso al trono de España, el 31 de marzo de 1621. De hecho, Olivares –que era un gran bibliófilo184- introdujo en la corte a algunos eruditos y artistas notables de su
Sevilla natal, entre ellos el pintor Diego de Silva y Velázquez, que llegaría a ser nombrado pintor del Rey en octubre de 1623185.
182 Véase J.H. Elliott, “Felipe IV, mecenas”, en Anthony Close (edit.), Actas del VII Congreso de la
Asociación Internacional del Siglo de Oro, Cambridge: AISO, 2006, p.42-59.
183 Eugenio Mele; Narciso Alonso Cortés, Apuntes bibliográficos sobre traducciones de Guicciardini en
España. Valladolid: Impresor Emilio Zapatero, 1931. Este trabajo aporta la opinión también favorable de Menéndez Pelayo sobre la autoría de esta traducción.
184 Sobre los intereses literarios del Conde-Duque y su imponente biblioteca, como rival de la Biblioteca
Real, véase Jeremy Roe, “La biblioteca del conde-duque de Olivares y la geografía de la imaginación barroca”, en O. Noble Wood, J. Roe y J. Lawrence (dirs.), Saber y poder. Bibliotecas y bibliofilia en la época del conde-duque de Olivares. Madrid: Centro de Estudios Historia Hispánica, 2011, p.261-276.
185 Sobre el uso del arte para proteger la fama de Felipe IV, véase Richard Kagan, “Imágenes y política en
la corte de Felipe IV de España. Nuevas perspectivas sobre el Salón de Reinos”, en Joan Lluís Palos y Diana Carrió-Invernizzi (dirs.), La historia imaginada. Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 2008, p.101-119.
Los esfuerzos de Olivares consiguieron despertar en el joven Rey el deseo de superarse a sí mismo, como indica en el Epílogo186 de su traducción de la Storia
d’Italia de Guicciardini:
“No llegando á decir qué sé, sino que voy sabiendo, desnudándome de la divinidad por afectar más la filosofía y la moderación y sobre todo la rectitud y verdad" (“Epílogo breve”,
p.VI)187.
Y el hábito de leer historias de todas las épocas188, con especial predilección
por las clásicas latinas (Tácito tuvo un relevante prestigio en el ámbito de la Contrarreforma), las de Castilla y de España189, las de Indias y las nacionales
europeas, quizás en ediciones procedentes inicialmente de la gran biblioteca de Olivares:
“El leer historias también me pareció punto muy esencial para conseguir el fin á que encaminaba mis deseos de alcanzar noticias, pues ellas son la verdadera escuela en que el Príncipe y Rey hallarán ejemplares a seguir, casos que notar, y medios por donde encaminar á buenos fines los negocios de su Monarquía. Con este fin leí las historias de Castilla de los Reyes D. Fernando el Santo, D. Alonso
[sic] el Sabio, D. Sancho el Bravo, D. Fernando el cuarto (que
186 Este Epílogo responde a la práctica regia de relatar experiencia a su futuro sucesor, para que le sirva de
ejemplo. En no poca bibliografia he encontrado la referencia a un documento llamado “Autosemblanza” que corresponde a este Epílogo. Éste es el nombre con que Carlos Seco Serrano editó el Epílogo en Cartas de Sor María de Jesús de Ágreda y de Felipe IV. En BAE, desde la formación del lenguaje hasta nuestros días, vol.109, Epistolario español, vol.IV. Madrid: Ediciones Atlas, 1958, p.231-236.
187 “Epílogo breve en que refiero las causas que me movieron para traducir los libros octavo y nono de esta
Historia de Italia” (desde ahora “Epílogo breve”), p.VI, siempre de la edición de 1889.
188 Era además habitual que constara en los tratados políticos la preceptiva de que el monarca debía estar
debidamente instruido en el conocimiento de la historia. Luis Cabrera de Córdoba (de quien ya me he ocupado sucintamente en el apartado 1.1.9.), en su explicitó que “uno de los medios más importantes para alcanzar la prudencia tan necesaria al Príncipe en el arte de reinar es el conocimiento de historias” (De historia, para entenderla y escribirla, libro I, disc.I. Madrid: Luys Sánchez editor, 1611).
189 Sobre las lecturas nocturnas del Rey, véanse los comentarios del secretario real Antonio de Mendoza en
P. Roca, Catálogo de los manuscritos que pertenecieron a Don Pascual Gayangos existentes hoy en la Biblioteca Nacional. Madrid: Tipografía de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1914, p.210-211.
llaman el Emplazado), la Crónica de D. Alfonso el nono, las historias de Pedro el Justiciero ó Cruel, D. Enrique el segundo y D. Juan el primero, la historia del Rey don Juan el primero, con los Varones
Ilustres, de Fernán Pérez de Guzmán; las dos historias manus-
escritas [sic] del Rey D. Enrique el cuarto, las de los Reyes Católicos, la del Emperador Carlos V mi bisabuelo, la Historia general de
España, y los Varones Ilustres, de Hernando del Pulgar; las de
entrambas Indias, la historia y guerras de Flandes, la historia romana de los príncipes de ella, Salustio, Tito Livio, Cornelio Tácito y Lucano; la historia de Francia y guerras de Alemania, la campaña de Roma y la historia y cisma de Inglaterra” (“Epílogo breve”, p.X-
XI).
El Rey Felipe debe su comprensión de los grandes asuntos a su estudio, también, de obras en otras lenguas de la castellana y de obras de geografía.
“Fuera de esto, me pareció también leer diversos libros de todas
las lenguas, y traducciones de profesiones y artes, que despertasen y saboreasen el gusto de las buenas letras, y algunos de ejemplos, aunque apócrifos, muy aventajados. Para esto, estudié también, con mucha particularidad y noticias generales de historia, la geografía en que con poco trabajo y gran inclinación me puse en estado de poder discurrir sobre todo lo universal con gran prontitud; y aunque algunos de estos libros los leí más por entretenimiento que por otra razón, con todo eso, no dejan de causar noticias dignas de leerse y entretienen algún rato; que es preciso buscar el divertimiento donde hay tan poco en que diverstirse por el continuado trabajo y obligaciones” (“Epílogo breve”, p.XI).
El conocimiento de las lenguas del Imperio, dentro del territorio peninsular (“la mía, la aragonesa, catalana y portuguesa”, p.XV) y fuera de él: lenguas flamenca, francesa e italiana. Con mucha particularidad de esta última ya que, además
de ser una de las más utilizadas de Europa, era el idioma de los territorios que han dado al mundo “tan grandes sujetos en todas profesiones, y también por ser la más
usada y casi vulgar en Alemania y en todos los Estados hereditarios de ella, que por tantos títulos y tantas razones de sangre y públicas me tocan” (p.XVI). Esta necesidad
del conocimiento de lenguas denota su gran empeño por gobernar acertadamente sobre sus dominios y conseguir fluidez en la comunicación a lo largo del territorio, dando buen cumplimiento a la complejidad de su oficio a la vez que muestra gran disciplina y responsabilidad intelectual al hacerlo mediante la adquisición de lenguas y la práctica de la traducción de una gran obra erudita del Renacimiento italiano. Como comenta acertada y sintéticamente Fernando Bouza en su gran estudio sobre la nutrida Biblioteca de Felipe IV, éste, como “lector, propone la traducción como
consumación de la lectura”190.
Dado que sus antepasados, el Emperador Carlos V y su abuelo Felipe II, habían ya tenido en muy alta consideración tanto la Storia d’Italia como a su autor, Francesco Guicciardini, Felipe IV decidió traducir la obra del florentino para instruirse en el idioma italiano. El Rey se encerró, así pues, con la Storia, acompañado de un diccionario italiano.
Da a Guicciardini la primacía entre los historiadores italianos, y lo juzga de “el
más elegante, conciso y afectuoso y de gran nervio”; e indica que sus ancestros, desde
Carlos V, le honraron a él y a sus descendientes; justificación suficiente para él para honrar a su persona y a su obra mediante la traducción de dos libros completos de su
Storia.
Habiendo ya partes de esa obra traducidas por otros eruditos, quiso ocuparse de los libros VIII y IX191, no traducidos en ese momento al castellano192. Se sintió, de
190 Fernando Bouza Álvarez, El libro y el cetro: La Biblioteca de Felipe IV en la Torre Alta del Alcázar
de Madrid. Salamanca: Instituto del Libro y de la Lectura, 2005, p.154. En el estudio de esa biblioteca, Bouza analiza las claves del interés de Felipe IV por Guicciardini sirviéndose de las propias palabras escritas por el rey en el ya citado Epílogo de 1633, publicadas por Carlos Seco Serrano como “Autosemblanza de Felipe IV”, en Cartas de Sor María de Jesús de Ágreda y de Felipe IV. En BAE, desde la formación del lenguaje hasta nuestros días, vol.109, Epistolario español, vol.IV. Madrid: Ediciones Atlas, 1958, p.231-236. El mss. de Felipe IV se halla en BNE, mss.2654-2658.
191 Hay historiadores, como Richard L. Kagan, que sostienen que la idea de esta traducción se debe a
Olivares, pero que ésta pudo haber surgido de la lectura de El embajador de Vera y Figueroa, libro a través del cual el rey Felipe podría haver entrado en contacto con la obra de Guicciardini. Richard Kagan, Los cronistas y la corona. Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica – Marcial Pons, 2010, p.298-299.
hecho, afortunado porque fueran esas las partes pendientes de traducción “porque las
materias de que tratan son generosas, esclarecidas, nobles y dignas de que las sepan las personas que ocupan puesto semejante al mío, pues hallarán harto que aprender, para ejecutar, y harto de que apartarse y olvidarlo, si no es que, para huir de ello, sea mejor que quede siempre en la memoria” (p.XVIII), expresión que muestra cómo
de similares le parecían al Rey los tiempos descritos en la Storia de Guicciardini en relación a los ocupados por sus doce años de reinado; lo cual indica la predisposición del Rey de aprender y obtener conclusiones de esos episodios de la historia italiana de inicios del siglo XVI en un momento, 1633, en que España estaba en entredicho su predominancia en Europa.
La manera como concibe Felipe IV el momento de la redacción de la traducción de la Storia d’Italia queda resumida, al final del Epílogo, a la perfecta combinación de armas y letras (como también propone el ideal guicciardiniano para los gobernantes), a pesar de las graves crisis internas y externas de la Monarquía hispánica que provacarán la futura derrota peninsular y europea del proyecto de Olivares, el cual sería destituido diez años más tarde, a inicios de 1643, y condenado al destierro:
“También para que vean lo que deben honrar, después de las armas, que son la profesión más gloriosa y digna de la atención Real y de su favor, y, en segundo lugar y sin desunirlos, á los que saben y han sabido trabajar, y adelantarse en las buenas letras, estudios y artes; que estos dos polos son los que gobiernan todo el movimiento de las monarquías y los fundamentos en que estriban, pues juntas entre si hacen unamuy importante consonancia, ayudándose y dándose la mano en cuanto se ofrece. Y profesando y honrando estas dos columnas, que sin duda los son de cualquier Monarquía, se pueden prometer aciertos grandes en las acciones, fines lucidos en las materias que se desean encaminar, y feliz gobierno de los reinos y vasallos que rigen y poseen” (“Epílogo breve”, p.XXI).
En este Epílogo, como hemos visto, el Rey justifica el empleo de su tiempo de ocio en quehaceres edificantes, además de relatar su ejemplar experiencia y vicisitudes de Rey a su sucesor (Baltasar Carlos, fallecido después, en 1646, a los diecisiete años de edad). También es un texto que da una visión interna del funcionamiento de la Monarquía española; y nos dice que es extensa, compleja, con múltiples intereses, pocas personas preparadas y la necesidad de disponer de mucha información.
Tras la caída del Conde-Duque de Olivares, a raíz del conflicto con Catalunya (1640-41) y el fracaso de unión territorial, Felipe IV siguió reinando por gobierno personal pero con la posterior ayuda de Luis Méndez de Haro hasta 1661, nombrado valido en 1659. A esa etapa final del reinado corresponden la pérdida de las Provincias Unidas (Tratado de Westfalia, 1648) y la conservación de Flandes hasta su pérdida (Tratado de los Pirineos, 1659) y el auge de Francia posteriomente al matrimonio, en 1660, de la Infanta María Teresa de Austria (1638-1683) con Luis XIV de Francia.